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Eugenio Amézquita Velasco
Fotos: Sra. Paty Hernández


El Coro Monumental de la Delegación de Educación Zona Este de la SEG, se presentó este lunes a las 20:0 horas, como parte de la Semana Cultural por los festejos patronales de la Parroquia Nuestra Señora de la Salud. Al final del primer día de la Semana Cultural, se entregó un reconocimiento al director de este coro, el maestro Jesús Palatto, por parte del Comité de actividades.

El párroco Pbro. Martín Fríaz Torres, explicó que diariamente y hasta el viernes se están teniendo manifestaciones culturales a las 20:00 horas, como parte de las fiestas patronales cuyo punto culminante será este sábado 7 de julio.

Actividades de la Semana Cultural

Para el día de hoy, martes 3 de julio, a las 20:00 horas, Danzón.
El miércoles 4 de julio, a las 20:00 horas, Coro Infantil.
El jueves 5 de julio, a las 20:00 horas, el doble de Rigo Tovar.
El viernes 6 de julio, a las 20:00 horas, el Ballet Folclórico del Instituto Tecnológico de Celaya.

Actividades religiosas

El sacerdote diocesano dijo que prosigue y hasta el 6 de junio el novenario designándose a los grupos y las calles que componen la colonia la distribución de días, todo ello a las 17:30 horas, para luego la Santa Misa del novenario a las 19:00 horas.

Este martes 3 de julio, corresponderá al Grupo de Liturgia, que coordinará la calle de Argentina

El miércoles 4 de julio, al Grupo del Santo Rosario, para atender la calle de Venezuela

El jueves 5 de julio, el grupo de Benjamines y coordinando la Avenida México.

El viernes 6 de julio, se efectuará la procesión por las principales calles de la colonia con la imagen peregrina de Nuestra Señora de la Salud, a las 17:00 horas, participando el Pbro. Martín Fríaz Torres, los grupos de apostolado que participan en las diversas pastorales y toda la comunidad en general.

Misa por los Enfermos

El viernes 6 de julio, a las 12:00 horas, se efectuará la Santa Misa por los Enfermos, haciéndose la invitación a todas las personas de la ciudad a acudir a esta celebración, con sus familiares enfermos.

Procesión con la imagen peregrina

También este viernes 6 se efectuará el recorrido con la imagen peregrina por las principales calles; la procesión iniciará a las 17:00 horas, partiendo del Templo Parroquial, continuando por la calle de Chile hasta la Avenida México. Proseguirá hasta la glorieta en la calle de Misión de San Pedro para regresar por Avenida México, para dirigirse por otras calles de la colonia Latino y rematar en el templo parroquial.

Día de la Festividad Patronal

El sábado 7 de julio, día de la fiesta patronal, se efectuará el rezo del Santo Rosario por las calles de la colonia Latinoamericana a las 6:00 horas.

A las 7:00 horas, Mañanitas a Nuestra Señora de la Salud, armonizando esta tradición el Mariachi Estrada.

A las 9:00 horas, Santa Misa con primeras comuniones.

A las 11:00 horas, Santa Misa con primeras comuniones.

A las 13:00 horas, Santa Misa de Confirmaciones, presidida por Mons. Benjamín Castillo Plascencia, obispo de Celaya además de varios presbíteros que concelebrarán esta ceremonia litúrgica.

A las 17:00 horas, Gran Verbena Popular con Banda.

A las 17:30 horas, Rezo del Santo Rosario en el templo Parroquial, con ofrecimiento de rosas a Nuestra Señora de la Salud.

A las 19:00 horas, Santa Misa en agradecimiento a todos los bienhechores y feligreses de la Parroquia que han brindado su valiosa ayuda para la realización de esta fiesta patronal en honor a Nuestra Señora de la Salud.




TE INVITAMOS a la Santa Misa por los Enfermos, TODOS LOS VIERNES PRIMEROS DE MES en nuestra parroquia. Misa a las 12:00 horas. Calle Chile 115 y Andador Honduras. Colonia Latinoamericana. Celaya, Guanajuato. México. Tel (461) 61 40603. El Párroco y los agentes parroquiales de Pastoral de la Salud te invitan.
Enviado por Parroquia de Nuestra Señora de la Salud on Thursday, September 3, 2015

Celebración eucarística que se efectúa cada jueves primero de mes, en la Parroquia de Nuestra Señora de la Salud a las...
Enviado por Parroquia de Nuestra Señora de la Salud on Thursday, September 3, 2015



Eugenio Amézquita Velasco

SANTA CRUZ DE JUVENTINO ROSAS, GTO.- Con la bendición para el buen camino, centenares de mujeres provenientes de la Parroquia La Santa Cruz, de este lugar, tanto de cabecera municipal como de Santiago de Cuendá, partieron rumbo al Tepeyac, a la Basílica de Guadalupe, en lo que es la edición 45 de este acto devocional diocesano femenino. El arribo a la casa de la Guadalupana será el 8 de agosto.

Acompañadas por Fray Francisco Javier Amézquita Velasco OFM, vicario de la parroquia, la peregrinación hizo un alto en el monumento a la Morenita del Tepeyac colocada a la entrada de la ciudad, para orar y recibir la bendición del buen camino y comenzar así un acto devocional de gran arraigo entre las personas que participan en el mismo. Entre los asistentes y acompañantes hasta la salida de la ciudad, pudo observarse la presencia del presidente municipal santacrucense.

Bajo el lema de "Al que camina con María le rodea la Misericordia del Señor", las peregrinas iniciaron su marcha con alegría, entre sonrisas y la esperanza de encontrarse de frente ante la reina, Madre y Señora de todos los mexicanos.

Se precisó que este sábado 30 de julio, las peregrinas se concentrarán en la Catedral de Celaya a las 5:00 horas para la Santa Misa y Salida. Almuerzo en Apaseo el Grande y plática en la comunidad de San Pedro Tenango del mismo municipio. A las 17:00 horas harán un alto en la Cruz Misionera, en su entrada a Apaseo el Alto.

Para el Domingo 31 de julio, las peregrinas, Grupo No. 1 San Pedro Tenango-Tenería del Santuario-Villagrán, despertarán a las 2:00 horas en el Despertar de las peregrinas. A las 2:20 de la mañana, bendición y salida. A las 9:00 horas, Misa y almuerzo en La Barranca. Plática formativa en lugar conveniente y a las 17:00 horas, entrada al Lindero.

El Lunes 1o. de agosto, Grupo 2 San Pedro y San Pablo-Cortazar-Apaseo el Alto, tendrá a las 2:00 horas Despertar de las Peregrinas. A las 2:20 horas, bendición y salida. A las 9:00 horas, Misa y almuerzo en la Tenencia. Plática de formación en lugar conveniente. A las 17:00 horas, entrada a Amelaco, Qro.

El Martes 2 de agosto, organizado por el Grupo 3 Roque-Dolores Hidalgo-Apaseo el Grande-Celaya, se efectuará a las 2:00 de la mañana, el Despertar de las Peregrinas. A las 2:20 horas, bendición y Salida. A las 9:00 horas, Misa y almuerzo en San Idelfonso, con Plática en La Concepción. A las 17:00 horas, entrada a Aculco, en el libramiento.

El Miércoles 3 de agosto, coordinando el grupo 4 Ixtla-San Juan de la Vega-Neutla-San Miguel Octopan, a las 2:00 horas, Despertar de las Peregrinas. A las 2:20 horas, bendición Y Salida. A las 9:00 de la mañana, Misa y almuerzo en San Martín. Plática en lugar conveniente y a las 17:00 horas, entrada a Canalejas.

El Jueves 4 de agosto, coordinado por el grupo 5 de Escobedo-Comonfort, a las 4:00 horas, Despertar de las Peregrinas. A las 4:20 horas, Bendición y salida. A las 9:00 horas, Misa y almuerzo en la presa Santa Elena y plática en ese mismo lugar. A las 17:00 horas, entrada a Chapa de Mota, Mex.

El Viernes 5 de agosto, coordinando el Grupo 6, Santa Cruz de Juventino Rosas, a las 4:30 horas, Despertar de las Peregrinas. A las 4:50 horas, bendición y salida. A las 7:00 horas, Misa, almuerzo y plática. Convivio familiar y a las 17:00 horas, entrada a Villa del Carbón.

El Sábado 6 de agosto, coordinado por el grupo 7 de Rincón de Tamayo-Juan Martín, a las 2:30 horas Despertar de las Peregrinas. A las 2:50, bendición y salida. A las 9:00 horas, Misa y almuerzo en Cahuacán, Mex. A las 17:00 horas, entrada a Progreso Industrial.

El Domingo 7 de agosto, víspera de la llegada al Tepeyac, coordinando el grupo 8 de San Agustín-San Bartolomé, a las 0:00 horas, Despertar de las Peregrinas; a las 0:20 horas, bendición y salida y entrada a Tlalnepantla, Mex. A las 7:00 horas, Misa, almuerzo y plática.

Finalmente, el 8 de agosto, coordinando el grupo 1 San Pedro Tenango-Tenería-Villagrán, a las 0:30 horas, Despertar de las Peregrinas. A las 0:50 horas, bendición y salida y a las 5:00 horas, entrada a la Insigne Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, para la Santa Misa posteriormente y donde se espera una concentración de miles de peregrinas y sus famiiares, todos de la Diócesis de Celaya.

El sacerdote franciscano explicó que entre algunos de los aspectos que se han recomendado a las peregrinas es recordar que el itinerario puede sufrir modificaciones y si alguna de ellas padece hipertensión o problemas cardiacos importantes, es necesario que tenga consigo sus medicamentos y abstenerse de caminar.

Asi mismo, se les ha recalcado mantener limpio el entorno y colaborar con los aspectos de cuidado del medio ambiente.



Mons. Benjamín Castillo Plasencia, obispo de Celaya y Sra. Dolores Ramírez de Lemus, presidenta del DIF local,
momentos antes de la bendición de la Casa del Buen Samaritano, para migrantes, en la colonia Santa Teresita.

Eugenio Amézquita Velasco

Mons. Benjamín Castillo Plasencia, obispo de Celaya, inauguró este martes 19 de julio, la Casa del Buen Samaritano, bendiciendo las instalaciones de la misma y que servirá para atender a migrantes que de paso acuden a esta ciudad y que requieren de alimento y hospedaje por dos o tres días.

Acompañando al Pastor Diocesano, estuvieron presentes el Pbro. Pablo Figueroa, párroco de la Sagrada Familia y presidente diocesano de Cáritas; el Pbro. Artemio Patiño, párroco de Cristo Salvador, en la colonia Las Insurgentes; el Pbro. Rogelio Segundo Escobedo, rector del Templo de Tierras Negras y responsable de la Pastoral para Migrantes en la Diócesis de Celaya así como el Pbro. Manlio Nahúm Flores Martínez, párroco de San Antonio.

También, por parte de las autoridades municipales, estuvieron presentes la Sra. Dolores Ramírez Ibarra de Lemus, presidenta del DIF Celaya así como la directora general del mismo, Sarai Núñez Cerón.

Ubicación de la Casa del Buen Samaritano





El Padre Pablo Figueroa, resaltó, en su intervención, de la importancia de esta obra en el Año de la Misericordia, atendiendo al forastero, como lo enseña Cristo en su Evangelio, y donde la Iglesia Católica, a través de las aportaciones de sus fieles, parroquias y la diócesis, crearon esta Casa del Buen Samaritano, un centro humanitario, para dar de comer al migrante hambriento, de beber al migrante sediento y dar hospedaje al migrante forastero.

Se destacó que este trabajo se realizará con la colaboración desinteresada de los habitantes de la colonia Santa Teresita, asentamiento humilde pero trabajador al oriente de la ciudad de Celaya.

El Pbro. Patiño hizo las veces de maestro de ceremonias y dio el uso de la voz al Pbro. Segundo Escobedo, quien destacó que se iniciará un trabajo conjunto en favor de los migrantes.

Hicieron uso de la voz la Presidenta y Directora del DIF local quienes destacaron que se brindará el apoyo institucional a través de Cáritas, A.C., organismo de la Iglesia Católica para atender diversos aspectos de la Pastoral Social, como es en este caso, la Casa del Buen Samaritano.
Se precisó el apoyo para integrar un comedor comunitario que atenderá a niños así como otros servicios, donde se buscará aplicar las dotes artísticas de jóvenes graffiteros de la zona para crear obras con mensaje, tal y como el mismo Padre Rogelio Segundo explicó.

Luego, se procedió al rito de la bendición por parte de Mons. Castillo Plasencia, quien hizo una reflexión a la lectura realizada y dar paso a la bendición y aspersión del agua bendita en todos los espacios de esta Casa del Buen Samaritano, tanto capilla, como dormitorios para hombres y mujeres, zona de control y baños y sanitarios así como otras,y que se ubican en la esquina de las calles Tortolitas y Colibrí, de la colonia Santa Teresita.

Finalmente, los mismos vecinos de esta colonia ofrecieron un refrigerio a los asistentes además de música con el Mariacho Reyes de Celaya, que alegró el momento con su música.

Casa del Buen Samaritano, punto estratégico

La Casa del Buen Samaritano se encuentra a 100 metros de la vía del ferrocarril, del paso del tren, sitio que es comúnmente recorrido de migrantes de procedencia centroamericana y mexicana que van rumbo a los Estados Unidos, buscando el llamado "sueño americano".

La ciudad de Celaya es cruce de dos divisiones ferroviarias y es aquí donde precisamente confluyen los migrantes. Es común observar a centroamericanos recorriendo las calles en busca de la generosidad de los celayenses y esta casa vendrá a aliviar en mucho las penurias de quienes, siendo forasteros y extranjeros de paso y en condiciones difíciles, requieren de un punto de descanso en su peregrinar.





Eugenio Amézquita Velasco

Mons. Benjamín Castillo Plasencia, obispo de Celaya, presidió la primera Santa Misa en el predio para la nueva Catedral de Celaya, señalando que debe ser signo de unidad y manifestación de la importancia del ser cristiano. Presente entre los asistentes a este acto litúrgico, el Ing. Ramón Lemus Muñoz Ledo, alcalde local acompañado por su esposa la Sra. Dolores Ramírez de Lemus, presidenta del DIF local.

El acto más importante en la vida delos católicos, se celebró de la manera más sencilla posible, debajo de un huizache, a campo abierto, en una mañana azul y despejada, cubriendo a los fieles una lona azul, habiéndose colocado sillas para los mismos asistentes, en medio de un pasto fresco y verde.

La mesa del altar, bien arreglada fue el marco para esta primera celebración, en donde Mons. Castillo Plasencia hizo una reflexión al Evangelio, donde Martha, la hermana de Lázaro y María, da más importancia a las labores diarias que la atención a Cristo, tal y como María lo manifestaba en su actuar y escucha al Maestro, quien, en palabras de Cristo, había escogido la mejor parte.

Luego, el Pastor Diocesano recordó la importancia del cristiano, señalando no solamente como cristianos a los católicos, sino a personas de otras denominaciones que han recibido el bautismo bajo la formula mandada por Jesucristo para bautizar.


Explicó que más que la obra material, la catedral es y será un signo de unidad, que será construida con recursos de los católicos, los cuales generosa y desinteresadamente ya están siendo aportados; habrá quien no pueda dar, otros aportarán por ellos; pero enfatizó que si semanalmente, en un razonamiento lógico y sencillo, todos los católicos de la diócesis aportan un peso a la semana, la obra podrá ser erigida rápidamente.

La Santa Misa estuvo concelebrada también, es decir, acompañando a celebrante principal, en este caso, Mons. Castillo Plasencia, por el Pbro. Daniel Huerta Ibáñez, vicario general de la Diócesis de Celaya, también el Pbro. Benjamín Jiménez Cruz, párroco de la Parroquia Virgen de los Pobres; Pbro. Mario Pérez Vélez, rector del Santuario de Guadalupe y Ecónomo de la Diócesis así como por Fray Flavio Chávez,OFM, guardián del templo de San Francisco.

El coro de este último templo, armonizó la Santa Misa siendo dirigido por los mismos Hermanos de la Orden de Frailes Menores.

El obispo celayense explico que cada mes, él será quien presida la Santa Misa en este predio y semana tras semana lo harán los sacerdotes pertenecientes a los decanatos de la ciudad episcopal

Rueda de prensa

Al final de la Santa Misa y al ser entrevistado, Mons. Castillo Plasencia reiteró que esta obra no es solamente de la ciudad de Celaya sino que es una obra que se erige para la diócesis y que comprende 11 municipios del estado de Guanajuato, siendo estos precisamente Celaya, Juventino Rosas, Comonfort, Villagrán, Cortazar, Apaseo el Alto, Apaseo el Grande, San Miguel de Allende, San Diego de la Unión, Dolores Hidalgo y San Luis de la Paz.

El obispo celayense fue interrogado sobre la violencia imperante, y destacó que no puede dejarse todo a las autoridades; la misma población debe colaborar y reconoció, a pregunta de El Sol del Bajío, que mucho tiene que hacerse en el hogar precisamente para evitar la delincuencia; expuso, como ejemplo, los robos al tren, donde muchas veces los mismos padres de familia llevan a sus hijos a esas acciones y esa es la enseñanza que se queda grabada en el corazón y en el alma de sus hijos, como si el robar fuese algo bueno, correcto, normal y natural.




http://www.vaticanstate.va/content/vaticanstate/it/monumenti/webcam/tomba-del-beato-giovanni-paolo-ii-/_jcr_content/colcx/image.img.jpg/webcam.jpg
La imagen cambia cada 5 minutos. Señal directa de la Webcam de la Tumba de San Juan Pablo II
Actualize la página para que vea el cambio de la imagen.

En Roma hay distintos tipos de turistas. Los hay que vienen por amor al arte y la historia, otros por su particular encanto y belleza y por último los que vienen por motivos religiosos.

En total se calcula que a Roma viajaron más de 13 millones de turistas en 2014. Uno de los lugares de obligada visita para todos es la basílica de San Pedro.

Allí se pueden encontrar grandes obras de arte como la Piedad de Miguel Ángel o el espectacular baldaquino de Borromini. Sin embargo, desde mayo de 2011, hay otro elemento que se está convirtiendo en uno de los mayores focos de atracción para los peregrinos. Se trata de la tumba de Juan Pablo II.

"Un gran luchador. Incansable”.

"El siempre ha sido un Papa de la familia”.

"Estar allí, ante su tumba es muy emocionante, muy espiritual”.

La tumba de Juan Pablo II fue trasladada tras su beatificación desde la cripta de San Pedro hasta una capilla a la derecha de la nave central.

Es una zona que está más a la vista de turistas y peregrinos que pasan por allí. No es el único Papa cuyos restos descansan en la nave de San Pedro pero desde luego sí que es uno de los más buscados. En otros rincones de la basílica están los restos de papas como Juan XXIII o Pío X.

Aunque en el caso de Juan Pablo II no es necesario viajar hasta Roma para ver la tumba en directo. Para quienes no puedan estar allí el Vaticano ha colocado una webcam desde la que se puede ver en todo momento la tumba del santo polaco.

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Eugenio Amézquita Velasco

En medio de danzantes autóctonos y banda de guerra, la imagen peregrina de Nuestra Señora de la Salud recorrió diversas calles de las colonias Latinoamericana y La Misión como parte de los festejos patronales en honor de esta advoación mariana; acompañando a esta venerada imagen, las princesas y reina de las fiestas patronales, seleccionadas por votación.

Encabezando dicha procesión, el párroco de este lugar, Pbro. Martín Fríaz Torres, destacó la importancia de la participacion de los vecinos de la parroquia que comprende varias colonias de la zona norponiente de la ciudad, entre las que se cuentan La Capilla, El Campanario, Villas de la Hacienda, Colonia 15 de Mayo.

La procesión inició a las 17:30 horas del templo parroquial ubicado en las calles Chile y Andador Honduras, continuando por la calle de Nicaragua y prosiguiendo por Misión de San Pedro para continuar por la Avenida México hasta la Avenida el Sauz.

La procesión iba siendo encabezada por la Banda de Guerra de Combates de Celaya, perteneciente a la capilla de San Miguel Arcángel de la calle de Galeana.
Luego, una camioneta descubierta llevando la venerada imagen peregrina, con la reina de la fiesta patronal, y posteriormente la danza autóctona del Barrio de Tierras negras dio el toque especial a la procesión, para luegi dar paso a las princesas y a los vecinos y parroquianos del lugar.

Tras proseguir por la calle de Nicaragua y luego por la calle de Chile, la procesión con la imagen, llevada en hombros por varios vecinos, arribó al interior del templo para iniciar la oración y luego la bendición del párroco.

Por la mañana de este sábado 9 de julio, Rosario de Aurora a las 6:00 horas y Mañanitas a las 7:00 horas con el Mariachi Internacional Imperial. Primeras Comuniones a las 9:00 y 10:30 horas. Bautismos Comunitarios a las 12:00 horas. Te Deum Comunitario a las 13:00 horas.

Arribo de la Banda "La Más Ruidosa" de San Isidro de Gamboa, a las 12:00 horas y hasta las 20:00 horas, participando en el Santo Rosario a las 19:00 horas en agradecimiento a todos los bienhechores y feligreses de la parroquia que han brindad su valiosa ayuda para la realización de las fiestas patronales 2016 en honor de Nuestra Señora de la Salud.

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Mons. Benjamín Castillo Plasencia, obispo de Celaya, presidió en el templo parroquial de Nuestra Señora de la Salud, la confirmación de 105 niños, niñas, adolescentes y jóvenes, en concelebración litúrgica a las 19:00 horas, con los presbíteros Martín Fríaz Torrez, párroco y Gilberto Hernández Solís CO.

La ceremonia dio inicio con la procesión desde la puerta principal de este recinto sagrado hasta finalizar en el altar mayor del templo.

Antes de la homilía, el párroco hizo la presentación delos confirmandos quienes habían realizado la catequesis previa para la recepción de este sacramento, para dar paso a la homilía.

Luego, de manera ordenada, el celebrante y los concelebrantes, delegados por el obispo, administraron el sacramento de la confirmación.

De esta manera, en un acto de veneración a la Santísima Virgen de la Salud, los jóvenes manifestaron el deseo de consolidar la madurez cristiana.



 ¿Qué es la Confirmación?

El sacramento de la Confirmación es uno de los tres sacramentos de iniciación cristiana. La misma palabra, Confirmación que significa afirmar o consolidar, nos dice mucho.

En este sacramento se fortalece y se completa la obra del Bautismo. Por este sacramento, el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo. Se logra un arraigo más profundo a la filiación divina, se une más íntimamente con la Iglesia, fortaleciéndose para ser testigo de Jesucristo, de palabra y obra. Por él es capaz de defender su fe y de transmitirla. A partir de la Confirmación nos convertimos en cristianos maduros y podremos llevar una vida cristiana más perfecta, más activa. Es el sacramento de la madurez cristiana y que nos hace capaces de ser testigos de Cristo.

El día de Pentecostés – cuando se funda la Iglesia – los apóstoles y discípulos se encontraban reunidos junto a la Virgen. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado – creyendo que todo había sido en balde - se encontraban tristes. De repente, descendió el Espíritu Santo sobre ellos –quedaron transformados - y a partir de ese momento entendieron todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar y a bautizar. La Confirmación es “nuestro Pentecostés personal”. El Espíritu Santo está actuando continuamente sobre la Iglesia de modos muy diversos. La Confirmación – al descender el Espíritu Santo sobre nosotros - es una de las formas en que Él se hace presente al pueblo de Dios.



Institución

El Concilio de Trento declaró que la Confirmación era un sacramento instituido por Cristo, ya que los protestantes lo rechazaron porque - según ellos - no aparecía el momento preciso de su institución. Sabemos que fue instituido por Cristo, porque sólo Dios puede unir la gracia a un signo externo.

Además encontramos en el Antiguo Testamento, numerosas referencias por parte de los profetas, de la acción del Espíritu en la época mesiánica y el propio anuncio de Cristo de una venida del Espíritu Santo para completar su obra. Estos anuncios nos indican un sacramento distinto al Bautismo. El Nuevo Testamento nos narra como los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, iban imponiendo las manos, comunicando el Don del Espíritu Santo, destinado a complementar la gracia del Bautismo. “Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo”. (Hech. 8, 15-17;19, 5-6).



 El Signo: La Materia y la Forma

Dijimos que la materia del Bautismo, el agua, tiene el significado de limpieza, en este sacramento la materia significa fuerza y plenitud. El signo de la Confirmación es la “unción”. Desde la antigüedad se utilizaba el aceite para muchas cosa: para curar heridas, a los gladiadores de les ungía con el fin de fortalecerlos, también era símbolo de abundancia, de plenitud. Además la unción va unido al nombre de “cristiano”, que significa ungido.

La materia de este sacramento es el “santo crisma”, aceite de oliva mezclado con bálsamo, que es consagrado por el Obispo el día del Jueves Santo. La unción debe ser en la frente.

La forma de este sacramento, palabras que acompañan a la unción y a la imposición individual de las manos “Recibe por esta señal de la cruz el don del Espíritu Santo” (Catec. no. 1300) . La cruz es el arma conque cuenta un cristiano para defender su fe.










CAPITULO IV

EJEMPLOS OPORTUNOS PARA INCLINAR A LAS PERSONAS DE TODOS LOS ESTADOS Y
CONDICIONES A OÍR TODOS LOS DÍAS LA SANTA MISA

Los que no tienen deseo de asistir a la Misa alegan siempre una multitud de excusas, creyendo justificar así su falta de devoción. Los verás totalmente ocupados y llenos de afán por los intereses materiales; nada les importan los trabajos y fatigas si se trata de acrecentar su fortuna, mientras que para la Santa Misa, que es el negocio por excelencia, sólo encontrarás frialdad e indiferencia. Alegan mil pretextos frívolos, ocupaciones graves, indisposiciones, asuntos de familia, falta de tiempo, en una palabra, si la Iglesia no los obligase bajo pena de culpa grave a oír Misa los domingos y días de fiesta, Dios sabe si pondrían jamás los pies en un altar.

 ¡ Ah! ¡Qué vergüenza! ¡Qué tiempos tan calamitosos los nuestros! ¡Qué desgraciados somos! ¡Cuánto hemos decaído del fervor de los primeros fieles que, como ya dije, asistían todos los días al Santo Sacrificio y se alimentaban allí del Pan de los Ángeles por medio de la Comunión sacramental! Y no es que les faltasen negocios, ni ocupaciones; sin embargo, la Misa, lejos de servirles de molestia, era a sus ojos un medio eficaz de que prosperasen a la vez sus intereses temporales y espirituales.

¡Mundo ciego! ¿Cuándo abrirás los ojos para reconocer un error tan manifiesto? Cristianos, despertad por fin de vuestro letargo, y que vuestra devoción más dulce y predilecta sea oír todos los días la Santa Misa, y hacer en ella la Comunión espiritual. Para que tú, cristiano lector, formes esta resolución, no encuentro otro medio más eficaz que el del ejemplo; porque es un hecho que salta a la vista, que todos somos gobernados por él. Todo lo que vemos hacer a otros, nos es fácil y cómodo. "Y ¿por qué no podrás hacer tú lo que éstos y aquéllos?". Este era el reproche que San Agustín se dirigía a sí mismo antes de su conversión. Voy, pues, a citarte algunos, siguiendo diferentes categorías de personas, y de esta manera abrigo la esperanza de ganar tu corazón.

1. Ejemplos de varios príncipes, reyes y emperadores

Los ejemplos de los grandes del mundo causan ordinariamente más impresión que la piedad, aun extraordinaria, de los simples particulares, lo cual confirma la verdad de aquel axioma tan conocido: "El pueblo sigue el ejemplo de su rey": Regis ad exemplum totus componitur orbis. Bien podría citar aquí un considerable número de aquéllos personajes, a fin de animarte a imitarlos y a oír todos los días la Santa Misa; mas para no exceder los justos límites, me contentaré con indicar algunos.

El gran Constantino asistía todos los días al Santo Sacrificio en su palacio; pero esto no bastaba a satisfacer su piedad, pues cuando marchaba a la cabeza de sus ejércitos y hasta en los campos de batalla, llevaba consigo un altar portátil, no dejando pasar un solo día sin ordenar que se celebrasen los divinos misterios, a lo cual debió las señaladas victorias que obtuvo sobre sus enemigos. Lotario, emperador de Alemania, observó constantemente la misma piadosa práctica: en la paz como en la guerra, quiso oír hasta tres Misas diarias. El piadoso rey de Inglaterra Enrique III, hacía lo mismo con edificación de toda su Corte; y su devoción fue recompensada por Dios, aun temporalmente, concediéndole un reinado de cincuenta y seis años.

Mas para conocer bien la piedad de los monarcas ingleses y su asistencia continua al Santo Sacrificio de la Misa, no es preciso recurrir a los siglos pasados: basta fijar la consideración en aquella grande alma, cuya muerte todavía llora la ciudad de Roma; me refiero a la piadosa reina María Clementina. Esta princesa, según ella misma tuvo la bondad de confiármelo muchas veces, tenía sus principales delicias en oír la Santa Misa, así que lo hacía diariamente y en el mayor número posible. Asistía a ellas de rodillas, sin almohadillas para las rodillas, sin apoyo alguno, inmóvil, cual una verdadera estatua de la piedad. Una asistencia tan fervorosa al Sacrificio inflamó de tal manera su corazón en el fuego del amor a Jesús, que todos los días quería hallarse presente a tres o cuatro reservas del Santísimo Sacramento, que se celebraban en distintas iglesias, haciendo ir al galope sus caballos por las calles de Roma, para llegar oportunamente a todos los templos.

¡ Ah! ¡Qué torrentes de lágrimas vertía esta virtuosa señora para conseguir saciar el hambre que tenía del Pan de los Ángeles! Hambre tan devoradora que la hacía padecer noche y día, y era que su corazón sentíase constantemente transportado al objeto de su amor. Sin embargo, Dios permitió que sus apremiantes súplicas no fuesen siempre escuchadas; y lo permitió a fin de hacer más heroico su amor de sierva, o más bien para hacerla mártir del amor, pues, a mi juicio, esto fue lo que abrevió los días de su vida, de lo cual es una prueba evidente la carta que me escribió estando ya moribunda. Lo que hay de cierto es, que si se vio privada de la frecuente Comunión sacramental, no por eso perdió el mérito; porque aquellos dulcísimos deliquios del amor que no podía experimentar comulgando sacramentalmente, se los proporcionaba la Comunión espiritual que renovaba, no sólo siempre que asistía a la Santa Misa, sino también muchísimas veces al día, y con un gozo interior inexplicable, siguiendo con exactitud el plan trazado en el capítulo anterior.

Ahora yo pregunto: este ejemplo tan sublime y edificante, del que puedo asegurar haber sido testigo de vista, puesto que ha pasado en mi presencia, y que en nuestros días ha sido en Roma objeto de admiración, ¿no bastará para cerrar la boca de los que alegan tantas y tantas dificultades para dispensarse de oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual? Pero todavía no me satisface que procures imitar a esa virtuosa reina en su ardiente deseo de unirse a Jesucristo; yo quisiera que la imitases también en el celo con que trabajaba con sus propias manos para proveer de vestiduras sagradas a las iglesias pobres: ejemplo que siguieron en Roma muchas señoras distinguidas, que se recreaban en una ocupación tan piadosa, como útil y modesta. Conozco fuera de Roma una gran princesa, tan célebre por su piedad como por su esclarecido nacimiento, que oye todos los días varias Misas y tiene a sus doncellas frecuentemente ocupadas en trabajos de mano para el servicio de los altares, hasta el punto de entregar cajones de corporales, purificadores y otros ornamentos, bien a misioneros, bien a predicadores, para que éstos los distribuyan a las iglesias, a fin de que el Divino Sacrificio se celebre en todas partes con la decencia y pompa convenientes.

Séame permitido exclamar ahora: ¡Oh poderosos del mundo! Ved ahí el medio seguro de conquistar el cielo. Y vosotros, ¿qué hacéis? Decídmelo por favor: ¿qué hacéis? ¿Cómo no abrís vuestras manos para distribuir abundantes limosnas a favor de tantas iglesias tan necesitadas? No digáis que carecéis de recursos, que vuestras propiedades producen poco, y que otras necesidades más apremiantes absorben vuestras rentas; porque en este caso yo os facilitaría el medio de proporcionar recursos a los altares sin perjudicar a las exigencias de vuestro estado.

 Vedlo ahí: es muy fácil y lo tenéis a mano; un caballo menos en vuestras caballerizas, un lacayo menos a vuestro servicio, cualquier otra superfluidad menos; y de este modo podéis hacer economías suficientes para socorrer las necesidades de muchas iglesias sumamente pobres. Y ¡qué de bendiciones atraería sobre el Estado y sobre vosotros mismos una conducta tan edificante! Convócanse asambleas, reúnense congresos, fórmanse conferencias, consejos de guerra para la seguridad de las provincias, juntas de notables para deliberar sobre los medios de aumentar la prosperidad y riqueza pública, y de alejar los peligros que pudieran impedirla, y es muy frecuente no conseguirlo. Pues bien, una buena idea, un medio sugerido con oportunidad bastaría para allanar estas dificultades y asegurar de una vez la tranquilidad del reino. Pero, ¿y de dónde nos vendrá este feliz pensamiento? —De Dios, sabedlo bien, de Dios. —¿Y cuál es el medio más eficaz para conseguirlo?

—La Santa Misa. Óyela, pues, querido lector, con la frecuencia posible, y haz que se celebre a menudo por tu intención: cuida de proveer a las iglesias de vasos sagrados y ornamentos convenientes, y verás entonces los efectos de una providencia especial, que asegurará tus posesiones, y que te hará dichoso en el tiempo y en la eternidad.

Concluiré este párrafo con un ejemplo de San Wenceslao, rey de Bohemia, a quien deberías imitar, si no en todo, a lo menos en parte. Este Santo Rey no se contentaba con asistir diariamente a varias Misas, arrodillado sobre el pavimento desnudo, y ayudando a veces al sacerdote con más humildad y modestia que un joven de prima tonsura. El piadoso monarca se empleaba además en adornar los altares con las joyas más ricas de su corona y con las ropas más preciosas de su palacio. Acostumbraba también a preparar con sus propias manos las hostias destinadas al Santo Sacrificio; y el grano que servía para confeccionarlas era recogido por el mismo Santo Rey. Veíasele, sin temor de rebajar la dignidad real, trabajar la tierra, sembrar el trigo y recoger la cosecha; después de lo cual él mismo molía el grano y cernía la harina, con cuya flor amasaba las hostias y las presentaba humildemente a los sacerdotes. «Oh manos dignas de empuñar el cetro de todo el mundo!

Pero ¿qué utilidades le reportó una devoción tan tierna? Dios permitió que el emperador Otón distinguiese a este Santo Rey con una benevolencia sin igual, de la que le dio una brillante prueba concediéndole la gracia de unir a su escudo de armas todos los blasones del Imperio: favor que no se había concedido a ningún príncipe. Pero Dios, que se dignó recompensar en este mundo la devoción de Wenceslao al santo sacrificio de la Misa, le preparó en el cielo una recompensa mucho más magnífica, cuando, después de un glorioso martirio, fue elevado de un reino temporal a un trono eterno de la gloria. Reflexiona sobre estos grandes ejemplos, y toma una resolución generosa.

2.   Ejemplos de grandes damas y señoras del mundo

Hay señoras que parece quieren convertir la iglesia en un teatro para su vanidad. Al entrar en ella atraen las miradas de todos con su brillante y acicalado traje. ¡Plegué a Dios que no usurpen o no estorben las adoraciones que debieran dirigirse hacia el altar! Como entre esta clase de personas se encuentran muchas bastante asiduas en la asistencia a los Oficios divinos, no nos detendremos tanto en exhortarlas a frecuentar el lugar santo, como en enseñarles la modestia y el respeto con que es preciso portarse en la casa de Dios, particularmente durante la celebración del Santo Sacrificio.

 En efecto, tan edificado como estoy en la conducta de un gran número de matronas romanas, y de las más distinguidas, que se presentan delante de nuestros altares con un exterior sumamente sencillo, sin pompa alguna y sin adornos; tanto me escandaliza ver otras vanidosas, que con su ridículo peinado y su vestido de teatro tienen la necia pretensión de pasar por diosas en las iglesias. A fin de inspirar a estas desgraciadas un saludable y santo temor a nuestros tremendos misterios, voy a referir el siguiente ejemplo que se lee en la vida de la Beata Iveta de Huy, en el territorio de Lieja (Bolland, vita B. Ivetae).

Oyendo Misa esta santa viuda el día de Navidad, Dios le hizo ver un espectáculo espantoso. Estaba a su lado una persona distinguida que parecía tener los ojos fijos en el altar, pero no era con el objeto de prestar atención al Santo Sacrificio, o de adorar al Santísimo Sacramento que se disponía a recibir, sino que estaba la infeliz entretenida en satisfacer una pasión impura que había concebido por uno de los cantores que se hallaba en el coro, y cuando la desgraciada se levantó para acercarse a la Sagrada Mesa, la Bienaventurada Iveta vio una turba de demonios saltando y bailando alrededor de aquella mujer: unos le levantaban su vestido, otros le daban el brazo, y todos parecían emplearse con diligencia en servirla, aplaudiendo a la vez su acto sacrílego. Rodeada de este infernal cortejo fue a arrodillarse ante el altar de la Comunión: bajó el sacerdote, llevando en su mano la Sagrada Hostia, y la depositó sobre la lengua de aquella infeliz mujer; pero en el mismo instante la Santa viuda vio a Nuestro Señor volar al cielo, por no habitar en un alma que era guarida de los espíritus impuros.

Con esta inmodestia sacrílega había atraído los demonios y ahuyentado al Divino Salvador, según la infalible sentencia del Espíritu Santo: la sabiduría encarnada no entrará en un alma depravada, ni habitará en un cuerpo esclavo del pecado: "In malevolam animam non introibit sapientia, nec habitabit in corpore subdito peccatis". (Sab. 1,4).

Quizás me dirás, al leer estas páginas, que tú no eres del número de las personas que no guardan moderación ni decencia. Me complazco en creerlo, digo más, ni aun lo dudo; pero cuando se nota que vas a la iglesia adornada y perfumada como para un baile, y vestida con tan poca modestia, ¿no hay derecho para dirigirte una censura severa? ¡Qué dolor! En verdad que así se hace de la casa de Dios una cueva de ladrones, puesto que, distrayendo a todo el mundo, se roba a Jesucristo el honor y atención que le son debidos.

Entra, pues, dentro de tu corazón, y toma la firme resolución de imitar a Santa Isabel de Hungría. Esta santa reina tenía el mayor anhelo por oír Misa, pero cuando llegaba el momento de asistir al Santo Sacrificio, dejaba su corona, quitaba las sortijas de sus dedos, y despojada de todo adorno, se conservaba en presencia de los altares cubierta con un velo y en actitud tan modesta, que jamás se la vio dirigir sus miradas a derecha ni izquierda. Esta sencillez y esta modestia agradaron tanto a Dios, que quiso manifestar su contentó por medio de un brillante y ruidoso prodigio. Al tiempo de celebrarse la Misa, la Santa se vio rodeada de una luz tan resplandeciente, que los ojos de los demás asistentes quedaron deslumbrados: parecía un ángel bajado del cielo. Aprovéchate de tan bello ejemplo; y si lo haces, está segura de que así agradarás a Dios y a los hombres, y de que tus sacrificios te acarrearán inmensas utilidades en esta vida y en la otra.

3.    Ejemplos de mujeres de humilde condición

En la primera instrucción se ha demostrado de una manera incontestable que la Santa Misa es de grandísima utilidad para toda clase de personas. Sin embargo, no es oportuno que mujeres de cierta condición, y a causa de los deberes que tienen que cumplir, asistan a ella todos los días de la semana. Si criáis niños, o si por un motivo de caridad o de justicia cuidáis enfermos; en fin, si un marido díscolo os prohibe salir, no tenéis motivo para inquietaros y mucho menos para desobedecer; porque, aun cuando la asistencia a la Misa sea la cosa más santa y provechosa, sin embargo la obediencia y la mortificación de la propia voluntad siempre son preferibles. Para vuestro consuelo añadiré que obedeciendo dobláis vuestros méritos, en atención a que Dios, en este caso, no sólo recompensará vuestra obediencia, sino que además tomara en cuenta la buena voluntad que tenéis de asistir a la Misa, como si en realidad la hubieseis oído. Por el contrario, desobedeciendo, perderíais uno y otro mérito, demostrando con vuestra conducta que preferís satisfacer los deseos de vuestra propia voluntad a cumplir con la de Dios, de la cual se nos dice expresamente en las Santas Escrituras que "la obediencia es mejor que los sacrificios", es decir, que prefiere una sumisión humilde a todas las Misas que no sean de precepto.

¿Y qué sería si, después de ir a la Santa Misa, volvieseis con las manos vacías, efecto de vuestra charlatanería, de vuestra curiosidad y distracciones voluntarias? Escuchad el caso que voy a referir. Una buena mujer que habitaba en un pueblecito a cierta distancia de la iglesia, resolvió y prometió a Dios oír un gran número de Misas durante un año, a fin de alcanzar una gracia que deseaba vivamente. Por esta razón, en el momento en que sonaba la campana de una ermita, interrumpía de repente sus ocupaciones, y se dirigía con prontitud a la iglesia a pesar de la lluvia, de la nieve y de todas las intemperies de la estación. Cuando volvía a su casa procuraba apuntar las Misas oídas, con el fin de tener la seguridad de que era puntual en el cumplimiento de su promesa, a cuyo efecto colocaba por cada Misa un haba en una cajita que cerraba con todo cuidado. Pasado el año, y no abrigando la menor duda de haber satisfecho con exceso lo que había prometido, alcanzado muchos méritos y proporcionado mucha gloria a Dios Nuestro Señor, abrió su caja: pero ¡cuál sería su sorpresa al encontrar una sola haba, de tantas como había depositado!

En vista de tan inesperado suceso, entregóse a una profunda pena, y vertiendo lágrimas, fue a quejarse a Dios con las siguientes palabras: ¡Oh Señor! ¿Cómo es posible que de tantas Misas como he oído encuentre la señal de una? Yo jamás he faltado a ella, a pesar de los obstáculos de toda clase, a pesar de la lluvia, del hielo y del calor... ¿Cómo pues, ¡Dios mío! me explico este suceso? Entonces el Señor le inspiró el pensamiento de que fuese a consultar a un sabio y virtuoso sacerdote. Preguntóle éste por las disposiciones con que acostumbraba dirigirse a la Iglesia y por la devoción con que asistía al Santo Sacrificio. A esta pregunta contestó la pobre mujer, diciendo con toda verdad, que durante el tiempo que empleaba en ir de casa a la iglesia, no se ocupaba más que en negocios y bagatelas; y que mientras se celebraba la Santa Misa, estaba constantemente preocupada con los cuidados de la casa, o con los trabajos del campo y aun charlando con otras. He aquí, le dijo el sacerdote, la causa de que se hayan perdido todas estas Misas: los discursos inútiles e impertinentes, la disipación y las distracciones voluntarias os quitaron todo el mérito. El demonio se aprovechó de esto, y vuestro Ángel bueno llevó todas las habas que servían de señales, para daros a entender que el fruto de las buenas obras se pierde cuando no se practican bien. Por consiguiente, dad gracias a Dios porque a lo menos hay una que fue oída con gran provecho vuestro.

Ahora entra dentro de ti mismo y di: De tantas Misas como he oído en el curso de mi vida, ¿cuántas habrá que Dios haya tomado en cuenta? ¿Qué te dice la conciencia? Si te parece que serán pocas las que hayan sido favorablemente recibidas del Señor, observa otro método en lo sucesivo. Y a fin de que jamás seas del número de aquellas desgraciadas que sirven de ministros al demonio, aun en las iglesias, para arrastrar almas al infierno, escucha el ejemplo siguiente, muy a propósito para hacerte temblar.

Se lee, en el Sermonario llamado Dormí sicuro, que una mujer reducida a extrema necesidad andaba errante cierto día por lugares solitarios, y tentada de la desesperación, cuando de repente se le apareció el demonio y le ofreció cuantiosas riquezas, con tal que ella quisiera ocuparse en distraer a los fieles durante la Misa, entreteniéndolos con discursos inútiles. La infeliz aceptó esta proposición, según ella dijo; y habiendo comenzado a ejercer su oficio diabólico, lo desempeñó tan maravillosamente, que a cualquiera persona que estuviese cerca de ella le era imposible prestar atención a los Oficios divinos, ni oír devotamente la Santa Misa. Pero no pasó mucho tiempo sin que aquella mujer desgraciada se viese herida por la mano de Dios. En una mañana de violenta tempestad un rayo cayó sobre ella y la redujo a cenizas. Aprende por cuenta ajena y evita en todo lugar, y especialmente en la iglesia, el estar al lado de aquéllos que con sus chanzas, con sus conversaciones impertinentes y con sus irreverencias de toda clase, se convierten en instrumentos del demonio: de otra manera te expondrás a incurrir como ellos en el desagrado de Dios.

4.   Ejemplos de negociantes y artesanos

El dinero es el ídolo de nuestros días. ¡ Ah! ¡Cuántos desgraciados están constantemente prosternados ante esta falsa deidad, a la que únicamente rinden culto! Ellos llegan a olvidar al Creador del cielo y de la tierra, y por consiguiente se precipitan en un abismo de males aun temporales, mientras que el Real Profeta nos asegura que los que buscan a Dios ante todo, estarán al abrigo de los infortunios y serán colmados de bienes: "Inquirentes autem Dominum non minuentur omni bono". Esta sentencia se verifica especialmente, en favor de aquéllos que procuran prepararse para el trabajo y demás ocupaciones del día, con la asistencia al santo sacrificio de la Misa. La prueba de esta verdad nos la suministra el siguiente caso notable, ocurrido a tres negociantes de Gubbio, en Italia.

Habíanse dirigido los tres a una feria que se celebraba en la villa de Cisterno, y después de haber arreglado sus compras, trataron de ponerse de acuerdo para la marcha. Dos fueron de parecer que se emprendiese al día siguiente muy temprano, a fin de llegar a sus casas antes de anochecer; empero el tercero protestó que el día siguiente era domingo, y que de ningún modo se pondría en camino sin oír primeramente la Santa Misa. También exhortó a sus compañeros a que tomasen la misma resolución para volver juntos como habían ido, añadiendo que, después de haber cumplido este precepto y tomado un buen desayuno, viajarían más contentos; y por último dijo: que si no era posible llegar a Gubbio antes de anochecer, no faltarían mesones en el camino. Los compañeros rehusaron conformarse con un dictamen tan sabio y provechoso, y queriendo a toda costa llegar a su casa el mismo día, respondieron: que si por esta vez dejaban de oír Misa, Dios tendría misericordia con ellos. Así, pues, el domingo al rayar el alba y sin poner los pies en la iglesia, montaron a caballo y emprendieron el viaje a su pueblo.

 Bien pronto llegaron cerca del torrente de Confuone, que la lluvia caída durante la noche había hecho crecer desmedidamente y hasta tal punto, que la corriente, azotando con violencia el puente de madera, lo había sacudido fuertemente. Sin embargo, los jinetes subieron, pero apenas dieron los primeros pasos cuando la impetuosidad de las aguas arrastró el puente con los caballeros, y los sumergió. Al ruido de tan espantoso desastre corrieron los aldeanos, y con el auxilio de ganchos consiguiendo sacar los cadáveres de aquellos desgraciados que acababan de perder su fortuna y su vida, y quizás su alma: se les depositó a orillas del torrente esperando que alguno los reclamase para darles honrosa sepultura. Durante este tiempo el tercer negociante, que se había quedado en Cisterno para oír la Santa Misa, cumplido este deber había emprendido alegremente su viaje.

No tardó mucho en llegar al sitio de la catástrofe, quedando aturdido a la vista de los cadáveres; y habiéndose detenido a mirarlos, reconoció a sus compañeros de la víspera. Oyó, vivamente conmovido, la relación de la funesta desgracia de que habían sido víctimas, y levantando sus manos al cielo, dio gracias a la Bondad infinita por haberlo preservado de semejante desventura; y sobre todo, bendijo mil y mil veces la hora dichosa que había consagrado al cumplimiento de sus deberes religiosos, atribuyendo su conservación al santo sacrificio de la Misa. Habiendo regresado a su pueblo extendió en él la noticia del trágico suceso, que excitó en todos los corazones un vivísimo deseo de asistir todos los días a la Santa Misa.

¡Maldita avaricia! muy necesario es que lo diga: ¡maldita avaricia! Tú eres la que apartas los corazones de Dios, y les quitas, por decirlo así, la libertad de ocuparse del importantísimo negocio de su salvación.

Con el fin, pues, de que todos los que están expuestos a este vicio comprendan bien en qué consiste, voy a explicarlo por medio de una comparación tomada de la Sagrada Escritura. Sansón, como sabéis, dejóse atar al principio con nervios de buey; después con gruesas cuerdas nuevas, que todavía no habían prestado servicio alguno; y las rompió como se rompe un hilo. Pero al fin, vencido por las importunas molestias de Dalila, su mujer, le descubrió que el secreto de sus fuerzas estaba en sus cabellos: de suerte que habiéndole rasurado la cabeza se convirtió en un hombre débil como los demás, y cayó en poder de los filisteos que le arrancaron los ojos, y lo condenaron a hacer dar vueltas a la rueda de un molino. Ahora pregunto: ¿En qué estuvo la falta de Sansón? ¿En dejarse atar de tantas maneras? No; porque él sabía muy bien que todas las ligaduras cederían a sus esfuerzas como un delgado hilo.

La gran falta que tuvo fue el revelar el verdadero secreto de su fuerza y dejarse cortar los cabellos, sin los cuales Sansón no fue ya Sansón. Del mismo modo, digo, supuesto que un negociante, un industrial, se deje aprisionar por miles de ocupaciones, en el tráfico, en la industria y en empresas de toda clase: ¿es esto en lo que consiste el vicio funesto de la avaricia? No: el vicio consiste en dejarse cortar los cabellos. Me explicaré: tal negociante está abrumado de asuntos, y, sin embargo, por la mañana temprano, al oír tocar a Misa, se dice a sí mismo: tregua a los cuidados, la Misa antes que todo. Ved aquí un Sansón que está atado, si se quiere, con muchas cuerdas, pero que no está rasurado. Otro está sujeto por más de siete lazos, por ejemplo: expediciones que hacer, jornaleros que pagar, cartas que escribir, cuentas que arreglar, deudas que satisfacer, créditos que cobrar: ¡ah! ¡qué de ligaduras y qué laberinto!

Sin embargo, llega el domingo o un día de fiesta y este hombre se desatiende de todos estos embarazos y se dirige a la iglesia para oír la Santa Misa y practicar sus devociones: ved ahí todavía un Sansón que está muy atado, pero que conserva su cabellera, porque en medio de sus numerosos negocios no pierde de vista el importantísimo de su eternidad. Pero (fijad bien la atención en este pero), cuando estáis fuertemente ligados con mil lazos de intereses temporales, y no tenéis bastante fuerza para romperlos, esto es, para desembarazaros de cuando en cuando, y acercaros con regularidad de cristianos a los Santos Sacramentos, y a oír la Santa Misa, desde entonces ¡ay! no sois más que unos infelices Sansones ligados y rasurados a la vez. Vuestros títulos y rentas quizás sean legítimos; pero no lo es seguramente ese furor por adquirir que absorbe toda vuestra atención: ésa es una avaricia cruel que os tratará como a Sansón, es decir: que, como él, seréis envueltos en las ruinas de vuestras casas. Y entonces estos tesoros que amontonáis, ¿para quién serán?   "Quae autem parasti,  cuius entnt?"

Pero no olvidemos, querido lector, que estos avaros jamás se rendirán, a menos que se les tome por su lado débil. Pues bien, yo les diré: ¿Qué es lo que pretendéis? ¿Enriqueceros, ganar dinero y redondear vuestra fortuna? ¿Y sabéis cuál es el medio más seguro y eficaz de conseguirlo? Vedlo aquí: asistid todos los días a la Santa Misa. El ejemplo siguiente debe convenceros de esta verdad. Había dos artesanos que ejercían el mismo oficio: uno de ellos estaba cargado de familia, pues tenía mujer, hijos y aun sobrinos que alimentar, y no en corto número; el otro vivía solo con su mujer. El primero criaba a su familia con bastante desahogo, y todo le salía maravillosamente: tenía un almacén muy acreditado, trabajo cuanto pudiera desear, y negocios bastante lucrativos para hacer cada año algunas economías destinadas a la dote de sus hijas, cuando llegasen a la edad de casarse.

El otro artesano, aunque solo, estaba sin trabajo y muerto de hambre. Acercóse un día a su vecino y le dijo en confianza: "¿Cómo haces y qué conducta es la tuya para vivir tan cómodamente y aumentar tus intereses? Diríase que Dios hace llover en tu casa todos los bienes en abundancia, mientras que yo, infeliz, no puedo levantar la cabeza, y todas las desgracias me oprimen. —Yo te lo explicaré bien, le respondió su amigo: mañana por la mañana pasaré por tu casa, y te enseñaré el lugar donde voy a negociar mi buena fortuna". A la mañana siguiente fue a buscarlo y lo condujo a la iglesia para oír la Santa Misa, después de lo cual lo acompañó a su taller: hizo lo mismo el segundo y tercer día, y al cuarto le dijo el otro: "Si no hay más que hacer que ir a la iglesia y asistir al Santo Sacrificio, yo sé perfectamente el camino; por consiguiente no es necesario que te molestes más. —Esto es precisamente, le contestó el primero: asiste todos los días a la Santa Misa, y verás cómo la fortuna te sonríe". Así sucedió efectivamente. Desde el momento en que abrazó esta práctica tan piadosa, se vio muy surtido de trabajo, pagó sus deudas en poco tiempo, y puso su casa en buen pie. (Surio, en la Vida de S. Juan el Limosnero). Creéis al Evangelio, ¿no es así? Pues bien: si creéis en él? no podéis dudar de esta verdad. ¿No os dice terminantemente: "Quaerite primum regnum Dei (Mt. 6,33): Buscad primero el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura?". Procurad hacer la prueba, a lo menos durante un año. A la Misa todas las mañanas; y si vuestros negocios no tienen mejor éxito, os permito quejaros de mí. Pero no sucederá así seguramente, antes por el contrario, tendréis motivos poderosos para darme gracias.

5.    Ejemplos de jornaleros y sirvientes.

El apóstol San Pablo dice que el cristiano que no tiene cuidado de los suyos, y especialmente de los domésticos, es peor que un infiel. Esta solicitud que se les debe, entiéndese no sólo en cuanto al cuerpo, sino y mucho más en cuanto al alma. Por consiguiente, si el Apóstol tenía por crueldad el que se les dejase carecer de lo necesario para la vida corporal, mucho mayor lo será privarlos del alimento espiritual, principalmente prohibiéndoles asistir todos los días a la Santa Misa. No hay un señor, por rico y poderoso que sea, que sepa comprender la pérdida que ocasiona tal privación. Cuando Dios estableció alianza con Abraham, le ordenó que no solamente se circuncidase, sino que obligase a hacer lo mismo a todos sus servidores y esclavos: prueba evidente de que todo buen cristiano no debe contentarse con servir a Dios por sí mismo, especialmente con la asistencia al Santo Sacrificio, sino que debe procurar que todos sus criados, que toda su casa, le sirva igualmente.

San Eleázaro, conde de Ariani, practicó perfectamente esta santa economía espiritual. En un reglamento que había formado para su palacio, ordenaba en primer lugar que todos oyesen diariamente la Santa Misa; domésticos y sirvientes, mozos y empleados, a todos quería verlos asistiendo al adorable Sacrificio del altar. Esta piadosa costumbre es seguida por un gran número de señores, de cardenales y prelados de Roma. Todos los días oyen o celebran la Santa Misa, y quieren que todos sus dependientes y domésticos asistan a ella, y no vayáis a creer que el tiempo que éstos emplean en oír Misa es un tiempo perdido, no: es el tiempo que Dios tendrá más en cuenta.

San Isidro era un pobre labrador; pero tenía sumo cuidado de no faltar a Misa. Dios le hizo conocer cuan agradable le era su devoción por el suceso siguiente. Un día que el Santo estaba trabajando en el campo, oyó tocar a Misa en una iglesia inmediata; deja sus bueyes, y marcha precipitadamente con objeto de asistir al Santo Sacrificio. Pero ¡oh prodigio! mientras que San Isidro estaba en Misa, los Ángeles se ocuparon en continuar la labor de aquel devoto y piadoso labrador. Es verdad que Dios no hará milagros tan patentes en favor vuestro; sin embargo, ¿no tiene medios infinitos para compensar vuestra piedad? Bien podéis comprenderlo por lo que hizo con un pobre viñador, cuya historia es la siguiente: Este virtuoso jornalero, que criaba su familia con el sudor de su rostro, acostumbraba, antes de consagrarse al trabajo, asistir todos los días al santo sacrificio de la Misa. Un día muy temprano dirigióse al punto donde se reunían sus compañeros, esperando que alguno viniese para alistarlos. En este tiempo oyó sonar la campana, y al instante, según costumbre se dirigió a la iglesia para rezar en ella sus oraciones.

 Después de la primera Misa salió inmediatamente otra, que el piadoso jornalero oyó con la misma devoción. Al volver a su puesto ya no encontró a ninguno de sus compañeros: todos habían sido alistados y enviados al campo, y los dueños también habían desaparecido. Aquel buen hombre volvíase triste a su casa, cuando un rico propietario del lugar se apercibió de ello; y al notar en su rostro su gran tristeza, se acercó a él y le preguntó la causa. "Qué quiere usted, respondió el pobre trabajador, esta mañana, por temor de perder la Misa, he perdido mi jornal. —No te aflijas por eso, respondió el rico: vuelve a la iglesia, oye una Misa más por mi intención, y esta tarde te pagaré tu jornal". El pobre hombre fue a cumplir con lo que le ordenaba su nuevo amo, y no solamente asistió a la Misa que se le había prescrito, sino que además oyó todas las que se celebraron en aquel día. Al caer de la tarde se presentó al rico para recoger su jornal. En efecto, recibió doce sueldos, salario ordinario de un jornalero de aquel país. Marchábase muy contento a su casa, cuando vio venir hacia él un personaje desconocido (era Nuestro Señor Jesucristo), y le preguntó cuánto le dieron por el trabajo de un día tan bien empleado; y oyendo que sólo recibiera doce sueldos, le dijo: "¿Tan poco ganaste por una obra tan meritoria?

Vuelve a casa de ese rico, y dile: que si no aumenta la retribución, sus negocios irán muy mal". El jornalero desempeñó con humilde sencillez el encargo que llevaba para el rico, quien le entregó cinco sueldos más, enviándole en paz. Marchó el buen hombre muy satisfecho con esta gratificación; pero el Divino Salvador no se contentó con ella: viendo que el aumento no excediera de cinco sueldos, le dijo: “Esto no es bastante todavía; vuelve a casa de ese avaro, y hazle presente que si no se muestra generoso, vendrá sobre él una terrible desgracia". El jornalero se presenta nuevamente delante del rico con un temor respetuoso, y le hizo a medias palabras aquella nueva demanda. Entonces el rico, herido interiormente por la gracia del Señor, llevó su generosidad hasta el punto de darle cien sueldos y un buen vestido nuevo.

Sin duda os admiraréis, y con razón, del modo con que la Divina Providencia recompensó a este pobre viñador, de la piedad que le movía a oír todos los días la Santa Misa; pero más admirable es todavía la misericordia que Dios tuvo de este rico. A la noche siguiente apareciósele el Salvador, y le reveló que, gracias a las Misas oídas por aquel pobre, había sido preservado de una muerte repentina, que en aquella misma noche lo hubiera precipitado en el infierno. Al oír un aviso tan espantoso, se levantó sobresaltado, y entrando en cuentas consigo mismo, comenzó a detestar su mala vida; y se declaró muy devoto de la Santa Misa, a la que asistió en adelante todos los días con bastante regularidad. No se contentaba con oírla, sino que además hacía que diariamente se celebrasen otras muchas en diferentes iglesias, por cuyo medio alcanzó la gracia de pasar el resto de su vida en la práctica constante de la virtud y la de una muerte preciosa a los ojos del Señor. (Nicol Lac. trat. 6 dist. 10 de Mise. c. 200).

6.    Ejemplo formidable para los que no aprecian el inmenso tesoro de la Santa Misa

Dos insignes doctores de la Iglesia, el Ángel de las Escuelas Santo Tomás de Aquino y el Seráfico San Buenaventura, enseñan, como se dijo en el capítulo primero, que el adorable sacrificio de la Misa es de un precio infinito, tanto por razón de la Víctima, como por la del sacerdote que la inmola. La Víctima ofrecida es el Cuerpo, la Sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; y el primer sacrificador, es el mismo Jesucristo. ¿De qué procede, pues, que tantos cristianos hacen tan poco caso de este inestimable tesoro, prefiriendo a él un vil interés?

Hemos escrito este opúsculo con el fin de instruir a todos los que quieran leerlo con atención, e inspirarles la más sublime idea de este Divino Sacrificio. Si hasta hoy ¡oh cristiano lector! fue para ti un tesoro escondido, ahora que ya conoces su valor infinito, quisiera que tomases una resolución eficaz de aprovecharte de él, asistiendo todos los días a la Santa Misa. Para concluir de animarte a la práctica de una obra tan piadosa y fecunda en resultados espirituales y aun temporales, voy a referirte un ejemplo terrible que pondrá el sello a toda la obra.

Eneas Silvio, que llegó a ser Papa con el nombre de Pío II, cuenta que un gentilhombre de los más distinguidos de la provincia de Istria, después de haber perdido la mayor parte de su inmensa fortuna, se había retirado a una aldea suya para vivir allí con más economía. Vióse al poco tiempo atacado de una negra melancolía que no le dejaba un momento de sosiego, persiguiéndolo hasta el punto de querer abandonarse a la desesperación. En medio de luchas interiores tan horribles recurrió a un piadoso confesor, quien, después de haberle oído sus trabajos, le dio un excelente consejo: "No deje usted pasar, le dijo, un solo día sin oír la Santa Misa, y no tenga usted ningún temor". Este aviso agradó tanto al gentilhombre, que se apresuró a ponerlo en ejecución, con el objeto de asegurar más y más la facilidad de su cumplimiento, tomó un capellán para que le dijese Misa todos los días en el castillo. Por un compromiso inevitable, tuvo este sacerdote que ir muy temprano a una villa poco distante, para ayudar a otro compañero que celebraba la primera Misa.

Nuestro piadoso caballero, no queriendo pasar un solo día sin asistir al adorable Sacrificio, salió del castillo en dirección a la villa con el fin de oír allí la Santa Misa. Como iba a un paso muy acelerado, un aldeano que lo encontró en el camino le dijo: "Que podía volverse a su casa, porque la Misa del nuevo sacerdote había concluido y no se celebraba ninguna otra". Al oír esta noticia se llenó de turbación, y empezando a lamentarse, exclamó: "¿Qué será de mí en este día, qué será de mí? Quizá sea hoy el último de mi vida". Asombrado el aldeano de verle tan afligido, le dijo: "No os desconsoléis, señor: con mucho gusto os vendo la Misa que acabo de oír. Dadme la capa que cubre vuestros hombros y os cedo la Misa, con todo el mérito que por ella pude haber contraído delante de Dios". El gentilhombre tomó la palabra del aldeano, y después de haberle entregado muy gozoso su capa, continuó su viaje a la iglesia para rezar allí sus oraciones. Al regresar al castillo y habiendo llegado al sitio donde se había verificado el indigno cambio [que era simonía], vio al infeliz aldeano colgado de una encina como Judas. Dios había permitido que la tentación de ahorcarse, que tanto atormentaba al gentilhombre, se apoderase de aquel desgraciado que, privado de los auxilios que había alcanzado por medio de la Santa Misa, no tuvo fuerzas para resistir. Horrorizado a vista de semejante espectáculo, comprendió una vez más toda la eficacia del remedio que su confesor le había dado, y se confirmó en la resolución de asistir todos los días al Santo Sacrificio.

A propósito de este tremendo caso, quisiera hacerte dos observaciones de altísima importancia. La primera es concerniente a la monstruosa ignorancia de aquellos cristianos que no apreciando debidamente las inmensas riquezas encerradas en el Sacrificio del altar, llegan a tratarle como si fuera un objeto de tráfico. De aquí proviene esa manera de hablar tan inconveniente, que tienen ciertas personas, cuyo cinismo llega al extremo de preguntar a un sacerdote: ¿Cuánto me cuesta una Misa? ¿Quiere usted que se la pague hoy? ¡Pagar una Misa! ¿Y en dónde encontraréis capital equivalente al valor de una Misa, que vale más que el paraíso? ¡Qué ignorancia tan insoportable! La moneda que dais al sacerdote es para proveer a su subsistencia, pero no un pago de la Santa Misa, que es un tesoro que no tiene precio.

Muy cierto es, amado lector, que en este opúsculo te he exhortado constantemente a oír todos los días la Santa Misa, y a que hicieses celebrarla con la mayor frecuencia posible. Y quién sabe si con este motivo habrá tomado un pretexto el demonio para soplarte al oído esta maldita sospecha: "Los sacerdotes presentan muy buenas y excelentes razones para inclinarnos a dar limosnas destinadas a la celebración del Santo Sacrificio; sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Bajo una apariencia de celo, ellos buscan su provecho, pues cuando se penetra en el fondo de ciertas cosas, se comprende al fin que el interés el único móvil de todo lo que hacen y de todo lo que dicen". ¡Ah! si tal crees te engañas miserablemente. En cuanto a mí, doy gracias a Dios por haberme llamado a una Religión en donde se hace voto de pobreza, la más estricta y rigurosa, y en donde no se recibe estipendio de Misas. Aún cuando se nos ofrecieran cien escudos por celebrar una sola vez el Santo Sacrificio, no los recibiríamos. Nosotros, al decir Misa, nos conformamos siempre con la intención que tuvo el mismo Jesucristo al ofrecerse al Eterno Padre en sacrificio, sobre el altar sangriento del Calvario. Por consiguiente, si alguno puede hablar con toda claridad y sin temor de que se atribuyan miras interesadas, soy yo que no pienso ni puedo pensar en otra cosa que en el bien de todos. Por lo mismo vuelvo a repetir lo que te dije al principio de este opúsculo: asiste frecuentemente a la Santa Misa; a ello te conjuro en el nombre de Dios; asiste muy frecuentemente y da limosnas para hacer que se celebren en el mayor número posible, y de este modo amontonarás un rico y precioso tesoro de méritos, que te será muy provechoso en este mundo y en la eternidad.

La segunda observación que debo hacerte con relación al ejemplo que acabas de leer, es acerca de la eficacia de la Santa Misa para alcanzarnos todos los bienes y preservarnos de todos los males, especialmente para avivar nuestra confianza en Dios y darnos fuerzas con las cuales vencer todas las tentaciones. Permíteme, pues, que te diga una vez más: ¡A Misa, por favor, a Misa! si quieres triunfar de tus enemigos y ver al infierno humillado a tus pies.

Antes de terminar este opúsculo, creo conveniente decir algunas palabras acerca del ministro que ayuda a Misa. En estos días desempeñan este oficio los niños o personas sencillas, mientras que ni aun las testas coronadas serían dignas de un honor tan singular. San Buenaventura dice que el ayudar a Misa es un ministerio angélico, puesto que los muchos ángeles que asisten al Santo Sacrificio sirven a Dios durante la celebración de este augusto ministerio. Santa Matilde vio el alma de un fraile lego más resplandeciente que el sol, porque había tenido la devoción de ayudar a todas las Misas que podía. Santo Tomás de Aquino, brillante antorcha de las escuelas, no apreciaba menos la dicha del que sirve al sacerdote en el altar, puesto que, después de celebrar, nada deseaba tanto como ayudar a Misa. El ilustre canciller de Inglaterra, Tomás Moro, tenía sus delicias en el desempeño de tan santo ministerio. Habiéndole reprendido cierto día uno de los grandes del reino, diciéndole que el Rey vería con disgusto que se rebajase hasta el punto de convertirse en monaguillo, Tomás Moro respondió: "No, no, al Rey mi señor no pueden disgustarle los servicios que yo hago al que es Rey de los reyes y Señor de los señores". ¡Qué motivo de confusión para aquellos cristianos que, aun haciendo alguna vez profesión de piedad, se hacen rogar para ayudar a Misa, mientras que debieran disputar a otros este honor, que envidian los Ángeles del cielo!

Por otra parte, es preciso tener cuidado de que el que ayuda a Misa sea capaz de cumplir con su ministerio de una manera conveniente. Debe tener la vista mortificada y manifestar un exterior grave, modesto y piadoso: debe pronunciar las palabras claramente, sin apresurarse y a media voz; no en tono tan bajo que no le oiga el sacerdote, ni tan alto que incomode a los que celebran en otros altares. Por consiguiente, no deben ser admitidos ciertos niños desvergonzados, que están burlándose unos de otros durante la Misa y distraen al celebrante. Yo suplico al Señor se digne iluminar a los hombres sabios, e inspirarles la resolución de ocuparse en un ministerio tan santo y meritorio. A las personas más distinguidas corresponde dar el ejemplo.

Para concluir, sólo me resta dar un saludable consejo que comprenda a seglares y sacerdotes. Dirigiéndome a los primeros, les digo: Si queréis recoger frutos abundantísimos del santo sacrificio de la Misa, asistid a ella con la mayor devoción. Por todo este opúsculo he insistido más de una vez sobre este punto; y ahora, al terminar, insisto todavía y con más eficacia, si cabe. Asistid, pues, con devoción a la Santa Misa, y si lo encontráis bueno, utilizad este librito, practicando exactamente lo que se prescribe en el capítulo segundo. Haciéndolo así, os aseguro (pues tengo la experiencia por testigo) que bien pronto experimentaréis en vuestro corazón un cambio muy notable, y palparéis las inmensas utilidades que redundan en beneficio de vuestra alma.

En cuanto a vosotros, sacerdotes del Señor permitidme que, con mi frente pegada al polvo, os dirija una súplica. Os ruego, por las entrañas de Nuestro Señor Jesucristo que toméis la firme y constante resolución de celebrar todos los días la Santa Misa. Si en la primitiva Iglesia los mismos seglares no dejaban pasar un solo día sin comulgar, ¿con cuánta mayor razón debemos creer, que los sacerdotes celebraban diariamente? "Cada día ofrezco a Dios el Cordero sin mancha", dijo San Andrés Apóstol, dirigiéndose al tirano. San Cipriano escribió en una carta las palabras siguientes: "Nosotros, los sacerdotes, que celebramos y ofrecemos a Dios todos los días el Santo Sacrificio". San Gregorio el Grande refiere de Casiano, obispo de Narni, que teniendo éste la piadosa costumbre de celebrar diariamente, Dios Nuestro Señor encargó a uno de sus capellanes le dijese en su nombre que se portaba muy bien, que su piedad le era muy agradable, y que por ella recibiría una recompensa magnífica, en el reino de los cielos.

Por el contrario, ¿quién será capaz de comprender, ni menos de expresar, el daño que causan a la Iglesia los sacerdotes que sin impedimento legítimo y sólo por pura negligencia, omiten la celebración del adorable Sacrificio? Y no crea el sacerdote indevoto que pueda alegar como excusa, para no decir Misa, las muchas ocupaciones de que está rodeado. El Beato Fernando, arzobispo de Granada y ministro del reino a la vez, estaba siempre ocupadísimo, y sin embargo celebraba todos los días la Santa Misa. Advertido en cierta ocasión por el cardenal Toledo de que la Corte murmuraba porque, a pesar de verse abrumado de tantos negocios, no quería privarse de celebrar un solo día, el Siervo de Dios le respondió: "Ya que Sus Altezas propusieron sobre mis débiles hombros una carga tan pesada, necesito un poderoso apoyo para no sucumbir. ¿Y dónde lo encontraré mejor que en el santo sacrificio de la Misa? Allí adquiero toda la fuerza y el vigor necesarios para llevar mi carga".

Hay sacerdotes que, apoyándose en cierta humildad omiten celebrar todos los días la Santa Misa. San Pedro Celestino, a consecuencia de la sublime idea que había formado de este augusto Misterio, quiso abstenerse de la celebración diaria; pero un santo Abad, de cuyas manos había recibido el hábito religioso, se le apareció, en tono de autoridad le dijo: "¿Encontrarás en el cielo un serafín que sea digno de ofrecer a Dios el tremendo sacrificio de la Misa? Dios eligió, para ministros suyos, no Ángeles, sino hombres; y como tales están sujetos a mil imperfecciones. Humíllate, pues, muy profundamente pero no dejes de celebrar un sólo día, porque ésta es la voluntad de Dios".

Sin embargo, y a fin de que la frecuencia no disminuya el respeto, todo sacerdote debe esforzarse en imitar a los Santos que brillaron especialmente por la modestia y fervor con que subían al altar. El ilustre arzobispo de Colonia, San Heriberto, manifestaba al celebrar una devoción tan extraordinaria, que hubiéraselo tenido por un ángel bajado del cielo. San Lorenzo Justiniano estaba como fuera de sí cuando decía la Santa Misa. Pero San Francisco de Sales parece descollar sobre todos. Jamás se vio un sacerdote que subiese al altar con más dignidad, con más respeto y recogimiento; desde que se revestía de los ornamentos sagrados no se ocupaba de ningún pensamiento extraño al tremendo Sacrificio; y en el momento en que ponía el pie sobre la primera grada del altar, se notaba en él un no sé qué de celestial, que asombraba y era el embeleso de todos los circunstantes.

Si estos ejemplos os parecen muy sublimes, adoptad, la práctica de San Vicente Ferrer. Este gran Santo, que celebraba todos los días antes de subir a la cátedra del Espíritu Santo, tenía sumo cuidado de acercarse al altar con dos disposiciones importantísimas. Para conseguir la primera, recurría todas las mañanas a la santa Confesión. Yo quisiera que hicierais lo mismo, sacerdotes fervorosos, que, celebrando los mismos misterios buscáis el medio de dar a Dios la mayor satisfacción posible. ¡Cosa extraña! se ve a muchos emplear medias horas en la lectura de ciertos libritos a fin de prepararse para el Santo Sacrificio, mientras que haciendo un corto examen y excitándose al dolor de los pecados de la vida pasada, supuesto que no hubiese otra materia, confesándose, podrían adquirir una grande pureza de alma. Ved aquí, sacerdotes del Señor, la preparación más excelente, y cuya práctica os aconsejo. No menospreciéis este aviso que os doy, así como daría mi vida por vuestra salvación. ¡Ah! ¡Qué tesoro de méritos adquiriréis por este medio! ¡Qué gracias me daréis cuando nos encontremos en la dichosa eternidad! Para obtener la segunda disposición, San Vicente Ferrer quería que el altar estuviese adornado con cierta magnificencia. Como celebraba ordinariamente en presencia de una numerosa asistencia, exigía la limpieza y decencia más exquisitas en las vestiduras sagradas y en todo lo que servía al Santo Sacrificio. No se me oculta que la pobreza a que se ven hoy reducidas las iglesias, las excusa de tener ricos ornamentos de seda y tisú; pero ¿podrá dispensarlos de la decencia y limpieza que se requieren? Mi padre San Francisco de Asís tenía tanto celo por los divinos misterios, que a pesar de su amor a la pobreza exigía, sin embargo, la mayor decencia y aseo en las sacristías, en el altar, y sobre todo en las vestiduras sagradas que sirven inmediatamente al Santísimo Sacramento. A todo esto añadiré, que la Santísima Virgen, para darnos a entender la necesidad de esta limpieza exterior, en una de sus revelaciones a Santa Brígida, le dijo: "La Misa no debe celebrase sino con ornamentos que puedan inspirar devoción por su limpieza y decencia".

Procuremos, pues, sacerdotes del Altísimo, celebrar la Santa Misa con estas dos disposiciones: limpieza exterior, y sobre todo la pureza del alma. Celebramos todos los días el Santo Sacrificio con el fervor y modestia con que celebraríamos, si toda la Corte celestial asistiese visiblemente. De esta manera daremos gloria y alabanza a la Santísima Trinidad, proporcionaremos alegría a los Ángeles, perdón a los pecadores, auxilios de gracia a los justos, alivio y sufragio a las almas del purgatorio, a toda la Iglesia bienes inmensos, y a nosotros mismos la medicina y remedio de todas nuestras necesidades. Por último yo, abrigo la confianza de que si celebramos con recogimiento, y sobre todo con una viva fe y un gran fervor, los seglares se determinarán a asistir devotamente todos los días al Santo Sacrificio, y nosotros tendremos el consuelo de ver renovarse entre los cristianos el fervor de los primeros fieles y Dios será honrado y glorificado. Ved ahí el único objeto que me propuse al escribir este opúsculo, a que doy fin rogándoos recéis por mí una sola Ave María.


INDICE

CAPITULO I

EXCELENCIA, NECESIDAD Y UTILIDADADES DE LA SANTA MISA

Excelencia del Santo Sacrificio de la Misa    

§ 1. El sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la cruz
§ 2. El Santo sacrificio de la Misa tiene por
principal sacerdote al mismo Jesucristo  
§ 3. El sacrificio de la Misa es el prodigio más asombroso de cuantos ha hecho la Omnipotencia divina

CAPITULO II

Necesidad del Santo sacrificio de la Misa
para aplacar la ira de Dios

Utilidades que nos proporciona el Santo sacrificio de la Misa

§ 1. Nos hace capaces de pagar todas las deudas que tenemos contraídas con Dios
§ 2. Primera obligación: alabar y adorar a
Dios
§ 3. Segunda obligación: satisfacer a la Justicia divina por los pecados cometidos
§ 4. Tercera obligación: acción de gracias a
Dios por los beneficios recibidos
§ 5. Cuarta  obligación:   implorar  nuevas
gracias
§ 6. Por la Santa Misa alcanzaremos aun aquellas gracias que no pedimos
§ 7. La Santa Misa proporciona un gran alivio a las almas del purgatorio

CAPITULO III

MÉTODO PARA OÍR CON FRUTO LA SANTA MISA

§ 1. Disposiciones generales con que se debe
asistir al Santo Sacrificio de la Misa
§ 2. Métodos diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo
§ 3. Tercer método de oír la Santa Misa
§ 4. Modo de hacer la Comunión espiritual

CAPITULO IV

EJEMPLOS OPORTUNOS PARA INCLINAR A LAS PERSONAS DE TODOS LOS ESTADOS Y CONDICIONES A OÍR TODOS LOS DÍAS LA SANTA MISA.

§ 1. Ejemplos de varios príncipes, reyes y
emperadores
§ 2. Ejemplos de grandes damas y señoras del
mundo
§ 3. Ejemplos   de  mujeres   de  humilde
condición
§ 4. Ejemplos de negociantes y artesanos
§ 5.   Ejemplos de jornaleros y sirvientes
§ 6.  Ejemplo formidable para los que no aprecian el inmenso tesoro de la Santa Misa



CAPITULO III

MÉTODO PARA OÍR CON FRUTO LA SANTA MISA

1.    Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa

1. Como indicamos ya en la instrucción precedente, fue opinión aprobada y confirmada por San Gregorio Magno en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de Ángeles para asistir al Santo Sacrificio. San Nilo, abad y discípulo de San Juan Crisóstomo, enseña que mientras el Santo Doctor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodeando el altar y asistiendo a los sagrados ministros en el desempeño de su tremendo ministerio.

Siendo esto así, he ahí las disposiciones más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la Iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ángeles. Considera ahora cuáles deben ser tu modestia, tu atención y respeto, si quieres recoger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y sentimientos religiosos.

2. Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades.

Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tanto era el cuidado con que cada uno procuraba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devoción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en el que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se inmola por nosotros? Muy bien lo comprendía San Ambrosio.

Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluido el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un recogimiento profundo, les ordenaba que guardasen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su lengua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstuviesen de toser y de moverse con ruido. Estas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.

2.    Métodos diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo

3. El objeto de este opúsculo es instruir, al que quiera leerlo bien, sobre el mérito del santo sacrificio de la Misa, e inclinarlo a abrazar con fervor la práctica de asistir a ella frecuentemente, siguiendo el método que me propongo trazar más adelante.

Sin embargo, como hay libros piadosos, difundidos con gran utilidad entre los fieles, que contienen diversos métodos, muy buenos y provechosos, para oír la Santa Misa, de ninguna manera trato de violentar el gusto de nadie; por el contrario, a todos dejo en completa libertad para escoger aquél que juzgue más agradable y el más conforme a su capacidad y a sus piadosas inclinaciones. Únicamente me propongo, querido lector, desempeñar contigo el oficio de Ángel Custodio, sugiriéndote el que pueda serte más provechoso, es decir, según mi pobre juicio, el que te sea más útil y menos molesto. A este fin pienso reducirlos todos a tres clases o tres métodos en general.

4. El primero consiste en seguir con la mayor atención y con el libro en las manos, todas las acciones del sacerdote, rezando a cada una de ellas la oración vocal correspondiente contenida en el libro, de suerte que se pase leyendo todo el tiempo de la Misa. Si a la lectura se une la meditación de los santos ministerios que se celebran sobre el altar, es indudable que se asiste al adorable Sacrificio de un modo excelente y además muy provechoso.

(Este método que indica aquí San Leonardo era usado en aquellos tiempos en que la Misa se decía en latín y la gente tenía que llevar misales en castellano para enterársele las lecturas y poder seguir las oraciones. Pero ahora que ya la Misa se celebra en las lenguas de cada país, y que mediante el uso de los micrófonos todo el mundo se puede enterar de lo que dice el sacerdote, sobran los libros, y la mejor manera de oiría es estando con atención a todas las lecturas y siguiendo las oraciones con el sacerdote).

5. El segundo método para asistir con fruto a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento interior, ocupándose en considerar espiritualmente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se representan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cuidado de conservar unidas a Dios las potencias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las virtudes.

Esta manera de oír Misa es más perfecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave, según lo experimentó un santo religioso lego, el cual acostumbraba decir que oyendo Misa no leía más que tres letras. La primera era negra, a saber, sus pecados, cuya consideración le inspiraba afectos de dolor y arrepentimiento, y éste era el punto de su meditación desde el principio de la Misa hasta el Ofertorio. La segunda era encarnada, a saber, la Pasión del Salvador, meditándola desde el Ofertorio hasta la Comunión, sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario.

La tercera letra era blanca, a saber, la Comunión espiritual, que jamás omitía en el momento que comulgaba el sacerdote, uniéndose de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sacramentales; después de lo cual permanecía abismado en su Dios y en la consideración de la gloria, que esperaba como fruto de este Divino Sacrificio. Este pobre religioso, a pesar de no tener instrucción, oía la Misa de una manera muy perfecta, y yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.

3.    Tercer método de oír la Santa Misa

6. El tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos a los sentimientos del sacerdote.

Este debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines indicados en la instrucción precedente (n.° 8), por cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados, lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a presentarte.

He aquí el método reducido a la práctica. Toma este pequeño libro hasta aprender de memoria estos ofrecimientos, o alo menos hasta penetrarte bien de su sentido, pues no se necesita sujetarse a las palabras. Luego que comience la Misa y cuando el sacerdote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confíteor, haz un breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el respeto y devoción posible. Enseguida, y para cumplir sucesivamente con las cuatro importantísimas obligaciones de que te he hablado, divide la Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:

7. En la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deuda, que consiste en adorar y alabar la majestad de Dios, que es infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sinceramente que nada eres delante de aquella inmensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta), dile:

"¡Oh, Dios mío! yo os adoro y reconozco por mi Señor y dueño de mi alma y vida: yo protesto que todo lo que soy y cuanto tengo lo debo a vuestra infinita bondad. Bien sé que vuestra soberana Majestad merece un honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobrecillo impotente para pagar esta inmensa deuda, por tanto os presento las humillaciones y homenajes que el mismo Jesús os ofrece sobre este altar.

"Yo quiero hacer lo mismo que hace Jesús: yo me abato con Jesús, y con Jesús me humillo delante de vuestra suprema Majestad. Yo os adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me regocijo y me felicito de que mi Divino Jesús os tribute por mí honores y homenajes infinitos".

Aquí cierra el libro, y continúa excitándote interiormente a iguales actos. Regocíjate de que Dios sea honrado infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras:

"Sí, Dios mío, inefable es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad recibe de este augusto Sacrificio. Me complazco y alegro cuanto sé y cuanto puedo".

No te empeñes con afán en repetir a la letra estas mismas palabras: emplea libremente las que tu piedad te sugiera. Sobre todo procura conservarte en un profundo recogimiento y muy unido a Dios. ¡Ah! ¡qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!

8. Satisfarás la segunda desde el Evangelio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has contraído con la divina Justicia, dile con un corazón profundamente humillado:

"He ahí, Dios mío, a este traidor que tantas veces se ha rebelado contra Vos. ¡Ah! Penetrado de dolor, yo abomino y detesto con todo mi corazón todos los gravísimos pecados que he cometido. Yo os presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesucristo os da sobre el altar. Os ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo Jesús, Dios y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía renovar su sacrificio en mi favor.

Y puesto que mi Jesús se constituye sobre ese altar mi abogado y mediador, y que por su preciosísima Sangre os pide gracia para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón de todos mis pecados. La sangre de Jesús está gritando misericordia, y misericordia os pide mi corazón arrepentido. ¡Oh Dios de mi corazón! Si no os enternecen mis lágrimas, dejaos ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús. Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para mí desde ese altar? Sí, sí; yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa me perdonaréis todas mis iniquidades, y me concederéis vuestra gracia para llorarlas hasta el último suspiro de mi vida".

Enseguida, y habiendo cerrado el libro, repite estos actos con una viva y profunda contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra, dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón:

"¡Mi muy amado Jesús! Dadme las lágrimas de San Pedro, la contrición de la Santa Magdalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados".

Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satisfarás completamente todas las deudas que por tus pecados hubieses contraído con Dios.

9. En la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, considera los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio, ofrece al Señor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti, diciendo estas o parecidas palabras:

"Vedme aquí, Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud y reconocimiento a todos los beneficios generales y particulares de que me habéis colmado, y de los que estáis dispuesto a concederme en el tiempo y en la eternidad. Confieso que vuestras misericordias para conmigo han sido y son infinitas; sin embargo, estoy pronto a pagaros hasta el último óbolo. En satisfacción de todo lo que os debo, os presento por las manos del sacerdote la Sangre divina, el cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta ofrenda basta (seguro estoy de ello) para recompensar todos los dones que me habéis concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por todos los que he recibido y puedo recibir de Vos.

"Ángeles del Señor, y vosotros, dichosos moradores del cielo, ayudadme a dar gracias a mi Dios, y ofrecedle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este medio satisfaga yo a su ardiente caridad por todas las mercedes que me ha hecho, así como por las que está dispuesto a concederme ahora y por los siglos de los siglos. Amén".

¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agradecimiento tan afectuoso! ¡Cuan satisfecho quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu corazón estos piadosos sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu nombre. Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria:

"¡Oh gloriosos bienaventurados e intercesores míos cerca del trono de Dios! Dad gracias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y morir siendo ingrato. Suplicadle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le tributa por mí en ese augusto Sacrificio".
No te contentes con manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda. A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

10. En la cuarta parte, desde la Comunión hasta el fin, después de haber comulgado, dirige enseguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está dentro de ti, y anímate a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti, El es quien ruega y suplica por ti. Ensancha, pues, el corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, muchísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito. Por consiguiente, dile con la más profunda humildad:

"¡Oh Dios de mi alma! Me reconozco indigno de vuestros favores: lo confieso sinceramente, así como también que no merezco el que me escuchéis, atendida la multitud y enormidad de mis faltas. Pero, ¿podréis rechazar la súplica que vuestro adorable Hijo os dirige por mí sobre ese altar, en que os ofrece por mí su Sangre y su vida? ¡Oh Dios de infinito amor! Aceptad los ruegos del que aboga en favor mío cerca de vuestra Divina Majestad!; y en atención a sus méritos concededme todas las gracias que sabéis necesito para llevar a feliz término el negocio importantísimo de mi eterna salvación. Ahora más que nunca me atrevo a implorar de vuestra infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la gracia de la perseverancia final.

Además, y apoyándome siempre en las súplicas que os dirige mi amado Jesús, os pido por mí mismo, ¡oh Dios de bondad infinita! todas las virtudes en grado heroico, y los auxilios más eficaces para llegar a ser verdaderamente santo. Os pido también la conversión de los infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quienes estoy unido por los lazos de la sangre, o de relación espiritual. Imploro además la libertad, no de una sola alma, sino la de todas las que en este momento están detenidas en la cárcel del purgatorio. Dignaos, Señor, concedérsela a todas, y haced quede vacío ese lugar de dolorosa expiación. En fin, ojala que la eficacia de este Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un paraíso de delicias para vuestro Corazón, donde fueseis amado, honrado y glorificado por todos los hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendeciros y alabaros en la eternidad. Así sea".

Pide sin temor, pide para ti, para tus amigos y parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor aue se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.

Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: "Os damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Así sea".

Después de haber comulgado, no salgas rápidamente de la iglesia; entretente con el Señor al menos 10 ó 15 minutos si te es posible. Este es el mejor momento de tu vida para negociar con el Señor. ¡Los que no se saben aprovechar de ese momento no saben lo que se pierden!
Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario.

Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías enriquecido tu alma! ¡ Ah! ¡Cuánto has perdido asistiendo a este augusto Sacrificio con tan poca religiosidad, dirigiendo tus miradas acá y allá, ocupado en ver quiénes entraban y salían, murmurando algunas veces, quedándote dormido, o cuando más, balbuceando algunas oraciones sin atención ni recogimiento! Si quieres, pues, oír con fruto la Santa Misa, toma desde este momento la firme resolución de servirte de este método, que es muy agradable, y que está todo él reducido a satisfacer las cuatro enormes deudas que tenemos contraídas con Dios. Persuádete firmemente de que en poco tiempo adquirirás inmensos tesoros de gracias y méritos, y de que jamás te asaltará la tentación de decir: Una Misa más o menos ¿qué importa?

4.    Modo de hacer la Comunión espiritual

11. (Siempre que oigas Misa y te sea posible procurarás comulgar sacramentalmente. Ahora se puede comulgar hasta dos veces al día habiendo oído la Misa completa. Pero si por alguna circunstancia especial no pudieses comulgar sacramentalmente, hazlo al menos espiritualmente como aquí te enseña San Leonardo).

Según la doctrina del Santo Concilio de Trento, hay tres clases de Comunión: la primera meramente sacramental; la segunda puramente espiritual, y la tercera sacramental y espiritual a la vez.

No se trata aquí de la primera, que consiste en comulgar en realidad sacramentalmente.

Trátase únicamente de la segunda, que se reduce —según las palabras del mismo Concilio—, a un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial, unido a un fe viva que obra por la caridad, y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento. En otros términos: los que no pueden recibir sacramentalmente el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, lo reciben espiritualmente haciendo actos de fe viva y de caridad fervorosa, con un ardiente deseo de unirse al soberano Bien, y por este medio se disponen a participar de los frutos de este Divino Sacramento.

Considera bien lo que voy a decir para facilitarte una práctica que tantas utilidades proporciona. Cuando el sacerdote va ya a comulgar, estando con gran recogimiento interior y exterior, modestia y compostura, excita en tu corazón un verdadero dolor de los pecados, y date golpes de pecho para significar que te reconoces indigno de la gracia de unirte a Jesucristo. Después ejercítate en actos de amor, de ofrecimiento, de humildad y demás que acostumbras hacer al acercarte a la Sagrada Mesa, añadiendo a esto el más ardiente y fervoroso deseo de recibir a Jesucristo, que, por tu amor, está real y verdaderamente presente en el augusto Sacramento. Para avivar más y más tu devoción, figúrate que la Santísima Virgen, o tu Santo Patrón, te presenta la Sagrada Hostia, y que tú la recibes en realidad y como si abrazaras estrechamente a Jesús en tu corazón, y repite una y muchas veces en tu interior estas palabras dictadas por el amor:

"Venid ¡Jesús mío! mi vida y mi amor, venid a mi pobre corazón; venid y colmad mis deseos; venid y santificad mi alma; venid a mí, ¡dulcísimo Jesús! Venid".
Permanece después en silencio, contempla a tu Dios dentro de ti mismo; y como si hubieses comulgado realmente, dale gracias y haz todos los actos que se acostumbran después de la Sagrada Comunión.

Ten por cierto, amado lector, que esta Comunión espiritual, tan descuidada por los cristianos de nuestros días, es, sin embargo, un verdadero y riquísimo tesoro que llena el alma de bienes infinitos; y, según opinión de muchos y muy respetados autores, —entre otros el P. Rodríguez, en su obra De la perfección cristiana—, la Comunión espiritual es tan útil, que puede causar las mismas gracias y aun mayores que la Comunión sacramental. En efecto, aunque la recepción real de la Sagrada Eucaristía produzca por su naturaleza más fruto, puesto que, siendo sacramento, obra por su propia virtud; puede no obstante suceder que un alma deseosa de su perfección haga la Comunión espiritual tan humildemente, con tanto amor y devoción, que merezca más a los ojos de Dios que otro comulgando sacramentalmente, pero con menor preparación y fervor.

Se conoce cuánto agrada a Jesucristo esta Comunión espiritual, en que muy frecuentemente se ha dignado escuchar —por medio de patentes milagros—, los piadosos suspiros de sus servidores, unas veces dándoles por sus propias manos la Comunión sacramental, como a Santa Clara de Montefalco, a Santa Catalina de Sena y a Santa Ludovina; otras por manos de los Ángeles, como a mi Seráfico Doctor San Buenaventura, y a los obispos Honorato y Fermín, y alguna vez también por el ministerio de la augusta Madre de Dios, que por su misma mano dio la Sagrada Comunión al Beato Silvestre. Rasgos tan tiernos por parte de Dios no deben asombrarte, si consideras que la Comunión espiritual inflama las almas en el fuego de un santo amor, las une a Dios y las dispone a recibir las más señaladas gracias.

¿Y será posible que tantas utilidades no te causen alguna impresión y continúes siempre en tu indiferencia e insensibilidad? ¿Qué excusa podrás alegar desde ahora para descuidar todavía una práctica tan útil y tan santa? Resuélvete, pues, de una vez a servirte de ella frecuentemente, advirtiendo que la Comunión espiritual tiene sobre la sacramental la ventaja de que ésta no puede recibirse más que una vez al día, (ya hemos dicho que hoy ya es posible comulgar hasta dos veces), mientras que aquélla se puede renovar, no solamente en todas las Misas a que asistas, sino también en todas las horas del día; de mañana y tarde, por el día y por la noche, en la iglesia y en tu aposento, sin que para esto necesites el permiso de tu confesor; en una palabra, cuantas veces practiques lo que acabo de prescribirte, otras tantas harás la Comunión espiritual, y enriquecerás tu alma de gracias, de méritos y de toda clase de bienes.

Tal es el objeto de este opúsculo: inspirar a cuantos lo lean un santo deseo de introducir en el mundo católico la piadosa costumbre de oír todos los días la Santa Misa con una solidad piedad y verdadera devoción, comulgando o haciendo en ella siempre la Comunión espiritual.

¡Ah, qué dicha si pudiera conseguirse! Entonces se vería reflorecer en todo el mundo aquel fervor tan admirable de los felices siglos de la primitiva Iglesia en que los cristianos recibían diariamente la Divina Eucaristía asistiendo al Santo Sacrificio. Si no eres digno de recibir a Dios tan a menudo, procura a lo menos oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual. Si yo lograse persuadirte de esta piadosa práctica, creería haber ganado todo el mundo, y tendría la dulce satisfacción de haber empleado bien el tiempo y mis trabajos.

Y a fin de echar por tierra todas las excusas que acostumbran alegar los que pretenden dispensarse de asistir a la Misa, pondré en el capítulo siguiente varios ejemplos adaptados a toda clase de personas, para que todos comprendan que si se privan de un tan gran tesoro, esto nace, o bien de su negligencia, o bien de su tibieza y repugnancia a todas las obras de piedad, por cuyas causas les esperan amargos remordimientos para la hora de la muerte.

Diocesis de Celaya

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