Artículos por "La Santa Misa"
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Objetivo:
Conocer los elementos que se emplean en la celebración eucarística para que, entendiendo lo que celebramos y el significado de los signos y los símbolos, participemos de una manera más consciente, perfecta y activa en el banquete sagrado de la eucaristía.



Número de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR)
- Sobre el amito (IGMR 119 Y 336)
- Sobre el alba (IGMR 119 y 336)
- Sobre el cíngulo (IGMR 119 y 336)
- Sobre la estola (IGMR 119 y 336-337)
- Sobre la casulla (IGMR 119 y 336-337)
- Sobre los colores de las vestiduras y los tiempos (IGMR 345-346)


Ideas clave
1. Las vestiduras del sacerdote deben hablar de la vida sobrenatural que se celebra en la eucaristía.
2. Los sacerdotes usan sotana negra, los obispos morada, los cardenales usan sotana roja y el papa una sotana blanca.
3. Cuando el catecúmeno salía de la pila bautismal era revestido con una túnica blanca, para simbolizar la vida nueva ganada por Cristo y otorgada mediante el sacramento.
4. El cíngulo se amarra a la cintura para significar que se amarran las pasiones que se dice están contenidas en las vísceras.
5. El pastor de una diócesis es el obispo, por eso usa báculo.
6. Hay tres grados del sacerdocio: diaconado, presbiterado y episcopado.
7. Siempre que se realiza una acción litúrgica se debe usar la estola.
8. Parece que la casulla se tomó de las vestiduras de los patricios que eran la gente rica del imperio romano, es decir, simboliza la fiesta y alegría por su lujo.
 9. La liturgia siempre tiene un mensaje para nosotros.
10. El cristiano ha de vestirse de una manera apropiada para celebrar al Señor.

   


Descripción
Encontrarse con Cristo no es un acto privado ni individual, es un llamado a la predicación, a la evangelización. Muchos hombres no le encuentran sentido a su vida, llevarles a Jesús es el mejor modo de que llevarles esperanza. Esa es nuestra vocación.


Objetivo
Aprender a llevar a la vida de cada día el encuentro transformante con Cristo en la comunión para ser verdaderamente en el mundo sal de la tierra y luz del mundo.

No. de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR)
• Sobre el rito de la paz (IGMR 82)
• Sobre la manifestación de la paz (IGMR 154)
• Sobre la fracción del pan (IGMR 83 y 321)
• Sobre la inmixtión (IGMR 241 y 267)
• Sobre la aclamación “Cordero de Dios” (IGMR 83y 267-268)
• Sobre la comunión (IGMR 84-88)
• Sobre la comunión bajo las dos especies (IGMR 281-287)
• Sobre las purificaciones (IGMR 278-280)
• Sobre la costumbre del sacrarium (IGMR 280 y 334)
• Sobre el silencio sagrado (IGMR 45)
• Sobre el rito de la conclusión (IGMR 90 y 166-170)


Ideas importantes a desarrollar (Estas son las ideas que deben quedar claras en la comunidad)
El signo de la paz no es un saludo entre amigos, sino un símbolo litúrgico. Que el pan eucarístico se fraccione es símbolo del Jesús que se rompe por nosotros para entregar su vida y dársenos como alimento. El cristiano cree y sabe que en un pequeño pedazo de pan se encuentra presente el Hijo de Dios. Jesús nos ofrece su cuerpo como pan para ser comido, de tal manera que lo podemos masticar. Tiene mayor simbolismo enviar el pan eucarístico a los enfermos desde el altar como signo de que la comunión se extiende a ellos. Al recibir la bendición no es propio signarse, sino inclinar la cabeza.

Desarrollo
-El rito de la paz nos recuerda que no podemos recibir la comunión si no estamos en comunión entre nosotros.   
-Al inicio de la celebración pedimos perdón por nuestros pecados, con el rito de la paz nos manifestamos la comunión entre nosotros para poder estar en comunión con Dios.   
-La paz se expresa a las personas cercanas a nosotros durante la celebración.   
-El símbolo radica en que, como hermanos, nos deseamos que la paz de Jesús esté con nosotros.   
-La inmixtión es símbolo de la comunión de toda la iglesia, pues en un principio, el obispo que fraccionaba el pan, enviaba pequeños pedazos a las iglesias vecinas para manifestar esta comunión.    -El cristiano reconoce que al recibir a Cristo como alimento es un don de Dios y no un mérito propio.  -Porque  Dios obra maravillas en nosotros es que confesamos que una sola palabra suya, podrá sanar todos nuestros pecados, nuestras heridas y nuestros dolores.   
-El coro puede ayudarnos a prepararnos a la comunión mediante un canto adecuado.   
-Caminar hacia la comunión exige la conciencia del encuentro con Jesús porque voy a entrar en íntima unión con Dios.   
-El sacerdote nos prepara a la comunión, mostrándonos el pan consagrado y luego nos aclara que lo que vamos a recibir es el Cuerpo de Cristo.   
-Si se da la comunión en la mano, se debe consumir el pan consagrado delante del ministro que se la ofreció.   
-Responder Amén, signifi ca que estamos conscientes y seguros que es a Jesús eucaristía a quien recibimos.   
-Por sentido práctico no se ofrece la comunión bajo las dos especies, aunque las conferencias episcopales lo permiten en celebraciones especiales o muy concretas.   
-Quien comulga con la especie del pan o del vino, come el cuerpo, el alma, la sangre y la divinidad de Jesús.   
-Al terminar la comunión el sacerdote purifica los vasos sagrados.   
-La postura litúrgica propia para recibir la bendición es inclinando la cabeza.   
-Terminada la misa, el sacerdote invita a los cristianos a ir al mundo a anunciar lo que han vivido.   El sacerdote se despide del altar besándolo.   
-Para salir hace una reverencia final para concluir la celebración.   
-La celebración concluye con el sacerdote reverenciando a la cruz, a la que reverenció antes de iniciar la celebración.


Descripción
Los ritos iniciales, las lectura y los ritos previos a la liturgia eucarística tienden todos ellos al momento del encuentro con Cristo en la comunión. Jesús se ha querido quedar como alimento nuestro y nos invita a comerlo para tener vida eterna.




Objetivo
Profundizar en el sentido de la celebración eucarística que tiene su cumbre plena en el momento en que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se nos quiere dar en alimento.


No. de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR)
• Sobre la oración sobre las ofrendas (IGMR 77)
• Sobre el prefacio (IGMR 79 Y 364)
• Sobre la aclamación del Santo (IGMR 79)
• Sobre la epíclesis (IGMR 79)
• Sobre la anámnesis (IGMR 79)
• Sobre la doxología final (IGMR 79)
• Sobre el rito de la comunión (IGMR 80 y 237-249)
• Sobre gestos y posturas (IGMR 42-44)
• Sobre el embolismo (IGMR 80 y 153)

Ideas importantes a desarrollar (Estas son las ideas que deben quedar claras en la comunidad)
Liturgia quiere decir: acción de todo el pueblo o de la comunidad.
En la eucaristía somos invitados a dar gracias a Dios por todo lo que nos ha dado.
El canto del santo debe ser con tono efusivo y festivo.
La misa es la acción de gracias del pueblo al Dios que nos ha dado todo, incluido a su propio Hijo. Arrodillarnos durante la consagración es signo de nuestra adoración a Dios que se hace presente entre nosotros mediante el Cuerpo y la Sangra de Cristo.
El sacerdote muestra al pueblo el Cuerpo y la Sangre de Cristo para que los adoremos.
La celebración toda se encamina al momento en que el pueblo come el Cuerpo de Cristo, en el banquete de la eucaristía.
El rito de la comunión inicia con el Padre Nuestro.
El Padre nuestro no intenta destacar la comunión entre los hermanos, sino con Dios, por eso no es correcto tomarse de las manos durante el mismo.

Desarrollo
Cuando el sacerdote dice “oremos”, nos hace una invitación a que oremos como comunidad.   
El prefacio se elige antes de la celebración.   
Levantar el corazón es elevarlo a las cosas sagradas, al espacio de lo divino.   
Es justo dar gracias a Dios porque es algo que le debemos.   
Es necesario porque sin gratitud nuestro sacrificio quedaría en nada.   
Cada uno de los momentos importantes de la misa, termina con un canto aleluyático: por ejemplo, el gloria antes de la liturgia de la palabra o el santo antes de la consagración.   
Terminado el Santo, viene el momento de la consagración.   
Durante la epíclesis, se pide al Padre que envíe al Espíritu Santo.   
Por la transubstanciación las sustancias pan y vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.  Nuestra adoración muchas veces se hace con las palabras que usara Santo Tomás cuando Jesús le permitió tocar sus llagas: “Señor mío y Dios mío”.   
El sacerdote se pone de rodillas, para adorar a Dios en medio de nosotros por medio del sacramento.   Una vez terminada la consagración el pueblo se pone de pie para hacer la aclamación de la fe.   
El sacerdote levantando la patena y el cáliz ofrece al Padre la víctima del sacrificio y a la invocación del sacerdote el pueblo responde con entusiasmo y convicción total: Amén.   
Por la celebración me dispongo al encuentro con Dios en la comunión.   
Cuando el sacerdote abre las manos en la oración se abre a la acción y al obrar de Dios.   
Extender las manos abiertas simboliza esperar los dones que vienen de Dios.   
Juntar las manos, cerrar los ojos y bajar la cabeza es símbolo de humildad delante de Dios.   
Si el sacerdote quiere destacar la comunión entre los hermanos al momento de orar el Padre nuestro, sería el momento adecuado para tomarse de las manos.


Descripción
Para prepararnos al banquete de la eucaristía en el que Jesús nos da de comer su cuerpo y a beber su sangre, necesitamos conocer los vasos sagrados, es decir, los utensilios que pueden contener las especies sagradas.


Objetivo
Conocer los elementos que se emplean en la celebración eucarística para que, entendiendo lo que celebramos y el significado de los signos y los símbolos, participemos de una manera más consciente, perfecta y activa en el banquete sagrado de la eucaristía.


No. de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR)
• Sobre los vasos sagrados en general (IGMR 327-334)
• Sobre la patena y vasos para recibir la especie del pan (IGMR 327 y 329)
• Sobre el copón y su uso en la distribución de la comunión (IGMR160 y 329)
• Sobre la eucaristía en reserva para comunión o adoración (IGMR 314-317)
• Sobre el material no absorbente del cáliz (IGMR 330)
• Sobre la bendición o consagración de los vasos sagrados (IGMR 333)
• Sobre la preparación de los dones (IGMR 73-76)
• Sobre la mezcla del agua y el vino en el cáliz (IGMR 142)
• Sobre el lavatorio de las manos en la misa (IGMR 145)

Ideas importantes a desarrollar (Estas son las ideas que deben quedar claras en la comunidad)
La belleza de los vasos, hablan de la belleza del misterio que celebramos.
El uso de la patena (o plato) nos recuerda que la eucaristía es, ante todo, una comida a la que nos invita Jesús.
En la liturgia todo debe ser signo de una realidad superior y debe ser un símbolo para los fieles.
Cuando se transporta la especie consagrada en un relicario para llevar a los enfermos, la funda que se usa va pegada al corazón y el conjunto se custodia con las manos.
Para que exista el misterio de la consagración (convertir en cuerpo el pan y en sangre el vino) se necesitan: las palabras consacratorias, el pan y el vino y la intención del sacerdote para consagrar las especies sagradas.
Para que haya consagración se necesita que el pan sea ácimo (harina de trigo y agua solamente, sin sal ni fermento o levadura).
El vino ha de ser puro de uva sin ningún tipo de alteraciones.
En cualquier de las especias consagradas, está completo Cristo con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.
La eucaristía es la acción de toda la iglesia en unión con Cristo.
Las manos del sacerdote son ungidas con crisma, signo de Cristo y el Espíritu Santo para consagrarlas y ponerlas al servicio del altar.


Descripción
Jesús nos invita no solo a la mesa de la eucaristía, para darnos a comer su cuerpo, sino que nos invita a escuchar su palabra, porque la palabra de Dios da vida a quien la escucha y Jesús es el único que tiene palabras de vida eterna.



Objetivo
Conocer los elementos que se emplean en la celebración eucarística para que, entendiendo lo que celebramos y el significado de los signos y los símbolos, participemos de una manera más consciente, perfecta y activa en el banquete sagrado de la eucaristía.


Nos. de la Instrucción General del Misal Romano
• Sobre la postura durante las lecturas (IGMR 43)
• Sobre los lugares para los ministros (IGMR 310)
• Sobre el ministerio del monitor o comentarista (IGMR 105)
• Sobre la disposición del leccionario en el ambón (IGMR 128)
• Sobre la aclamación después de las lecturas (IGMR 128)
• Sobre el silencio entre lecturas (IGMR 128)
• Sobre el salmo, su lectura y el modo de hacerse (IGMR 61, 102 y 129)
• Sobre el canto del aleluya (IGMR 131-132)
• Sobre la postura estando de pie (IGMR 43)
• Sobre los elementos en torno a la proclamación del evangelio (IGMR 134 y 175)
• Sobre la homilía (IGMR 136) • Sobre el silencio sagrado (IGMR 45)
• Sobre el sentido del credo o profesión de fe (IGMR 66-67)
• Sobre el sentido y orden de la oración universal (IGMR 69-71)
• Sobre el sentido y razón de la ofrenda monetaria (IGMR 73)

Ideas importantes a desarrollar (Estas son las ideas que deben quedar claras en la comunidad)
Sentarse es también una posición litúrgica, es la posición de quien escucha atentamente. El leccionario debe estar preparado en el ambón. El lector es el portador de la palabra de Dios.
En la medida de lo posible el salmo ha de ser cantado. La celebración no se improvisa, se prepara.

 El pueblo se signa cuando el sacerdote anuncia el evangelio. Estar de pie significa estar preparado para seguir al Señor. Dado que nuestras celebraciones son comunitarias, las respuestas del pueblo siempre son importantes. La señal de la cruz cuando la proclamación del evangelio, es un signo litúrgico de petición a Dios para que abra nuestra mente, nuestros labios y nuestro corazón al evangelio de Jesús. Por lo tanto, no se dice: Por la señal de la santa…

El silencio es parte fundamental de la celebración porque nos permite ser conscientes de la presencia de Dios. El credo de los apóstoles nos pone en comunión con la primitiva iglesia. En la oración universal hay un orden de petición.

Desarrollo
-El pueblo y el sacerdote se sientan para escuchar con atención la palabra de Dios.   
-Un monitor introduce brevemente el sentido o motivo de las lecturas.   
-Los lectores, con las manos juntas, se acercan solemnemente para leer al pueblo la palabra divina.
-Necesitamos espacios de silencio para captar lo que se nos dice, lo que se anuncia, para dejar que la palabra de Dios llegue al corazón.   
-El salmo es la respuesta a la palabra de Dios escuchada. 
-Conviene que el pueblo tenga en sus hojitas el salmo o, cuando menos, el responsorio.   
-Si el salmo no se canta, es conveniente que haya música de fondo.     -
-De modo similar se acerca el lector que proclamará la segunda lectura y al término de la lectura hace la aclamación a la que el pueblo responde.   
-El evangelio es la palabra que Cristo proclama a su pueblo o iglesia.   
-Como preparación a la lectura del evangelio se usa el incienso, los ciriales y se canta el aleluya.   Si hay diácono presente solicita la bendición al presidente.   
-Antes de la lectura del evangelio se hace la incensación con tres golpes triples para indicar la presencia verdadera de Dios.   
-La lectura del evangelio concluye con el beso al evangeliario.   
-La homilía pretende aterrizar el texto sagrado para ponerlo en práctica en la vida de cada día.     Se sugiere la posibilidad de tomar apuntes durante la homilía para sacar más provecho y meditar sobre ello durante la semana.   
-Terminada la homilía debe haber un momento de silencio para reflexionar sobre lo escuchado.   
-El credo que usamos de ordinario es el llamado niceno-constantinopolitano.   
-Se puede proclamar la fe con la forma que se usó cuando nuestro bautismo, cuando el sacerdote hace las preguntas a lo que el pueblo responde de modo individual: Sí, creo.   
-La oración universal debe de hacerse desde el atril.   
-La colecta supone la entrega los dones que Dios nos da para compartir con los hermanos de nuestra comunidad. Es realmente una ofrenda es al altar, para Dios.   
-La ofrenda es un modo de dar gracias a Dios por los dones y bienes que nos da.   
Los dones que se presentan en la celebración tanto el pan y el vino, como los dones económicos o en especie se reciben por el sacerdote que también avanza en procesión.


Descripción
El cristiano es invitado a participar de la mesa de la palabra y de la eucaristía, pero para gozar ese encuentro, es necesario prepararnos a ello; los ritos iniciales, disponen nuestro corazón para el encuentro con Jesús en la celebración eucarística.





Objetivo
Conocer los elementos que se emplean en la celebración eucarística para que, entendiendo lo que celebramos y el significado de los signos y los símbolos, participemos de una manera más consciente, perfecta y activa en el banquete sagrado de la eucaristía.


No. de la Instrucción del MGR
• Sobre procesión y lo relativo a ritos iniciales (IGMR 117-122)
• Sobre el uso del incensario durante la procesión (IGMR 119120)
• Sobre la naveta con el incienso (IGMR 119)
• Sobre la cruz procesional (IGMR 120 y 122)
• Sobre los ciriales o cirios encendidos (IGMR 120-121)
• Sobre el Evangeliario en la procesión y su lugar (IGMR 119120 y 122)
• Sobre el orden de quienes participan en la procesión (IGMR 120)
• Sobre la finalidad del canto de entrada (IGMR 47- 48 y 121)
• Sobre la reverencia o inclinación profunda (IGMR 122 y 275)
• Sobre el sentido, significado y valor de la genuflexión (IGMR 274)
• Sobre arrodillarse o ponerse de rodillas (IGMR 43)
• Sobre la veneración al altar con un beso (IGMR 49, 123 y 273)
• Sobre la incensación del altar (IGMR 123)
• Sobre la cruz como cruz del altar (IGMR 122)
• Sobre los movimientos o golpes del incensario (IGMR 276-277)
• Sobre la señal de la cruz en los ritos iniciales (IGMR 47-48 y 124)
• Sobre el saludo inicial (IGMR 124)
• Sobre el acto penitencial y el Señor ten piedad (IGMR 51-52 y 125)
• Sobre el canto del Gloria (IGMR 53 y 126)
• Sobre la oración colecta (IGMR 54 y127)

Ideas importantes a desarrollar (Estas son las ideas que deben quedar claras en la comunidad)

Para ir al templo de Jerusalén, el pueblo judío hacía procesiones que le llevaban hasta la casa de Dios. Así como el pueblo judío caminaba hacia el encuentro con el Señor en su templo santo, los católicos vamos al encuentro del Señor que está presente en su palabra y en la eucaristía.

El incienso que abre la procesión simboliza que tras él viene el rey, es como la alfombra que se pone para significar la importancia de quien viene atrás.

El incienso anuncia que quien viene es Jesús crucificado. El sacerdote celebra o preside “in persona Christi” es decir, es Cristo quien celebra o preside a través del sacerdote.

El cristiano inicia todas sus actividades en el nombre del Dios Trinidad. La cruz que trazamos sobre nuestro cuerpo al iniciar la celebración, nos recuerda que la iglesia ve en el signo de la cruz, un signo del poder de Dios y de su protección sobre nosotros.

Nos reunimos en comunidad cada domingo para celebrar la resurrección del Señor Jesús, quien nos invita a participar en esta alegría.


Objetivo:
Conocer los elementos que se emplean en la celebración eucarística para que, entendiendo lo que celebramos y el significado de los signos y los símbolos, participemos de una manera más consciente, perfecta y activa en el banquete sagrado de la eucaristía.


Número de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR)
- Sobre la edición del misal romano (IGMR 386, 389 y 399)
- Sobre la elegibilidad de las oraciones (IGMR 363)
- Sobre la elegibilidad de las plegarias eucarísticas (IGMR 364)
- Sobre el sentido de la instrucción general del misal romano (IGMR 1-15)


Ideas clave
1. La edición típica del misal romano realizada en latín, se traduce a las diferentes lenguas para su uso en el culto.
2. La eucología se refiere a las oraciones fundamentales durante la misa: oración colecta, oración sobre las ofrendas y la oración después de la comunión.
3. Las rúbricas indican a los sacerdotes cómo han de conducirse en la celebración eucarística.
4. Hay una norma litúrgica que dice que lo que no está prohibido se puede hacer.
5. Los leccionarios son los libros que contienen las lecturas que se hacen durante la celebración eucarística.
6. La iglesia ha definido el modo en que se han de llevar a cabo las lecturas durante las celebraciones, tanto dominicales como feriales o entre semana.
7. La misa dominical está dividida en tres ciclos (A, B, C), al término de los cuales el católico ha escuchado los textos más importantes de la sagrada escritura.
8. El ciclo ferial o de entre semana se divide en dos ciclos I y II, al término de los cuales el católico ha escuchado los textos más importantes de la sagrada escritura.
9. En ambos ciclos par e impar, los evangelios siempre serán los mismos, dada su brevedad, pero la primer lectura y el salmo varían del año par al impar.
10. El salmo debe ser proclamado por un cantor diferente de quien lee la primer lectura.
11. El evangeliario contiene la palabra de Jesús que se proclama en la eucaristía.
12. Los misales ofrecen material que no se necesitan durante la celebración, lo mejor sería usar la Biblia porque aprendemos a manejarla, le damos uso y tenemos ese contacto con la Palabra de Dios.

   






Objetivo: 
Conocer los elementos que se emplean en la celebración eucarística para que, entendiendo lo que celebramos y el significado de los signos y los símbolos, participemos de una manera más consciente, perfecta y activa en el banquete sagrado de la eucaristía.

Número de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR)

- Sobre la dedicación o consagración de los templos (IGMR 290)
- Sobre el presbiterio (IGMR 295)
- Sobre el lugar del coro y el órgano (IGMR 312-313)
- Sobre el ambón (IGMR 309)
- Sobre la sede (IGMR 310)
- Sobre el altar (IGMR 296-308 )
- Sobre la veneración de las imágenes de culto (IGMR 318)


Ideas clave:
1. La Misa es el memorial del Señor
2. Todos los templos son consagrados por el Obispo, son lugares verdaderamente santos.
3. Dios es el separado y cuando se consagran lugares o cosas se separan para él.
4. Dios nos ha separado para sí, haciéndonos santos o consagrados.
5. Mediante el culto se entra en relación con el Ser Trascendente.
6. Entrar en el templo significa entrar en el ámbito de Dios, de lo sagrado.
7. Del baptisterio emana la vida cristiana, con el bautismo comenzamos a participar de la vida de Dios; de ahí nace la santidad del pueblo que se reúne en la celebración eucarística.
8. Decir santo y decir cristiano es exactamente lo mismo en el lenguaje de san Pablo.
9. El pueblo santo se reúne en el lugar santo para la celebración del santo sacrificio de la misa.

   



Título original
El gran milagro

Año
2011

Duración
76 min.

País
México

Director
Bruce Morris

Guión
Luis De Velasco

Música
Mark McKenzie

Fotografía
Animación

Reparto
Animacion

Productora
Dos Corazones Films

Género
Animación. Drama | Religión. Historias cruzadas. 3-D

Sinopsis
La historia se centra en tres personajes en crisis: Mónica, viuda y madre de un niño de nueve años, hace todo lo posible por mantener a flote su hogar. Don Chema es un conductor de autobús que recibe la noticia de que su hijo padece una enfermedad incurable. Y doña Cata es una anciana que siente que su misión en esta vida ha terminado.

Cuando la desesperación lleva a estos personajes a acudir a la iglesia, sus vidas no sólo se cruzan, sino que cambian para siempre. Bajo la tutela de ángeles guardianes, comprenderán el verdadero significado de la misa, de la lucha constante entre el Bien y el Mal y del triunfo de la fe y la esperanza.

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Regístre y rellene en el siguiente formato, los datos que se le piden y haga llegar a través de Internet para recibir gratuitamente la celebración de la Santa Misa sus Intenciones para la misma por parte de diversos sacerdotes.

Sólo rellene las celdas con los datos que se le solicitan y al enviar, llegaran sus peticiones a los celebrantes respectivos. No olvide pedir por sus sacerdotes, por su Obispo así como por las Benditas Ánimas del Purgatorio y por todas aquellas almas por quien nadie se acuerda de pedir por su conversión.


Entre los celebrantes, están:

Pbro. Humberto Arce Santiago
Párroco de la Parroquia María Auxiliadora
Templo Parroquial María Auxiliadora
Boulevard Lázaro Cárdenas No. 37
La Barra Norte. Tuxpan, Veracruz. México
Código Postal 92773
Diócesis de Tuxpan
Tel. (783) 83 712 92
Ofrece las intenciones todos los domingos
Misa de 12:00 horas, tiempo de México.

Pbro. Lic. Moisés Isaí Vargas
Párroco de la Parroquia San Francisco Javier
Barrio El Centro
Municipio de San Francisco Menéndez
Departamento de Auchapan
El Salvador, Centro América.
Ofrece las intenciones todos los domingos
Misa de 9:30 horas, tiempo de El Salvador.

Pbro. Jorge Gordillo Cadena
Vicario de la Parroquia San Benito Abad
Domicilio Conocido
Diócesis de Tapachula
Puerto Madero, Municipio de Tapachula, Chiapas.
México.
Ofrece las intenciones todos Miércoles y Viernes
Misa de las 15:00 horas, tiempo de México.

Pbro. Frank Reinaldo Dorante Boquett, 
Párroco de Parroquia La Ascension del Señor
Calle 1 con Av Carabobo, ciudad de San Felipe, Yaracuy,
Diócesis de San Felipe, en Venezuela,
Ofrece las intenciones de Lunes a Domingo 
Misa de las 18:00 horas, tiempo de Venezuela

Fray Absalon Portillo OFM
Fraile franciscano del Convento de San Francisco Asunción, Paraguay
Herrera 363. Asunción, Paraguay. C.C. 1313
Celebra la Santa Misa en su capilla privada.
Ofrece las intenciones los todos los Lunes, Miércoles y Sábados.
Misa de 19:00 horas, tiempo de Paraguay.

Padre Timoteo Nicasio Santiago
Párroco de la Parroquia Espíritu Santo
Congregación Anáhuac, Veracruz. México.
Diócesis de Tuxpan.
Ofrece las intenciones todos los Domingos.
Misa de 10:00 horas, tiempo de México

Padre José Alfonso Contreras Valadez
Vicario de la Parroquia San Juan Bautista y el Señor del Perdón
Tuxpan, Jalisco.
Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco.
Ofrece las intenciones todos los Lunes, Miércoles, Viernes, Sábado.
Misa de 7:00 horas, tiempo de México
Ofrece las intenciones todos los Domingos
Misa de 5:30 horas, tiempo de México.


Padre José Miguel Baltazar Rodríguez
Director Espiritual del Seminario Mayor
Diócesis de Papantla, Veracruz.
Ofrece las intenciones todos los Martes y Miércoles.
Misa de 11:00 horas, tiempo de México







CAPÍTULO II: LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES LAICOS EN LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

1. UNA PARTICIPACIÓN ACTIVA Y CONSCIENTE

La celebración de la Misa, como acción de Cristo y de la Iglesia, es el centro de toda la vida cristiana, en favor de la Iglesia, tanto universal como particular, y de cada uno de los fieles, a los que «de diverso modo afecta, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual. De este modo el pueblo cristiano, “raza elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido”, manifiesta su orden coherente y jerárquico». «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan de forma peculiar del único sacerdocio de Cristo».

Todos los fieles, por el bautismo, han sido liberados de sus pecados e incorporados a la Iglesia, destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, para que por su sacerdocio real, perseverantes en la oración y en la alabanza a Dios, ellos mismos se ofrezcan como hostia viva, santa, agradable a Dios y todas sus obras lo confirmen, y testimonien a Cristo en todos los lugares de la tierra, dando razón a todo el que lo pida, de que en él está la esperanza de la vida eterna. Por lo tanto, también la participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler a una mera presencia, más o menos pasiva, sino que se debe valorar como un verdadero ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.

Así pues, la doctrina constante de la Iglesia sobre la naturaleza de la Eucaristía, no sólo convival sino también, y sobre todo, como sacrificio, debe ser rectamente considerada como una de las claves principales para la plena participación de todos los fieles en tan gran Sacramento. «Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno».

Para promover y manifestar una participación activa, la reciente renovación de los libros litúrgicos, según el espíritu del Concilio, ha favorecido las aclamaciones del pueblo, las respuestas, salmos, antífonas, cánticos, así como acciones, gestos y posturas corporales, y el sagrado silencio que cuidadosamente se debe observar en algunos momentos, como prevén las rúbricas, también de parte de los fieles. Además, se ha dado un amplio espacio a una adecuada libertad de adaptación, fundamentada sobre el principio de que toda celebración responda a la necesidad, a la capacidad, a la mentalidad y a la índole de los participantes, conforme a las facultades establecidas en las normas litúrgicas. En la elección de los cantos, melodías, oraciones y lecturas bíblicas; en la realización de la homilía; en la preparación de la oración de los fieles; en las moniciones que a veces se pronuncian; y en adornar la iglesia en los diversos tiempos; existe una amplia posibilidad de que en toda celebración se pueda introducir, cómodamente, una cierta variedad para que aparezca con mayor claridad la riqueza de la tradición litúrgica y, atendiendo a las necesidades pastorales, se comunique diligentemente el sentido peculiar de la celebración, de modo que se favorezca la participación interior. También se debe recordar que la fuerza de la acción litúrgica no está en el cambio frecuente de los ritos, sino, verdaderamente, en profundizar en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra.

Sin embargo, por más que la liturgia tiene, sin duda alguna, esta característica de la participación activa de todos los fieles, no se deduce necesariamente que todos deban realizar otras cosas, en sentido material, además de los gestos y posturas corporales, como si cada uno tuviera que asumir, necesariamente, una tarea litúrgica específica. La catequesis procure con atención que se corrijan las ideas y los comportamientos superficiales, que en los últimos años se han difundido en algunas partes, en esta materia; y despierte siempre en los fieles un renovado sentimiento de gran admiración frente a la altura del misterio de fe, que es la Eucaristía, en cuya celebración la Iglesia pasa continuamente «de lo viejo a lo nuevo». En efecto, en la celebración de la Eucaristía, como en toda la vida cristiana, que de ella saca la fuerza y hacia ella tiende, la Iglesia, a ejemplo de Santo Tomás apóstol, se postra en adoración ante el Señor crucificado, muerto, sepultado y resucitado «en la plenitud de su esplendor divino, y perpetuamente exclama: ¡Señor mío y Dios mío!».

Son de gran utilidad, para suscitar, promover y alentar esta disposición interior de participación litúrgica, la asidua y difundida celebración de la Liturgia de las Horas, el uso de los sacramentales y los ejercicios de la piedad popular cristiana. Este tipo de ejercicios «que, aunque en el rigor del derecho no pertenecen a la sagrada Liturgia, tienen, sin embargo, una especial importancia y dignidad», se deben conservar por el estrecho vínculo que existe con el ordenamiento litúrgico, especialmente cuando han sido aprobados y alabados por el mismo Magisterio; esto vale sobre todo para el rezo del rosario. Además, estas prácticas de piedad conducen al pueblo cristiano a frecuentar los sacramentos, especialmente la Eucaristía, «también a meditar los misterios de nuestra redención y a imitar los insignes ejemplos de los santos del cielo, que nos hacen así participar en el culto litúrgico, no sin gran provecho espiritual».

Es necesario reconocer que la Iglesia no se reúne por voluntad humana, sino convocada por Dios en el Espíritu Santo, y responde por la fe a su llamada gratuita (en efecto, ekklesia tiene relación con Klesis, esto es, llamada). Ni el Sacrificio eucarístico se debe considerar como «concelebración», en sentido unívoco, del sacerdote al mismo tiempo que del pueblo presente. Al contrario, la Eucaristía celebrada por los sacerdotes es un don «que supera radicalmente la potestad de la asamblea [...]. La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado». Urge la necesidad de un interés común para que se eviten todas las ambigüedades en esta materia y se procure el remedio de las dificultades de estos últimos años. Por tanto, solamente con precaución se emplearán términos como «comunidad celebrante» o «asamblea celebrante», en otras lenguas vernáculas: «celebrating assembly», «assemblée célébrante», «assemblea celebrante», y otros de este tipo.

2. TAREAS DE LOS FIELES LAICOS EN LA CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA

Algunos de entre los fieles laicos ejercen, recta y laudablemente, tareas relacionadas con la sagrada Liturgia, conforme a la tradición, para el bien de la comunidad y de toda la Iglesia de Dios. Conviene que se distribuyan y realicen entre varios las tareas o las diversas partes de una misma tarea.

Además de los ministerios instituidos, de lector y de acólito, entre las tareas arriba mencionadas, en primer lugar están los de acólito y de lector con un encargo temporal, a los que se unen otros servicios, descritos en el Misal Romano, y también la tarea de preparar las hostias, lavar los paños litúrgicos y similares. Todos «los ministros ordenados y los fieles laicos, al desempeñar su función u oficio, harán todo y sólo aquello que les corresponde», y, ya lo hagan en la misma celebración litúrgica, ya en su preparación, sea realizado de tal forma que la liturgia de la Iglesia se desarrolle de manera digna y decorosa.

Se debe evitar el peligro de oscurecer la complementariedad entre la acción de los clérigos y los laicos, para que las tareas de los laicos no sufran una especie de «clericalización», como se dice, mientras los ministros sagrados asumen indebidamente lo que es propio de la vida y de las acciones de los fieles laicos.

El fiel laico que es llamado para prestar una ayuda en las celebraciones litúrgicas, debe estar debidamente preparado y ser recomendable por su vida cristiana, fe, costumbres y su fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia. Conviene que haya recibido la formación litúrgica correspondiente a su edad, condición, género de vida y cultura religiosa. No se elija a ninguno cuya designación pueda suscitar el asombro de los fieles.

Es muy loable que se conserve la benemérita costumbre de que niños o jóvenes, denominados normalmente monaguillos, estén presentes y realicen un servicio junto al altar, como acólitos, y reciban una catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta tarea. No se puede olvidar que del conjunto de estos niños, a lo largo de los siglos, ha surgido un número considerable de ministros sagrados. Institúyanse y promuévanse asociaciones para ellos, en las que también participen y colaboren los padres, y con las cuales se proporcione a los monaguillos una atención pastoral eficaz. Cuando este tipo de asociaciones tenga carácter internacional, le corresponde a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos erigirlas, aprobarlas y reconocer sus estatutos. A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del Obispo diocesano y observando las normas establecidas.



CAPÍTULO I: LA ORDENACIÓN DE LA SAGRADA LITURGIA

«La ordenación de la sagrada Liturgia es de la competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el Obispo».

El Romano Pontífice, «Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra... tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente», aún comunicando con los pastores y los fieles.

Compete a la Sede Apostólica ordenar la sagrada Liturgia de la Iglesia universal, editar los libros litúrgicos, revisar sus traducciones a lenguas vernáculas y vigilar para que las normas litúrgicas, especialmente aquellas que regulan la celebración del santo Sacrificio de la Misa, se cumplan fielmente en todas partes.

«La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos trata lo que corresponde a la Sede Apostólica, salvo la competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, respecto a la ordenación y promoción de la sagrada liturgia, en primer lugar de los sacramentos. Fomenta y tutela la disciplina de los sacramentos, especialmente en lo referente a su celebración válida y lícita». Finalmente, «vigila atentamente para que se observen con exactitud las disposiciones litúrgicas, se prevengan sus abusos y se erradiquen donde se encuentren». En esta materia, conforme a la tradición de toda la Iglesia, destaca el cuidado de la celebración de la santa Misa y del culto que se tributa a la Eucaristía fuera de la Misa.

Los fieles tienen derecho a que la autoridad eclesiástica regule la sagrada Liturgia de forma plena y eficaz, para que nunca sea considerada la liturgia como «propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios».

1. EL OBISPO DIOCESANO, GRAN SACERDOTE DE SU GREY

El Obispo diocesano, primer administrador de los misterios de Dios en la Iglesia particular que le ha sido encomendada, es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica. Pues «el Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del Orden, es "el administrador de la gracia del supremo sacerdocio", sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra o procura que sea celebrada, y mediante la cual la Iglesia vive y crece continuamente».

La principal manifestación de la Iglesia tiene lugar cada vez que se celebra la Misa, especialmente en la iglesia catedral, «con la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios, [...] en una misma oración, junto al único altar, donde preside el Obispo» rodeado por su presbiterio, los diáconos y ministros.[43] Además, «toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el Obispo, a quien ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina Majestad el culto de la religión cristiana y de reglamentarlo en conformidad con los preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia, precisadas más concretamente para su diócesis según su criterio».

En efecto, «al Obispo diocesano, en la Iglesia a él confiada y dentro de los límites de su competencia, le corresponde dar normas obligatorias para todos, sobre materia litúrgica». Sin embargo, el Obispo debe tener siempre presente que no se quite la libertad prevista en las normas de los libros litúrgicos, adaptando la celebración, de modo inteligente, sea a la iglesia, sea al grupo de fieles, sea a las circunstancias pastorales, para que todo el rito sagrado universal esté verdaderamente acomodado al carácter de los fieles.

El Obispo rige la Iglesia particular que le ha sido encomendada y a él corresponde regular, dirigir, estimular y algunas veces también reprender, cumpliendo el ministerio sagrado que ha recibido por la ordenación episcopal, para edificar su grey en la verdad y en la santidad.Explique el auténtico sentido de los ritos y de los textos litúrgicos y eduque en el espíritu de la sagrada Liturgia a los presbíteros, diáconos y fieles laicos, para que todos sean conducidos a una celebración activa y fructuosa de la Eucaristía, y cuide igualmente para que todo el cuerpo de la Iglesia, con el mismo espíritu, en la unidad de la caridad, pueda progresar en la diócesis, en la nación, en el mundo.

Los fieles «deben estar unidos a su Obispo como la Iglesia a Jesucristo, y como Jesucristo al Padre, para que todas las cosas se armonicen en la unidad y crezcan para gloria de Dios». Todos, incluso los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y todas las asociaciones o movimientos eclesiales de cualquier genero, están sometidos a la autoridad del Obispo diocesano en todo lo que se refiere a la liturgia, salvo las legítimas concesiones del derecho. Por lo tanto, compete al Obispo diocesano el derecho y el deber de visitar y vigilar la liturgia en las iglesias y oratorios situados en su territorio, también aquellos que sean fundados o dirigidos por los citados institutos religiosos, si los fieles acuden a ellos de forma habitual.

El pueblo cristiano, por su parte, tiene derecho a que el Obispo diocesano vigile para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, especialmente en el ministerio de la palabra, en la celebración de los sacramentos y sacramentales, en el culto a Dios y a los santos.

Las comisiones, consejos o comités, instituidos por el Obispo, para que contribuyan a «promover la acción litúrgica, la música y el arte sacro en su diócesis», deben actuar según el juicio y normas del Obispo, bajo su autoridad y contando con su confirmación; así cumplirán su tarea adecuadamente y se mantendrá en la diócesis el gobierno efectivo del Obispo. De estos organismos, de otros institutos y de cualquier otra iniciativa en materia litúrgica, después de cierto tiempo, resulta urgente que los Obispos indaguen si hasta el momento ha sido fructuosa su actividad, y valoren atentamente cuáles correcciones o mejoras se deben introducir en su estructura y en su actividad, para que encuentren nueva vitalidad. Se tenga siempre presente que los expertos deben ser elegidos entre aquellos que sean firmes en la fe católica y verdaderamente preparados en las disciplinas teológicas y culturales.

2. LA CONFERENCIA DE OBISPOS

Esto vale también para las comisiones de la misma materia, que, vivamente deseadas por el Concilio,[61] son instituidas por la Conferencia de Obispos y de la cual es necesario que sean miembros los Obispos, distinguiéndose con claridad de los ayudantes peritos. Cuando el número de los miembros de la Conferencia de Obispos no sea suficiente para que se elijan de entre ellos, sin dificultad, y se instituya la comisión litúrgica, nómbrese un consejo o grupo de expertos que, en cuanto sea posible y siempre bajo la presidencia de un Obispo, desempeñen estas tareas; evitando, sin embargo, el nombre de «comisión litúrgica».

La interrupción de todos los experimentos sobre la celebración de la santa Misa, ha sido notificada por la Santa Sede ya desde el año 1970 y nuevamente se repitió, para recordarlo, en el año 1988. Por lo tanto, cada Obispo y la misma Conferencia no tienen ninguna facultad para permitir experimentos sobre los textos litúrgicos o sobre otras cosas que se indican en los libros litúrgicos. Para que se puedan realizar en el futuro tales experimentos, se requiere el permiso de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que lo concederá por escrito, previa petición de la Conferencia de Obispos. Pero esto no se concederá sin una causa grave. Por lo que se refiere a la enculturación en materia litúrgica, se deben observar, estricta e íntegramente, las normas especiales establecidas.

Todas las normas referentes a la liturgia, que la Conferencia de Obispos determine para su territorio, conforme a las normas del derecho, se deben someter a la recognitio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, sin la cual, carecen de valor legal.

3. LOS PRESBÍTEROS

Los presbíteros, como colaboradores fieles, diligentes y necesarios, del orden Episcopal, llamados para servir al Pueblo de Dios, constituyen un único presbiterio con su Obispo, aunque dedicados a diversas funciones. «En cada una de las congregaciones locales de fieles representan al Obispo, con el que están confiada y animosamente unidos, y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercen en el diario trabajo». Y, «por esta participación en el sacerdocio y en la misión, los presbíteros reconozcan verdaderamente al Obispo como a padre suyo y obedézcanle reverentemente». Además, «preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia».

Grande es el ministerio «que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica después del Concilio Vaticano II, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar».

Coherentemente con lo que prometieron en el rito de la sagrada Ordenación y cada año renuevan dentro de la Misal Crismal, los presbíteros presidan «con piedad y fielmente la celebración de los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación». No vacíen el propio ministerio de su significado profundo, deformando de manera arbitraria la celebración litúrgica, ya sea con cambios, con mutilaciones o con añadidos. En efecto, dice San Ambrosio: «No en si, [...] sino en nosotros es herida la Iglesia. Por lo tanto, tengamos cuidado para que nuestras caídas no hieran la Iglesia». Es decir, que no sea ofendida la Iglesia de Dios por los sacerdotes, que tan solemnemente se han ofrecido, ellos mismos, al ministerio. Al contrario, bajo la autoridad del Obispo vigilen fielmente para que no sean realizadas por otros estas deformaciones.

«Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos». Aunque es oportuno que las celebraciones litúrgicas, especialmente la santa Misa, sean preparadas de manera eficaz, siendo ayudado por algunos fieles, sin embargo, de ningún modo debe ceder aquellas cosas que son propias de su ministerio, en esta materia.

Por último, todos «los presbíteros procuren cultivar convenientemente la ciencia y el arte litúrgicos, a fin de que por su ministerio litúrgico las comunidades cristianas que se les han encomendado alaben cada día con más perfección a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo». Sobre todo, deben estar imbuidos de la admiración y el estupor que la celebración del misterio pascual, en la Eucaristía, produce en los corazones de los fieles.

4. LOS DIÁCONOS

Los diáconos, «que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio», hombres de buena fama, deben actuar de tal manera, con la ayuda de Dios, que sean conocidos como verdaderos discípulos de aquel «que no ha venido a ser servido sino a servir» y estuvo en medio de sus discípulos «como el que sirve». Y fortalecidos con el don del mismo Espíritu Santo, por la imposición de las manos, sirven al pueblo de Dios en comunión con el Obispo y su presbiterio. Por tanto, tengan al Obispo como padre, y a él y a los presbíteros, préstenles ayuda «en el ministerio de la palabra, del altar y de la caridad».

No dejen nunca de «vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y proclamar esta fe, de palabra y de obra, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia», sirviendo fielmente y con humildad, con todo el corazón, en la sagrada Liturgia que es fuente y cumbre de toda la vida eclesial, «para que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el Bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la cena del Señor». Por tanto, todos los diáconos, por su parte, empléense en esto, para que la sagrada Liturgia sea celebrada conforme a las normas de los libros litúrgicos debidamente aprobados.


El Sacramento de la Redención, que la Madre Iglesia confiesa con firme fe y recibe con alegría, celebra y adora con veneración, en la santísima Eucaristía, anuncia la muerte de Jesucristo y proclama su resurrección, hasta que Él vuelva en gloria, como Señor y Dominador invencible, Sacerdote eterno y Rey del universo, y entregue al Padre omnipotente, de majestad infinita, el reino de la verdad y la vida.

La doctrina de la Iglesia sobre la santísima Eucaristía ha sido expuesta con sumo cuidado y la máxima autoridad, a lo largo de los siglos, en los escritos de los Concilios y de los Sumos Pontífices, puesto que en la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua, fuente y cumbre de toda la vida cristiana,[5] y cuya fuerza alienta a la Iglesia desde los inicios. Recientemente, en la Carta Encíclica «Ecclesia de Eucharistia», el Sumo Pontífice Juan Pablo II ha expuesto de nuevo algunos principios sobre esta materia, de gran importancia eclesial para nuestra época.

Para que también en los tiempos actuales, tan gran misterio sea debidamente protegido por la Iglesia, especialmente en la celebración de la sagrada Liturgia, el Sumo Pontífice mandó a esta Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos que, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, preparara esta Instrucción, en la que se trataran algunas cuestiones referentes a la disciplina del sacramento de la Eucaristía. Por consiguiente, lo que en esta Instrucción se expone, debe ser leído en continuidad con la mencionada Carta Encíclica «Ecclesia de Eucharistia».

Sin embargo, la intención no es tanto preparar un compendio de normas sobre la santísima Eucaristía sino más bien retomar, con esta Instrucción, algunos elementos de la normativa litúrgica anteriormente enunciada y establecida, que continúan siendo válidos, para reforzar el sentido profundo de las normas litúrgicas e indicar otras que aclaren y completen las precedentes, explicándolas a los Obispos, y también a los presbíteros, diáconos y a todos los fieles laicos, para que cada uno, conforme al propio oficio y a las propias posibilidades, las puedan poner en práctica.

Las normas que se contienen en esta Instrucción se refieren a cuestiones litúrgicas concernientes al Rito romano y, con las debidas salvedades, también a los otros Ritos de la Iglesia latina, aprobados por el derecho.

«No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el santo Sacrificio del altar». Sin embargo, «no faltan sombras». Así, no se puede callar ante los abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos, también contra la tradición y autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas en diversos ámbitos eclesiales. En algunos lugares, los abusos litúrgicos se han convertido en una costumbre, lo cual no se puede admitir y debe terminarse.

La observancia de las normas que han sido promulgadas por la autoridad de la Iglesia exige que concuerden la mente y la voz, las acciones externas y la intención del corazón. La mera observancia externa de las normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de la sagrada Liturgia, con la que Cristo quiere congregar a su Iglesia, y con ella formar «un sólo cuerpo y un sólo espíritu». Por esto la acción externa debe estar iluminada por la fe y la caridad, que nos unen con Cristo y los unos a los otros, y suscitan en nosotros la caridad hacia los pobres y necesitados. Las palabras y los ritos litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él; conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro corazón. Cuanto se dice en esta Instrucción, intenta conducir a esta conformación de nuestros sentimientos con los sentimientos de Cristo, expresados en las palabras y ritos de la Liturgia.

Los abusos, sin embargo, «contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento». De esta forma, también se impide que puedan «los fieles revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron». Conviene que todos los fieles tengan y realicen aquellos sentimientos que han recibido por la pasión salvadora del Hijo Unigénito, que manifiesta la majestad de Dios, ya que están ante la fuerza, la divinidad y el esplendor de la bondad de Dios, especialmente presente en el sacramento de la Eucaristía.

No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo. Esto es válido no sólo para los preceptos que provienen directamente de Dios, sino también, según la valoración conveniente de cada norma, para las leyes promulgadas por la Iglesia. Por ello, todos deben ajustarse a las disposiciones establecidas por la legítima autoridad eclesiástica.

Además, se advierte con gran tristeza la existencia de «iniciativas ecuménicas que, aún siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe». Sin embargo, «la Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones». Por lo que conviene corregir algunas cosas y definirlas con precisión, para que también en esto «la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio».

Finalmente, los abusos se fundamentan con frecuencia en la ignorancia, ya que casi siempre se rechaza aquello de lo que no se comprende su sentido más profundo y su antigüedad. Por eso, con su raíz en la misma Sagrada Escritura, «las preces, oraciones e himnos litúrgicos están penetrados de su espíritu, y de ella reciben su significado las acciones y los signos». Por lo que se refiere a los signos visibles «que usa la sagrada Liturgia, han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia para significar las realidades divinas invisibles». Justamente, la estructura y la forma de las celebraciones sagradas según cada uno de los Ritos, sea de la tradición de Oriente sea de la de Occidente, concuerdan con la Iglesia Universal y con las costumbres universalmente aceptadas por la constante tradición apostólica, que la Iglesia entrega, con solicitud y fidelidad, a las generaciones futuras. Todo esto es sabiamente custodiado y protegido por las normas litúrgicas.

La misma Iglesia no tiene ninguna potestad sobre aquello que ha sido establecido por Cristo, y que constituye la parte inmutable de la Liturgia. Pero si se rompiera este vínculo que los sacramentos tienen con el mismo Cristo, que los ha instituido, y con los acontecimientos en los que la Iglesia ha sido fundada, nada aprovecharía a los fieles, sino que podría dañarles gravemente. De hecho, la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales, por lo que el uso de textos y ritos que no han sido aprobados lleva a que disminuya o desaparezca el nexo necesario entre la lex orandi y la lex credendi.

El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande «para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal». Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión,[28] y realiza acciones que de ningún modo corresponden con el hambre y la sed del Dios vivo, que el pueblo de nuestros tiempos experimenta, ni a un auténtico celo pastoral, ni sirve a la adecuada renovación litúrgica, sino que más bien defrauda el patrimonio y la herencia de los fieles. Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación,sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios.[30] De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la «secularización».

Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia.

Todas las normas y recomendaciones expuestas en esta Instrucción, de diversas maneras, están en conexión con el oficio de la Iglesia, a quien corresponde velar por la adecuada y digna celebración de este gran misterio. De los diversos grados con que cada una de las normas se unen con la norma suprema de todo el derecho eclesiástico, que es el cuidado para la salvación de las almas, trata el último capítulo de la presente Instrucción.
(25 de marzo de 2004)


TÍTULO III: DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA (Cann. 897 – 958)

897 El sacramento más augusto, en el que se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor, es la santísima Eucaristía, por la que la Iglesia vive y crece continuamente. El Sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana, por el que se significa y realiza la unidad del pueblo de Dios y se lleva a término la edificación del cuerpo de Cristo. Así pues los demás sacramentos y todas las obras eclesiásticas de apostolado se unen estrechamente a la santísima Eucaristía y a ella se ordenan.

898 Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración; los pastores de almas, al exponer la doctrina sobre este sacramento, inculquen diligentemente a los fieles esta obligación.

CAPÍTULO I: DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

899 § 1.    La celebración eucarística es una acción del mismo Cristo y de la Iglesia, en la cual Cristo Nuestro Señor, substancialmente presente bajo las especies del pan y del vino, por el ministerio del sacerdote, se ofrece a sí mismo a Dios Padre, y se da como alimento espiritual a los fieles unidos a su oblación.

 § 2.    En la Asamblea eucarística, presidida por el Obispo, o por un presbítero bajo su autoridad, que actúan personificando a Cristo, el pueblo de Dios se reúne en unidad, y todos los fieles que asisten, tanto clérigos como laicos, concurren tomando parte activa, cada uno según su modo propio, de acuerdo con la diversidad de órdenes y de funciones litúrgicas.

 § 3.    Ha de disponerse la celebración eucarística de manera que todos los que participen en ella perciban frutos abundantes, para cuya obtención Cristo Nuestro Señor instituyó el Sacrificio eucarístico.

Art. 1: DEL MINISTRO DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA

900 § 1.    Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo.

 § 2.    Celebra lícitamente la Eucaristía el sacerdote no impedido por ley canónica, observando las prescripciones de los cánones que siguen.

901 El sacerdote tiene facultad para aplicar la Misa por cualesquiera, tanto vivos como difuntos.

902 Pueden los sacerdotes concelebrar la Eucaristía, a no ser que la utilidad de los fieles requiera o aconseje otra cosa, permaneciendo, sin embargo, la libertad de cada uno para celebrar individualmente la Eucaristía, pero no mientras se está concelebrando en la misma iglesia u oratorio.

903 Aunque el rector de la iglesia no le conozca, admítase a celebrar al sacerdote con tal de que presente carta comendaticia de su Ordinario o Superior, dada al menos en el año, o pueda juzgarse prudentemente que nada le impide celebrar.

904 Los sacerdotes, teniendo siempre presente que en el misterio del Sacrificio eucarístico se realiza continuamente la obra de la redención, deben celebrarlo frecuentemente; es más, se recomienda encarecidamente la celebración diaria, la cual, aunque no pueda tenerse con asistencia de fieles, es una acción de Cristo y de la Iglesia, en cuya realización los sacerdotes cumplen su principal ministerio.

905 § 1.    Exceptuados aquellos casos en que, según el derecho, se puede celebrar o concelebrar más de una vez la Eucaristía en el mismo día, no es lícito que el sacerdote celebre más de una vez al día.

 § 2.    Si hay escasez de sacerdotes, el Ordinario del lugar puede conceder que, con causa justa, celebren dos veces al día, e incluso, cuando lo exige una necesidad pastoral, tres veces los domingos y fiestas de precepto.

906 Sin causa justa y razonable, no celebre el sacerdote el Sacrificio eucarístico sin la participación por lo menos de algún fiel.

907 En la celebración eucarística, no se permite a los diáconos ni a los laicos decir las oraciones, sobre todo la plegaria eucarística, ni realizar aquellas acciones que son propias del sacerdote celebrante.

908 Está prohibido a los sacerdotes católicos concelebrar la Eucaristía con sacerdotes o ministros de Iglesias o comunidades eclesiales que no están en comunión plena con la Iglesia católica.

909 No deje el sacerdote de prepararse debidamente con la oración para celebrar el Sacrificio eucarístico, y dar gracias a Dios al terminar.

910 § 1.    Son ministros ordinarios de la sagrada comunión el obispo, el presbítero y el diácono.

 § 2.    Es ministro extraordinario de la sagrada comunión el acólito, o también otro fiel designado según el ⇒ c. 230 § 3.

911 § 1.    Tienen obligación y derecho a llevar la santísima Eucaristía a los enfermos como Viático, el párroco y los vicarios parroquiales, los capellanes y el Superior de la comunidad en los institutos religiosos o sociedades de vida apostólica clericales respecto a todos los que están en la casa.

 § 2.    En caso de necesidad, o con licencia al menos presunta del párroco, capellán o Superior, a quien se debe informar después, debe hacerlo cualquier sacerdote u otro ministro de la sagrada comunión.

Art. 2: DE LA PARTICIPACIÓN EN LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA

912 Todo bautizado a quien el derecho no se lo prohiba, puede y debe ser admitido a la sagrada comunión.

913 § 1.    Para que pueda administrarse la santísima Eucaristía a los niños, se requiere que tengan suficiente conocimiento y hayan recibido una preparación cuidadosa, de manera que entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad, y puedan recibir el Cuerpo del Señor con fe y devoción.

 § 2.    Puede, sin embargo, administrarse la santísima Eucaristía a los niños que se hallen en peligro de muerte, si son capaces de distinguir el Cuerpo de Cristo del alimento común y de recibir la comunión con reverencia.

914 Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino; corresponde también al párroco vigilar para que no reciban la santísima Eucaristía los niños que aún no hayan llegado al uso de razón, o a los que no juzgue suficientemente dispuestos.

915 No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave.

916 Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; y en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.

917 Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe, quedando a salvo lo que prescribe el ⇒ c. 921 § 2.

918 Se aconseja encarecidamente que los fieles reciban la sagrada comunión dentro de la celebración eucarística; sin embargo, cuando lo pidan con causa justa se les debe administrar la comunión fuera de la Misa, observando los ritos litúrgicos.

919 § 1.    Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas.

 § 2.    El sacerdote que celebra la santísima Eucaristía dos o tres veces el mismo día, puede tomar algo antes de la segunda o tercera Misa, aunque no medie el tiempo de una hora.

 § 3.    Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior.

920 § 1. Todo fiel, después de la primera comunión, esta obligado a comulgar por lo menos una vez al año.

 § 2.    Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en otro tiempo dentro del año.

921 § 1.    Se debe administrar el Viático a los fieles que, por cualquier motivo, se hallen en peligro de muerte.

 § 2.    Aunque hubieran recibido la sagrada comunión el mismo día, es muy aconsejable que vuelvan a comulgar quienes lleguen a encontrarse en peligro de muerte.

 § 3.    Mientras dure el peligro de muerte, es aconsejable administrar la comunión varias veces, en días distintos.

922 No debe retrasarse demasiado el Viático a los enfermos; quienes ejercen la cura de almas han de vigilar diligentemente para que los enfermos lo reciban cuando tienen aún pleno uso de sus facultades.

923 Los fieles pueden participar en el Sacrificio eucarístico y recibir la sagrada comunión en cualquier rito católico, salvo lo prescrito en el ⇒ c. 844.


Art. 3: DE LOS RITOS Y CEREMONIAS DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

924 § 1.    El sacrosanto Sacrificio eucarístico se debe ofrecer con pan y vino, al cual se ha de mezclar un poco de agua.

 § 2.    El pan ha de ser exclusivamente de trigo y hecho recientemente, de manera que no haya ningún peligro de corrupción.

 § 3.    El vino debe ser natural, del fruto de la vid, y no corrompido.

925 Adminístrese la sagrada comunión bajo la sola especie del pan o, de acuerdo con las leyes litúrgicas, bajo las dos especies; en caso de necesidad, también bajo la sola especie del vino.

926 Según la antigua tradición de la Iglesia latina, el sacerdote, dondequiera que celebre la Misa, debe hacerlo empleando pan ázimo.

927 Está terminantemente prohibido, aun en caso de extrema necesidad, consagrar una materia sin la otra, o ambas fuera de la celebración eucarística.

928 La celebración eucarística hágase en lengua latina, o en otra lengua con tal que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente aprobados.

929 Al celebrar y administrar la Eucaristía, los sacerdotes y los diáconos deben vestir los ornamentos sagrados prescritos por las rúbricas.

930 § 1.    El sacerdote enfermo o anciano, si no es capaz de estar de pie, puede celebrar sentado el Sacrificio eucarístico, observando siempre las leyes litúrgicas, pero no con asistencia de pueblo, a no ser con licencia del Ordinario del lugar.

 §2.     El sacerdote ciego o que sufre otra enfermedad puede celebrar el Sacrificio eucarístico con cualquier texto de la Misa de entre los aprobados, y con asistencia, si el caso lo requiere, de otro sacerdote o diácono, o también de un laico convenientemente instruido, que le preste ayuda.

Art. 4: DEL TIEMPO Y LUGAR DE LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

931 La celebración y administración de la Eucaristía puede hacerse todos los días y a cualquier hora, con las excepciones que se establecen en las normas litúrgicas.

932 § 1.    La celebración eucarística se ha de hacer en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra cosa; en este caso, la celebración debe realizarse en un lugar digno.

 § 2.    Se debe celebrar el Sacrificio eucarístico en un altar dedicado o bendecido; fuera del lugar sagrado se puede emplear una mesa apropiada, utilizando siempre el mantel y el corporal.

933 Por justa causa, con licencia expresa del Ordinario del lugar y evitando el escándalo, puede un sacerdote celebrar la Eucaristía en el templo de una Iglesia o comunidad eclesial que no estén en comunión plena con la Iglesia católica.

CAPÍTULO II: DE LA RESERVA Y VENERACIÓN DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA

934 § 1.    La santísima Eucaristía:

1 debe estar reservada en la iglesia catedral o equiparada a ella, en todas las iglesias parroquiales y en la iglesia u oratorio anejo a la casa de un instituto religioso o sociedad de vida apostólica;

2 puede reservarse en la capilla del Obispo y, con licencia del Ordinario del lugar, en otras iglesias, oratorios y capillas.

 § 2.    En los lugares sagrados donde se reserva la santísima Eucaristía debe haber siempre alguien a su cuidado y, en la medida de lo posible, celebrará allí la Misa un sacerdote al menos dos veces al mes.

935 A nadie está permitido conservar en su casa la santísima Eucaristía o llevarla consigo en los viajes, a no ser que lo exija una necesidad pastoral, y observando las prescripciones dictadas por el Obispo diocesano.

936 En la casa de un instituto religioso o en otra casa piadosa, se debe reservar la santísima Eucaristía sólo en la iglesia o en el oratorio principal anejo a la casa; pero el Ordinario, por causa justa, puede permitir que se reserve también en otro oratorio de la misma casa.

937 La iglesia en la que está reservada la santísima Eucaristía debe quedar abierta a los fieles, por lo menos algunas horas al día, a no ser que obste una razón grave, para que puedan hacer oración ante el santísimo Sacramento.

938 § 1.    Habitualmente, la santísima Eucaristía estará reservada en un solo sagrario de la iglesia u oratorio.

§ 2.    El sagrario en el que se reserva la santísima Eucaristía ha de estar colocado en una parte de la iglesia u oratorio verdaderamente noble, destacada convenientemente adornada, y apropiada para la oración.

 § 3.    El sagrario en el que se reserva habitualmente la santísima Eucaristía debe ser inamovible, hecho de materia sólida no transparente, y cerrado de manera que se evite al máximo el peligro de profanación.

 § 4.    Por causa grave, se puede reservar la santísima Eucaristía en otro lugar digno y más seguro, sobre todo durante la noche.

 § 5.    Quien cuida de la iglesia u oratorio ha de proveer a que se guarde con la mayor diligencia la llave del sagrario en el que está reservada la santísima Eucaristía.

939 Deben guardarse en un copón o recipiente las Hostias consagradas, en cantidad que corresponda a las necesidades de los fieles, y renovarse con frecuencia, consumiendo debidamente las anteriores.

940 Ante el sagrario en el que está reservada la santísima Eucaristía ha de lucir constantemente una lámpara especial, con la que se indique y honre la presencia de Cristo.

941 § 1.    En las iglesias y oratorios en los que esté permitido tener reservada la santísima Eucaristía, se puede hacer la exposición tanto con el copón como con la custodia, cumpliendo las normas prescritas en los libros litúrgicos.

 § 2.    Durante la celebración de la Misa, no se tenga exposición del santísimo Sacramento en la misma iglesia u oratorio.

942 Es aconsejable que en esas mismas iglesias y oratorios se haga todos los años exposición solemne del santísimo Sacramento, que dure un tiempo adecuado, aunque no sea continuo, de manera que la comunidad local medite más profundamente sobre el misterio eucarístico y lo adore; sin embargo, esa exposición se hará sólo si se prevé una concurrencia proporcionada de fieles, y observando las normas establecidas.

943 Es ministro de la exposición del santísimo Sacramento y de la bendición eucarística el sacerdote o el diácono; en circunstancias peculiares, sólo para la exposición y reserva, pero sin bendición, lo son el acólito, el ministro extraordinario de la sagrada comunión u otro encargado por el Ordinario del lugar, observando las prescripciones dictadas por el Obispo diocesano.

944 § 1.    Como testimonio público de veneración a la santísima Eucaristía, donde pueda hacerse a juicio del Obispo diocesano, téngase una procesión por las calles, sobre todo en la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.

 § 2.    Corresponde al Obispo diocesano dar normas sobre las procesiones, mediante las cuales se provea a la participación en ellas y a su decoro.

CAPÍTULO III: DEL ESTIPENDIO OFRECIDO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA MISA

945 §1.     Según el uso aprobado de la Iglesia, todo sacerdote que celebra o concelebra la Misa puede recibir una ofrenda, para que la aplique por una determinada intención.

 § 2.    Se recomienda encarecidamente a los sacerdotes que celebren la Misa por las intenciones de los fieles, sobre todo de los necesitados, aunque no reciban ninguna ofrenda.

946 Los fieles que ofrecen una ofrenda para que se aplique la Misa por su intención, contribuyen al bien de la Iglesia, y con ella participan de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades.

947 En materia de ofrendas de Misas, evítese hasta la más pequeña apariencia de negociación o comercio.

948 Se ha de aplicar una Misa distinta por cada intención para la que ha sido ofrecida y se ha aceptado una ofrenda, aunque sea pequeña.

949 El que debe celebrar y aplicar la Misa por la intención de quienes han entregado ofrendas, sigue estando obligado a hacerlo, aunque la ofrenda recibida hubiera perecido sin culpa suya.

950 Si se ofrece una cantidad de dinero para la aplicación de Misas, sin indicar cuántas deben celebrarse, su número se determinará atendiendo a la ofrenda fijada para el lugar en el que reside el oferente, a no ser que deba presumirse legítimamente que fue otra su intención.

951 § 1.    El sacerdote que celebre más de una Misa el mismo día, puede aplicar cada una de ellas por la intención para la que se ha entregado la ofrenda; sin embargo, exceptuado el día de Navidad, quédese sólo con la ofrenda de una Misa, y destine las demás a los fines determinados por el Ordinario, aunque puede también recibir alguna retribución por un título extrínseco.

 § 2.    El sacerdote que concelebra una segunda Misa el mismo día, no puede recibir por ella ofrenda bajo ningún título.

952 § 1.    Compete al concilio provincial o a la reunión de Obispos de la provincia fijar por decreto para toda la provincia la ofrenda que debe ofrecerse por la celebración y aplicación de la Misa, y no le es lícito al sacerdote pedir una cantidad mayor; sí le es lícito recibir por la aplicación de una Misa la ofrenda mayor que la fijada, si es espontáneamente ofrecida, y también una menor.

 § 2.    A falta de tal decreto, se observará la costumbre vigente en la diócesis.

 § 3.    Los miembros de cualesquiera institutos religiosos deben atenerse también al

mismo decreto o costumbre del lugar mencionados en los §§ 1 y 2.

953 A nadie es lícito aceptar tantas ofrendas para celebrar Misas personalmente, que no pueda satisfacerlas en el plazo de un año.

954 Si en algunas iglesias u oratorios se reciben encargos de Misas por encima de las que allí pueden decirse, éstas puedan celebrarse en otro lugar, a no ser que los oferentes hubieran manifestado expresamente su voluntad contraria.  955 § 1.    Quien desee encomendar a otros la celebración de Misas que se han de aplicar, debe transmitirlas cuanto antes a sacerdotes de su preferencia con tal que le conste que son dignos de confianza; debe entregar íntegra la ofrenda recibida, a no ser que le conste con certeza que lo que excede por encima de lo establecido en la diócesis se le dio en consideración a su persona; y sigue teniendo la obligación de procurar que se celebren las Misas, hasta que le conste tanto la aceptación de la obligación como la recepción de la ofrenda.

 § 2.    El tiempo dentro del cual deben celebrarse las Misas comienza a partir del día en que el sacerdote que las va a celebrar recibió el encargo, a no ser que conste otra cosa.

 § 3.    Quienes transmitan a otros Misas que han de ser celebradas, anoten sin demora en un libro, tanto las Misas que recibieron, como las que han encargado a otros, anotando también sus ofrendas.

 § 4.    Todo sacerdote debe anotar cuidadosamente los encargos de Misas recibidos y los ya satisfechos.

956 Todos y cada uno de los administradores de causas pías, o quienes de cualquier modo están obligados a cuidar de que se celebren Misas, tanto clérigos como laicos, entregarán a sus Ordinarios las cargas de Misas que no se hubieran cumplido dentro del año, según el modo que haya sido determinado por éstos.

957 La obligación y el derecho de vigilar para que se cumplan las cargas de Misas corresponde al Ordinario local para las iglesias del clero secular; y a sus Superiores, para las iglesias de institutos religiosos o sociedades de vida apostólica.

958 § 1.    El párroco y el rector de una iglesia o de otro lugar piadoso, donde suelen recibirse ofrendas para la celebración de Misas, han de tener un libro especial en el que tomarán diligentemente nota del número de Misas que se han de celebrar, de la intención, de la ofrenda entregada y del cumplimiento del encargo.

 § 2.    El Ordinario tiene obligación de revisar cada año esos libros, personalmente o por medio de otros.

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