Monjas en primera línea contra la trata de seres humanos

Un proverbio etíope dice que “cuando las arañas unen sus redes, pueden abatir a un león”.  Y este es el espíritu que anima a Talitha Kum, la red internacional de vida consagrada contra la trata de seres humanos.

A día de hoy, desde 1990, año en el que se fundó la red, en 92 países de los cinco continentes, el pequeño ejército de alrededor de 2.000 colaboradores, de los que la mayoría son monjas, pero también laicos y religiosos, dedica su vida a la tarea de intentar salvar a los esclavos del siglo XXI.

Sí, hablamos justamente de “esclavos”. Porque según la Organización Mundial del Trabajo, se estima que unos 40 millones de personas están reducidas a esclavitud en el mundo, distribuidas en 182 países. Y los números parecen en aumento.

Para comprender desde dentro las dinámicas de esta realidad triste y difundida, hemos entrevistado a sor Gabriella Bottani, misionera comboniana y coordinadora de la red Talitha Kum, y le hemos preguntado cómo se puede hablar aún de esclavitud, en el año 2020.

“Una de las causas de esta situación se debe a la grave vulnerabilidad, que se ha agravado en los últimos años. De hecho, la vulnerabilidad no es el problema, sino la explotación. Y, para nosotros de Talitha Kum, es importante subrayarlo, porque la vulnerabilidad puede convertirse en un espacio de encuentro, de solidaridad, no necesariamente en un espacio donde ser explotado con fines de lucro”.

– ¿Quiénes son los esclavos hoy?

En este tiempo, los que son mayormente explotados en su vulnerabilidad son las mujeres, los niños (tanto niños como niñas) y las poblaciones migrantes.

Las estadísticas concuerdan bastante en afirmar que un 30% son niños menores de 18 años y jóvenes adultos. La edad, lógicamente, está ligada a la capacidad de poder llevar a cabo prestaciones laborales, como sucede en el mercado del sexo o en la servidumbre doméstica.

– ¿Cuáles son las formas de esclavitud más comunes?

La explotación sexual es una de las formas de esclavitud, aunque con diversas connotaciones. Porque además de la prostitución está la pornografía.

Otra forma de esclavitud es la explotación laboral, de la que un nicho importante es la servidumbre doméstica. Pero ay esclavos también en el área del pastoreo, de la construcción, de la minería, de la pesca, en particular en los pesqueros en alta mar… los contextos son muy diversos.

Y después está la trata de niñas para matrimonios forzados. Y es un fenómeno que afecta no sólo a Asia y África, porque se han registrado casos también en el mundo occidental, por ejemplo en Estados Unidos, pero también en Italia. Muy a menudo estos fenómenos están ligados a las comunidades migrantes que residen en nuestros países, y en otros casos son matrimonios combinados en internet.

– ¿Cómo se cae en la red del tráfico de seres humanos?

El fenómeno es extremadamente complejo. Pero, lo que hay en la base es el deseo de una vida mejor, de encontrar un trabajo mejor.

A veces estas personas reciben propuestas de trabajo esclavo concretas, a veces en cambio emigran porque han escuchado, a través del boca a boca, o una publicidad… que en cierto país se vive bien… Como hacemos nosotros, cuando pensamos en Estados Unidos o en Alemania y estamos seguros de que en esos lugares es más fácil encontrar un trabajo mejor, sin haber hecho un análisis serio de la situación.

A veces intentan sencillamente escapar de la pobreza, una pobreza digna, no siempre de la miseria desesperada.

En general, quienes viven en un contexto de miseria, son explotados dentro del país. Es más difícil que lleguen a nosotros.

– Por tanto, ¿se entra en el sistema de la trata por un acto de propia voluntad?

Debemos preguntarnos qué es la voluntad y la libertad. Entran temas en la definición de la “trata” hoy, que nos llevan a preguntas existenciales profundas. Porque, si lo banalizamos, decimos “pobrecito, le reclutaron y llevaron contra su voluntad…” Pero nosotras, cuando vamos a la calle y hablamos con los chicos y chicas que viven en este estado, nos damos cuenta de que esto no cuadra con la realidad.

En Sicilia, por ejemplo, chicos que se prostituyen se encontraban muriendo de hambre. ¿Querían o no querían? ¿Qué alternativa se les daba? Es muy complejo, porque se dan alternativas cuando una persona tiene un conjunto de posibilidades donde elegir.

Las desigualdades y las heridas causadas por un modelo inicuo impiden la posibilidad de elegir.

Por ejemplo, he trabajado en Brasil con las niñas que nacían en las favelas, en barracas, y algunas habían sido abusadas y vivían en una pobreza espantosa.

Estas niñas iban a la escuela y las maestras las echaban por desesperación. Llegaban a tercero y cuarto de primaria sin lograr ni leer ni silabear. Tenían incluso límites, una desorganización del yo tal, que no les permitía ni ser buenas amas de casa. No lograban limpiar, ni cocinar… eran completamente frágiles.

Estas niñas eran automáticamente reclutadas para la explotación sexual.

Una de ellas, un día vino a verme, estaba toda contenta, tenía 10 años y traía un niño en brazos. “Tía, me dijo, ¡mira la cosa más bonita que he hecho en mi vida! ¡No sabía que podía hacer una cosa tan bonita!”. El hijo había nacido de esta situación de abuso.

A veces definimos y etiquetamos la “trata” dentro de categorías que no se corresponden con la realidad.

Hay situaciones en la que ese sí de las personas es la única opción posible.

Es un sistema perverso que crea dinámicas de gran pobreza.

Pensemos ahora cómo se está gestionando la cuestión del coronavirus. Han hecho confinamiento en todas partes y la gente está muriendo de hambre. Se están creando áreas de vulnerabilidad espantosas. Cuáles serán las consecuencias, no lo sabemos.

–¿Qué está haciendo la red de Talitha Kum en esta fase de pandemia del Covid-19?

En este momento, muchas hermanas se ven obligadas a permanecer en casa porque no se puede salir a causa del confinamiento.

En algunos casos, con algunas organizaciones de la Conferencia Episcopal Italiana, estamos procediendo a preparar y distribuir bolsas de víveres que llevar a personas, que de lo contrario morirían de hambre. Como quienes se ven obligados a prostituirse y que, sin clientes, no tiene cómo sobrevivir.

Hemos puesto a trabajadores a fabricar mascarillas. En otros casos, las monjas llevan el material a casa de personas que están en fase de recuperación, para que se pueda seguir la terapia ocupacional y no parar esta actividad productiva, como labores de crochet, cestas… u otras cosas que estaban haciendo.

–¿Cuál es el carisma de las hermanas de Talitha Kum?

Lo que nos une en Talitha Kum es el “victim center approach”, es decir, la persona es el centro.

Luego, dependiendo de los contextos, nuestro acompañamiento es integral: formación humana, espiritual y apoyo psico-social, que lleva a una reinserción económica y, en varios casos, en la comunidad se trabaja unidos.

Se hacen, por ejemplo, trabajos manuales, manufacturas que luego se venden. La anualidad es ciertamente uno de los puntos comunes a los distintos centros.

–¿A cuántas personas han salvado?

¡Al contrario, son ellos quienes nos han salvado a nosotros! Y luego, hablamos más de recuperación a la vida. En 2018 hicimos una especie de censo, y nos dimos cuenta de que habíamos ofrecido servicio a unas 15.500 personas en un año.

Los servicios son diversos: de acompañamiento espiritual, servicios de formación, etc. El servicio es muy amplio y a menudo lo hacemos junto con otras organizaciones. No estamos solas. Contribuimos en el proceso de cura, que es un proceso lento y traumático.

– El Papa Francisco ha hecho de vuestra acción una prioridad de su pontificado. ¿Qué palabras quiso compartir con ustedes?

El Papa Francisco nos ha hecho saber en varias ocasiones que le importa nuestra “misión”, como él la ha definido. Nos ha insistido por ejemplo en la capacidad de colaborar. Y creo que este es el gran reto.

El apoyo del Papa es un don que nos impulsa a continuar con responsabilidad.

–¿Qué la empuja a continuar en esta lucha conta la esclavitud?

En este tiempo recojo también el trabajo que hacen las demás hermanas, y hay historias de fracaso, y también son esas las que nos impulsan a seguir adelante.

Pero, recuerdo el abrazo al final de la última Asamblea general, que nos dio una de las supervivientes de la trata: esta mujer había descubierto que su vida no era inútil y que podía marcar la diferencia.

Ella había escapado de Nigeria, llegó a Italia después de mil peripecias, y contra su voluntad entró en el círculo de la prostitución. Luego logró escapar y se encontró en un centro de acogida gestionado por religiosas. Aquí hizo todo su camino de recuperación, de rescate a la vida. Ahora, a los 23 años, ha retomado los estudios y está reconstruyendo su vida. Esto es lo que nos impulsa a continuar.

–¿Y los católicos qué podemos hacer?

Ante todo es necesario no cerrar los ojos. Intentar comprender cuáles son las dinámicas, adquirir bienes y productos que no procedan de trabajo esclavo. Por ejemplo, la Iglesia en Estados Unidos lanzó una campaña para comer pescado que no hubiese empleado esclavos en la pesca.

Y después, trabajar en el cambio de mentalidad de las personas, y esta es la especial responsabilidad de los educadores.

Otra ayuda es apoyar proyectos. Uno que nos es especialmente querido es Super Nuns, una recogida de fondos a la que se han unido artistas callejeros, diseñadores, dibujantes de cómics, para contar lo que intenta hacer Talitha Kum. Con las donaciones recogidas nos ayudan a sostener nuestras redes.

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