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Paz y bien!

18:06 ,
El Beato Luquesio y su esposa Buonadonna
“El Señor me dio hermanos…”“Y los que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener…y no queríamos tener más” Test 16-17


Por Fr. Amando Trujillo Cano, TOR

El 28 de abril la Iglesia celebra la memoria del beato Luquesio, quien ha sido tradicionalmente considerado como el primer miembro de la Tercera Orden de San Francisco, junto con su esposa Buonadonna, por ello, reflexionaremos este mes sobre su legado espiritual, con el fin de renovar nuestra forma de vida franciscana, que resplandece a través del ejemplo de todos nuestros santos antecesores de la familia franciscana.

Las fuentes más antiguas sobre Luquesio y Buonadonna datan de los siglos XVI y XV y han llegado a nosotros con claros signos de haber sido reelaborados para ajustarse a los estilos hagiográficos de la época y del lugar de origen.

Luquesio nació en Gaggiano, Chianti, (Italia) por los años 1180, en una familia de campesinos. Se casó con Buonadonna, de una familia pudiente de Borgo Marturi, (Italia) y tuvieron varios hijos.

Él se involucró en la política y llegó a ser el líder de uno de los partidos políticos de Toscana. Debido a que el ambiente político se agitó demasiado, la familia decidió mudarse a Poggibonsi, donde Luquesio se dedicó al comercio con mucha destreza, convirtiéndose en un hombre rico y avaro.

Sufrieron la pérdida de sus hijos y hacia el año 1220 la vida de Luquesio tuvo un cambio dramático cuando, tocado por la gracia, fijó su corazón y su mente en buscar el tesoro del reino de Dios.

Fascinado por el renombrado ejemplo y los valores evangélicos de san Francisco de Asís, a quien probablemente conoció en 1221, asumió el estado de vida de los penitentes, dedicándose a la oración intensa, al ayuno y a compartir sus bienes con los pobres. De acuerdo a la tradición, Buonadonna no apoyó inicialmente la generosidad de Luquesio, pero algunos signos de la providencia de Dios la convencieron de unirse a él de todo corazón en tal camino. Al ir avanzando en su conversión renunciaron a todos sus bienes, con excepción de una pequeña porción de tierra que Luquesio cultivaba para su propio sustento y para asistir a los pobres. Esta opción por la pobreza voluntaria parece comprobarse por un documento histórico, fechado el 7 de agosto de 1227, que atestigua la venta de la casa de Buonadonna llevada a cabo con el consentimiento de ambos esposos. La generosidad de Luquesio se demuestra también en el cuidado que brindó a los enfermos del hospital de Poggibonsi.

Luego de haber llevado una vida fructífera como penitentes por muchos años, ambos esposos se enfermaron y murieron con pocas horas de diferencia entre uno y otro, de acuerdo a algunas fuentes, el 28 de abril de 1241, según otras en 1260. Ellos habían recibido previamente la asistencia sacramental del guardián de los Frailes Menores de Poggibonsi, en cuya capilla fueron sepultados los dos.

El culto local empezó poco tiempo después y, como seguía creciendo, la iglesia fue ampliada y dedicada a san Francisco y al beato Luquesio. A través de los siglos, muchos milagros han sido atribuidos a la intercesión de esta pareja. La fiesta de Luquesio fue instituida como solemne por el municipio de Poggibonsi en el año 1331, cuando fue nombrado como el santo patrón del pueblo junto con san Lorenzo. A pesar que no se le dio a Buonadonna el título de beata, la tradición local la nombró como tal.

El testimonio de Luquesio y Buonadonna nos ayuda a recordar que la forma de vida franciscana surge de la conversión sincera al Evangelio de Jesucristo, que nos enriquece con el tesoro del reino de Dios y nos hace libres del apego egoísta a los bienes materiales. Esta conversión permanente nos permite servir a nuestros hermanos y hermanas –especialmente a los pobres y a los que sufren- compartiendo generosamente con ellos nuestros dones, talentos y tiempo.

Sus vidas ejemplares destaca la importancia de asumir los valores franciscanos en las realidades temporales, poniendo en práctica nuestra fe y el amor en la familia y en la sociedad, integrando la oración contemplativa y la vida sacramental al amor activo por nuestros vecinos, cuidando a los enfermos, siendo solidarios con los pobres, en quienes también vemos a Cristo, y adoptando una forma de vida marcada con la simplicidad y el trabajo honesto.

Oración a nuestro hermano Luquesio:

Señor Dios, tú llamaste al Beato Luquesio a la conversión e hiciste que destacara en obras de piedad y caridad. Por su intercesión y ejemplo, haz que podamos realizar frutos dignos de penitencia y produzcamos siempre abundantes buenas obras. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor… (Oración colecta de la memoria litúrgica).

***Les recordamos que en cumplimiento al artículo 25 de nuestra regla, debemos dar una aportación (JORNAL) acorde a nuestras posibilidades. Acércate a tu coordinador y haz tu aportación, con tu apoyo ayudas a sufragar los gastos de la fraternidad.

18:06 ,


Eugenio Amézquita Velasco

El hermano Ministro Nacional de la OFS en México, Hno. Ángel de la Rosa Quintero OFS, nos comparte la siguiente reflexión enviada por el Consejo Internacional de la OFS:

¿Amo a mis vecinos? (Mateo 22:39)
"busquen la persona viviente y operante de Cristo en los hermanos" Art. 5

1=Nunca
2=Raramente
3=A veces
4=A menudo
5=Siempre

¿En cuáles áreas de mi vida estoy listo/a para dárselos a Dios?

Celebramos 40 años de la regla de la OFS
1978-2018

03:26 ,


Lo que hizo y dijo en su preciosa muerte, narrado por Tomás de Celano, su biógrafo.

Habían transcurrido ya veinte años desde su conversión -de San Francisco-. Quedaba así cumplido lo que por voluntad de Dios le había sido manifestado. En efecto, el bienaventurado Padre y el hermano Elías moraban en cierta ocasión en Foligno; una noche, mientras dormían, se apareció al hermano Elías un sacerdote vestido de blanco, de edad avanzada y de aspecto venerable, y le dijo: «Levántate, hermano, y di al hermano Francisco que se han cumplido dieciocho años desde que renunció al mundo y se unió a Cristo; que a partir de hoy le quedan todavía dos años en esta vida, y que, pasados éstos, le llamará el Señor a sí y entrará por el camino de todo mortal». Y sucedió que, terminado el plazo que mucho antes había sido fijado, se cumplió la palabra del Señor.

Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente. Y él entonó con la fuerza que pudo aquel salmo de David: Con mi voz clamé al Señor, con mi voz imploré piedad del Señor (Sal 141). Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy distinguido ; era él muy solícito de todos los hermanos; viendo este hecho y sabedor del próximo desenlace de la vida del Santo, le dijo: «¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y, perdonadas todas sus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los presentes cuanto a los ausentes».

«Hijo mío -respondió el Santo-, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los absuelvo; cuando les comuniques estas cosas, bendícelos a todos en mi nombre».

Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios y pidió que se le leyera el evangelio de San Juan desde aquellas palabras: Seis días antes de la Pascua, sabiendo Jesús que le era llegada la hora de pasar de este mundo al Padre... (Jn 12,1 y 13,1). Era el mismo texto evangélico que el ministro había preparado para leérselo antes de haber recibido mandato alguno; fue también el que salió al abrir por primera vez el libro, siendo así que dicho volumen, del que tenía que leer el evangelio, contenía la Biblia íntegra. Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza.

Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor. Uno de sus hermanos y discípulos -bien conocido por su fama y cuyo nombre opino se ha de callar, pues, viviendo aún entre nosotros, no quiere gloriarse de tan singular gracia- vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo. Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol, llevada en una blanca nubecilla.
Justamente por todo esto, podemos exclamar: ¡Oh cuán glorioso es este Santo, cuya alma vio un discípulo subir al cielo! ¡Bella como la luna, resplandeciente como el sol, que fulguraba de gloria mientras ascendía en una blanca nube! ¡Luz del mundo que en la Iglesia de Cristo iluminas más que el sol! ¡Nos has substraído los rayos de tu luz y has pasado a aquella patria esplendente donde, en lugar de nuestra pobre compañía, tienes la de los ángeles y los santos! ¡Oh sustento glorioso digno de toda alabanza, no te desentiendas del cuidado de tus hijos aunque te veas ya despojado de su carne! Tú sabes, y bien que lo sabes, en qué peligros has dejado a los que sola tu dichosa presencia aliviaba siempre misericordiosamente en sus innumerables fatigas y frecuentes angustias. ¡Oh Padre santísimo, lleno de compasión, siempre pronto a la misericordia y a perdonar los extravíos de tus hijos! A ti, Padre dignísimo, te bendecimos; a ti, a quien bendijo el Altísimo, que es siempre Dios bendito sobre todas las cosas. Amen.

Llanto y gozo de los hermanos al contemplar en él las señales de la cruz. Las alas del serafín

Conocido esto, se congregó una gran muchedumbre, que bendecía a Dios, diciendo: «¡Loado y bendito seas tú, Señor Dios nuestro, que nos has confiado a nosotros, indignos, tan precioso depósito!. ¡Gloria y alabanza a ti, Trinidad inefable!» La ciudad de Asís fue llegando por grupos, y los habitantes de toda la región corrieron a contemplar las maravillas divinas que el Dios de la majestad había obrado en su santo siervo. Cada cual cantaba su canto de júbilo según se lo inspiraba el gozo de su corazón y todos bendecían la omnipotencia del Salvador por haber dado cumplimiento a su deseo. Mas los hijos se lamentaban de la pérdida de tan gran padre, y con lágrimas y suspiros expresaban el íntimo afecto de su corazón.

No obstante, Un gozo inexplicable templaba esta tristeza, y lo singular del milagro los había llenado de estupor. El luto se convirtió en cántico, y el llanto en júbilo. No habían oído ni jamás habían leído en las Escrituras lo que ahora estaba patente a los ojos de todos; y difícilmente se hubiera podido persuadir de ello a nadie de no tener pruebas tan evidentes. Podía, en efecto, apreciarse en él una reproducción de la cruz y pasión del Cordero inmaculado que lavó los crímenes del mundo; cual si todavía recientemente hubiera sido bajado de la cruz, ostentaba las manos y pies traspasados por los clavos, y el costado derecho como atravesado por una lanza.

Además contemplaban su carne, antes morena, ahora resplandeciente de blancura; su hermosura venía a ser garantía del premio de la feliz resurrección. Su rostro era como rostro de ángel, como de quien vive y no de quien está muerto; los demás miembros quedaron blandos y frescos como los de un niño inocente. No se contrajeron los nervios, como sucede con los cadáveres, ni se endureció la piel; no quedaron rígidos los miembros, sino que, flexibles, permitían cualquier movimiento.

A la vista de todos resplandecía tan maravillosa belleza; su carne se había vuelto más blanca; pero era sorprendente contemplar, en el centro de manos y pies, no vestigios de clavos, sino los clavos mismos, que, hechos de su propia carne, presentaban el color oscuro del hierro, y el costado derecho tinto en sangre. Estas señales de martirio no causaban espanto a quienes las veían; es más, prestaban a su carne mucha gracia y hermosura, como las piedrecillas negras en pavimento blanco. Llegábanse presurosos los hermanos e hijos, y, derramando lágrimas, besaban las manos y los pies del piadoso Padre que los había dejado, y el costado derecho, cuya herida recordaba la de Aquel que, derramando sangre y agua, reconcilió el mundo con el Padre. Muy honrada se sentía la gente; no sólo aquellos a quienes era dado el besar, sino también los que no podían más que ver las sagradas llagas de Jesucristo que san Francisco llevaba en su cuerpo.

¿Quién, ante semejante espectáculo, había de darse al llanto y no más bien al gozo? Y si llorase, ¿no serían sus lágrimas de alegría más que de dolor? ¿Quién podría tener un pecho tan de hierro que no rompiera en gemidos? ¿O quién podría tener un corazón tan de piedra que no se abriese a la compunción, que no ardiese en divino amor y que no se llenase de buena voluntad? ¿Quién sería tan rudo, tan insensible, que no llegara a comprender con toda claridad que un santo que había sido honrado con don tan singular en la tierra iba a ser ensalzado con inefable gloria en los cielos?

¡Oh don singular, señal del privilegio del amor, que el caballero venga adornado de las mismas armas de gloria que por su excelsa dignidad corresponden únicamente al Rey! ¡Oh milagro digno de eterna memoria y sacramento que continuamente ha de ser recordado con admirable reverencia! De modo visible representa el misterio de la sangre del Cordero que, manando copiosamente de las cinco aberturas, lavó los crímenes del mundo. ¡Oh sublime belleza de la cruz vivificante, que a los muertos da vida; tan suavemente oprime y con tanta dulzura punza, que en ella adquiere vida la carne ya muerta y el espíritu se fortalece! ¡Mucho te amó quien por ti fue con tanta gloria hermoseado!

¡Gloria y bendición al solo Dios sabio, que renueva los antiguos prodigios y repite los portentos para consolar con nuevas revelaciones las mentes de los débiles y para que por obra de las maravillas visibles sean sus corazones arrebatados al amor de las invisibles!. ¡Oh maravillosa y amable disposición de Dios, que, para evitar toda sorpresa sobre la novedad del milagro, mostró misericordiosamente, en primer lugar en quien venía del cielo, lo que más tarde había de obrarse milagrosamente en quien vivía en la tierra! Y, ciertamente, el verdadero Padre de las misericordias quiso indicarnos cuán gran premio merecerá el que se empeñe en amarle de todo corazón para verse colocado en el orden superior de los espíritus celestiales y más próximo al propio Dios.

Sin duda alguna, lo podremos conseguir si, a semejanza del serafín (35), extendemos dos alas sobre la cabeza y, a ejemplo del bienaventurado Francisco, buscamos en toda obra buena una intención pura y un comportamiento recto, y, orientado todo a Dios, tratamos infatigablemente de agradarle en todas las cosas. Estas dos alas se unen necesariamente al cubrir la cabeza, significando que el Padre de las luces no puede aceptar en modo alguno la rectitud en el obrar sin la pureza de intención; ni viceversa, pues Él mismo nos lo asegura: Si tu ojo fuese sencillo, todo tu cuerpo será lúcido; si, en cambio, fuese malo, todo el cuerpo será tenebroso (Mt 6,22-23). El ojo sencillo no es el que no ve lo que ha de ver, incapaz de descubrir la verdad, o el que ve lo que no ha de ver, careciendo de pureza de intención. En el primer caso tenemos no simplicidad, sino ceguera, y en el segundo, maldad. Las plumas de estas alas son: el amor del Padre, que misericordiosamente salva, y el temor del Señor, que juzga terriblemente; ellas han de mantener las almas de los elegidos suspendidas sobre las cosas terrenas reprimiendo las malas tendencias y ordenando los castos afectos.

El segundo par de ellas es para volar, esto es, para consagrarnos a un doble deber de caridad para con el prójimo, alimentando su alma con la palabra de Dios y sustentando el cuerpo con los bienes de la tierra. Estas dos alas muy raramente se juntan, porque difícilmente puede dar uno cumplimiento a entrambas cosas. Las plumas de estas dos alas son la diversidad de obras que se deben realizar para aconsejar y ayudar al prójimo.

Finalmente, con las otras dos alas se debe cubrir el cuerpo desnudo de méritos; esto se cumple debidamente cuando, al desnudarlo por el pecado, lo revestimos con la inocencia de la confesión y la contrición. Las plumas de estas dos alas son los varios afectos engendrados por la detestación del pecado y por el hambre de justicia.

Todo esto lo observó a perfección el beatísimo padre Francisco, quien tuvo imagen y forma de serafín, y, perseverando en la cruz, mereció volar a la altura de los espíritus más sublimes. Siempre permaneció en la cruz, no esquivando trabajo ni dolor alguno con tal de que se realizara en sí la voluntad del Señor.

Bien lo saben cuantos hermanos convivieron con él: qué a diario, qué de continuo traía en sus labios la conversación sobre Jesús; qué dulce y suave era su diálogo; qué coloquio más tierno y amoroso mantenía. De la abundancia del corazón hablaba su boca, y la fuente de amor iluminado que llenaba todas sus entrañas, bullendo saltaba fuera. ¡Qué intimidades las suyas con Jesús! Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros. ¡Oh, cuántas veces, estando a la mesa, olvidaba la comida corporal al oír el nombre de Jesús, al mencionarlo o al pensar en él! Y como se lee de un santo: «Viendo, no veía; oyendo, no oía». Es más: si, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en Él, muchas veces olvidaba que estaba de camino y se ponía a invitar a todas las criaturas a loar a Jesús. Porque con ardoroso amor llevaba y conservaba siempre en su corazón a Jesucristo, y éste crucificado, fue señalado gloriosísimamente sobre todos con el sello de Cristo; con mirada extática le contemplaba sentado, en gloria indecible e incomprensible, a la derecha del Padre, con el cual, Él, coaltísimo Hijo del Altísimo, en la unidad del Espíritu Santo, vive y reina, vence e impera, Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén.

Capítulo X

Llanto de las señoras de San Damián y cómo fue sepultado con honor y gloria

Los hermanos e hijos, que habían acudido con multitud de gente de las ciudades vecinas -dichosa de poder asistir a tales solemnidades-, pasaron aquella noche del tránsito del santo Padre en divinas alabanzas; en tal forma que, por la dulzura de los cánticos y el resplandor de las luces, más parecía una vigilia de ángeles. Llegada la mañana, se reunió una muchedumbre de la ciudad de Asís con todo el clero; y, levantando el sagrado cuerpo del lugar en que había muerto, entre himnos y cánticos, al son de trompetas, lo trasladaron con todo honor a la ciudad. Para acompañar con toda solemnidad los sagrados restos, cada uno portaba ramos de olivo y de otros árboles, y, en medio de infinitas antorchas, entonaban a plena voz cánticos de alabanza. Los hijos llevaban a su padre y la grey seguía al pastor que se había apresurado tras el pastor de todos; cuando llegaron al lugar donde por primera vez había establecido la Religión y Orden de las vírgenes y señoras pobres, lo colocaron en la iglesia de San Damián, morada de las mencionadas hijas, que él había conquistado para el Señor; abrieron la pequeña ventana a través de la cual determinados días suelen las siervas de Cristo recibir el sacramento del cuerpo del Señor. Descubrieron el arca que encerraba aquel tesoro de celestiales virtudes; el arca en que era llevado, entre pocos, quien arrastraba multitudes. La señora Clara, en verdad clara por la santidad de sus méritos, primera madre de todas las otras -fue la primera planta de esta santa Orden-, se acercó con las demás hijas a contemplar al Padre, que ya no les hablaba y que, habiendo emprendido otras rutas, no retornaría a ellas.

Al contemplarlo, rompieron en continuos suspiros, en profundos gemidos del corazón y copiosas lágrimas, y con voz entrecortada comenzaron a exclamar: «Padre, Padre, ¿qué vamos a hacer? ¿Por qué nos dejas a nosotras, pobrecitas? ¿A quién nos confías en tanta desolación? ¿Por qué no hiciste que, gozosas, nos adelantáramos al lugar a donde vas las que quedamos ahora desconsoladas? ¿Qué quieres que hagamos encerradas en esta cárcel, las que nunca volveremos a recibir las visitas que solías hacernos? Contigo ha desaparecido todo nuestro consuelo, y para nosotras, sepultadas al mundo, ya no queda solaz que se le pueda equiparar. ¿Quién nos ayudará en tanta pobreza de méritos, no menos que de bienes materiales? ¡Oh padre de los pobres, enamorado de la pobreza! Tú habías experimentado innumerables tentaciones y tenías un tacto fino para discernirlas; ¿quién nos socorrerá ahora en la tentación? Tú nos ayudaste en las muchas tribulaciones que nos visitaron; ¿quién será el que, desconsoladas en ellas, nos consuele? ¡Oh amarguísima separación! ¡Oh ausencia dolorosa! ¡Oh muerte sin entrañas, que matas a miles de hijos e hijas arrebatándoles tal padre, cuando alejas de modo inexorable a quien dio a nuestros esfuerzos, si los hubo, máximo esplendor!»

Mas el pudor virginal se imponía sobre tan copioso llanto; muy inoportuno resultaba llorar por aquel a cuyo tránsito habían asistido ejércitos de ángeles y por quien se habían alegrado los ciudadanos de los santos y los familiares de Dios. Dominadas por sentimientos de tristeza y alegría, besaban aquellas coruscantes manos, adornadas de preciosísimas gemas y rutilantes margaritas; retirado el cuerpo, se cerró para ellas aquella puerta que no volvería a abrirse para dolor semejante. ¡Cuanta era la pena de todos ante los afligidos y piadosos lamentos de estas vírgenes! ¡Cuántos, sobre todo, los lamentos de sus desconsolados hijos! El dolor de cada uno era compartido por todos. Y era casi imposible que pudiera cesar el llanto cuando aquellos ángeles de paz tan amargamente lloraban.

Llegados, por fin, a la ciudad, con gran alegría y júbilo depositaron el santísimo cuerpo en lugar sagrado, y desde entonces más sagrado. A gloria del sumo y omnipotente Dios, ilumina desde allí el mundo con multitud de milagros, de la misma manera que hasta ahora lo ha ilustrado maravillosamente con la doctrina de la santa predicación. ¡Gracias a Dios! Amén.

Santísimo y bendito Padre: he aquí que he tratado de honrarte con justos y merecidos elogios, bien que insuficientes, y he narrado, como he podido, tus gestas. Concédeme por ello a mí, miserable, te siga en la presente vida con tal fidelidad, que, por la misericordia divina, merezca alcanzarte en la futura. Acuérdate, ¡oh piadoso!, de tus pobres hijos, a quienes después de ti, su único y singular consuelo, apenas si les queda alguno. Pues, aunque tú, la mejor parte de su herencia y la primera, te encuentres unido al coro de los ángeles y seas contado entre los apóstoles en el trono de la gloria, ellos, no obstante, yacen en el fango y están encerrados en cárcel oscura, desde donde claman a ti entre llantos: «Muestra, padre, a Jesucristo, Hijo del sumo Padre, sus sagradas llagas y presenta las señales de la cruz que tienes en tu costado, en tus pies y en tus manos, para que Él se digne, misericordioso, mostrar sus propias heridas al Padre, quien ciertamente por esto ha de mostrarse siempre propicio con nosotros, pobres pecadores. Amén. Así sea. Así sea».

11:01 ,


 Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Oración de San Francisco ante el Cristo de San Damián (OrSD)

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento.

Oración de San Juan Pablo II a San Francisco de Asís

Oh San Francisco,
que recibiste los estigmas en La Verna,
el mundo tiene nostalgia de ti
como icono de Jesús crucificado.
Tiene necesidad de tu corazón
abierto a Dios y al hombre,
de tus pies descalzos y heridos,
y de tus manos traspasadas e implorantes.
Tiene nostalgia de tu voz débil,
pero fuerte por el poder del Evangelio.
Ayuda, Francisco, a los hombres de hoy
a reconocer el mal del pecado
y a buscar su purificación en la penitencia.
Ayúdalos a liberarse también
de las estructuras de pecado,
que oprimen a la sociedad actual.
Reaviva en la conciencia de los gobernantes
la urgencia de la paz
en las naciones y entre los pueblos.
Infunde en los jóvenes tu lozanía de vida,
capaz de contrastar las insidias
de las múltiples culturas de muerte.
A los ofendidos por cualquier tipo de maldad
concédeles, Francisco,
tu alegría de saber perdonar.
A todos los crucificados por el sufrimiento,
el hambre y la guerra,
ábreles de nuevo las puertas de la esperanza. Amén.

Lecturas del séptimo día

Vida primera según Celano, nº 21-22

Entre tanto, el santo de Dios, cambiado su vestido exterior y restaurada la iglesia ya mencionada [la de San Damián], marchó a otro lugar próximo a la ciudad de Asís; allí puso mano a la reedificación de otra iglesia muy deteriorada y semiderruida [la de San Pedro]... De allí pasó a otro lugar llamado Porciúncula, donde existía una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen Madre de Dios, construida en tiempos lejanos y ahora abandonada, sin que nadie se cuidara de ella. Al contemplarla el varón de Dios en tal estado, movido a compasión, porque le hervía el corazón en devoción hacia la madre de toda bondad, decidió quedarse allí mismo. Cuando acabó de reparar dicha iglesia, se encontraba ya en el tercer año de su conversión. En este período de su vida vestía un hábito como de ermitaño, sujeto con una correa; llevaba un bastón en la mano, y los pies calzados. Pero cierto día se leía en esta iglesia el evangelio que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas; terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el evangelio. Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia, al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica». Rebosando de alegría, se apresura inmediatamente el santo Padre a cumplir la doctrina saludable que acaba de escuchar; no admite dilación alguna en comenzar a cumplir con devoción lo que ha oído...

Reflexión

Una característica que hace de Francisco un hombre ecuménico es su relación con la palabra de Dios . Del encuentro con el Evangelio brota la elección de su vida y la vida de sus hermanos. Pues la vida de los hermanos franciscanos es una vida “según el santo Evangelio”, tal como nos lo señala la regla bulada: La regla y vida de los Hermanos Menores es ésta, a saber, guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad. La interpretación de la palabra de Dios en San Francisco es clara y lineal: “la letra mata, el Espíritu da Vida” (Adm .7); El principio interpretativo de Francisco no es de erudición, sino de conversión, es total prontitud para obrar con el propósito de en todo momento dar Gloria a Dios. Para Francisco la caridad, el contenido de la palabra de Dios, vale más que a lectura, por lo cual no duda en regalar a una persona necesitada el texto del Nuevo Testamento (LP56). Su profunda lectura sapiencial y experiencial de la palabra de Dios lo preserva no solo de una interpretación ad litteram, sino también de una pura observancia literal: el haber buscado siempre el mensaje del espíritu fue para él fuente de creatividad y de gestos proféticos, de distensión, de diálogo, de conciliación. Y es precisamente la escucha de la única palabra de Dios la que acompaña a las Iglesias cristianas en lento camino hacia la unidad. Camino del cual los franciscanos tenemos una vocación particular y arraigada en la vida de Francisco. (La Vocación ecuménica del Franciscano. Tomo 2.p.127).

Oración en honor a las llagas de San Francisco

Gloriosísimo Protector y Padre mío, San Francisco, a ti acudo, implorando tu poderosa intercesión, para entender el amor que Dios Nuestro Señor te manifestó al martirizar vuestra carne y vuestro espíritu. Tus llagas son cinco focos de caridad divina; cinco lenguas que me recuerdan las misericordias de Jesucristo; cinco fuentes de gracia celestiales que el Creador te confió para que las distribuyas entre tus devotos. ¡Oh Santo amabilísimo!, pide por mí a Jesús crucificado una chispa del fuego que ardía en tu alma aquel día dichoso en que recibiste la seráfica crucifixión, a fin de que, recordando tus privilegios sobrenaturales, imite tus ejemplos y siga tus enseñanzas, viviendo y muriendo, amando a Dios sobre todas las cosas.

Se dicen las intenciones de la novena y se rezan 5 padrenuestros, avemarías y glorias en honor de las cinco llagas de San Francisco.

Oración Final

Seráfico Padre mío San Francisco, pobre y desconocido de todos, y, por esto, engrandecido y favorecido de Dios. Porque te veo tan rico en tesoros divinos, vengo a pedirte limosna. Dámela generoso, por amor al buen Jesús y a nuestra Madre, la Inmaculada Virgen María, y por el voto que hiciste de dar por su amor todo lo que se te pidiese. Por amor de Dios te ruego que me obtengas dolor de mis pecados, la humildad y el amor a tu pasión; conformidad con la voluntad de Dios, prosperidad para la Iglesia y para el Papa, exaltación de la fe, confusión de la herejía y de los infieles, conversión de los pecadores, perseverancia de los justos y eterno descanso de las almas del Purgatorio. Te lo pido por amor de Dios. Así sea.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

11:53 ,


Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Oración de San Francisco ante el Cristo de San Damián (OrSD)

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento.

Oración de San Juan Pablo II a San Francisco de Asís

Oh San Francisco,
que recibiste los estigmas en La Verna,
el mundo tiene nostalgia de ti
como icono de Jesús crucificado.
Tiene necesidad de tu corazón
abierto a Dios y al hombre,
de tus pies descalzos y heridos,
y de tus manos traspasadas e implorantes.
Tiene nostalgia de tu voz débil,
pero fuerte por el poder del Evangelio.
Ayuda, Francisco, a los hombres de hoy
a reconocer el mal del pecado
y a buscar su purificación en la penitencia.
Ayúdalos a liberarse también
de las estructuras de pecado,
que oprimen a la sociedad actual.
Reaviva en la conciencia de los gobernantes
la urgencia de la paz
en las naciones y entre los pueblos.
Infunde en los jóvenes tu lozanía de vida,
capaz de contrastar las insidias
de las múltiples culturas de muerte.
A los ofendidos por cualquier tipo de maldad
concédeles, Francisco,
tu alegría de saber perdonar.
A todos los crucificados por el sufrimiento,
el hambre y la guerra,
ábreles de nuevo las puertas de la esperanza. Amén.

Lecturas del quinto día

Vida primera según Celano, nº77

Su espíritu de caridad se derramaba en piadoso afecto, no sólo sobre hombres que sufrían necesidad, sino también sobre los mudos y brutos animales, reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles. Pero, entre todos los animales, amaba con particular afecto y predilección a los corderillos, ya que, por su humildad, nuestro Señor Jesucristo es comparado frecuentemente en las Sagradas Escrituras con el cordero, y porque éste es su símbolo más expresivo. Por este motivo, amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios. De camino por la Marca de Ancona, después de haber predicado en la ciudad de este nombre, marchaba a Osimo junto con el señor Pablo, a quien había nombrado ministro de todos los hermanos en la dicha provincia; en el campo dio con un pastor que cuidaba un rebaño de cabras e irascos. Entre tantas cabras e irascos había una ovejita que caminaba mansamente y pacía tranquila. Al verla, el bienaventurado Francisco paró en seco y, herido en lo más vivo de su corazón, dando un profundo suspiro, dijo al hermano que le acompañaba: «¿No ves esa oveja que camina tan mansa entre cabras e irascos? Así, créemelo, caminaba, manso y humilde, nuestro Señor Jesucristo entre los fariseos y príncipes de los sacerdotes. Por esto, te suplico, hijo mío, por amor de Cristo, que, unido a mí, te compadezcas de esa ovejita y que, pagando por ella lo que valga, la saquemos de entre las cabras e irascos».

Reflexión

El relato que hemos escuchado nos revela el inmenso amor de Francisco por toda la obra de Dios; este amor así vivido representó en su tiempo algo radicalmente sorprendente y nuevo. Fue una experiencia que comunicaba al hombre directamente con lo divino. Francisco logra ver, de una manera asombrosa, en toda la Creación la belleza que Dios había impreso en cada espacio del universo. Para Francisco la realidad entera, participante de idéntico origen y dignidad, estaba a su misma altura, todas las creaturas, sin distinción recibían el nombre de hermanas, inclusive el hombre leproso en su carne o en sus ideas, el hereje o infiel. Esta mirada contemplativa sobre la Creación en Francisco es consecuencia del despojo de toda sed de dominio y de poder. Francisco vive pobre y es pobre, ama la vida y todo lo que hay en la vida con una infinita ternura. En él no hay espacio para la destrucción y la explotación de la obra creada por Dios. De un corazón simple y pobre brotan la ternura y la simpatía, y a través de ellas se contempla la presencia de Dios en medio nuestro. El mundo para Francisco es una gran ventana donde se puede observar a Dios.

Oración en honor a las llagas de San Francisco

Gloriosísimo Protector y Padre mío, San Francisco, a ti acudo, implorando tu poderosa intercesión, para entender el amor que Dios Nuestro Señor te manifestó al martirizar vuestra carne y vuestro espíritu. Tus llagas son cinco focos de caridad divina; cinco lenguas que me recuerdan las misericordias de Jesucristo; cinco fuentes de gracia celestiales que el Creador te confió para que las distribuyas entre tus devotos. ¡Oh Santo amabilísimo!, pide por mí a Jesús crucificado una chispa del fuego que ardía en tu alma aquel día dichoso en que recibiste la seráfica crucifixión, a fin de que, recordando tus privilegios sobrenaturales, imite tus ejemplos y siga tus enseñanzas, viviendo y muriendo, amando a Dios sobre todas las cosas.

Se dicen las intenciones de la novena y se rezan 5 padrenuestros, avemarías y glorias en honor de las cinco llagas de San Francisco.

Oración Final

Seráfico Padre mío San Francisco, pobre y desconocido de todos, y, por esto, engrandecido y favorecido de Dios. Porque te veo tan rico en tesoros divinos, vengo a pedirte limosna. Dámela generoso, por amor al buen Jesús y a nuestra Madre, la Inmaculada Virgen María, y por el voto que hiciste de dar por su amor todo lo que se te pidiese. Por amor de Dios te ruego que me obtengas dolor de mis pecados, la humildad y el amor a tu pasión; conformidad con la voluntad de Dios, prosperidad para la Iglesia y para el Papa, exaltación de la fe, confusión de la herejía y de los infieles, conversión de los pecadores, perseverancia de los justos y eterno descanso de las almas del Purgatorio. Te lo pido por amor de Dios. Así sea.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

11:53 ,


 Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Oración de San Francisco ante el Cristo de San Damián (OrSD)

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento.

Oración de San Juan Pablo II a San Francisco de Asís

Oh San Francisco,
que recibiste los estigmas en La Verna,
el mundo tiene nostalgia de ti
como icono de Jesús crucificado.
Tiene necesidad de tu corazón
abierto a Dios y al hombre,
de tus pies descalzos y heridos,
y de tus manos traspasadas e implorantes.
Tiene nostalgia de tu voz débil,
pero fuerte por el poder del Evangelio.
Ayuda, Francisco, a los hombres de hoy
a reconocer el mal del pecado
y a buscar su purificación en la penitencia.
Ayúdalos a liberarse también
de las estructuras de pecado,
que oprimen a la sociedad actual.
Reaviva en la conciencia de los gobernantes
la urgencia de la paz
en las naciones y entre los pueblos.
Infunde en los jóvenes tu lozanía de vida,
capaz de contrastar las insidias
de las múltiples culturas de muerte.
A los ofendidos por cualquier tipo de maldad
concédeles, Francisco,
tu alegría de saber perdonar.
A todos los crucificados por el sufrimiento,
el hambre y la guerra,
ábreles de nuevo las puertas de la esperanza. Amén.

Lecturas del cuarto día

Leyenda de los Tres Compañeros 58 y Admonición 15

Todo su afán era que así él como los hermanos estuvieran tan enriquecidos de buenas obras, que el Señor fuera alabado por ellas. Y les decía: «Que la paz que anuncian de palabra, la tengan, y en mayor medida, en sus corazones Que ninguno se vea provocado por ustedes a ira o escándalo, sino que por su mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo». Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo.

Reflexión

En nuestra vida cotidiana nos esforzamos o por lo menos deseamos crear espacios que fomenten las relaciones pacíficas. No son pocas las organizaciones que promueven la paz dentro y fuera de la familia franciscana. Sin embargo, la paz sólo encuentra verdadero asidero en el corazón del hombre, de ahí puede brotar hacia los otros, pues recordemos que no podemos dar lo que no poseemos. Si poseemos la paz en nuestro interior será mucho más fácil y real transmitirla a los otros. San Francisco insiste más en poseer la paz “Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones…” (Cf.TC 58) así afirmamos que quien posee la paz como consecuencia crea la paz. Una forma de medir cuanta paz poseemos la descubrimos en la admonición o consejo que da Francisco; en él nos muestra que los verdaderos pacíficos son aquellos que, por amor de nuestro Señor Jesucristo soportan todas las adversidades con un espíritu de verdadera paz, por ello podemos decir que la paz se mide en el momento de la prueba. Uno de los caminos para llegar a amar a Jesucristo y por este amor conservar la paz es la vivencia del evangelio. Si procuramos guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1R. 1) seremos poseedores de los elementos que nos ayuden a vivir la paz; en primer lugar en nuestra propia vida y luego en nuestro entorno cotidiano. Seremos capaces de dar testimonio como cristianos que otro mundo es posible, un mundo donde reine la paz y la concordia. Comencemos hermanos porque hasta el presente poco o nada hemos hecho.

Oración en honor a las llagas de San Francisco

Gloriosísimo Protector y Padre mío, San Francisco, a ti acudo, implorando tu poderosa intercesión, para entender el amor que Dios Nuestro Señor te manifestó al martirizar vuestra carne y vuestro espíritu. Tus llagas son cinco focos de caridad divina; cinco lenguas que me recuerdan las misericordias de Jesucristo; cinco fuentes de gracia celestiales que el Creador te confió para que las distribuyas entre tus devotos. ¡Oh Santo amabilísimo!, pide por mí a Jesús crucificado una chispa del fuego que ardía en tu alma aquel día dichoso en que recibiste la seráfica crucifixión, a fin de que, recordando tus privilegios sobrenaturales, imite tus ejemplos y siga tus enseñanzas, viviendo y muriendo, amando a Dios sobre todas las cosas.

Se dicen las intenciones de la novena y se rezan 5 padrenuestros, avemarías y glorias en honor de las cinco llagas de San Francisco.

Oración Final

Seráfico Padre mío San Francisco, pobre y desconocido de todos, y, por esto, engrandecido y favorecido de Dios. Porque te veo tan rico en tesoros divinos, vengo a pedirte limosna. Dámela generoso, por amor al buen Jesús y a nuestra Madre, la Inmaculada Virgen María, y por el voto que hiciste de dar por su amor todo lo que se te pidiese. Por amor de Dios te ruego que me obtengas dolor de mis pecados, la humildad y el amor a tu pasión; conformidad con la voluntad de Dios, prosperidad para la Iglesia y para el Papa, exaltación de la fe, confusión de la herejía y de los infieles, conversión de los pecadores, perseverancia de los justos y eterno descanso de las almas del Purgatorio. Te lo pido por amor de Dios. Así sea.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

15:52 ,

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Oración de San Francisco ante el Cristo de San Damián (OrSD)

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento.

Oración de San Juan Pablo II a San Francisco de Asís

Oh San Francisco,
que recibiste los estigmas en La Verna,
el mundo tiene nostalgia de ti
como icono de Jesús crucificado.
Tiene necesidad de tu corazón
abierto a Dios y al hombre,
de tus pies descalzos y heridos,
y de tus manos traspasadas e implorantes.
Tiene nostalgia de tu voz débil,
pero fuerte por el poder del Evangelio.
Ayuda, Francisco, a los hombres de hoy
a reconocer el mal del pecado
y a buscar su purificación en la penitencia.
Ayúdalos a liberarse también
de las estructuras de pecado,
que oprimen a la sociedad actual.
Reaviva en la conciencia de los gobernantes
la urgencia de la paz
en las naciones y entre los pueblos.
Infunde en los jóvenes tu lozanía de vida,
capaz de contrastar las insidias
de las múltiples culturas de muerte.
A los ofendidos por cualquier tipo de maldad
concédeles, Francisco,
tu alegría de saber perdonar.
A todos los crucificados por el sufrimiento,
el hambre y la guerra,
ábreles de nuevo las puertas de la esperanza. Amén.

Lecturas del tercer día

Leyenda de los Tres Compañeros nº 26

Como más tarde él mismo atestiguó, había aprendido, por revelación divina, este saludo: «El Señor te dé la paz». Por eso, en toda predicación suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia de la paz. Yes de admirar -y no se puede admitir sin reconocer en ello un milagro que antes de su conversión había tenido un precursor, que para anunciar la paz solía ir con frecuencia por Asís saludando de esta forma: «Paz y bien, paz y bien». Se creyó firmemente que así como Juan, que anuncio a Cristo, desapareció al empezar Cristo a predicar, de igual manera este precursor, cual otro Juan, precedió al bienaventurado Francisco en el anuncio de la paz y no volvió a comparecer cuando éste estuvo ya presente. Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en verdadera alianza de paz por sus exhortaciones.

Reflexión

Como hemos mencionado, el común de las personas relaciona a San Francisco con la paz, que todos los líderes religiosos se reunieran en Asís el año 1986 para orar por la paz es significativo. Por ello, en sí San Francisco provoca y crea un sentimiento de unión y respeto entre quienes le admiran, no importando condición. Por lo tanto, el hermano de Asís es un modelo a seguir para quienes desean ser constructores de paz. El saludo de Francisco “el Señor te de la paz”, con el cual procuraba iniciar toda predicación y además recomendaba a sus hermanos hacer, ha perdurado en el tiempo consolidándose como el lema particular de toda la familia franciscana, tal como lo anunciaba el precursor por las calles de Asís. Paz y bien! Paz y Bien! El deseo de paz que alojaba en el corazón y en la vida de Francisco no es otro que el regalo de Dios al hombre, pues el Señor le reveló que dijese ese saludo (Test.23) Quien siente la gratuidad de Dios en su vida no hace otra cosa que compartirla. Así, el deseo de paz se recibe como uno de los dones más grandes de Dios “que el Señor te de su paz”. En consecuencia, la paz que predica Francisco es la paz que Dios ofrece a todos los hombres.

Oración en honor a las llagas de San Francisco

Gloriosísimo Protector y Padre mío, San Francisco, a ti acudo, implorando tu poderosa intercesión, para entender el amor que Dios Nuestro Señor te manifestó al martirizar vuestra carne y vuestro espíritu. Tus llagas son cinco focos de caridad divina; cinco lenguas que me recuerdan las misericordias de Jesucristo; cinco fuentes de gracia celestiales que el Creador te confió para que las distribuyas entre tus devotos. ¡Oh Santo amabilísimo!, pide por mí a Jesús crucificado una chispa del fuego que ardía en tu alma aquel día dichoso en que recibiste la seráfica crucifixión, a fin de que, recordando tus privilegios sobrenaturales, imite tus ejemplos y siga tus enseñanzas, viviendo y muriendo, amando a Dios sobre todas las cosas.

Se dicen las intenciones de la novena y se rezan 5 padrenuestros, avemarías y glorias en honor de las cinco llagas de San Francisco.

Oración Final

Seráfico Padre mío San Francisco, pobre y desconocido de todos, y, por esto, engrandecido y favorecido de Dios. Porque te veo tan rico en tesoros divinos, vengo a pedirte limosna. Dámela generoso, por amor al buen Jesús y a nuestra Madre, la Inmaculada Virgen María, y por el voto que hiciste de dar por su amor todo lo que se te pidiese. Por amor de Dios te ruego que me obtengas dolor de mis pecados, la humildad y el amor a tu pasión; conformidad con la voluntad de Dios, prosperidad para la Iglesia y para el Papa, exaltación de la fe, confusión de la herejía y de los infieles, conversión de los pecadores, perseverancia de los justos y eterno descanso de las almas del Purgatorio. Te lo pido por amor de Dios. Así sea.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

13:58 ,


Consideraciones sobre las Llagas

CONSIDERACIÓN III

Aparición del serafín e impresión de las llagas a San Francisco

En cuanto a la tercera consideración, que es la de la aparición del serafín y de la impresión de las llagas, se ha de considerar que, estando próxima la fiesta de la cruz de septiembre (1), fue una noche el hermano León, a la hora acostumbrada, para rezar los maitines con San Francisco. Lo mismo que otras veces, dijo desde el extremo de la pasarela: Domine, labia mea aperies, y San Francisco no respondió. El hermano León no se volvió atrás, como San Francisco se lo tenía ordenado, sino que, con buena y santa intención, pasó y entró suavemente en su celda; no encontrándolo, pensó que estaría en oración en algún lugar del bosque. Salió fuera, y fue buscando sigilosamente por el bosque a la luz de la luna. Por fin oyó la voz de San Francisco, y, acercándose, lo halló arrodillado, con el rostro y las manos levantadas hacia el cielo, mientras decía lleno de fervor de espíritu:

-- ¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? Y ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?

Y repetía siempre las mismas palabras, sin decir otra cosa. El hermano León, fuertemente sorprendido de lo que veía, levantó los ojos y miró hacia el cielo; y, mientras estaba mirando, vio bajar del cielo un haz de luz bellísima y deslumbrante, que vino a posarse sobre la cabeza de San Francisco; y oyó que de la llama luminosa salía una voz que hablaba con San Francisco; pero el hermano León no entendía lo que hablaba. Al ver esto, y reputándose indigno de estar tan cerca de aquel santo sitio donde tenía lugar la aparición y temiendo, por otra parte, ofender a San Francisco o estorbarle en su consolación si se daba cuenta, se fue retirando poco a poco sin hacer ruido, y desde lejos esperó hasta ver el final. Y, mirando con atención, vio cómo San Francisco extendía por tres veces las manos hacia la llama; finalmente, al cabo de un buen rato, vio cómo la llama volvía al cielo.

Marchóse entonces, seguro y alegre por lo que había visto, y se encaminó a su celda. Como iba descuidado, San Francisco oyó el ruido que producían sus pies en las hojas del suelo, y le mandó que le esperase y no se moviese. El hermano León obedeció y se estuvo quieto esperándole; tan sobrecogido de miedo, que, como él lo refirió después a los compañeros, en aquel momento hubiera preferido que lo tragara la tierra antes que esperar a San Francisco, por pensar que estaría incomodado contra él; porque ponía sumo cuidado en no ofender a tan buen padre, no fuera que, por su culpa, San Francisco le privase de su compañía. Cuando estuvo cerca San Francisco, le preguntó:

-- ¿Quién eres tú?

-- Yo soy el hermano León, Padre mío -respondió temblando de pies a cabeza.

-- Y ¿por qué has venido aquí, hermano ovejuela? -prosiguió San Francisco-. ¿No te tengo dicho que no andes observándome? Te mando, por santa obediencia, que me digas si has visto u oído algo.

El hermano León respondió:

-- Padre, yo te he oído hablar y decir varias veces: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?» y «¿Quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo?»

Cayendo entonces de rodillas el hermano León a los pies de San Francisco, se reconoció culpable de desobediencia contra la orden recibida y le pidió perdón con muchas lágrimas. Y en seguida le rogó devotamente que le explicara aquellas palabras que él había oído y le dijera las otras que no había entendido.

Entonces, San Francisco, en vista de que Dios había revelado o concedido al humilde hermano León, por su sencillez y candor, ver algunas cosas, condescendió en manifestarle y explicarle lo que pedía, y le habló así:

-- Has de saber, hermano ovejuela de Jesucristo, que, cuando yo decía las palabras que tú escuchaste, mi alma era iluminada con dos luces: una me daba la noticia y el conocimiento del Creador, la otra me daba el conocimiento de mí mismo. Cuando yo decía: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?», me hallaba invadido por una luz de contemplación, en la cual yo veía el abismo de la infinita bondad, sabiduría y omnipotencia de Dios. Y cuando yo decía: «¿Quién soy yo», etc.?, la otra luz de contemplación me hacía ver el fondo deplorable de mi vileza y miseria. Por eso decía: «¿Quién eres tú, Señor de infinita bondad, sabiduría y omnipotencia, que te dignas visitarme a mí, que soy un gusano vil y abominable?» En aquella llama que viste estaba Dios, que me hablaba bajo aquella forma, como había hablado antiguamente a Moisés. Y, entre otras cosas que me dijo, me pidió que le ofreciese tres dones; yo le respondí: «Señor mío, yo soy todo tuyo. Tú sabes bien que no tengo otra cosa que el hábito, la cuerda y los calzones, y aun estas tres cosas son tuyas; ¿qué es lo que puedo, pues, ofrecer o dar a tu majestad?» Entonces Dios me dijo: «Busca en tu seno y ofréceme lo que encuentres».

Busqué, y hallé una bola de oro, y se la ofrecí a Dios; hice lo mismo por tres veces, pues Dios me lo mandó tres veces; y después me arrodillé tres veces, bendiciendo y dando gracias a Dios, que me había dado alguna cosa que ofrecerle. En seguida se me dio a entender que aquellos tres dones significaban la santa obediencia, la altísima pobreza y la resplandeciente castidad, que Dios, por gracia suya, me ha concedido observar tan perfectamente, que nada me reprende la conciencia. Y así como tú me veías meter la mano en el seno y ofrecer a Dios estas tres virtudes, significadas por aquellas tres bolas de oro que me había puesto Dios en el seno, así me ha dado Dios tal virtud en el alma, que no ceso de alabarle y glorificarle con el corazón y con la boca por todos los bienes y todas las gracias que me ha concedido.

Estas son las palabras que has oído y aquel elevar las manos por tres veces que has visto. Pero guárdate bien, hermano ovejuela, de seguir espiándome; vuélvete a tu celda con la bendición de Dios. Y ten buen cuidado de mí, porque, dentro de pocos días, Dios va a realizar cosas tan grandes y maravillosas sobre esta montaña, que todo el mundo se admirará; cosas nuevas que Él nunca ha hecho con creatura alguna en este mundo.

Dicho esto, se hizo traer el libro de los evangelios, pues Dios le había sugerido interiormente que, al abrir por tres veces el libro de los evangelios, le sería mostrado lo que Dios quería obrar en él. Traído el libro, San Francisco se postró en oración; cuando hubo orado, se hizo abrir tres veces el libro, por mano del hermano León, en el nombre de la Santísima Trinidad; y plugo a la divina voluntad que las tres veces se le pusiese delante la pasión de Cristo. Con ello se le dio a entender que como había seguido a Cristo en los actos de la vida, así le debía seguir y conformarse a él en las aflicciones y dolores de la pasión antes de dejar esta vida (2).

A partir de aquel momento comenzó San Francisco a gustar y sentir con mayor abundancia la dulzura de la divina contemplación y de las visitas divinas. Entre éstas tuvo una que fue como la preparación inmediata a la impresión de las llagas, y fue de este modo: El día que precede a la fiesta de la Cruz de septiembre, hallándose San Francisco en oración recogido en su celda, se le apareció el ángel de Dios y le dijo de parte de Dios:

-- Vengo a confortarte y a avisarte que te prepares y dispongas con humildad y paciencia para recibir lo que Dios quiera hacer en ti.

Respondió San Francisco:

-- Estoy preparado para soportar pacientemente todo lo que mi Señor quiera de mí.

Dicho esto, el ángel desapareció.

Llegó el día siguiente, o sea, el de la fiesta de la Cruz (3), y San Francisco muy de mañana, antes de amanecer, se postró en oración delante de la puerta de su celda, con el rostro vuelto hacia el oriente; y oraba de este modo:

-- Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte: la primera, que yo experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida posible, aquel amor sin medida en que tú, Hijo de Dios, ardías cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores.

Y, permaneciendo por largo tiempo en esta plegaria, entendió que Dios le escucharía y que, en cuanto es posible a una pura creatura, le sería concedido en breve experimentar dichas cosas.

Animado con esta promesa, comenzó San Francisco a contemplar con gran devoción la pasión de Cristo y su infinita caridad. Y crecía tanto en él el fervor de la devoción, que se transformaba totalmente en Jesús por el amor y por la compasión. Estando así inflamado en esta contemplación, aquella misma mañana vio bajar del cielo un serafín con seis alas de fuego resplandecientes. El serafín se acercó a San Francisco en raudo vuelo tan próximo, que él podía observarlo bien: vio claramente que presentaba la imagen de un hombre crucificado y que las alas estaban dispuestas de tal manera, que dos de ellas se extendían sobre la cabeza, dos se desplegaban para volar y las otras dos cubrían todo el cuerpo.

Ante tal visión, San Francisco quedó fuertemente turbado, al mismo tiempo que lleno de alegría, mezclada de dolor y de admiración. Sentía grandísima alegría ante el gracioso aspecto de Cristo, que se le aparecía con tanta familiaridad y que le miraba tan amorosamente; pero, por otro lado, al verlo clavado en la cruz, experimentaba desmedido dolor de compasión.

Luego, no cabía de admiración ante una visión tan estupenda e insólita, pues sabía muy bien que la debilidad de la pasión no dice bien con la inmortalidad de un espíritu seráfico. Absorto en esta admiración, le reveló el que se le aparecía que, por disposición divina, le era mostrada la visión en aquella forma para que entendiese que no por martirio corporal, sino por incendio espiritual, había de quedar él totalmente transformado en expresa semejanza de Cristo crucificado (4).

Durante esta admirable aparición parecía que todo el monte Alverna estuviera ardiendo entre llamas resplandecientes, que iluminaban todos los montes y los valles del contorno como si el sol brillara sobre la tierra. Así, los pastores que velaban en aquella comarca, al ver el monte en llamas y semejante resplandor en torno, tuvieron muchísimo miedo, como ellos lo refirieron después a los hermanos, y afirmaban que aquella llama había permanecido sobre el monte Alverna una hora o más. Asimismo, al resplandor de esa luz, que penetraba por las ventanas de las casas de la comarca, algunos arrieros que iban a la Romaña se levantaron, creyendo que ya había salido el sol, ensillaron y cargaron sus bestias, y, cuando ya iban de camino, vieron que desaparecía dicha luz y nacía el sol natural.

En esa aparición seráfica, Cristo, que era quien se aparecía, habló a San Francisco de ciertas cosas secretas y sublimes, que San Francisco jamás quiso manifestar a nadie en vida, pero después de su muerte las reveló, como se verá más adelante. Y las palabras fueron éstas:

-- ¿Sabes tú -dijo Cristo- lo que yo he hecho? Te he hecho el don de las llagas, que son las señales de mi pasión, para que tú seas mi portaestandarte (5). Y así como yo el día de mi muerte bajé al limbo y saqué de él a todas las almas que encontré allí en virtud de estas mis llagas, de la misma manera te concedo que cada año, el día de tu muerte, vayas al purgatorio y saques de él, por la virtud de tus llagas, a todas las almas que encuentres allí de tus tres Ordenes, o sea, de los menores, de las monjas y de los continentes (6), y también las de otros que hayan sido muy devotos tuyos, y las lleves a la gloria del paraíso, a fin de que seas conforme a mí en la muerte como lo has sido en la vida.

Cuando desapareció esta visión admirable, después de largo espacio de tiempo y de secreto coloquio, dejó en el corazón de San Francisco un ardor desbordante y una llama de amor divino, y en su carne, la maravillosa imagen y huella de la pasión de Cristo. Porque al punto comenzaron a aparecer en las manos y en los pies de San Francisco las señales de los clavos, de la misma manera que él las había visto en el cuerpo de Jesús crucificado, que se le apareció bajo la figura de un serafín. Sus manos y sus pies aparecían, en efecto, clavados en la mitad con clavos, cuyas cabezas, sobresaliendo de la piel, se hallaban en las palmas de las manos y en los empeines de los pies, y cuyas puntas asomaban en el dorso de las manos y en las plantas de los pies, retorcidas y remachadas de tal forma, que por debajo del remache, que sobresalía todo de la carne, se hubiera podido introducir fácilmente el dedo de la mano, como en un anillo. Las cabezas de los clavos eran redondas y negras.

Asimismo, en el costado derecho aparecía una herida de lanza, sin cicatrizar, roja y ensangrentada, que más tarde echaba con frecuencia sangre del santo pecho de San Francisco, ensangrentándole la túnica y los calzones. Lo advirtieron los compañeros antes de saberlo de él mismo, observando cómo no descubría las manos ni los pies y que no podía asentar en tierra las plantas de los pies, y cuando, al lavarle la túnica y los calzones, los hallaban ensangrentados; llegaron, pues, a convencerse de que en las manos, en los pies y en el costado llevaba claramente impresa la imagen y la semejanza de Cristo crucificado.

Y por mucho que él anduviera cuidadoso de ocultar y disimular esas llagas gloriosas, tan patentemente impresas en su carne, viendo, por otra parte, que con dificultad podía encubrirlas a los compañeros sus familiares, mas temiendo publicar los secretos de Dios, estuvo muy perplejo sobre si debía manifestar o no la visión seráfica y la impresión de las llagas. Por fin, acosado por la conciencia, llamó junto a sí a algunos hermanos de más confianza, les propuso la duda en términos generales, sin mencionar el hecho, y les pidió su consejo. Entre ellos había uno de gran santidad, de nombre hermano Iluminado (7); éste, verdaderamente iluminado por Dios, sospechando que San Francisco debía de haber visto cosas maravillosas, le respondió:

-- Hermano Francisco, debes saber que, si Dios te muestra alguna vez sus sagrados secretos, no es para ti sólo, sino también para los demás; tienes, pues, motivo para temer que, si tienes oculto lo que Dios te ha manifestado para utilidad de los demás, te hagas merecedor de reprensión.

Entonces, San Francisco, movido por estas palabras, les refirió, con grandísima repugnancia, la sobredicha visión punto por punto, añadiendo que Cristo durante la aparición le había dicho ciertas cosas que él no manifestaría jamás mientras viviera (8).

Si bien aquellas llagas santísimas, por haberle sido impresas por Cristo, eran causa de grandísima alegría para su corazón, con todo le producían dolores intolerables en su carne y en los sentidos corporales. Por ello, forzado de la necesidad, escogió al hermano León, el más sencillo y el más puro de todos, para confiarle su secreto; a él le dejaba ver y tocar sus santas llagas y vendárselas con lienzos para calmar el dolor y recoger la sangre que brotaba y corría de ellas.

Cuando estaba enfermo, se dejaba cambiar con frecuencia las vendas, aun cada día, excepto desde la tarde del jueves hasta la mañana del sábado, porque no quería que le fuese mitigado con ningún remedio humano ni medicina el dolor de la pasión de Cristo que llevaba en su cuerpo durante todo ese tiempo en que nuestro Señor Jesucristo había sido, por nosotros, preso, crucificado, muerto y sepultado. Sucedió alguna vez que, cuando el hermano León le cambiaba la venda de la llaga del costado, San Francisco, por la violencia del dolor al despegarse el lienzo ensangrentado, puso la mano en el pecho del hermano León; al contacto de aquellas manos sagradas, el hermano León sintió tal dulzura, que faltó poco para que cayera en tierra desvanecido.

Finalmente, por lo que hace a esta tercera consideración, cuando terminó San Francisco la cuaresma de San Miguel Arcángel, se dispuso, por divina inspiración, a regresar a Santa María de los Ángeles. Llamó, pues, a los hermanos Maseo y Ángel y, después de muchas palabras y santas enseñanzas, les recomendó aquel monte santo con todo el encarecimiento que pudo, diciéndoles que le convenía volver, juntamente con el hermano León, a Santa María de los Ángeles. Dicho esto, se despidió de ellos, los bendijo en nombre de Jesucristo crucificado y, condescendiendo con sus ruegos, les tendió sus santísimas manos, adornadas de las gloriosas llagas, para que las vieran, tocaran y besaran. Dejándolos así consolados, se despidió de ellos y emprendió el descenso de la montaña santa (9).

En alabanza de Cristo. Amén.

1) La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre.

2) El relato viene de 1 Cel 92s, pero el autor de las Consideraciones ha tenido delante, más bien, la LM 13,2.

3) El autor de las Consideraciones fija con precisión la lecha de la impresión de las llagas: el 14 de septiembre. Tomás de Celano no da ninguna fecha; San Buenaventura se limita a decir: «un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz» (LM 13,3). La fiesta litúrgica ha venido celebrándose el 17 de septiembre.

4) Es la idea reiteradamente expresada por San Buenaventura, a quien sigue casi literalmente el autor (cf. LM 13,3): Francisco anheló durante toda su vida el martirio por Cristo; no logró el martirio corporal, pero Cristo le reservaba otro martirio más meritorio: el de su transformación en el Crucificado.

5) En italiano, gonfaloniere. Es otra de las ideas de San Buenaventura: «Cristo le entregó su estandarte, esto es, la señal del Crucificado».

6) Las tres Ordenes de San Francisco: Menores, Clarisas y Terciarios. Estamos ante otra revelación, fruto tardío de la fantasía de ciertos ambientes conventuales, en que las glorias de la Orden suponían más que la imitación sincera del humilde Poverello.

7) El hermano Iluminado de Rieti, que había sido compañero del Santo en Egipto.

8) El texto de Actus 9,71 termina el relato de la estigmatización con estas palabras: «Estos hechos los supo el hermano Jacobo de Massa de boca del hermano León, y el hermano Hugolino de Monte Santa María los supo de boca de dicho hermano Jacobo, y yo, que lo escribo, de boca del hermano Hugolino, hombre enteramente digno de fe».

9) Fue el 30 de septiembre de 1224.

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Historia

Se puede decir que la historia del monte Alverna se inicia propiamente en el siglo XIII. A comienzos de ese siglo el monte pertenecía al conde Orlando de Chiusi, del Casentino, quien lo había heredado de sus antepasados. Orlando era el terrateniente de la región y pasó a la historia más por su amistad con san Francisco que por sus dotes militares o políticas.

La amistad entre estos dos personajes tuvo su origen con ocasión de una fiesta que se celebró en el castillo de san León de Montefeltro (Romaña) en honor de un nuevo caballero. La predicación y el ejemplo de Francisco llamaron tan fuertemente la atención del conde, que después de una conversación, éste le ofreció como obsequio el monte Alverna. Esta fiesta se llevó a cabo en 1213 (el 8 de mayo), fecha que marca el comienzo de la historia del monte. Pocos días después, dos hermanos, enviados por Francisco, hicieron el reconocimiento del lugar.

La primera subida de Francisco al Alverna se suele ubicar en el año 1214, después de la cual se afirma que hizo otras cinco: 1215, 1216, 1217, 1221 y 1224. Esta última fue probablemente la estadía más larga y ciertamente la más memorable, pues fue entonces cuando recibió los estigmas (14 de septiembre).

Cuando los hermanos subieron por primera vez, no había en el monte ninguna construcción. Los ladrones y bandidos que algunas veces pasaban por la región, probablemente se refugiaban en las cavernas. Con la ayuda del conde Orlando, los hermanos construyeron algunas cabañas para protegerse del difícil clima. Por esta misma época (año 1218) se construyó una capillita en honor de nuestra Señora de los Ángeles, con las mismas dimensiones que la de la Porciúncula.

Inicialmente la presencia de los hermanos en este monte era temporal y se presume que se reducía a los meses de temperatura más benigna. San Antonio de Padua fue uno de los que estuvieron aquí, probablemente entre junio y octubre de 1230. Sólo alrededor del año 1250 se comienzan a tener datos de una presencia permanente, cuando ya había construcciones más sólidas.

Entre septiembre y octubre de 1259, san Buenaventura, siendo ya ministro general, habitó en este monte y fue entonces cuando escribió el famoso «Itinerarium mentis in Deum» (Itinerario de la mente hacia Dios) y el tratado de las tres vías o «Itinerario de la mente en sí misma».

En el año 1260 (¿23 de agosto?) se llevó a cabo la consagración de la iglesita de santa María de los Angeles con la presencia de san Buenaventura y de siete obispos de la región. Dos o tres años después murió el conde Orlando, cuyo cuerpo fue enterrado posteriormente en esta iglesia.

La capilla de los estigmas fue iniciada el 20 de agosto de 1263 sobre el lugar en que, según la tradición, se hallaba Francisco cuando recibió las llagas del Crucificado. Cuatro años después se construyeron cinco celditas para los hermanos encargados de cuidar esta capilla. El 9 de julio de 1274 los hijos del conde Orlando firmaron el documento que confirma la donación del monte Alverna hecha por su padre.

Fue en el monte Alverna donde Ubertino de Casale escribió su famosa obra «Arbor vitae crucifixae Jesu» durante su estadía entre el 19 de marzo y el 29 de septiembre de 1305.

El 5 de septiembre de 1310 se efectuó la consagración de la capilla de los Estigmas y en ese mismo siglo XIV se inició la construcción de la iglesia grande (año 1348), la cual sólo fue terminada en 1509 y consagrada solemnemente el 22 de abril de 1568. La torre fue construida con piedras tomadas del abandonado castillo del Conde Orlando. A lo largo del siglo XVI y a comienzos del XVII se hicieron importantes trabajos complementarios, como el pórtico de entrada, el coro, el nuevo altar, varias capillas laterales, así como la ampliación de la capilla de los Estigmas, la construcción del gran corredor y otras capillas.

En la construcción del Convento se suelen distinguir tres períodos, aunque hay que reconocer que cada siglo ha dejado su impronta en la edificación. El primer período (1250-1300) marca la aparición de las primeras habitaciones sólidas y estables a un lado de la capilla de santa María de los Angeles. El segundo período (1300-1430) corresponde a la construcción de un edificio cuadrado y bien proporcionado, de líneas simples. Durante el tercer período (1430-1625) se amplía la construcción anterior y se hacen los claustros y todas las dependencias más importantes: refectorio, biblioteca, enfermería y hospedería. Durante este período un incendio destruyó gran parte del convento (año 1468).

Descripción

El Alverna es un promontorio aislado que forma parte de una de las derivaciones montañosas de los Apeninos. En su máxima altura alcanza los 1283 metros, pero el santuario está a 1128 m. sobre el nivel del mar. Uno de sus extremos muestra las rocas al descubierto, recortadas perpendicularmente sobre el pequeño valle. Algunas de estas rocas presentan profundas hendiduras, resultado probablemente de un violento terremoto ocurrido hace muchos siglos.

El santuario-convento está constituido por un conjunto de edificaciones de forma irregular, que ha ido creciendo en el curso de los siglos en torno a dos o tres sitios de particular importancia. Como dato curioso, se dice que los techos alcanzan una superficie superior a los 5000 m2. Trataremos de ofrecer una descripción rápida de los lugares más importantes, sin observar un orden muy estricto.

Partimos de la plaza que se encuentra frente a la basílica y que es denominada el Cuadrante a causa del reloj solar que está sobre uno de los muros de la basílica. Ubicándonos junto a la gran cruz de madera, maravillosa por su sobriedad, obtendremos una vista panorámica del valle y sus alrededores. Sobresale el caserío de Chiusi della Verna y, muy cerca de él, las ruinas del castillo del conde Orlando. La plazuela del Cuadrante, con su forma irregular, da acceso a los principales sitios del santuario: la basílica, el corredor de los estigmas, la capilla de santa María de los Angeles, el claustro del convento y la hospedería. Su disposición actual fue hecha en el año 1953. El pozo que se encuentra a la izquierda de la entrada del antiguo camino de herradura, fue construido en el año 1516.

Muy cerca del pozo se halla la capilla de santa María de los Angeles, adornada en su exterior con un sencillo campanario en forma de espadaña y precedida por un pequeño pórtico irregular que da acceso también al convento y a algunas dependencias de la hospedería. Esta capilla es sin duda la edificación más antigua del santuario. Su interior está dividido en dos partes: la que se encuentra al entrar corresponde a la ampliación realizada durante la década de 1250; la segunda, que va después del cancel hasta el arco que da sobre el altar, corresponde en sus muros perimetrales a la que se construyó entre 1216 y 1218 por deseo de san Francisco. La bóveda protegida por varios arcos, no corresponde a la primitiva. En el altar mayor hay una gran cerámica de Andrea de la Robbia que representa la Asunción de la Virgen rodeada de ángeles y, a sus pies, san Buenaventura, san Francisco, santo Tomás que recibe el cíngulo y san Gregorio; en la luneta superior, la figura del Padre eterno entre dos ángeles. En el cancel que separa el coro del resto de la iglesita hay otras dos cerámicas atribuidas a Juan de la Robbia: la escena de la Navidad rodeada de ángeles, san Francisco y san Antonio, y la Sepultura de Cristo. Nótese que en éstas, como en las demás tablas robbianas, predomina la concepción cristológica franciscana. Una lápida en el piso frente al altar indica el lugar donde reposan los restos del conde Orlando: «Apud sacellum beati Orlandi sive Rolandi Cathani comitis de Clusio qui sacrum Alvernae montem seraphico Patri sancto Francisco donavit et singulari pietate claruit pie genu flecte» (En la capilla del beato Orlando o Rolando Catani, conde de Chiusi, quien donó el sagrado monte al seráfico Padre san Francisco y brilló por una especial piedad, dobla devotamente la rodilla).

La Basílica tiene como único adorno exterior un pórtico sobrio y elegante, que hubo de ser reconstruido después de la segunda guerra mundial. La torre, quizás un poco baja, es cuadrada y maciza. Su único adorno son los arcos que dan salida al sonido de las campanas. Su interior fue ideado en forma de cruz latina, pero diversas dificultades, especialmente económicas, impidieron realizar el proyecto inicial y obligaron a hacer ciertas simplificaciones. Consta de una sola nave y de varias capillas laterales construidas posteriormente, las cuales le hacen perder el sentido de unidad. El altar central, labrado en mármol, consta de un gran expositor rodeado por las estatuas de san Francisco y san Antonio. Fue hecho en 1772 para reemplazar a un retablo dorado del siglo XV y la gran cerámica de la Ascensión que ahora se halla en el primer altar lateral de la izquierda. A los lados del arco triunfal se encuentran dos altorrelieves en terracota: san Francisco (izquierda) y san Antonio Abad (derecha). Hacia el centro de la iglesia hay dos templetes con dos preciosas obras de Andrés de la Robbia: a la izquierda su obra maestra, la Anunciación, y a la derecha la Navidad. Obsérvese en el primer cruce de los arcos de la bóveda el escudo de la confraternidad del «Arte de la lana», con cuya ayuda se pudieron terminar los trabajos de la construcción. En la primera capilla de la derecha, entrando, son veneradas varias reliquias: de la santa Cruz, de san Francisco (un paño impregnado con la sangre de sus llagas, un pedazo de cordón, una disciplina, un bastón, y otras) y del beato Juan del Alverna (sus huesos recubiertos con una máscara de cera). La Basílica está dotada de un grandioso órgano tubular con cuatro teclados, 90 registros y más de 5000 tubos.

El Coro, detrás del altar mayor, fue construido en 1495. Consta de 57 sillas talladas en madera de nogal. Hay varias figuras hechas con incrustaciones de madera que representan: la estigmatización de san Francisco, la Asunción de la Virgen, san Lorenzo y el beato Juan del Alverna; estos tres últimos trabajos fueron hechos entre 1899 y 1902. En la cornisa de la mesa central hay una inscripción que dice: «Non clamor, sed amor cantat aure Dei; tunc vox est apta chori si cor consonat ori» (No el clamor, sino el amor canta al oído de Dios; por tanto la voz es apta para el coro si el corazón concuerda con las palabras).

La capilla de la Magdalena. Se llega a ella pasando por la puerta de hierro que está al frente de la basílica. Es conocida también como «la primera celda de san Francisco» y se halla debajo de la capilla de san Pedro de Alcántara. Fue construida entre finales del siglo XIV y comienzos del XV por orden de la condesa Catalina de Tarlati sobre el lugar de la primitiva celdita de madera que ocupaba casi siempre san Francisco cuando venía al Alverna. La piedra incrustada en el altar es la misma que sirvió de mesa al santo y sobre la cual, según la tradición, se le apareció Jesucristo.

Al salir de esta capilla, se desciende por las escalas hasta llegar al Sasso Spicco. Se trata de una profunda fosa abierta en la roca, la cual forma en la parte inferior un recinto cubierto parcialmente por un gigantesco bloque de piedra (sasso) que presenta tres de sus lados desprendidos de la montaña. La cruz de madera recostada a la roca recuerda que este fue uno de los lugares de retiro y oración frecuentado por Francisco y por varios hermanos de la primitiva Fraternidad. Afortunadamente las adaptaciones que se han hecho para llegar a él, no han logrado destruir el ambiente salvaje y primitivo que lo caracterizan y que nos da una idea sobre dónde y cómo oraba Francisco durante ciertos períodos de su vida. (Nota: El 12 de enero de 1867 se produjo el desprendimiento de una gran piedra y su incrustación en la grieta, produciendo un estruendo especial. En ese momento estaban en el Alverna los delegados del Parlamento italiano, encargados de ejecutar la ley de desapropiación de los bienes de las órdenes religiosas; dicen que se alejaron rápidamente del lugar).

El corredor de los estigmas fue edificado entre 1578 y 1582 para unir la basílica con la Capilla de los estigmas. Tiene 78 m. de largo por 4 m. de ancho. En tiempo de san Francisco sólo había un tronco de árbol que hacía de puente sobre la gran hendidura de la roca. Durante tres siglos el corredor fue convertido en un oscuro callejón, debido a los muros construidos entre las columnas, en los cuales únicamente algunas ventanas permitían un poco de luz. En 1926 se sustituyeron los muros por las vidrieras y se recuperó con ello la luminosidad primitiva. Los actuales frescos del muro opuesto fueron pintados entre 1929 y 1962 por Baccio María Bacci. Representan escenas de la vida de san Francisco. De la antigua serie pintada en 1670 por fray Manuel de Como y destruida por la humedad, solamente quedan dos cuadros.

A lo largo del corredor hay tres capillas: la primera (entrando) es la capilla de la Pietá, construida entre 1511 y 1515. Tiene un expresivo Descendimiento de la Cruz atribuido a Juan de la Robbia, fuertemente deteriorado durante la segunda guerra mundial.

La capilla Loddi, construida en 1581 por Loddo de Leonardo Loddi, fue reconstruida en 1950; sobre el altar hay un interesante crucifijo en madera, del siglo XIV.

La capilla de san Sebastián, a la izquierda al final del corredor, fue construida a fines del siglo XV.

Desde el año 1431, los hermanos que habitan en el convento hacen una procesión entre la basílica y la capilla de los estigmas. Las horas y las ceremonias han variado en el curso de los siglos, pero la práctica de la procesión se ha conservado. Una hermosa leyenda cuenta que en cierta ocasión los hermanos no pudieron hacer la procesión a causa de una fuerte tempestad de nieve y que, a la mañana siguiente, encontraron en el mismo trayecto, sobre la nieve, las huellas de los animales del bosque, que los reemplazaron en la procesión. Este fue, dicen, uno de los motivos que llevaron a la construcción del corredor. Actualmente la procesión se hace todos los días a las tres de la tarde, después del rezo de la hora intermedia (nona).

El lecho de san Francisco. Se llega a él pasando por la puerta que está en la mitad del corredor de los estigmas. Allí se puede observar la prolongación de la profunda hendidura de la roca, la cual forma en este sitio una gruta húmeda y fría. La reja de hierro colocada sobre un poyo que forma la roca, recuerda el sitio donde, según la tradición, venía Francisco algunas veces a descansar. También aquí se puede observar el estado primitivo de este lugar de oración.

La capilla de la cruz es la que sigue después de la capilla de san Sebastián, al final del corredor de los estigmas. Fue edificada sobre el lugar en donde, según la tradición, estaba la cabañita que habitó Francisco cuando hizo la cuaresma de san Miguel, por lo cual se la conoce también como «la segunda celda de san Francisco». En dicha cabaña tuvieron lugar los diversos acontecimientos narrados por las fuentes durante la cuaresma, en especial la compañía del halcón. Es muy probable que allí mismo haya compuesto las Alabanzas del Dios Altísimo y la Bendición para fray León. La capilla de la cruz fue edificada a fines del siglo XIII, simultáneamente con la capilla de los estigmas, pero sufrió varias transformaciones en el curso de los siglos. Allí se puede observar una expresiva imagen de san Francisco con un libro abierto y un halcón a su lado, obra de Juan Collina Graziani (1887).

Sobre la puerta que da acceso a la capilla de los estigmas hay un bajorrelieve en mármol que representa la impresión de las llagas. Fue hecho a fines del siglo XIII y desde 1529 hasta 1924 ocupó el sitio central de la capilla de los estigmas, donde, según la tradición, se produjo el fenómeno de la estigmatización. Una cuidadosa observación permite ver las huellas producidas por las monedas que dejaban caer encima los devotos.

La capilla de los estigmas, inicialmente separada, hoy está unida a la capilla de la cruz por una reja de hierro y unas escalas, desgastadas por el uso. La capilla que fue construida a finales del siglo XIII era más pequeña que la actual. A mediados del siglo XV fue colocado el retablo de la Crucifixión de Andrés de la Robbia, obra de gran valor artístico que acapara toda la atención de la capilla. La figura central, el Crucificado, aparece rodeado de ángeles que lloran y de algunos símbolos: el sol, la luna y el pelícano; en la parte inferior están las figuras de san Francisco, la Virgen, san Juan evangelista y san Jerónimo. Todo el conjunto está enmarcado por dos guardas: una de angelitos y otra policroma de ramos de frutas. A lo largo del siglo XV la capilla fue ampliada y adquirió la forma actual, un tanto fría. En el año 1531 fue colocada la elegante sillería del coro, la cual obligó a reducir la dimensión de las ventanas. Estas sillas adquirieron mucha más vistosidad con las figuras incrustadas en los espaldares por fray Leonardo Galiberti a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El sitio donde se hallaba Francisco al momento de recibir los estigmas se encuentra hoy indicado por una placa de mármol en forma de exágono irregular hecha a finales del siglo XIII, sobre la cual se halla escrita la antífona «Caelorum candor» en caracteres góticos. Cuatro pequeñas columnas y un cordón rojo la protegen.

La capilla de san Buenaventura está a un lado de la de los estigmas, sobre el precipicio, entrando por la capilla de la cruz. Cuando el Doctor Seráfico vino al Alverna, en este lugar no había ninguna construcción. Esta se hizo más tarde como un apéndice de la capilla de los estigmas, para observar la roca viva y abrupta. Desafortunadamente a comienzos del siglo XVI se le ocurrió al guardián rebanar la roca y organizar el lugar más o menos como hoy se ve. Sólo a mediados del siglo XVI comenzó a llamarse «capilla de san Buenaventura». Es un lugar pequeño y recogido, que invita fácilmente a la oración.

La capilla de san Antonio de Padua se halla a un lado de la capilla de la cruz, también en la parte que da al precipicio. Fue construida a fines del siglo XIII sobre el lugar donde estaba la cabaña que habitó san Antonio en 1230. El altar actual fue hecho en 1780.

El precipicio es la parte de la roca que cae perpendicularmente a cerca de 70 metros de altura. Un estrecho pasadizo permite la visita de este lugar que, por lo demás, ofrece una vista espléndida sobre el valle. Aquí se recuerda la amenaza que le hizo el demonio a Francisco de lanzarlo al abismo, en uno de los relatos del mismo tipo narrados por algunas leyendas.

La gruta de fray León se encuentra en la parte superior de la roca, sobre la capilla de los estigmas. Se llega a ella saliendo por la puerta pequeña que da al altar de los estigmas y subiendo por un estrecho sendero. Desde esa altura, el celoso secretario de Francisco pudo haber espiado muchos de sus movimientos.

Eremitorio de los estigmas. Originalmente consistió en cinco celdas para cinco hermanos encargados de custodiar la capilla de los estigmas y de velar por el culto allí. Las celdas fueron construidas en 1267 donde hoy se encuentra un jardincito al lado del corredor de los estigmas. Este eremitorio duró hasta el año 1431. Dos siglos después se restableció dicho eremitorio con una construcción hecha detrás de la capilla Loddi, que es sustancialmente la misma que hoy existe, a la cual se le han hecho algunas modificaciones.

Del gran Convento solamente llamamos la atención sobre algunos lugares u objetos importantes. El claustro grande o de la cisterna: se llega a él más fácilmente por la puerta contigua a la capilla de santa María de los Ángeles. Obsérvense sobre esta puerta los escudos de Eugenio IV, del pueblo de Florencia, del Municipio de Florencia y de los Cónsules del arte de la lana, protectores del Alverna durante muchos años. El claustro es un cuadrado circundado por un corredor cerrado, con grandes ventanales en arco que le dan luz. En el centro del patio hay un pozo para recoger las aguas de la lluvia, hecho en 1522. Mirado en su conjunto, este claustro da la idea de una gran austeridad.

El refectorio es un gran rectángulo de 38 por 8 m., construido en 1515 y ampliado en 1718. En la pared del fondo hay un cuadro de la última Cena pintado en 1873 por Fernando Folchi. En uno de sus muros hay una hermosa terracota de Lucas de la Robbia llamada La Virgen de la consolación.

El Museo contiene algunos cuadros, ornamentos y vasos sagrados y otros objetos de valor histórico.

En el claustro de santa Clara, al centro, hay una dramática estigmatización de san Francisco en bronce, obra de Fabrizio Giannini. La sala de santa Clara que se encuentra a su lado, tiene un retablo tallado en madera por Hildegarda Hendrichs en 1955; representa la oda de la alegría franciscana. Los medallones del dormitorio fueron pintados entre 1501 y 1509 por Gerino Gerini, discípulo de Perugino. Son retratos de diversos hermanos que vivieron o pasaron por el Alverna y se destacaron por su vida o sus obras.

En el bosque hay varios sitios de interés, entre los cuales vale la pena tener en cuenta: la capilla del haya, rodeada de un pequeño muro. Fue construida en 1518 donde había antes un haya, en cuyo tronco el beato Juan incrustó una cruz, frente a la cual solía orar. La capilla del beato Juan, construida a fines del siglo XV en el sitio donde se hallaba la cabaña que sirvió de habitación a este penitente durante casi 30 años. La roca del hermano Lupo, enorme pedazo de roca despegado de la montaña, ligado a algunas leyendas relacionadas con un feroz bandido llamado Lupo, o sea Lobo, quien entró a la Orden y se llamó «Cordero». La capilla de la Penna en el punto más alto del monte, construida en 1580 y recientemente reparada.

A la entrada del convento, por la carretera, se observa una escultura en bronce que representa a san Francisco y un muchacho con unas tórtolas. Es una obra de Vincenzo Rosignoli hecha en 1902. Inicialmente estuvo en la plaza del Cuadrante, en 1935 fue colocada a un lado del camino de herradura, cerca de la capilla de las aves, y a partir de 1985 ocupa este lugar.

La capilla de las aves fue construida en 1602 en el sitio donde había antes una enorme encina. Según la tradición, cuando Francisco subió por primera vez al Alverna, se recostó sobre esta encina y muchos pájaros vinieron a recibirlo. En el interior se observa una modesta escultura (de 1887) que recuerda el hecho.

El castillo del conde Orlando. Un complemento importante del monte Alverna es la visita de las ruinas del castillo llamado familiarmente del conde Orlando, pero que en realidad es el castillo de los condes Catani de Chiusi en el Casentino. Seguramente allí estuvo san Francisco varias veces como huésped de su amigo el conde Orlando. Sus orígenes se remontan a la república romana, cuando fue construida aquí una fortaleza para impedir que Aníbal pasara de Romaña a Toscana. El nombre de Chiusi parece que se deriva de «Clusium» (chiuso = cerrado), en cuanto cierra el paso que comunica el valle del Tíber con Romaña. Durante el medioevo el castillo tuvo también una función defensiva y de vigilancia contra los bandidos que asaltaban a los comerciantes y peregrinos que transitaban por la región. El interés del conde Orlando en traer a un grupo de hermanos al Alverna se explica en parte por el deseo de evitar que el monte continuara siendo el refugio de los malhechores.

En el año 967 se hizo un convenio firmado por el emperador Otón I, en el que se hace mención de este castillo, reconociendo su propiedad y los derechos de «clientela» a Gualfredo d'Ildebrando. Esto permite suponer que su construcción es un poco anterior al siglo X.

A lo largo de los siglos tuvo distintos dueños. La familia de los condes Catani figura como su propietaria por cerca de cuatro siglos, hasta el año 1324, cuando pasó a manos de la familia Tarlati de Arezzo, la cual lo tuvo hasta 1360. A partir de esta fecha volvió a los Catani, pero sólo por 24 años, pues a partir de 1384 formó parte de la república florentina, la cual lo dio en encomienda a varios beneficiados, quienes se preocuparon poco de su conservación. A comienzos del siglo XV este castillo ya había perdido importancia estratégica y dejó de ser centro de poder. En el año 1428 fue decretada la unión administrativa de Chiusi a Caprese, la cual significó su decreto de muerte: fue abandonado el castillo y poco a poco demolido. Muchas de sus piedras sirvieron para construcciones vecinas, entre las cuales las del monte Alverna.

Hoy no quedan más que algunos muros, propiedad de Enrico Montini. La Superintendencia de Bellas Artes de Arezzo se ha preocupado de su conservación.

Acontecimientos

- Francisco, hombre de oración, buscaba los lugares solitarios, las rocas y las peñas escarpadas, para dedicarse a la oración: 1 Cel 71.91a; LM 10,3.

- Francisco se hace acompañar de unos pocos hermanos para subir al Alverna y celebrar allí la cuaresma de san Miguel: 1 Cel 91b.

- Escena del campesino que calma su sed por intercesión de Francisco, cuando subían al monte Alverna: 2 Cel 46; LM 7,12.

- Se indica el tiempo y el lugar del acontecimiento: LM 13,1; Lm 6,1a; LP 118ab.

- Amistad de Francisco con el halcón y otras aves: 2 Cel 168; LM 8,10b-d; LP 118d.

- Escena de la piel sustraída al fuego: LP 87; EP 117.

- Francisco sufre las tentaciones del demonio: LP 118e; EP 99d.

- Después de permanecer allí algún tiempo, quiere saber cuál es la voluntad de Dios. Consulta el libro de los evangelios: 1 Cel 91c-93; LM 13,2; LP 118c.

- Aparición del Serafín alado. Impresión de las llagas. Descripción: 1 Cel 94-95a; LM 13,3; Lm 6,1-3; TC 69; AP 46b.

- Francisco escribe para fray León la Bendición y las Alabanzas del Dios altísimo: 2 Cel 49; LM 11,9cd; Lm 4,6.

- Descenso del monte Alverna: LM 13,5; Lm 6,4.

- Además de estos textos, se debe tomar como texto guía las Consideraciones sobre las llagas, especialmente las tres primeras. Téngase en cuenta, sin embargo, que este documento es anacrónico: reúne todos los datos conocidos sobre el monte Alverna en una sola estadía, o sea la de la estigmatización (año 1224).

Actualización

Los acontecimientos del monte Alverna son muy ricos en sugerencias para nuestra reflexión y actualización. Aquí solamente proponemos algunas, a manera de punto de partida.

Francisco y sus compañeros se hacen presentes en la fiesta del castillo de San León de Montefeltro. Es una fiesta profana, pero esto no impide que Francisco esté allí, que participe de los acontecimientos ordinarios de la vida del pueblo. Él no concibe la vida religiosa como una separación timorata del mundo, sino como una presencia viva y evangelizadora en medio del mundo. Por ello, cuando participa de la fiesta, él no deja de ser el hermano Francisco. Quizás esto nos puede servir para reubicar nuestro sentido de la vida franciscana, para revalorar las realidades de la vida ordinaria de la gente y para fortalecer nuestro sentido de coherencia, independientemente del lugar en que nos encontremos.

La selección que hacía Francisco de ciertos lugares tan abruptos y rudos como los presentaba, y aún presenta, el monte Alverna para hacer su oración nos puede dejar un poco desconcertados, especialmente cuando verificamos nuestra incapacidad para hacer cosas semejantes. Pensamos que son actitudes para admirar pero no para imitar. No obstante, de alguna manera nos interpelan, en cuanto nos indican que hay una serie de aspectos y características de la oración quizá desconocidos por nosotros, pero que de alguna manera, así sea en forma reducida o adaptada, deben ser cultivados por nosotros como un valor.

Aparte de las consideraciones de tipo psicológico o de cualquier otro tipo que se puedan hacer acerca de los estigmas de san Francisco, vale la pena tener en cuenta aquí, sobre todo, su dimensión teológica. Los estigmas no fueron en Francisco un fenómeno improvisado ni aislado del resto de su vida. Haciendo eco a la consideración de Tomás de Celano (cf. 2 Cel 11), se podría decir que las llagas del Crucificado comenzaron a gestarse en el cuerpo de Francisco desde su encuentro con el Crucifijo de san Damián; más aún, desde cuando comenzó a descubrir a Jesucristo en los pobres y en los leprosos. Jesucristo no fue para Francisco una teoría. Fue una persona concreta que cada día tomaba posesión de él. «Su vivir era Cristo». Jesús estaba en sus labios, en su mente, en su corazón... (cf. LM 9,2). Lo que ocurrió en el monte Alverna no fue otra cosa que la floración, en cinco flores rojas, de una larga y amorosa gestación. Entre Francisco y nosotros hay, sin duda, una gran diferencia. Nuestra capacidad de respuesta quizá nunca llegará a ser semejante a la suya. Sin embargo, la llamada que hemos recibido es la misma. La urgencia de Jesús crucificado, del siervo que padece, es un imperativo para nosotros. De alguna forma debemos ofrecer hoy una respuesta. ¿Cómo la estamos dando?

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CITTÀ DI CASTELLO

Città di Castello es el más importante centro urbano del valle alto del Tíber. En tiempos de san Francisco era un paso obligado para quien quería hacer el camino más corto entre Asís y el monte Alverna. Es de suponer, por tanto, que el santo pasó muchas veces por aquí.

Las fuentes biográficas no han conservado más que la narración de dos hechos prodigiosos, obrados por intercesión de Francisco, los cuales se pueden ubicar hacia el mes de octubre de 1224, cuando regresaba del monte Alverna ya estigmatizado. En ese entonces estuvo hospedado «durante un mes» (?) en la casa de la familia Salamacchi, situada al frente de donde hoy se encuentra el Monte de Piedad.

- Francisco expulsa el demonio de una mujer fuertemente atormentada: 1 Cel 70; LM 12,10f; Llagas 4.

- Curación de un niño enfermo a causa de una llaga maligna: Llagas 4.

BORGO SAN SEPOLCRO

Borgo San Sepolcro es una pequeña ciudad que pertenece hoy a la provincia de Arezzo. Hay quienes afirman que la presencia franciscana aquí se remonta al año 1213. Los documentos más antiguos sobre esta presencia son del año 1258 y están relacionados con la iglesia de San Francisco.

Sólo una vez aparece mencionado explícitamente Borgo San Sepolcro en las fuentes biográficas en relación con san Francisco. Se refiere a su regreso del monte Alverna a fines de septiembre o comienzos de octubre de 1224, después de haber recibido los estigmas. Muchas personas salen a su paso, pues quieren ver, tocar y conservar alguna reliquia del estigmatizado. Francisco, absorto en una profunda oración, no se da cuenta de su paso por el poblado: 2 Cel 98; LM 10,2; Llagas 4.

Después de muerto Francisco, se menciona como milagroso el castigo de un hombre blasfemo, caballero de Borgo: LM milagros 9,3.

MONTECASALE

Historia

Donde hoy se levanta el eremitorio de Montecasale existió antiguamente una fortaleza militar que vigilaba un castillo cercano. Por esta región pasaba el camino de la sal que atravesaba los montes Apeninos (de aquí derivan algunos el nombre: monte de la casa de la sal = Monte-ca-sale), llamado también el «camino de los romeros», del cual se pueden observar todavía algunos restos.

Tanto el castillo como la fortaleza fueron abandonados a mediados del siglo XII. A finales del mismo siglo los Camaldulenses de Borgo San Sepolcro construyeron en los restos de la fortaleza un pequeño eremitorio y una hospedería para los peregrinos, la cual se transformó muy pronto en hospital para enfermos pobres.

Se dice que la presencia franciscana en este lugar se remonta al año 1213, cuando le fue ofrecido a Francisco y a sus hermanos; al menos en esta fecha se suele ubicar la carta del permiso para habitar allí que les dio el obispo Juan de Città di Castello.

Además de los acontecimientos ligados a la vida de san Francisco, que veremos más adelante, en este eremitorio se recuerdan también las estadías de san Antonio de Padua (probablemente a finales de 1230) y de san Buenaventura (alrededor de 1260).

Los hermanos menores habitaron en Montecasale hasta el año 1268, cuando se trasladaron al convento que había sido construido para ellos en San Sepolcro. El eremitorio siguió siendo habitado por un grupo de penitentes de la Tercera Orden, los cuales permanecieron allí durante un poco más de dos siglos y medio. A partir de 1531 este lugar ha sido habitado permanentemente y custodiado celosamente por los hermanos menores capuchinos, salvo durante dos interrupciones en el siglo XIX (1810-1830 y 1872-1894).

Durante todo este tiempo, al núcleo inicial (los restos de la fortaleza) y a las pocas habitaciones existentes alrededor de la capilla, se han ido agregando las modestas construcciones que constituyen el conjunto arquitectónico que hoy vemos.

Descripción

El eremitorio de Montecasale está ubicado en un lugar solitario, rodeado de bosques, a una altura de 700 m. A pesar de las addendas que se le han hecho a lo largo de los siglos, conserva el encanto de la simplicidad primitiva.

A la izquierda de la puerta de entrada hay una inscripción que dice: «Qui abitarono tre santi: Francesco, Antonio, Bonaventura. Qui tre empi ladroni vissero come santi. Qui parecchi venerabili morirono nel Signore. Pertanto: beati coloro che abitano in questa tua casa, Signore» (Aquí habitaron tres santos: Francisco, Antonio, Buenaventura. Aquí tres impíos ladrones vivieron como santos. Aquí muchos venerables murieron en el Señor. Por tanto: bienaventurados los que habitan en esta tu casa, Señor).

La iglesita constituye el núcleo del eremitorio y la edificación más primitiva, al menos en algunos de sus muros, pues con motivo del derrumbamiento que sufrió en 1500, fue ampliada y modificada parcialmente. El retablo del altar, hecho con madera de nogal, encierra en un nicho una antigua imagen de la Virgen con el Niño tallada en madera y policromada, la cual se remonta a fines del siglo XIII o comienzos del XIV.

El coro es una reducida habitación ubicada detrás del altar. Allí se encuentra una interesante serie de cerámicas (año 1667) que representan escenas de la vida de san Francisco especialmente relacionadas con Montecasale. En la pared opuesta a la ventana hay un cuadro que muestra a san Francisco bebiendo del costado de Jesucristo; se trata de una original forma de expresar uno de los puntos claves de su espiritualidad. Fue hecho probablemente en el siglo XVII, aunque algunos lo atribuyen a D. Pecori ( 1527).

Del coro se pasa, por una puertecita, al primitivo dormitorio en donde se pueden ver las celditas que habitaron antiguamente los hermanos. La primera de la derecha recuerda la permanencia de san Buenaventura en este lugar; la siguiente está ligada a la memoria de san Antonio.

El oratorio de san Francisco fue construido (¿siglo XV?) en el lugar donde se refugiaba el santo para orar y descansar: los salientes de la roca que en aquel entonces estaban a la intemperie. Cerca de este oratorio se puede observar, en el nicho de la derecha, una Pietà tallada en madera, del siglo XIV. La imagen estilizada de san Francisco fue tallada en un tronco de tilo por el capuchino Flaviano Laghi en 1964.

El claustro es de una agradable simplicidad primitiva, con sus techos bajos cubiertos con lajas de piedra y un modesto pozo en el centro. Desde uno de sus ángulos se observa el campanario en forma de espadaña.

En las cercanías del conventito se encuentra la llamada fuente Grappa l'Orso, a la cual se llega por un camino sombreado de árboles. La fuente es de una especial frescura y está ligada a varias leyendas. Tomando por otro camino que desciende la pendiente se llega al Sasso Spicco, una gigantesca laja de piedra recortada en hemiciclo y asomada a un precipicio de cerca de sesenta metros; la laja tiene la forma de un enorme alero sobre el cual se desliza un torrente de agua (el Spisciolo) que cae en una hermosa cascada.

Acontecimientos

- Francisco manda traer a Montecasale unas reliquias para darles el culto debido: 2 Cel 202; LM 6,7.

- Francisco da una lección a los hermanos sobre la manera de tratar evangélicamente a los ladrones: LP 115; EP 66; Flor 26.

- En Montecasale recibe Francisco a un joven de la noble familia de los Tarlati de Borgo San Sepolcro, el beato Ángel Tarlati: Flor 26.

- Es aquí donde Bartolomé de Pisa ubica el conocido episodio de las coles que Francisco mandó plantar al revés a unos novicios para probar su obediencia: De Conformitate, Lib. II, en Analecta, t. V, p. 141.

- A su regreso del monte Alverna, después de recibir los estigmas, Francisco permanece algunos días en el eremitorio de Montecasale. Mediante su intervención, un hermano fuertemente enfermo recupera la salud: Llagas 4.

Actualización

La enseñanza que dio Francisco a los hermanos sobre la forma de acoger a los ladrones está en estrecha relación con las normas que aparecen en la Regla no bulada 7,4: «Y todo el que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente». Aquí se nos ofrece una de las notas características de la fraternidad franciscana en su dimensión universal, abierta a todos. Se trata de una fraternidad que no es exclusivista ni excluyente. La lección dada a los hermanos de entonces es todavía mucho más incisiva para los hermanos de hoy, que fácilmente nos guiamos por «prudencias humanas» frente a los bandidos de hoy, las cuales no son otra cosa que temores, inseguridades y, en definitiva, ausencia de Evangelio en nuestra vida, sin el cual no alcanzamos ni la intrepidez ni el vigor que tenía Francisco para tratar a los «hermanos ladrones».

Fernando Uribe, O.F.M., El Monte Alverna y lugares cercanos, en Idem, Por los caminos de Francisco de Asís. Notas para el itinerario por los lugares franciscanos. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu, 1990, pp. 177-194.

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