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XVI domingo del tiempo ordinario

“El ser humano es sobre la tierra la única creatura que Dios ha querido por sí misma” (Conc. Vat. II, G. S. 24) o como dijera el filósofo alemán E. Kant: “El ser humano nunca lo podemos buscar como medio, sino siempre como fin”. De ahí que ninguna persona puede ser usada en bien de intereses individualistas o egoístas de otros, ni colocarle por debajo de las cosas materiales (Cfr. K. Wojtyla, Persona y Acción). Estos sabios principios constituyen el fundamento del verdadero humanismo, de la cultura auténticamente humana; se trata de los principios sobre los cuales Dios diseñó todo el proyecto de humanidad y del mundo en general.

Por eso el mismo Cristo tomó el valor de la persona como el órgano rector para su ministerio, el evangelio de San Lucas nos muestra, por ejemplo, cómo Jesús para responderle al doctor de la ley ¿quién es el prójimo?, puso el ejemplo del buen samaritano, que para ayudar al hombre golpeado por los ladrones, rompió con las visiones religiosas, culturales, políticas y sociales de su tiempo (Lc. 10, 25-37). Además, como lo muestra el Evangelio, Jesús ha sido el mayor de todos los prójimos que han pasado por este mundo; de ahí las continuas complicaciones que enfrentaba con los escribas y fariseos, quienes se aferraban a sus leyes y tradiciones, no importando si dejaban a segundo término la exigencia y el sentido del amor al prójimo.

Y el mismo San Lucas, nos presenta a Jesús enseñando a una mujer: “Martha tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra” (10, 39). Para los esquemas del pueblo, que un hombre platicara con una mujer, ya era tiempo perdido; pero que un maestro o profeta, como se le consideraba a Jesús, se pusiera a enseñarle a esa mujer, era una auténtica aberración. Jesús ya había mostrado su perdón a una pecadora, se había hecho acompañar de un grupo de mujeres y había curado y hecho milagros a otras; pero ahora llega al colmo, siendo el maestro se sienta a enseñar a María; desarrollando así con ella una de las actividades más sublimes y reservadas del tiempo, propias solo para ciertas élites. Pues Jesús, una vez más, rompe con los falsos esquemas, los que limitan, los que discriminan, los que esclavizan, los que sofocan la dignidad de las personas. Se sentó a enseñar a María, pues también ella es persona y los designios amorosos de Dios son para todas las personas.

Lo que Cristo hacía, sigue siendo uno de los grandes retos para el hombre actual: “poner la persona, su dignidad y su valor”, como el interés más sagrado que nos pueda mover en la vida; sin esto, seguiremos deshumanizándonos y generando falsos desarrollos y civilizaciones. Poner el valor de la persona como el máximo principio de nuestra vida, como lo hizo Jesús, es un reto nada fácil, ni cómodo para el hombre contemporáneo, que a veces se esconde en leyes para exigir, pero también para no compartir, para defenderse, pero también para atacar. Cada día se vuelve más escandaloso el hecho de que en las sociedades denominadas más desarrolladas, el ser humano viva más aislado, que sea menos hospitalario. Como decía Nietzsche, pobre el hombre contemporáneo que cree poderlo todo, cuando simplemente se vuelve más pequeño, cree lograrlo todo, cuando en realidad cada vez se pierde más a sí mismo.

Valorar la esencia de la persona, cada vez se hace un reto más difícil para el común del hombre actual, tan esclavo de los estatus sociales, de los esquemas tradicionales, de protocolos, de la imagen, de las modas e inercias. Bien podría decirnos Jesús, como a Martha: “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo que una sola es necesaria” (Lc. 10, 41). Para qué violentar tanto nuestra vida, cuando Dios nos hizo libres y nos regaló la sencillez como el camino que nos acerca a Él y al hermano.

Jesús ha sido el ser más libre y quien mejor ha amado, que Él nos muestre el camino.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel



XV Domingo del tiempo ordinario

“Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamiento y disposiciones escritos en el libro de la ley… Estos mandamientos que te doy, no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alance” (Dt. 30, 10-14).

Sin duda Dios siempre está a nuestro favor. No solo diseñó la hermosura de nuestra naturaleza, con sus dimensiones físicas, afectivas y espirituales; sino que también nos ofrece las mejores herramientas para vivir y vivir bien. El libro del Deuteronomio nos insiste en guardar los mandamientos, que son densas gotas de sabiduría; son líneas prácticas de acción para quien no quiere complicarse la vida y sobre todo para quien quiere vivir en plenitud. Por tanto se equivoca quien ve en los mandamientos una carga o estorbo; por el contrario, nos permiten estar bien con Dios y nutrirnos de Él; son un sustento para que la familia guarde un orden y viva sus fines más sagrados; nos permiten convivir de modo digno con los demás seres humanos y usar de modo adecuado las casas materiales.

Jamás encontraremos una legislación más sabía y adecuada que la que Dios nos ofrece en los mandamientos, pues estos respetan lo que somos y nos permiten un orden social que no lastima a nadie, sino al contrario, promueven a todos. Además, como se señala en el Evangelio, los mandamientos son un camino que nos permite alcanzar incluso la vida eterna.

Por desgracia a veces nos movemos con muchos prejuicios respecto a ellos o los sometemos, como sucedía con los judíos, a un legalismo indebido, robándoles así su verdadero espíritu y por tanto su sentido. De ahí que sin quitar ninguno, sino reafirmando su espíritu y su esencia, Jesús los resume en el “amor a Dios y el amor al prójimo”. Además, con la parábola del buen samaritano, Jesús ofrece al amor un horizonte sin límites.

El doctor de la ley se acercó a Jesús para plantear la cuestión de la vida eterna, a lo que Jesús, además de inducirlo a la esencia de los mandamientos, lo hace redimensionar los alcances del amor: Le hace ver que el amor va más allá de los que nos son afines por la sangre, la raza, la religión, la cultura, la política y cualquier otra circunstancia. El doctor preguntó ¿quién es mi prójimo? A lo que Jesús sobre todo lo invita portarse como prójimo con todo aquel que tenga una necesidad, de la naturaleza que sea. Por eso le dice: “Ve y haz tú lo mismo”.

Sin más vueltas, no podemos responderle a Dios, si no le respondemos de modo necesario también al prójimo. Y ojalá no le respondamos, como dice el Papa Francisco, con acciones solo asistencialistas, que a veces solo sirven para tranquilizar la conciencia o para sacarnos la foto (Cfr. E. G. 180). Necesitamos responder al prójimo, necesitamos amar a Dios que late vivo en el mundo, para lo cual urgen trabajos más estructurados y comprometidos, espacios que promuevan de modo integral a las personas, que generen un ámbito social más digno, sin lo cual el trabajo por la paz, la justicia y la fraternidad son imposibles.

Los mandamientos tienen un sustento: “El amor de Dios”, así evitan toda contaminación y subjetivismo. Pero también tienen un campo de acción muy propio: el bien del prójimo, por eso generan vida nueva. Desde esos presupuestos, atrevámonos a amar sin límites.

El amor no tiene límites, porque no parte de obligaciones sociales, económicas, religiosas, raciales o culturales. Y solo el que rompe esos límites puede llegar a la vida eterna.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Diocesis de Celaya

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