Cada sentimiento tiene un sentido

Sé que no es bueno decir siempre y a todo el mundo lo que siento y lo que pienso. Al mismo tiempo sé que no me hace bien guardarme todas mis emociones y nunca decir lo que me ha molestado, lo que me duele, lo que me preocupa, lo que me inquieta.

Callar todo lo que siento no es bueno a la larga. Tal vez me viene bien porque me permite mantener una calma pasajera. Pero después no me beneficia.

Callar lo que siento es una emoción que se entierra, pero no muere y algún día saldrá a la luz, cuando menos lo espere. Volverá por la puerta de atrás y me hará daño. Se quedará enquistada en el alma y acabará transformando mi carácter.

Las emociones positivas ayudan al cuerpo y al alma, me alegran, me dan fuerza para enfrentar la vida y sus dificultades. Reír, soñar, hablar bien de otros, enaltecer, elogiar, hacer silencio, rezar. Todo me permite encauzar lo que hay en mi corazón.

Las emociones negativas guardadas me hacen daño.

¿Qué hago con las emociones que siento? ¿Las dejo salir, las encauzo, las reprimo? ¿Qué emociones predominan en mí? ¿La alegría, la tristeza, la ira, la esperanza, el miedo?

A veces escucho:

“No sé qué tengo que hacer para agradarlo. Si estoy alegre, se pone tenso. Si me muestro triste, me ignora. Intento cumplir con todo lo que exige. Pero no siempre lo logro. No sé qué temas de conversación le alegran. No acierto y no me acepta”.

Hay personas que viven esta tensión con las personas que más quieren. No saben qué hacer para conseguir el cariño de su padre, de su madre, de su cónyuge, de su hijo.

Una lucha absurda por querer agradar. Nunca lo consiguen. Intentan agradar y no lo consiguen. Callan y esa paz bendita que logran es a costa de muchas otras cosas.

No se toman en serio, no valoran sus emociones, todo lo guardan para agradar. Su alma es una olla a presión, a punto de estallar.

Van corriendo de un lado para otro y no encuentran tiempo para mirar en su interior, para detener sus pasos. Ni siquiera saben lo que sienten porque no callan y no observan la realidad. Siguen hacia delante sin mirar hacia los lados.

Me da miedo vivir así. Sin tomarme en cuenta. Sin dar importancia a lo que siento, sin dejar escapar una lágrima. El otro día leía:

“Todas las emociones tienen un sentido. Un porqué y una conveniencia si sabemos cómo guiarlas. Hay emociones que nos benefician y otras que nos perjudican. Pero todas hemos de afrontarlas. Tomar sus riendas. Protagonizar nuestra propia vida, que para eso la vivimos. Las emociones no hay, por tanto, que reprimirlas. No hay que eliminarlas. No hay que acallarlas. No hay que ignorarlas. No hay que temerlas. No han de avergonzarnos sean cuales fueran. Lo que hay que hacer con ellas es aprender a conducirlas razonablemente”.

No tapar

La vida es un aprendizaje. Quiero aprender a lidiar con mis emociones. Las reconozco, las acepto, las miro, las tomo entre mis manos y sobre ellas construyo.

No las tapo, no las ignoro. Puedo cambiar algunas emociones cambiando el pensamiento que las precede. La emoción de la tristeza me lleva a la dejadez, a no hacer nada. Y el miedo me paraliza.

No canalizar bien mis emociones me lleva a sufrir enfermedades del cuerpo y del alma. No lo quiero. Quiero aprender a reír y a llorar. Quiero decirme y decir en alto lo que siento.

Quiero aceptar las emociones que recorren mi interior. Observar mi vida y lo que sus circunstancias provocan en mí. Es poderoso el corazón.

Pero no quiero vivir buscando agradar a los que me rodean. Nunca lograré danzar al gusto de todos. Haga lo que haga recibiré críticas, o halagos, ¡qué importa!

Quisiera ser un maestro de la vida para vivir con alegría, con pasión, con ilusión. No detenerme ante la primera contrariedad que encuentro.

Saber vivir santamente, unido a Dios. Sin pretender que las cosas resulten siempre de mi agrado. No es posible. Quiero emocionarme hasta las lágrimas ante cosas importantes. Alegrarme hasta las carcajadas con las alegrías del camino.

PŁACZĄCE DZIECKO
Brytny.com/Unsplash | CC0

Aprender a acompañar a los que lloran. Aprender a acoger a los que viven sin paz. Comenta Nadine Labaki, la directora de la película Cafarnaúm:

“Contener tus emociones significa ir contra tu naturaleza. ¿Por qué está mal tener sentimientos y empatizar con los demás?”.

Quiero detenerme a observar la vida que me rodea. Sin quedarme en las pequeñas cosas que me molestan. ¡Qué importan! Son detalles que no pueden quitarme la felicidad.

Todo lo que siento tiene un sentido y Dios puede sacar lo mejor de mí. Por eso no temo sufrir y llorar. La tristeza es parte del camino. Igual que el dolor y la angustia.

Y ese miedo que despierta la energía de mi alma para superar los obstáculos. Sin el miedo no podría nunca vivir con valentía. Quiero contemplar mi alma y entregarle hoy a Dios todo lo que siento.

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