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07:08

Josie Cunningham, modelo inglesa de 23 años, no ha aportado realmente gran cosa al mundo de la belleza ni del arte, pero ahora puede ser un hito en la historia de la bioética mediática.

Primero anunció que quería abortar a su bebé de 4 meses de gestación para entrar en Gran Hermano. Despertado un gran escándalo, ahora anuncia entre lágrimas que se emocionó al sentir su primera patadita, que ha visto fotos de abortos, que entienden mejor ahora en qué consiste, y que no abortará.




Antes de este episodio, Josie se hizo famosa cuando anunció que había conseguido que el sistema de salud público le financiase con 4.800 libras una operación de aumento de pecho. Mostró los abundantes resultados en abundantes fotos en los tabloides más amarillos. “Siempre me acosaron emocionalmente y sufrí mucho psíquicamente por tener pechos pequeños”, decía.




También se retocó otras partes del cuerpo y empezó a salir con algunos famosos o deportistas. Para el gran público, “una petarda”: ni siquiera caía simpática.




Pero cuando Josie, embarazada de 4 meses, anunció que iba a abortar simplemente para entrar en la versión inglesa del concurso televisivo “Gran Hermano”, se desencadenó una tormenta mediática llena de contradicciones, donde todos llamaron hipócritas a casi todos.




Josie presumía de lo que haría con fama y dinero: “Quiero manejar un brillante Range Rover rosa y comprarme una casa gigante. Nada se interpondrá en mi camino”. También decía que pensaba abortar porque era su decisión hacia la fama, no por necesitar dinero inmediato porque “de hecho, con las fotos del bebé ya tendría dinero”. Y como no se sabe quién es el padre, las especulaciones sobre tal o cual famoso…




Incluso cuando Gran Hermano, al ver el escándalo público, anunció que no la aceptaría en el concurso ni aunque abortase, ella se reafirmó en su decisión repitiendo que “nadie puede influir en mí, no me importa lo que la gente diga”.




Aunque la ley inglesa de 1990 aprobada por Margaret Thatcher básicamente permite el aborto libre utilizando el coladero del “riesgo para la salud mental” de la madre, aunque en la teoría se supone que el aborto no es legal pasados las 24 semanas.




La sensación pública en la descristianizada Inglaterra es que el aborto es algo que está mal pero debe ser legal, en teoría, porque es necesario por razones “graves”. En un sondeo de 2013 (que detallábamos aquí en ReL) un 44% de los encuestados admitía que "el punto en el que se inicia la vida humana" es en la concepción, pero sólo un 7% de los ingleses prohibiría todos los abortos.



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Pero cuando una aspirante a vivir de la fama anunció que quería abortar para entrar en Gran Hermano, muchos “pro-choice” la condenaron en público: “Yo soy pro-elección pero eso em parece una barbaridad”. Columnistas, famosos y articulistas que nunca habían condenado ni protestado por el aborto se apresuraron en llamarla irresponsable, frívola… Querer ser famosa no es una ”razón grave” para abortar. Pero lo cierto es que la ley no pide razones graves.




Los abortistas de línea dura se asustaron al ver que los de línea blanda criticaban a Josie de buscar un aborto por razones frívolas. ¿Acaso no es el aborto un derecho y punto? ¿No debe abortar la mujer porque quiere, porque es legal, sin tener que dar ninguna razón?




Se empieza buscando razones serias para abortar y se acaba prohibiendo el aborto, razonaron, espantadas, personalidades abortistas como Catherine Scott en The Telegraph.



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Otro ejemplo paradigmático de esta línea dura fue el columnista Martin Robbins en su sección “El científico lego” del muy abortista diario The Guardian (http://ift.tt/1tBndHu). Repitió mil veces que el aborto es un derecho, recordó que muchas mujeres abortan porque laboralmente les conviene (algo que él alaba), llamó hipócritas a quien considerara que la búsqueda de fama de Josie no fuese otro trabajo más y especialmente se indignó de que periódicos populacheros e incluso liberales y progresistas de repente llamaran “bebé” y “niño” a lo que él no considera más que un amasijo celular.




“The Mirror, abandonando sus credenciales liberales, describe el aborto de un puñado de células como una decisión de vida o muerte”, protesta Robbins, indignadísimo.




Y entonces, el “puñado de células” de 4 meses dio una patadita a su mamá.




No es que Josie no supiese lo que eran las patadas de bebés: ya había tenido dos hijos. Pero algo se activó dentro de Josie con esta primera patadita de su tercer bebé.




Y decidió no abortar.




"Realmente pensé que iba a ser capaz, pero no pude. Había sentido al bebé patear por primera vez 24 horas antes y no pude quitarme esa sensación de la cabeza", dijo, llorando, la modelo que quería ir al programa de televisión ´Gran Hermano´, ahora ya de 18 semanas.




"Simplemente no podía hacerlo", declaró Josie al Sunday Mirror (puede ver sus declaraciones en vídeo al diario inglés AQUÍ).




Josie detalló que se dirigía al abortorio cuando la asaltaron todas las dudas.




"Yo estaba en el taxi de camino a la clínica y me sentí físicamente enferma", dijo Cunningham. "Cuando el taxista me dijo que estábamos a un minuto, me puse a llorar. Quise echarme fuera del coche en marcha, y escapar. Tenía mis manos en la barriga y tuve una sensación muy fuerte: ¡no podía permitir que nadie se llevase a mi bebé!”.




Según el diario inglés, influyó en su caso el haber visto fotos de fetos humanos abortados de 18 y 19 semanas de gestación, que mucha gente le había enviado a su cuenta de Twitter.




“Tuve tantos ´twits´ de gente diciéndome que mirase esas imágenes de fetos de 18 y 19 semanas y que comprendiese lo que iba a hacer”, cuenta Josie.




“Mientras estaba tumbada despierta, antes de la cita, me quebranté”, considera Josie. “Creo que ignoraba los hechos, todo lo que está implicado en el procedimiento”.




Y finaliza con un buen propósito: “He decidido ser una buena madre al igual que con mis otros hijos”, asegura.




El portal de noticias próvida LifeSiteNews publicó que cuando Josie anunció su deseo de abortar muchos lectores creraon cadenas d eoración para que no sucediese. Los católicos usaban, por ejemplo, una oración atribuida al difunto arzobispo Fulton Sheen: “Jesús, María y José, ¡os amamos mucho! Os suplicamos salvar la vida de N., a quien hemos adoptado espiritualmente y que está en peligro de ser abortado. Amén.”




Queda ahora por ver qué dicen los abortistas de línea dura, los que piden que se respete el aborto “sin causa”… por lo general, suelen pedir que se considere que el seguir con un embarazo tampoco tiene “causa”: no les gusta hablar de pataditas en la barriga.




En cuanto a los abortistas de línea blanda, los de “soy pro-elección pero…”, que han sido criticados por los de línea dura, tendrán que replantearse sus límites. ¿Apoyan una ley que permite abortar sin causa alguna, sólo por razones frívolas?




¿Qué queda del eslogan clásico de las abortistas de “nadie aborta por gusto” o “somos adultas y decidimos”?




Josie Cunningham ha puesto a pensar a mucha gente que no solía hacerlo…







06:04

El día 27 de abril va a quedar para el presente y la posteridad como una fecha que nos abre la puerta a un camino de una gran esperanza: Juan XIII y Juan Pablo II, dos Papas con un influjo inmenso en la Iglesia y en la humanidad, son canonizados. Uno no sale de su asombro, no sólo por lo insólito de la canonización de dos Papas recientes en la misma celebración, sino por la magnitud que sus personas entrañan.

En momentos como los que estamos viviendo, con la canonización de ambos, Dios arroja una luz grande sobre nuestro mundo y nuestra Iglesia y señala caminos para su futuro.




Juan XXIII, el Papa bueno, el Papa que transparenta la bondad del Dios único, Amor y Bien, que hace salir su sol sobre todos, buenos y malos, justos e injustos, de una manera de ser y de pensar o de otra, sin acepción de personas, y que quiere reunir y unir a sus hijos dispersos, divididos y, a veces, muy enfrentados. Papa de la unidad, que dio pasos de gigante en orden a la unidad de los cristianos separados, abrió los brazos para abrazar a quienes profesan otras religiones, acortó distancias con los que caminaban lejos y salió a buscarlos. Un Papa de la paz, que en medio de los años de la «guerra fría», con el ruido aún persistente de guerras pasadas, apeló a la conciencia de las gentes y de los pueblos para trabajar por la paz y edifi carla con solidez y firmeza con indicaciones tan netas, precisas y justas como comprometedoras, de manera particular y especial con su encíclica inolvidable y tan actual «Pacem in Terris ». Un Papa que se preocupó tanto por el hombre y su dignidad que defendió con tal fuerza en otra encíclica «Mater et Magistra».




Juan XXIII, el Papa que, atento, como hombre de fe, a los signos de los tiempos y a la voz de Dios, que habla en los acontecimientos, gozos esperanza, sufrimientos y necesidades de los hombres, convocó un nuevo Concilio, –el Concilio Vaticano II– para que la Iglesia, solícita a lo que se le pedía, infundiese «en las venas de la humanidad actual la fuerza perenne, vital y divina del Evangelio» (Juan XXIII). Ante el mundo contemporáneo, en el que vivió, fue muy consciente y lúcido, tuvo una gran sensibilidad –posible sólo desde la fe y la sintonía con Dios–, y percibió con claridad la necesidad que había de renovación y de revigorización de la Iglesia para poder afrontar el reto, urgente y apremiante, de un nuevo impulso evangelizador de la Iglesia. Evangelizar de nuevo, infundir en la venas de la humanidad la fuerza del Evangelio, era algo, en efecto, que no se podía demorar ante hechos evidentes de descristianización de Occidente, la aparición de una quiebra de humanidad que resultaba patente sobre todo tras la terrible crisis de la gran guerra última o la emergencia de ideologías destructoras del hombre como la marxista, o ante la difusión de una cultura difusa de la modernidad que se alejaba cada vez más de la fe y se olvidaba de Dios, o ante una «guerra fría» entre dos bloques políticos que eran una amenaza para la paz entre los pueblos. Para eso anunció y convocó el Concilio, como quien echa en tierra la pequeña semilla con ánimo y mano temblorosa, «para que la Iglesia, consolidada en la fe, confi rmada en la esperanza, más ardiente en la caridad, refl orezca con un nuevo y juvenil vigor, defendida por santas instituciones, sea más enérgica y libre para propagar el Reino de Cristo» (Juan XXIII).




No en balde se ha hablado de este Concilio como de un «nuevo Pentecostés» –así lo pensaba el Papa Juan y así ha sido–: un paso purificador, «una venida» del Espíritu que santifi - que a la Iglesia y la lance sin demora a una nueva evangelización, como en los primeros tiempos, con la misma fe y firmeza, con la misma vitalidad y libertad, con la misma convicción y capacidad de servir a los hombres y traerles la paz. Esto reclama, sin duda, tanto la reunificación de los cristianos («Que seamos uno, para que el mundo crea», para que la fuerza perenne del Evangelio penetre en las venas de la humanidad, y surja una humanidad nueva con la novedad del Evangelio), como la revitalización de la Iglesia, que la Iglesia recobre un nuevo vigor, que se llene de vida, que sea fiel a la vida nueva del Evangelio (sólo una Iglesia con vida, una Iglesia santa en sus miembros, podrá infundir esa fuerza vital y vivifi cadora del Evangelio.




Y por esto mismo, el Papa Juan, el Papa de la bondad de Dios, fue el Papa de la unidad de los cristianos, el que abrió decididamente las puertas de encuentro con los «hermanos separados», e inseparablemente fue también el Papa del «aggiornamento», que es mucho



más que la puesta al día, o que una mera adaptación o actualización, para ser una cambio y una renovación interior que sólo Dios, con su Palabra, sus Sacramentos, su obra renovadora y santificadora, puede llevar a cabo.




Es lo que hizo Dios mismo con el propio Juan XXIII: lo hizo santo. Y, a partir de este 27 de abril, así, como tal, como santo, lo invocaremos con gozo, admiración, y agradecimiento. ¡Qué gran esperanza suscita su canonización!, además, unida a la del Papa Juan Pablo II, «venido de lejos», que pasó por el mundo como «testigo de esperanza», una esperanza que no defrauda.




© La Razón







06:04



Nunca en la historia de la Iglesia de Roma un obispo proclamó santos a dos de sus predecesores tan próximos en el tiempo como sucede ahora con la canonización de Angelo Giuseppe Roncalli y Karol Wojtya.

Sin duda alguna, Juan XXIII y Juan Pablo II fueron los protagonistas de la segunda mitad del siglo XX a través de sus pontificados –el primer corto, el segundo larguísimo, pues finalizó a comienzos del nuevo siglo–, de los cuales ya se percibe hoy su importancia, incluso antes de que pase el tiempo pertinente para que una perspectiva histórica permita una evaluación fundada. No obstante, el sentimiento de los fieles –también la percepción del exterior, incluso de mundos lejanos– ha precedido al reconocimiento de la Iglesia al advertir de forma súbita la extraordianaria trayectoria de estos dos figuras cristianas, tan diferentes una de la otra. El uno, arraigado en el catolicismo campesino lombardo de finales del siglo XIX, enviado tras su formación



romana a territorio extranjero, un Papa tradicional y revolucionario. El otro, fruto maduro y nuevo de una fe añeja y afi anzada por los regímenes totalitarios del siglo XX, el primer obispo de Roma no italiano después de casi medio milenio La santidad personal de Roncalli y Wojtyla -aprobada por los procedimientos canónicos iniciados por el Papa Pablo VI y el Papa Benedicto XVI, pero completada por la decisión de su sucesor Francisco–



tienen, sin embargo, un significado especial. Es, de hecho, la luz del Concilio Vaticano II la que ilumina y une, medio siglo después de su celebración, las dos canonizaciones.




Y simbólicamente las únicas imágenes fotográficas que recogen juntos al Papa Juan XXII y al joven obispo auxiliar de Cracovia pertenecen a una audiencia en el episcopado polaco pertencientes a la víspera del concilio. Su santidad se entiende, por tanto, en el contexto del Vaticano II: Roncalli lo intuyó y con sereno coraje lo inició, Wojtyla lo vivió apasionadamente como el obispo. El gesto de su sucesor Francisco –primer obispo de Roma que ha reafirmado el Concilio con convicción sin haber participado– subraya ahora no sólo la ejemplaridad de dos cristianos llamados a ser Papas, sino que indica el camino común, que indicaron ellos, de renovación y simpatía por los hombres y mujeres de nuestro tiempo.




© La Razón









14:29

El Papa Francisco se ha reunido este lunes 28 de abril con los Reyes de España y les ha dedicado el doble del tiempo habitual en las visitas de jefes de Estado: 53 minutos, para sorpresa de los colaboradores del Santo Padre, quienes le avisaron a los 44 minutos, pero no lograron interrumpir una conversación afectuosa.

Era la primera vez que el Papa les recibía en audiencia pues en la misa de inauguración del pontificado en marzo del 2013 nuestro país estuvo representado por los Príncipes de Asturias.




Según fuentes de la Casa Real, el Papa y los Reyes de España hablaron en privado de la situación internacional, los conflictos en el mundo -con especial referencia a Ucrania-, la Unión Europea, y el espinoso problema de los jóvenes y el desempleo, desde un punto de vista social.




Hablaron también del posible viaje del Papa a España en 2015 con motivo del V centenario del nacimiento de Santa Teresa, pero no hubo invitación oficial, porque ya ha sido hecha.




Tampoco hubo ningún anuncio, pues suelen hacerse tan sólo unos meses antes de cada viaje.







El Papa Francisco esperó a los Reyes de España en el corredor para introducirlos personalmente en su estudio. Su Majestad el Rey le cedió el paso pero el Santo Padre hizo una broma para animarle a precederle.




La conversación fue estrictamente privada entre los tres, y al cabo de 53 minutos, las puertas se abrieron para el séquito. Su Majestad el Rey presentó personalmente al Papa a cada uno de los miembros de la delegación española, entre los que figuraba la secretaria de la Reina «durante más de treinta años».




Los Reyes ofrecieron como regalo al Santo Padre dos volúmenes -encuadernados en piel blanca y decorados con el escudo papal-, de obras completas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Estaba claro que formaban parte de la «invitación» a visitar nuestro país.




El Papa regaló, a su vez, un medallón de bronce de la basílica y un ejemplar de la exhortación apostólica «La alegría del Evangelio».




Antes del encuentro con el Papa, los Reyes de España –acompañados del ministro de Asuntos Exteriores Jose Manuel García-Margallo- se reunieron durante media hora con el secretario de Estado, Pietro Parolin, y otros altos cargos del Vaticano. Puntualmente, a mediodía, terminaron ese encuentro para caminar unos metros hacia el estudio del Papa contiguo al Aula Pablo VI.







El Papa y los Reyes ya se saludaron brevemente el día anterior, durante la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII; precisamente Juan XXIII fue quien les dio la dispensa para casarse por los dos ritos, el católico y el ortodoxo




Aunque no habrá anuncio oficial hasta más adelante, parece claro que el Papa Francisco se sumará en Ávila y Alba de Tormes al flujo de peregrinos que celebran el V centenario siguiendo las huellas de Teresa de Jesús. Quedan por ver la fecha y el resto de su programa en nuestro país.




Un trato personalizado



El Santo Padre ha dado a los Reyes de España un tratamiento privilegiado. En lugar de recibirles con prisa el sábado, en medio de otros jefes de Estado y de Gobierno, les reservó la mañana del lunes, mucho más tranquila.




El encuentro con el séptimo Papa en la vida del Rey de España - bautizado en Roma en 1938 por el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pio XII-, no pudo ser más cordial ni más grato.




Era la decimocuarta vez que Don Juan Carlos y Doña Sofía visitaban el Vaticano. Si todo va bien, el próximo encuentro con el Papa Francisco será en España.







07:26

Esta es la homilía que pronunció el Papa Francisco el domingo 27 de abril en la misa de canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII, traducida al español por Radio Vaticana.

***




En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que San Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado.




Él ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde, como hemos escuchado, no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería.




Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).




Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios.




No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: «Sus heridas nos han curado» (1 P 2, 24; Cf. Is 53, 5).




San Juan XXIII y San Juan Pablo II tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano (Cf. Is 58,7), porque en cada persona que sufría veían a Jesús.




Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.




Fueron sacerdotes, y obispos y Papas del Siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María.




En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había «una esperanza viva», junto a un «gozo inefable y radiante» (1 P 1,3.8). La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar.




La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno.




Esta esperanza y esta alegría se respiraba en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, como se nos narra en los Hechos de los Apóstoles (Cf. 2, 42-47) que hemos escuchado en la segunda Lectura. Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.




Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos.




No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, San Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado, guiado del Espíritu. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; por eso a mí me gusta pensar en él como el Papa de la docilidad al Espíritu Santo.




En este servicio al Pueblo de Dios, San Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene.




Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama.







06:36

En el antedespacho del cardenal Dziwisz hay un imponente busto del Cardenal-Príncipe Adam Stephan Sapieha, arzobispo de Cracovia entre 1925 y 1951.

A unos cincuenta metros de su escultura está la capilla del arzobispado en la que el 1 de noviembre de 1946 ordenó sacerdote a Karol Wojtyla, que un día le sucedería en su ministerio arzobispal.




Hoy ocupa ese mismo despacho el cardenal Stanislaw Dziwisz (Raba Wyzna, 1939), quien fue ordenado sacerdote por el arzobispo Wojtyla en 1963 y en 1966 se convirtió en su secretario personal hasta su muerte el 2 de abril de 2005.




-¿Qué significa para usted haber convivido casi toda su vida con un santo?



-La vida era muy normal. Fue un santo muy normal, pero dentro de esa normalidad… excepcional. Si hablamos de él y la gente con la que trabajaba, era un hombre de una gran sencillez. Un santo hace que la vida sea más fácil e intenta entender las debilidades de otras personas.




-¿Qué fue lo que hizo a Juan Pablo II querer ser un Papa misionero que viajaba por todo el mundo?



-Él imitaba a Jesucristo. Y si no hubiera viajado, no habría seguido su ejemplo. El buen pastor conoce a sus ovejas y ellas le conocen a él. Y el viajar le ayudaba a ser un buen pastor. Y al viajar él prestaba su voz a los pueblos que sufrían. Hablaba en nombre de los pobres y se dirigía a los ricos. Porque él condenaba el marxismo y el capitalismo salvaje. Los dos. Todo esto quedó claro en sus encíclicas sociales.




-En los viajes de Juan Pablo II en los que veíamos a multitudes que salían a aclamarlo, ¿no veíamos que le querían mucho pero le escuchaban poco en cuestiones doctrinales?



-Se puede decir eso, pero después de sus visitas dejaba señales muy fuertes. Las dictaduras desaparecieron. Había un renacimiento de las iglesias, reforzadas. También se dice en Polonia que le seguían poco en lo doctrinal. Recordemos la Teología de la Liberación. Desapareció gracias a Juan Pablo II. Él explicaba que el marxismo no ayuda a resolver los problemas sociales. Le gustaba citar al Papa León XIII: «Que el remedio no sea peor que la enfermedad». Tuvo un intercambio con el presidente Vaclav Havel cuando lo recibió en el aeropuerto de Praga y le dijo: «No sé qué es un milagro. Pero que el Papa esté en la República Checa, eso es un milagro». Esas son las transformaciones que él hizo.




-Juan Pablo II visitó España cinco veces. Sólo visitó más veces Polonia, Francia y Estados Unidos. ¿Qué era España para él?



-Desde el punto de vista de la Iglesia, España era -y es- un país muy importante. Es difícil hablar de la evangelización de América Latina sin España. La posición de la Iglesia allí es muy importante hoy. Él quería ocuparse de los problemas sociales y de los problemas morales. Y, como polaco, quiero decir que Polonia necesita a España, pero una España sana y fuerte.




-Juan Pablo II fue el Papa de un tiempo. ¿Cree que habría actuado hoy de una manera distinta a como lo hizo en aquel tiempo?



-Cada Papa tiene su carisma. ¡Y qué importante es, siendo Papa, tener presentes las circunstancias del mundo en cada momento! Juan Pablo II fue un observador muy atento a los cambios. Seguro que hoy en día se comportaría tal como el mundo lo necesitara en este momento.




-¿Por qué cuando se designa a Wojtyla arzobispo de Cracovia la dirigencia política polaca de esa época cree que se entenderán con él mejor que con el cardenal Wyszynski?



-Los comunistas en Polonia querían dividir a la Iglesia católica. Unas veces preferían a Wyszynski, y otras a Karol Wojtyla. El arzobispo y cardenal Wojtyla fue siempre muy fiel al cardenal Wyszynski. Durante el concilio, en un momento dado se negaron a dar a Wyszynski un pasaporte. En esa época tenerlo era un privilegio. Pero sí se lo dieron al cardenal Wojtyla. Y él, en solidaridad con Wyszynski, renunció a su viaje. Después fue al revés. Wyszynski era el «bueno», y Wojtyla era el «malo». Wojtyla tenía siempre argumentos sólidos y esto les daba miedo.




»Antes del cónclave en el que fue elegido le retiraron el pasaporte diplomático y tenía solo un pasaporte común. El secretario del partido dijo que se le permitiera ir al cónclave y que ya hablarían con él a la vuelta. Pero ya no volvió. Tenían miedo de Wojtyla. Y tenían razón. Porque hoy podemos decir que él ganó. Sin combatir, él ganó. Venció lo que es importante siempre: la verdad y el ser humano. Y también la nación.




»El primer viaje no fue fácil porque el Gobierno no quería permitir que viniera. Por eso se pensó que el viaje a Polonia sería más adecuado después del viaje a México. Si México, siendo un país anticlerical, abría las puertas al Papa, un viaje a Polonia no podía ser «peor».




-Durante la década de 1980 usted, como su secretario, ¿cómo recopilaba información de lo que estaba sucediendo en Polonia?



-Había contactos con los obispos. El problema principal fue durante la ley marcial, cuando se cerraron las fronteras. Pero entonces Juan Pablo II envió a Polonia a su representante especial, el arzobispo Luiggi Poggi. Pero también existía la información muy rica y abundante que le ofrecía el presidente Reagan.




-¿Fue muy efectiva la alianza entre el presidente Reagan y el Papa Juan Pablo II en su actuación frente al comunismo? ¿Trabajaron juntos?



-Sí, trabajaron juntos. Había un acuerdo fundado en los sentimientos de dos seres humanos. En el fondo, ambos eran actores. Se entendieron muy bien. Analizaban la escena internacional de manera muy similar. Pero para Juan Pablo II siempre fue importante la autonomía. Lo importante para él era la libertad. Nunca obedeció a la dictadura.




»Él tenía su propia línea, sus ideas, su camino. Si había que denunciar la actuación del presidente Bush, él lo hizo públicamente. Dijo que la guerra solo complica la situación. No arregla nada. Solo el diálogo es la manera de resolver todos los problemas.







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