¿Y si tener una hermana fuera la clave para llegar a Dios?

¿El secreto de la felicidad? Tener una hermana… si creemos lo que dicen numerosos estudios elaborados sobre esta cuestión (sobre todo los de la Universidad De Montfort en Leicester y la Universidad de Ulster).

Así que puedes dar las gracias a la niña que te grita en la oreja con o sin razón, a la chica que hurga en todos tus cajones, a la que toma prestado y pierde tus vestidos preferidos y a la que, además, nunca pierde ocasión de echarte un sermón.

¡Dale las gracias, porque es un regalo de la vida!

Porque cuando tenías aspecto absurdo con tu jersey navideño rojo, ella estaba contigo en la foto con el mismo jersey espantoso.

Sin embargo, cuando haces el ridículo, ella te lo dice; no se anda con miramientos. Quizás sea dura, pero te hace ganar tiempo.

Cuando despotricas sobre tu familia, ella sabe de lo que hablas, forma parte de ella. Pero cuando te manda callar, los lazos no sufren porque ella seguirá siendo tu hermana de aquí a mil años.

Cuando sientas pena, siempre podrás acudir a ella. Crecer teniendo al lado a alguien a quien le encanta expresar sus sentimientos, sabe hacerlo y no se priva de ello, te enseña a apreciar mejor la vida.

Y cuando todo se junta con el deseo de santidad, ¡todo el mundo sale ganando!

Santas con hermanas

Basta con mirar a Celia Martin y su hermana Marie-Dosithée. Ellas se escuchaban, aconsejaban y apoyaban a pesar del cansancio y las enfermedades.

¿Y las hijas de Celia Martin? Céline reconfortaba a la pequeña Teresa durante sus años de internado. Pauline la animaba a escribir y es a ella a quien debemos el nacimiento de Historia de un alma. Y a su vez, Teresa inspiró la vida y el camino de santidad de su hermana mayor, Leonia, que se hizo visitandina.

Y luego también está Isabel de la Trinidad y su hermana Margarita. En la foto exhiben la misma blusa adornada con cintas y el mismo moño extraño y alto. Y sin embargo, una se hizo religiosa y la otra madre de familia: ¡qué vidas tan diferentes llevaron!

Al principio, chicas de carácter bien templado, chicas que en un momento están alegres y al otro alicaídas o enfadadas: unas niñas que no son ni más ni menos molestas que cualquier otra hermana. Al final, santidad, amistad y vida de oración compartida.

Y, por qué no, demos gracias también al Padre eterno que concedió, a través del bautismo, hermanas que pudieron faltar en la cuna de ciertas familias.

Y un inmenso gracias a todas las mujeres consagradas al Señor en la vida religiosa, que llevan tan bien el nombre de ‘hermanas’.

Por Jeanne Larghero

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