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La Orden Franciscana Seglar les invita a participar TODOS LOS VIERNES a las 17:00 horas, en el Rezo del Santo Via Crucis y en donde puede usted ofrecer sus intenciones y necesidades. Esta devoción se efectúa en el interior del templo parroquial y finaliza en la capilla del Santísimo.

Participe con nuestros hermanos franciscanos seglares; ¿Se siente afligido? ¿Tienes una gran pena que parece que no encuentra consuelo? ¿Esta enfermo o tiene familiares enfermos? ¿Se siente deprimido o deprimida? Únase a la oración del Santo Viacrusis y descubra, al igual que San Francisco de Asís que a Dios se le encuentra mejor en medio de las penas y los sufrimientos y que Cristo Crucificado es quien mejor comprende nuestras soledades, aflicciones, dolores y amargos llantos.

Haga el esfuerzo. TODOS LOS VIERNES a las 17:00 horas. Paz y Bien.

Calle Chile No. 115 y Andador Honduras. Tel. (461) 61 406 03
Colonia Latinoamericana. Celaya, Guanajuato. México


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San Leonardo de Porto Mauricio, (1676-1751)

Se celebra su fiesta el 26 de noviembre.

El 17 de marzo de 1923 Pío XI nombraba celestial patrono de los sacerdotes que se dedican a las misiones populares a San Leonardo de Porto Mauricio, «solícito y valiente pregonero de la divina palabra, escogidísimo obrero en la viña del Señor».

Émulo de San Vicente Ferrer, protector de sus misiones, fue puesto por la divina Providencia en aquel siglo XVIII racionalista, frívolo y decadente, «el más bajo de los siglos», para predicar a Jesús crucificado y renovar la piedad, atenazada por el jansenismo hipócrita y frío.

Nació en Porto Mauricio (hoy Imperia), en la azul Riviera italiana, el 20 de diciembre de 1676 en un hogar de honrados marinos. Niño serio y piadoso, fue enviado a los trece años a Roma, cursando los estudios de humanidades, retórica y filosofía en el célebre Colegio Romano, al mismo tiempo que, como congregante de los oratorios filipino y del padre Caravita, adquiría una sólida formación espiritual.

A los veintiún años, sin titubeo alguno, siguió la voz del Señor, que le llamaba al estado religioso, vistiendo el hábito franciscano el 2 de octubre de 1697 en la provincia reformada romana. Ordenado de sacerdote el 23 de septiembre de 1702 y destinado a la enseñanza de la filosofía, cayó enfermo de una grave afección pulmonar, cuya curación, cinco años más tarde en su país natal, atribuyó a la Santísima Virgen, dedicándose inmediatamente de lleno al ministerio de la predicación.

Trasladado en 1709 al convento de San Francisco al Monte de Florencia, trabajó incansable en el establecimiento y organización de los conventos-retiros de la Orden, donde una selección de religiosos, observantísimos entre los observantes, vivía la pureza de la regla franciscana en un intransigente aislamiento del mundo.

Nombrado guardián del retiro de San Francisco al Monte, que gobernó nueve años, logró fundar en 1717 un «super-retiro» en la cercana colina del Incontro, dotándole de unos estatutos calcados en el austerísimo espíritu de San Pedro de Alcántara y del Beato Buenaventura de Barcelona.

En este eremitorio, que llevaba el sugestivo nombre de «la Soledad del Encuentro», San Leonardo redactó aquel mismo año sus Propósitos, férreo programa detallado y razonado de su lucha por la perfección, que define «trato íntimo y comercio interior con Dios Uno y Trino».

Poniendo como fundamento la desconfianza en sí mismo, se crea una inaccesible zona de seguridad, «una soledad mental llamada por mí País de la Fe, donde en olvido de todas las criaturas hablaré y conversaré con Dios». Armazón del edificio espiritual son las tres obras principales del día: la santa misa, precedida de la confesión y celebrada siempre con cilicio; el oficio divino, meditando la pasión del Señor; la oración mental, «mi pan cotidiano», que extendía a todas las horas libres de la jornada.

Con el «cuchillo de la mortificación» a la mano, San Leonardo fija el método ascético de adquisición y ejercicio de las virtudes teologales, votos monásticos y virtudes de religión, humildad, caridad con el prójimo y modestia; detalla las prácticas piadosas del día y las especiales de cada semana y mes, y reglamenta sus devociones predilectas: la pasión del Señor, que «meditaré día y noche»; el ejercicio del vía crucis, «que introduciré sin perdonar fatiga y aun lo impondré frecuentemente por penitencia»; la devoción a la Santísima Virgen, «cuyo sermón predicaré con especial fervor», llevando además por toda la vida, en memoria de sus siete dolores, una cruz con siete puntas sobre el pecho. Cada obra ha de llevar la etiqueta de la pureza de intención, la «nata del amor de Dios»; cada transgresión será castigada con el rezo del «Miserere» o una cruz en tierra con la lengua.

Para la renovación de la pureza de intención y petición de la ayuda divina se propone la jaculatoria «Jesús mío, misericordia», que repetía millares de veces al día y recomendaba insistentemente a sus dirigidos y misionados. «El sello de todos estos mis propósitos –termina– será la presencia continua de Dios», para lo cual se ayudará de la mencionada jaculatoria y de un ingenioso recurso nemotécnico: a los dedos de la mano.

No se trata del cuaderno de un novicio fervoroso; estos 66 propósitos eran la experiencia y ejercicio de veinte años de religioso perfecto. Cinco veces los revisó y copió, poniéndolos a la firma del confesor para tener el mérito de la obediencia.

La última ratificación y copia en 1745, a los sesenta y nueve años de edad, testifican la plena validez y eficacia de este manualito privado de ascética y mística, cuya observancia, minuto a minuto, llevó a nuestro Santo a las más altas cumbres de la santidad.

La fórmula de la espiritualidad de San Leonardo consistió en la equilibrada combinación de contemplación y acción. O como decía él mismo al definir su vocación: «Misión, estando siempre ocupado por Dios; soledad, estando siempre ocupado en Dios».

Eterno ermitaño en su corazón, abandonaba la paz conventual para «la campaña contra el infierno», como llamaba a las misiones populares, el género predilecto de su apostolado, comenzando ya en 1708. Compuestos al principio su Cuaresma y los Sermones de misión, no se cuidó de renovarlos, y repitiéndolos apenas retocados en los mismos lugares –en Roma cerca de veinte veces–, los efectos fueron siempre maravillosos.

Con un lenguaje sencillo y directo –una perla rara en aquella época del ridículo y huero barroquismo oratorio–, exponía los novísimos, la gravedad del pecado, los males del escándalo, atacando con especial vehemencia e ironía al chichisbeo, el típico y pecaminoso galanteo de aquel siglo sensual y morboso. Personalmente con los pecadores era sereno, jovial y benigno, poniendo en una buena confesión el fin principal de las misiones.

Práctico y organizador, como auténtico genovés, compuso en 1712 el reglamento de misiones, que substancialmente, y aun en muchos detalles, coincide con el método corriente de las actuales misiones populares.

Cada misión solía durar de quince a dieciocho días, comenzándose con la entrega del gran crucifijo, que plantaba en el palco o púlpito y señalaba patéticamente al pueblo: «He aquí el compendio de cuanto os vamos a predicar en estos santos días: Jesús crucificado».

No se desdeñaba de hacer un moderado uso de piadosos recursos externos para crear y mantener el clima de misión, como tomar la disciplina interrumpiendo el sermón, la procesión de penitencia con el impresionante cuadro del «condenado», las procesiones del entierro de Jesús y de Nuestra Señora del Bello Amor, el lúgubre toque de la «campana del pecador» a las nueve de la noche.

 La misión terminaba con la solemne erección del vía crucis, «gran batería contra el infierno», de los que erigió 576. En días sucesivos daba pláticas al clero y ejercicios espirituales a las religiosas, forma de apostolado que, como igualmente la dirección espiritual, cultivó con abnegación y esmero.

Sigilosamente se retiraba después al retiro más cercano «a predicar la misión a fray Leonardo», es decir, a intensificar su vida de penitencia y de unión con Dios.

Es imposible seguir el itinerario de sus cuarenta y cuatro años de misionero, en los que recorrió con los pies descalzos, sin sandalias, todos los caminos de la Italia del Norte y central, dando 339 misiones, reseñadas en el diario de su inseparable compañero fray Diego de Florencia con la anotación de los prodigios obrados en ellas.

Particularmente intensas y fructuosas fueron las misiones predicadas en Roma en el jubileo extraordinario de 1740, y, más tarde, en la preparación del Año Santo de 1750, terminado con la solemne inauguración de las estaciones del vía crucis en el Coliseo el 27 de diciembre.

Muy curiosas y accidentadas, pero plenamente logradas, las misiones de Córcega en 1744 ante auditorios frecuentemente armados de punta en blanco.

«Deseo morir en misión con la espada en la mano contra el infierno» –dice uno de sus propósitos–. Y así fue literalmente.

Acabó su última misión el 24 de octubre de 1751 en las montañas de Bolonia; el 26 de noviembre, próximo a cumplir setenta y cinco años, moría en su amado retiro de San Buenaventura de Roma este «gran cazador del paraíso», como le llamaba su amigo Benedicto XIV.

Anticipándose en más de un siglo a la «lluvia de rosas» de Santa Teresita, había escrito con fuerte estilo misional: «Cuando muera revolucionaré el paraíso y obligaré a los ángeles, a los apóstoles, a todos los santos, a que hagan una santa violencia a la Santísima Trinidad para que mande hombres apostólicos y llueva un diluvio de gracias eficacísimas que conviertan la tierra en cielo».

Fue beatificado el 19 de junio de 1796 y canonizado el 29 de junio de 1867. La iconografía le muestra con el crucifijo misionero en el pecho o en el acto de mostrarlo al auditorio, emblema merecidísimo de este gran propagador del vía crucis y predicador incansable de Jesús crucificado, «principio y fin de toda nuestra obra».

Isidoro de Villapadierna, O.F.M.Cap.,
San Leonardo de Porto Maurizio, en Año Cristiano, Tomo IV,
Madrid, Ed. Católica (BAC 186), 1960, pp. 471-475

14:38 , ,

Por el Padre Jordi Rivero

HISTORIA

Vía Crucis" en latín o "Camino de la Cruz" . También se le llama Estaciones de la Cruz y Vía Dolorosa. Se trata de un camino de oración que busca adentrarnos en la meditación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en su camino al Calvario. El camino se representa con una serie de imágenes de la Pasión o "Estaciones" correspondientes a incidentes particulares que Jesús sufrió por nuestra salvación.

Las imágenes pueden ser pinturas o esculturas. Algunas representaciones son grandes obras de arte inspiradas por Dios para suscitar mayor comprensión del amor de Jesucristo y movernos a la conversión. Entre éstas se destacan las de la catedral de Antwerp en Bélgica y las del Santuario de Lourdes en Francia.

Las estaciones generalmente se colocan en intervalos en las paredes de la iglesia o en lugares reservados para la oración. Los santuarios, casas de retiros y otros lugares de oración suelen tener estaciones de la cruz en un terreno cercano. En los monasterios generalmente se encuentran en el claustro.

La erección y uso de las Estaciones se generalizaron al final del siglo XVII. Al principio el número de Estaciones variaba pero se estandarizó en las catorce arriba mencionadas.

La finalidad de las Estaciones es ayudarnos a unirnos a Nuestro Señor haciendo una peregrinación espiritual a la Tierra Santa, a los momentos mas señalados de su Pasión y muerte redentora. Pasamos de Estación en Estación meditando ciertas oraciones. Varios santos, entre ellos San Alfonso Ligorio, Doctor de la Iglesia, han escrito meditaciones para cada estación. También podemos añadir las nuestras. Es tradición, cuando las Estaciones se hacen en público, cantar una estrofa del "Stabat Mater" mientras se pasa de una estación a la otra.

La costumbre de rezar las Estaciones de la Cruz posiblemente comenzó en Jerusalén. Ciertos lugares de La Vía Dolorosa (aunque no se llamó así antes del siglo XVI), fueron reverentemente marcados desde los primeros siglos. Hacer allí las Estaciones de la Cruz se convirtió en la meta de muchos peregrinos desde la época del emperador Constantino (Siglo IV).

Según la tradición, la Santísima Virgen visitaba diariamente las Estaciones originales y el Padre de la Iglesia, San Jerónimo, nos habla ya de multitud de peregrinos de todos los países que visitaban los lugares santos en su tiempo. Sin embargo, no existe prueba de una forma fija para esta devoción en los primeros siglos.

Desde el siglo doce los peregrinos escriben sobre la "Vía Sacra", como una ruta por la que pasaban recordando la Pasión. No sabemos cuando surgieron las Estaciones según las conocemos hoy, ni cuando se les comenzó a conceder indulgencias pero probablemente fueron los Franciscanos los primeros en establecer el Vía Crucis ya que a ellos se les concedió en 1342 la custodia de los lugares mas preciados de Tierra Santa. Tampoco está claro en que dirección se recorrían ya que, según parece, hasta el siglo XV muchos lo hacían comenzando en el Monte Calvario y retrocediendo hasta la casa de Pilato.

Ferraris menciona las siguientes Estaciones con indulgencias: 1) El lugar donde Jesús se encuentra con su Madre. 2) Donde Jesús habló con las mujeres de Jerusalén. 3) Donde se encontró con Simón Cirineo. 4) Donde los soldados se sortean Sus vestiduras. 5) Donde fue crucificado. 6) La casa de Pilato. 7) El Santo Sepulcro.

Muchos peregrinos no podían ir a Tierra Santa ya sea por la distancia y difíciles comunicaciones, ya sea por las invasiones de los musulmanes que por siglos dominaron esas tierras y perseguían a los cristianos. Así creció la necesidad de representar la Tierra Santa en otros lugares mas asequibles e ir a ellos en peregrinación. En varios lugares de Europa se construyeron representaciones de los mas importantes santuarios de Jerusalén.

En los siglos XV y XVI se erigieron Estaciones en diferentes partes de Europa. El Beato Alvarez (m.1420), que en su regreso de Tierra Santa, construyó una serie de pequeñas capillas en el convento dominico de Córdoba en las que se pintaron las principales escenas de la Pasión en forma de estaciones. Por la misma época, la Beata Eustochia, clarisa, construyó Estaciones similares en su convento en Messina. Hay otros ejemplos. Sin embargo, la primera vez que se conoce el uso de la palabra "Estaciones" siendo utilizada en el sentido actual del Vía Crucis se encuentra en la narración del peregrino inglés Guillermo Wey sobre sus visitas a la Tierra Santa en 1458 y en 1462. Wey ya menciona catorce estaciones, pero solo cinco de ellas corresponden a las que se usan hoy día, mientras que siete solo remotamente se refieren a la Pasión.

Por la dificultad creciente de visitar la Tierra Santa bajo dominio musulmán, las Estaciones de la Cruz y diferentes manuales para rezar en ellas se difundieron por Europa. Las Estaciones tal como las conocemos hoy fueron aparentemente influenciadas por el libro "Jerusalén sicut Christi tempore floruit" escrito por un tal Adrichomius en 1584. En este libro el Vía Crucis tiene doce estaciones y estas corresponden exactamente a nuestras primeras doce. Parece entonces que Vía Crucis, como lo conocemos hoy surge de las representaciones procedentes de Europa.

Pocas de las Estaciones en los tiempos medievales mencionan la segunda (Jesús carga con la cruz) ni la décima (Jesús es despojado de sus vestiduras). Por otro lado algunas que hoy no aparecen eran antes mas comunes. Entre estas, el balcón desde donde Pilato pronunció Ecce Homo (he aquí al hombre).

En el año 1837, la Sagrada Congregación para las Indulgencias precisó que aunque no había obligación, es mas apropiado que las estaciones comiencen en el lado en que se proclama el Evangelio. Pero esto puede variar según la estructura de la iglesia y la posición de las imágenes en las Estaciones. La procesión debe seguir a Cristo mas bien que encontrarse de frente con El.

Comprendiendo la dificultad de peregrinar a la Tierra Santa, el papa Inocente XI en 1686 concedió a los franciscanos el derecho de erigir Estaciones en sus iglesias y declaró que todas las indulgencias anteriormente obtenidas por devotamente visitar los lugares de la Pasión del Señor en Tierra Santa las podían en adelante ganar los franciscanos y otros afiliados a la orden haciendo las Estaciones de la Cruz en sus propias iglesias según la forma acostumbrada. Inocente XII confirmó este privilegio en 1694 y Benedicto XIII en 1726 lo extendió a todos los fieles.

En 1731 Clemente XII lo extendió aun mas permitiendo las indulgencias en todas las iglesias siempre que las Estaciones fueran erigidas por un padre franciscano con la sanción del ordinario (obispo local). Al mismo tiempo definitivamente fijó en catorce el número de Estaciones. Benedicto XIV en 1742 exhortó a todos los sacerdotes a enriquecer sus iglesias con el rico tesoro de las Estaciones de la Cruz. En 1857 los obispos de Inglaterra recibieron facultades de la Santa Cede para erigir ellos mismos las Estaciones con indulgencias cuando no hubiesen franciscanos. En 1862 se quitó esta última restricción y los obispos obtuvieron permiso para erigir las Estaciones ya sea personalmente o por delegación siempre que fuese dentro de su diócesis.

INDULGENCIAS

Las instrucciones de la Sagrada Congregación, aprobadas por el papa Clemente XII en 1731, prohiben especificar que o cuantas indulgencias pueden ganarse con las Estaciones de la Cruz. En 1773 Clemente XIV concedió la misma indulgencia, bajo ciertas circunstancias, a los crucifijos bendecidos para el rezo de las Estaciones, para el uso de los enfermos, los que están en el mar, en prisión u otros impedidos de hacer las Estaciones en la iglesia.

La condición es que sostengan el crucifijo en sus manos mientras rezan Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria un número determinado de veces. Estos crucifijos especiales no pueden venderse, prestarse ni regalarse sin perder las indulgencias ya que son propias para personas en situaciones especiales.

Regulaciones actuales sobre las indulgencias Publicadas en el Enchiridion Indulgentiarium Normae et Concessiones, Mayo de 1986, Librería Editrice Vaticana.

Se concede indulgencia plenaria a los fieles cristianos que devotamente hacen las Estaciones de la Cruz.

El ejercicio devoto de las Estaciones de la Cruz ayuda a renovar nuestro recuerdo de los sufrimientos de Cristo en su camino desde el praetorium de Pilato, donde fue condenado a muerte, hasta el Monte Calvario, donde por nuestra salvación murió en la cruz.

Las normas para obtener estas indulgencias plenarias son:
1. Deben hacerse ante Estaciones de la Cruz erigidas según la ley.
2. Deben haber catorce cruces. Para ayudar en la devoción estas cruces están normalmente adjuntas a catorce imágenes o tablas representando las estaciones de Jerusalén.
3. Las Estaciones consisten en catorce piadosas lecturas con oraciones vocales. Pero para hacer estos ejercicios solo se requiere que se medite devotamente la pasión y muerte del Señor. No se requiere la meditación de cada misterio de las estaciones.
4. El movimiento de una Estación a la otra. Si no es posible a todos los presente hacer este movimiento sin causar desorden al hacerse las Estaciones públicamente, es suficiente que la persona que lo dirige se mueva de Estación a Estación mientras los otros permanecen en su lugar.
5. Las personas que están legítimamente impedidas de satisfacer los requisitos anteriormente indicados, pueden obtener indulgencias si al menos pasan algún tiempo, por ejemplo, quince minutos en la lectura devota y la meditación de la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo.
6. Otros ejercicios de devoción son equivalentes a las Estaciones de la Cruz, aun en cuanto a indulgencias, si éstos nos recuerdan la Pasión y muerte del Señor y están aprobados por una autoridad competente.
7. Para otros ritos. Los patriarcas pueden establecer otros ejercicios devotos en memoria de la Pasión y muerte de nuestro Señor, en manera similar a las Estaciones de la Cruz.

Los requisitos de arriba son necesarios para obtener las indulgencias, pero siempre que se hacen las Estaciones con devoción en cualquier lugar, ya sea públicamente o en privado, se obtendrán muchas gracias. Claro que deben hacerse de corazón, con sincera intención de conversión.

Las Estaciones de la Cruz se pueden hacer con gran beneficio todo el año y son especialmente significativas durante la Cuaresma. Cada viernes santo, el Santo Padre dirige las Estaciones de la Cruz desde el Coliseo en Roma para recordar a los mártires y nuestro llamado a seguir sus pasos.

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