Le negaron el visado y se cortó el cuello: Otra tragedia en la frontera

Aunque se haya desviado la atención de la frontera entre México y Estados Unidos hacía la tensión en Oriente Medio y la posibilidad de una conflagración entre Estados Unidos e Irán, lo cierto es que la crisis humanitaria en esta franja limítrofe de 3.169 kilómetros de longitud continúa vigente. Quizá más vigente que nunca.

Esta misma semana se ha conocido otro episodio más de la desesperación de miles de personas provenientes de México y América Central que intentan buscar refugio en Estados Unidos: un migrante mexicano que buscaba asilo, al no obtenerlo se suicidó cortándose la yugular en el lado mexicano del puente fronterizo sobre el Río Bravo (llamado también Río Grande) que comunica la población de Pharr (Texas) con Reynosa (Tamaulipas).

En el último año, la política de contención migratoria de Estados Unidos, a través de la Patrulla Fronteriza y la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, detuvo aproximadamente a un millón de inmigrantes sin papeles (88 por ciento más que en 2018) que querían cruzar a su territorio; muchos de ellos en busca de refugio o asilo.

Gran parte de los detenidos son personas o grupos de familias que se han cansado de esperar en México (en la modalidad del programa conocido como Remain in Mexico) que se resuelva su situación migratoria y se aventuran, a como dé lugar, a internarse en Estados Unidos.

En muchas ocasiones esta “espera” en México dura entre seis y ocho meses, tiempo en que sobre todo las mujeres y los pequeños están expuestos a vejaciones y violencia sin límite.

Un mundo para todos, pide la Iglesia católica

En este contexto, la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) concluyó este sábado 11 de enero la Semana Nacional de la Migración, con el tema Promoviendo una Iglesia y un Mundo para Todos.

La intención –como desde hace casi medio siglo que lleva de celebrarse—es “resaltar la situación de los inmigrantes y refugiados y unirse en oración para acompañarlos”.

El tema para la celebración de este año, pretende reflejar una realidad inocultable en Estados Unidos: que en tiempos en los que se cierran las puertas a los migrantes y refugiados (hay que recordar que este año fiscal 2020 el gobierno estadounidense ha fijado la cifra más baja de su historia de aceptación de refugiados en solo 18.000) la Iglesia sigue siendo “un lugar acogedor para todos los hijos de Dios”.

Mario E. Dorsonville, obispo auxiliar de Washington y presidente del Comité de Migración de la USCCB, ha destacado que “como un principio fundador de nuestro país, nosotros siempre hemos acogido a los inmigrantes y refugiados y a través de los servicios sociales y las buenas obras de la Iglesia, hemos acompañado a nuestros hermanos y hermanas en su integración a la vida diaria en Estados Unidos”.

El obispo Dorsboville agregó que la Semana Nacional de la Migración constituye “una oportunidad para que la Iglesia se una en oración y viva la visión del Santo Padre de dar la bienvenida a los inmigrantes y refugiados a nuestras comunidades y brindar oportunidades que los ayuden a ellos y a todas las personas de buena voluntad a prosperar”.

La experiencia en la frontera

La revista U.S. Catholic entrevistó al padre claretiano Carl Quebedeaux quien ha trabajado en Ciudad Juárez (frontera con El Paso, Texas), durante los últimos cuatro años.

La parroquia a la que sirve, Nuestra Señora de la Esperanza, se encuentra cerca de la barda que vislumbró el Papa Francisco (febrero de 2016) al visitar esta frontera entre Estados Unidos y México.

Testigo de primera fila del cambio que ha habido en la migración en los últimos dos años, con las caravanas de migrantes y refugiados de Honduras, El Salvador y Guatemala, el padre Quebedeaux señaló a U.S. Catholic que estas personas enfrentan una variedad de desafíos.

“Todos se han sacrificado enormemente al abandonar sus países. Todos buscan asilo y huyen de situaciones en las que sus vidas han sido amenazadas. Muchos han perdido seres queridos o han sido objeto de amenazas, agresiones, extorsiones y otras dificultades”.

El gobierno, las organizaciones sin fines de lucro y la Iglesia Católica están tratando de ayudar. Se han abierto varios refugios, y algunos migrantes han podido encontrar viviendas de alquiler en la ciudad.

El gobierno federal mexicano ha abierto una gran instalación llamada Leona Vicario que actualmente alberga a más de 600 migrantes. Pero a pesar de esto, la vivienda segura sigue siendo una lucha, y muchos migrantes regresan a su país de origen, a pesar de los peligros que enfrentan al regresar.

A la pregunta sobre qué le gustaría al sacerdote claretiano que los católicos estadounidenses supieran sobre la crisis migratoria en la frontera, el padre Quebedeaux subrayó: “Los migrantes son personas nobles, generosas, fieles y trabajadoras que buscan asilo. Están huyendo de situaciones de violencia, extorsión, tortura y amenazas contra ellos y sus familias”.

“Muchos tienen parientes en los Estados Unidos: tíos, primos, hermanos y hermanas que viven y trabajan allí. Esto les da la esperanza de una vida mejor para ellos y sus familias en un país más seguro”.

El perfil de los que emigran desde el sur

Las estadísticas muestran que la migración mexicana hacia Estados Unidos va a la baja mientras que al alza en los últimos siete años va la migración desde el llamado Triángulo Norte de Centroamérica, conformado por Honduras, El Salvador y Guatemala. Entre los tres países suman tres millones de migrantes que ya viven en Estados Unidos y seis de cada diez están ahí de manera irregular.

La emigración desde El Salvador, Guatemala y Honduras hacia Estados Unidos sumó en el último año más de 800.000 personas, de acuerdo con las autoridades fronterizas. Una gran mayoría de ellos son familias enteras.

Estos tres países sobrepasan ya a México como principal origen de los detenidos en el sur de Estados Unidos. Hoy por hoy, más de tres millones de migrantes de estos países viven la Unión Americana.

El estudio Tras las Huellas del Migrante realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) con entrevistas a cerca de dos mil migrantes llegados a Estados Unidos desde el Triángulo Norte de Centroamérica los últimos diez años, confirma que

“las tres causas principales por lo que familias enteras arriesgan todo por cruzar la frontera sur de México, cruzar el país e intentar internarse en territorio estadounidense son la búsqueda de oportunidades económicas, la reunificación familiar y la violencia en el país de origen”.

Antes esta realidad, el BID propone a los gobiernos de la zona (incluido, por supuesto, el país receptor) generar empleos de calidad para lograr un mayor arraigo en los países de origen; una mayor inversión pública y privada, acompañada por un proceso de fortalecimiento institucional, y el combate efectivo a la violencia.

Esto, dice el estudio del BID permitiría dinamizar el sector productivo local y expandir las oportunidades económicas, reduciendo los incentivos para migrar.

Por lo demás, la situación actual en las diversas poblaciones de la frontera mexicana no hacen ver la posibilidad de que las cosas cambien en el plano político. La crisis sigue y miles de familias simplemente no hayan futuro para sus hijos.

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