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01:15

Adrienne von Speyr (La Chaux-de-Fonds, 20 de septiembre de 1902 — Basilea, 17 de septiembre de 1967) ha sido una de las místicas más importantes del siglo XX.

Fue la primera mujer que ejerció la profesión de médico en Suiza y tuvo una vida marcada por intensas iluminaciones desde la infancia, vividas con una cierta incomodidad debido a su confesión protestante de nacimiento.




Se convirtió al catolicismo con treinta y ocho años, en 1940, tras un largo periodo de crisis y búsqueda, poco después de haber conocido al jesuita Hans Urs von Balthasar, uno de los mayores teólogos católicos del siglo XX.




Permaneció siempre unida a él por una intensa relación espiritual, e inició con él una profija colaboración intelectual.




Toda su misión de médico la dedicó al prójimo, a la que unió una intensa vida familiar — se casó una segunda vez al quedarse viuda — y, sobre todo, una intensa vida espiritual, centrada de manera particular en el misterio trinitario.




Punto de origen de su teología creativa es, de hecho, la Trinidad de Dios, que desde la eternidad ama, dialoga, crea.




Esta cercanía al centro del misterio cristiano, junto con la claridad y la fuerza expresiva de su escritura, hacen de su obra una de las más penetrantes e incisivas presentaciones de la doctrina cristiana.




Para Adrienne von Speyr la vida de fe es fuente de alegría y de paz, aunque no se le ahorra al creyente (como tampoco al místico) la cruz: en este sentido son importantes sus experiencias relacionadas con el Sábado Santo.







La segunda parte de su vida, una vez alcanzada la paz espiritual después de la conversión, estuvo marcada por enfermedades graves, grandes sufrimientos y, por último, por la ceguera.




Murió en 1967, después de haber recibido el don de los estigmas, precisamente el día de la fiesta de San Hildegarda, también ella médico y mística.




El pasaje que publicamos está sacado de «Drei Frauen und der Herr» (“Tre donne e il Signore” – “Tres mujeres y el Señor”, publicado en Italia por Jaca Book). [La foto bajo estas líneas es de 1965, dos años antes de su muerte]







Adrianne von Speyr, sobre los encuentros con Jesús



»Los encuentros de Jesús con los hombres parecen ser, en el Evangelio, totalmente casuales. Algunos personajes aparecen y vuelven a desaparecer, multitudes enteras lo siguen y se convierten en testimonios de sus milagros y escuchan su predicación. La mayor parte permanece anónima; algunos aparecen solamente para que la situación sea claramente delineada, podrían casi ser sustituidos por otros.




»Pero hay también personas que, despacio o de manera repentina, emergen de una cierta oscuridad para personificar desde ese momento en adelante, ante la mirada meditativa de la Iglesia, la forma de un particular servicio hecho al Señor.




»Cuando aparecen nos damos cuenta de que, desde hacía tiempo, ya habían sido objeto de la consideración y de la aceptación del Señor. Él las ha elegido, las ha acogido mucho antes de que ellas lo supieran. Y por ahora, hasta que salgan del secreto en Él, Él las sostiene.




»Algunas ya tienen el presentimiento de que un día Él las necesitará, es más, incluso ya las ha necesitado; la relación que existe entre ellas y Él, relación que sólo Él ha instituido, no les es completamente desconocida. Pero hay también personas que no saben, que lo han encontrado de manera totalmente oculta, sin que para ellas se haya hecho la luz, y sin embargo, Él las sostiene, durante años, mientras plasma en ellas su camino, las dirige, las ayuda a convertirse del modo cómo Él las necesita.




»En estas personas, que durante mucho tiempo permanecen desconocidas y que representan también a esas otras incontables sobre cuya relación con el Señor no conoceremos nada nunca jamás, se manifiesta de manera particular su poder de sostener en sí a cada hombre.




»Con cada uno Él puede, solo, entrar en relación, en una relación para la cual en un primer momento Él ha pronunciado la palabra sí. Lo ha puesto como su creación — y esta posición es la gracia, la cual precede cada movimiento y respuesta del hombre — pero en su sí al hombre ya está incluido, como un germen vivo, latente, también el sí del hombre: en la unilateralidad de la llamada está ya la bilateralidad del encuentro.




»De Maria, que dice al ángel su sí, nosotros sabemos en la fe que el Hijo, desde hacía mucho tiempo, desde la eternidad, la había sostenido y llevado en su sí. Él la ha elegido como su madre, la ha destinado y también preredimido. Es como si hubiera estado sostenida por el sí del Hijo hasta dónde ha sido posible: hasta el momento de la decisión. Del mismo modo como sucede con el que va a confesarse, que es sostenido hasta el momento en que hace su confesión.




»Este ser sostenidos por el Señor no significa en absoluto que Él nos quita la responsabilidad; Él, más bien, nos refuerza en la justa decisión, para que nosotros podamos encontrarlo en la plenitud de nuestra libre voluntad, para que por la fuerza que Él nos confiere seamos capaces de elegir lo que es la voluntad del Padre.




»Todo el pasado de Maria está perfectamente contenido en su sí; en este sí nosotros podemos leer en qué ella ha consumado su vida, todo lo que ha contribuido a formar este sí, en qué cosa ella se demuestra capaz de ser como el Hijo la quiere. Y en el instante en que pronuncia el sí, asume respecto a Él una responsabilidad que tiene en cuenta totalmente su autonomía.




»Algo similar sucede a todos aquellos a los que el Señor sostiene, que Él plasma en sí y que un día u otro encontrará. En este acto del sostener se incluyen dos momentos.




»Uno está todo él en lo eterno, en el plan del Hijo divino de redimir, por amor, el mundo para el Padre y de incluir en esta decisión a cada hombre individualmente, cuya misión Él prevé; el otro, está en la vida temporal de Jesús: aquí están los encuentros auténticamente humanos, cara a cara, como cuando Pedro está ante el Señor por primera vez, o bien de manera oculta y misteriosa, como cuando Jesús ve a Nataniel bajo la higuera y lo acoge, mientras quién ha sido visto y acogido no sabe aún nada de todo esto.




Adrienne von Speyr




(Traducción de Helena Faccia Serrano)







13:36

“No hay profesión ni condición social, no hay pecado ni crimen de cualquier género que pueda cancelar de la memoria y el corazón de Dios a uno solo de sus hijos”, dijo el Papa Francisco en la reflexión previa a la oración del Ángelus del domingo 3 de noviembre, que rezó con la multitud de peregrinos italianos y de otros países y continentes, que volvieron a llenar la plaza del Santuario de San Pedro y la plaza Pío XII.

Refiriéndose al evangelio del domingo, en el que Jesús pasa por Jericó, donde Zaqueo, una oveja perdida, despreciado y “excomulgado” por ser jefe publicano de la ciudad, amigo de los ocupantes romanos, ladrón y estafador, el obispo de Roma dijo que “aquel hombre pequeño de estatura, rechazado por todos y distante de Jesús, está como perdido en el anonimato; pero Jesús lo llama, y aquel nombre tiene un significado lleno de alusiones: En efecto, “Zaqueo” quiere decir “Dios recuerda”.”




El Vicario de Cristo dijo que Dios es Padre que espera atento en el corazón del hijo el deseo del regreso a casa. Y cuando reconoce aquel deseo, incluso sencillamente insinuado, inmediatamente le está a su lado, y con su perdón le vuelve más leve el camino de la conversión y del regreso.




Y finalizó con la invitación: “Hermanos y hermanas, ¡dejemos también nosotros que Jesús nos llame por nuestro nombre! En lo profundo del corazón, escuchemos su voz que nos dice: “Hoy debo detenerme en tu casa”, es decir en tu vida. Y recibámoslo con alegría: Él puede cambiarnos, puede transformar nuestro corazón de piedra en corazón de carne, puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un don de amor”.




Texto y audio completo de la alocución del Papa Francisco antes de rezar el Ángelus del domingo



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!




La página del Evangelio de Lucas de este domingo nos muestra a Jesús que, en su camino hacia Jerusalén, entra en la ciudad de Jericó. Esta es la última etapa de un viaje que resume en sí el sentido de toda la vida de Jesús, dedicada a buscar y salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero cuanto el camino más se acerca a la meta, tanto más en torno a Jesús se va estrechando un círculo de hostilidad.




Y sin embargo, en Jericó sucede uno de los acontecimientos más gozosos narrados por san Lucas: la conversión de Zaqueo. Este hombre es una oveja perdida, es despreciado, es un “excomulgado”, porque es un publicano, es más, es el jefe de los publicanos de la ciudad, amigo de los odiados ocupantes romanos, es un ladrón, es un explotador. Bella figura, ¡eh! Es así...




Impedido de acercarse a Jesús, probablemente a causa de su mala fama, y siendo bajo de estatura, Zaqueo se trepa a un árbol, para poder ver al Maestro que pasa. Pero este gesto exterior, un poco ridículo, expresa el acto interior del hombre que trata de ponerse por encima de la muchedumbre para tener un contacto con Jesús. El mismo Zaqueo desconoce el sentido profundo de su gesto, no sabe por qué hace esto, pero lo hace; ni siquiera osa esperar que pueda ser superada la distancia que lo separa del Señor; se resigna a verlo sólo de paso.




Pero Jesús, cuando está cerca de aquel árbol, lo llama por su nombre: “Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19, 5). Aquel hombre pequeño de estatura, rechazado por todos y distante de Jesús, está como perdido en el anonimato; pero Jesús lo llama, y aquel nombre, Zaqueo, en las lenguas de aquel tiempo, tiene un bello significado lleno de alusiones: En efecto, “Zaqueo” quiere decir “Dios recuerda”. Es bello, Dios recuerda.




Y Jesús va a la casa de Zaqueo, suscitando las críticas de toda la gente de Jericó. Porque también en aquel tiempo se hablaba tanto, ¡eh! Y la gente decía, ¿pero cómo, con todas las personas buenas que hay en la ciudad, va a estar precisamente con aquel publicano? Sí, porque él estaba perdido; y Jesús dice: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham” (Lc 19, 9). Desde aquel día, en la casa de Zaqueo, entró la alegría. Entró la paz, entró la salvación, entró Jesús.




No hay profesión o condición social, no hay pecado o crimen de ningún tipo que puede borrar de la memoria y del corazón de Dios a uno solo de sus hijos. “Dios recuerda”. Siempre. No se olvida de ninguno de los que ha creado; Él es Padre, siempre en espera, vigilante y amorosa, de ver renacer en el corazón del hijo el deseo del regreso a casa. Y cuando reconoce aquel deseo, incluso sencillamente insinuado, y tantas veces casi inconsciente, inmediatamente le está a su lado, y con su perdón le vuelve más leve el camino de la conversión y del regreso.




Pero miremos hoy a Zaqueo sobre el árbol. Ridículo. Pero es un gesto de salvación. Y yo te digo a ti: si tienes un peso en tu conciencia, si tienes vergüenza de tantas cosas que has hecho, detente un poco. No te asustes. Piensa que hay uno que te espera. Porque jamás ha dejado de acordarse de ti, de pensarte. Y éste es tu Padre, es Dios, es Jesús que te espera. ¡Trépate, como hizo Zaqueo, súbete al árbol por las ganas de ser perdonado! Yo te aseguro que no serás decepcionado. ¡Jesús es misericordioso y jamás se cansa de perdonar! Acuérdense bien de esto, así es Jesús.




Hermanos y hermanas, ¡dejemos también nosotros que Jesús nos llame por nuestro nombre! En lo profundo del corazón, escuchemos su voz que nos dice: “Hoy debo detenerme en tu casa”. Yo quiero detenerme en tu casa, en tu corazón, es decir en tu vida. Y recibámoslo con alegría: Él puede cambiarnos, puede transformar nuestro corazón de piedra en corazón de carne, puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un don de amor. Jesús puede hacerlo. ¡Deja que Jesús te mire!







02:33

Con motivo de la conmemoración de los Fieles Difuntos, es posible para los católicos ganar una indulgencia plenaria para las almas de seres queridos, familiares o amigos por ejemplo, que se encuentran en el purgatorio.

El Papa Francisco explicó el 30 de octubre que tanto los santos interceden ante Dios por nosotros, como nosotros podemos rogar al Señor por las almas del purgatorio.




“Todos los bautizados en la tierra, las almas del Purgatorio y todos los beatos que están ya en el Paraíso forman una única gran Familia. Esta comunión entre tierra y cielo se realiza sobre todo en la oración de intercesión”, dijo en esa ocasión.




Un empujón y fuera del Purgatorio



Para ganar una indulgencia plenaria por un difunto, la Iglesia pide seguir los siguientes pasos.




- El 2 de noviembre se visita piadosamente una iglesia o un oratorio. Durante esta visita se debe rezar un Padre Nuestro y el Credo. Además, se debe formular la intención de querer evitar cualquier pecado mortal o venial.




- Es necesario confesarse, recibir la Santa Comunión y rezar un Padre Nuestro y un Ave María por las intenciones del Papa. Estas tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la fiesta de Todos los Fieles Difuntos, pero es conveniente que la Comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día.




Tras cumplir estas condiciones, la persona por la que usted pidió la indulgencia plenaria podrá entrar en el Cielo.




Durante 8 días de noviembre



Así mismo, del 1 al 8 de noviembre se pueden ganar otras indulgencias por almas que se encuentren en el purgatorio.




Vale precisar que la indulgencia plenaria únicamente se puede ganar una vez al día.




Para ganar estas indulgencias, puede visitar piadosamente un cementario y orar por los difuntos, al tiempo que se debe querer evitar cualquier pecado mortal o venial.




También se deben cumplir las condiciones de confesión sacramental, Comunión Eucarística y oración por las intenciones del Papa.




Una misma confesión sirve para ganar varias indulgencias, pero se necesita una nueva Comunión, una nueva oración por las intenciones del Papa y una nueva visita al cementario por cada indulgencia.







03:15

Se puede decir más alto pero no más claro. «No es moral actuar contra la Constitución». Así se expresaba este viernes 1 de noviembre el secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Juan Antonio Martínez Camino, sobre proyecto soberanista abierto en Cataluña.

Lo hacía horas después de que medio centenar de grupos, órdenes religiosas e instituciones cristianas catalanas se sumaran al Pacto Nacional por el Derecho a Decidir amparándose en la Doctrina Social de la Iglesia.




Entrevistado en TVE



Durante una entrevista en el Debate de La 1, de TVE, el prelado explicó que «quebrantar en la acción política el marco legal de la convivencia no es aceptable desde el punto de vista moral».




Desde el primer momento, el portavoz quiso dejar claro que los obispos se han referido al nacionalismo en sendos documentos (Valoración Moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de 2002 y Orientaciones Morales ante la situación actual de España, de 2006) no porque pretendan expresar una postura sobre un tema político, sino porque se trata de «una cuestión política con implicaciones morales en la que está en juego el bien común, la paz y la convivencia».




«Aquí hay implicaciones morales. No es lo mismo desde el punto de vista moral actuar de una manera o de otra. Solo a este marco se refiere los pronunciamientos de la Conferencia Episcopal», insistió.




El vídeo de TVE se puede ver aquí, a partir del minuto 51:




El Debate de La 1 - 31/10/13






La unidad, un bien



Siempre en la misma línea, el prelado recordó que «los obispos han declarado que la unidad, la convivencia, la historia de España es un bien que hay que tratar con responsabilidad moral».

El secretario general de la CEE se refería concretamente al contenido de la instrucción pastoral de 2006 [se puede leer AQUÍ ]. Un documento muy crítico con la mentalidad laicista que impuso entonces el Gobierno de José Luis Zapatero y su vía libre al soberanismo catalán.




Entonces los obispos españoles afirmaron: «La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la unidad política de España. Pero enseña también que, en este caso, como en cualquier otro, las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada. Todos tenemos que hacernos las siguientes preguntas. (...) Es un bien importante poder ser simultáneamente ciudadano, en igualdad de derechos, en cualquier territorio o en cualquier ciudad del actual Estado español. ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudiéramos opinar y expresarnos todos los afectados?».




"Unilateralmente", "graves consecuencias"



El tono del texto era mucho más suave que el de la instrucción pastoral de 2002, en el que la amenaza terrorista estaba aún a la orden del día.




En diciembre de ese año, los prelados reunidos en Asamblea Plenaria aprobaban un documento en el que aseguraban que «poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear no sería prudente ni moralmente aceptable. Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder local o de cualquier otro tipo, es inadmisible».




Relación nacionalismo-descristianización



Salvo en estos sendos documentos, los organismos responsables de tomar decisiones dentro de la Confererencia Episcopal Española siempre se han mantenido al margen del debate soberanista. Su principal preocupación ha sido la deriva secularizadora del nacionalismo.




Mientras algunos obispos catalanes dirimen sobre cuestiones políticas, sus iglesias y seminarios están cada vez más vacíos. Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas de 2011, el 62,3 por ciento de los catalanes admitían ser católicos, diez puntos por debajo de la media española.




En el curso pasado, además, en el seminario diocesano de Madrid había 136 seminaristas, contra los 22 que se formaban en el de Barcelona. La financiación de la Iglesia catalana también está a la cola. El porcentaje de catalanes que marcaron la «x» en la casilla de la Iglesia el año pasado fue del 25 por ciento, diez puntos por debajo de la media española.







17:45

Semanas, meses, años de estudio de la formación jesuítica tradicional. Ejercicios orales y escritos, en público y en privado, corregidos y vueltos a corregir. Así se formaron muchas generaciones de jesuitas, y de tantos sacerdotes y seglares, formados en numerosas instituciones de esta Compañía. El objetivo: aprender a transmitir un mensaje (la Verdad) y a mover con la palabra (hacia el Bien). La asignatura: la retórica sagrada, y su aplicación a la retórica “profana”.

También el Papa Francisco se formó en esta escuela, y todos vemos sus resultados, su oratoria, de mayor impacto por su sencillez y cercanía. No resulta extraño que un instituto dedicado a la comunicación y transmisión del mensaje, el instituto Terzo Millenio, le haya concedido el premio "Comunicación sencilla".




¿Por qué el Papa Francisco es un gran predicador? ¿en qué se basa su predicación? Podríamos decir que es “un hombre que habla al hombre”, y con ello esboza una realidad más profunda, “Dios que habla hombre”. Para hablar al corazón, el centro de la persona, hay que conocer bien a sus ansias, sus anhelos, sus movimientos e inclinaciones, su naturaleza.




Una de las bases de este conocimiento del hombre que nos ha ido enseñando este Papa la encontramos en su convicción de que el ser humano necesita de Dios y de los demás. Ya lo hizo en su primera aparición pública, cuando puso al cristianismo a rezar por Benedicto XVI, y luego pidió reiteradamente oraciones por él. Cuando rezamos por alguien, o por nosotros, testimoniamos que el destinatario de las oraciones no está completo, tiene necesidades.




En días pasados una señora entró en el metro con su nieta de quince meses. La pequeña, como la mayoría de los niños, miraba con interés a los pasajeros que tenía cerca, con una mirada que solicitaba una respuesta; al de la derecha, al de la izquierda, a la señora de en frente. Necesitaba ser mirada, atendida, mimada. Y a la mínima respuesta contestaba con una sonrisa, un gesto, un ofrecimiento de lo que tuviese a mano. El niño es todo necesidad, petición, reclamo. "De los que se hacen como niños es el Reino de los Cielos", leemos en el Evangelio.




La segunda base de este conocimiento, una base más humano – divina, radica en la necesidad de dar, de salir, de transmitir lo que se ha recibido. ¡Cuántas veces ha exhortado a obispos, sacerdotes, monjas y todo fiel cristiano empujándonos a salir a las periferias, a transmitir el Evangelio, el mensaje de Dios! Prefiere que los cristianos se equivoquen en esta transmisión de la fe, a que por miedo no hagan nada.




Retomando el ejemplo de mi pequeña compañera del metro, ese salir constituye el contrapunto para no caer en el infantilismo, en la eterna niñez que sólo quiere ser el centro de las miradas, y no deja que su corazón salga a cuantos le rodean. El niño, con el tiempo, aprende que también los demás tienen necesidades, están esperando recibir amor. Cuando mira, además de querer ser mirado, empieza a salir de sí, a querer amar.




Cuando una persona, más allá de su vocación o su profesión, habla al corazón y habla desde el corazón, el oyente deja de ser oyente y pasa a ser escuchante. Le interesa lo que oye, y naturalmente se deja interpelar.




Segunda afirmación de la descripción de oratoria que señalaba al inicio: “Dios habla al hombre”. Escuchamos de modo natural a alguien semejante a nosotros. Y también Dios quiso obrar según esas reglas de la naturaleza humana: se hizo hombre, para revelar el hombre al propio hombre. Juan Pablo II, otro gran orador (muchos dirían artista), repetía con frecuencia esta frase del Vaticano II, en su Constitución Gaudium et Spes. Dios, haciéndose hombre, se acercó lo más posible al corazón humano, para hablarle de Corazón a corazón, para mostrarnos que la santidad es la perfección del hombre, la grandeza del hombre que ama al hombre y al Hombre.







03:00

Rompiendo el ritmo habitual de misas matinales en la Residencia de Santa Marta, en la mañana del jueves 31 de octubre el Papa Francisco quiso celebrar la Eucaristía en en el altar lateral de la Basílica de San Pedro donde se encuentra la tumba del beato Juan Pablo II.

Con el Papa estaban más de un centenar de presbíteros y muchos fieles.




El Santo Padre comentó las lecturas del día: la carta de san Pablo a los Romanos, donde el apóstol de los gentiles habla de su amor por Cristo, así como el pasaje del evangelio de san Lucas en el que Jesús llora por Jerusalén, que no ha entendido cuán amada es por él.




Orecemos el texto íntegro de la breve homilía del Santo Padre (traducción de Zenit, del original italiano en Radio Vaticana):




»En estas lecturas hay dos cosas que golpean. En primer lugar, la seguridad de Pablo: "Nadie puede alejarme del amor de Cristo". Más era tanto lo que amaba al Señor --porque lo había visto, lo había encontrado, el Señor le había cambiado la vida--, le amó tanto que decía que nada podía alejarlo de Él.




»Precisamente este amor del Señor era el centro de la vida de Pablo. Ni las persecuciones, ni las enfermedades, ni las traiciones; incluso todo lo que ha vivido, todas esas cosas que le han sucedido en su vida, nada de esto ha podido alejarlo del amor de Cristo. Fue el mismo centro de su vida, la referencia: el amor de Cristo.




»Y sin el amor de Cristo, sin vivir de este amor, reconociéndolo, nutriéndonos de ese amor, no se puede ser cristiano: el cristiano es aquel que se siente mirado por el Señor, con esa mirada tan hermosa, amado por el Señor y amado hasta el final. Se siente... El cristiano siente que su vida fue salvada por la sangre de Cristo. Y esto hace el amor: esta relación de amor. Eso es lo primero que me golpea mucho.




»La otra cosa que me llama la atención es esta tristeza de Jesús, cuando mira a Jerusalén. "Oh tú, Jerusalén, que no has entendido el amor". No ha entendido la ternura de Dios, es esa imagen tan hermosa que dice Jesús. No entender el amor de Dios: lo contrario de lo que sentía Pablo.




»Pero sí, Dios me ama, Dios nos ama, pero es algo abstracto, es algo que no toca mi corazón y yo me organizo en la vida como puedo. No hay lealtad allí. Y el grito del corazón de Jesús a Jerusalén es este: "¡Jerusalén, tú no eres fiel: tú no te has dejado amar; y te has entregado a tantos ídolos, que te prometían todo, te ofrecían todo y luego te han abandonado". El corazón de Jesús, el sufrimiento del amor de Jesús: un amor rechazado, que no lo ha recibido.




»Estas dos figuras en la actualidad: la de Pablo, que permanece fiel hasta el final al amor de Jesús, desde donde encuentra la fuerza para seguir adelante, para soportar todo. Él se siente débil, se siente pecador, pero tiene la fuerza en aquel amor de Dios, en aquel encuentro que tuvo con Jesucristo. Y por otro lado, la ciudad y el pueblo infiel, no fiel, que no acepta el amor de Jesús, o lo que es peor, ¿eh? Que vive este amor a medias: un poco sí, un poco no, de acuerdo a su conveniencia.




»Echemos un vistazo a Pablo con su valentía que proviene de este amor, y miremos a Jesús que llora sobre aquella ciudad que no es fiel. Miremos la fidelidad de Pablo y la infidelidad de Jerusalén, y al medio veamos a Jesús, su corazón, que nos ama tanto.




»¿Qué podemos hacer? La pregunta: ¿me parezco más a Pablo o a Jerusalén? Mi amor por Dios es tan fuerte como el de Pablo o mi corazón es un corazón tibio como el de Jerusalén? Que el Señor, por la intercesión del beato Juan Pablo II, nos ayude a responder a esta pregunta. ¡Que así sea!







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