Encontrar tu vocación es muy sencillo

Ya no se habla de vocación, excepto para ciertas profesiones: médico, enfermero, profesor…

Hemos olvidado que la vocación significa llamamiento. La palabra proviene del latín “vocare” que significa “llamar”. De una manera u otra, todos estamos llamados por Dios a crecer según su voluntad para participar en la construcción de un mundo mejor.

Pero es cierto que solemos estar tan inmersos en nuestras tareas cotidianas que a menudo se nos hace muy difícil discernir el llamamiento de Dios en nuestras vidas. Renunciar pues a buscar nuestra vocación, ¿no es negarse a poner nuestra vida en las manos de Dios?

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Descubre tus talentos

Para muchos de nosotros, reconocer nuestras cualidades no siempre es fácil. ¡No pensamos tener nada excepcional! Por miedo a la vanidad, negamos nuestros talentos, o incluso tratamos de ser diferentes de lo que somos.

Entonces no vemos el tesoro que Dios ha puesto en nosotros desde nuestra concepción. Si Dios nos ama con amor incondicional, como a cualquier padre, más que cualquier padre, se alegra de vernos ejercer los diferentes talentos que nos ha dotado.

No podemos elegirlos, pero podemos decidir acogerlos con humildad.

¿Cómo reconocerlos? Escuchemos lo que nuestros cónyuges, amigos, hijos o colegas aprecian de nosotros. Recibamos estas cualidades como dones de Dios, dones de su amor. 

No esperemos, de la noche a la mañana, encontrar finalmente la vocación que cambiará nuestras vidas.

Busquemos poner en práctica y desarrollar los pequeños y grandes talentos que embellecen la vida cotidiana: la capacidad de acogida de uno, la fantasía del otro, sus aptitudes culinarias e intelectuales…

Tomémonos el tiempo para ofrecer un café a nuestro vecino que no parece estar bien. Seamos más rigurosos en nuestro análisis, aunque nuestro líder no se dé cuenta.

Ofrezcámonos a ayudar a una asociación que nos llegue al corazón. Tenemos mucho que ofrecer. Y, al hacerlo, hagámoslo por Dios.

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Dejémonos llevar por la alegría

Cuando lo pasamos bien, preguntémonos: “¿Qué fue lo que realmente me hizo feliz? ¿Implementar mis facultades intelectuales y artísticas? ¿Abrirme a mi habilidad de maravillarme con la vida?”

Una cosa es cierta: seguir tu vocación te trae felicidad e incluso alegría.

Busquemos lo que da alegría, sentido a nuestra vida, lo que nos lleva al prójimo.

Seguir la voluntad de Dios es acoger su proyecto de felicidad para nosotros, aunque nos perturbe en nuestros hábitos.

Aunque no encaje con nuestra idea sobre el éxito. Desarrollar nuestra riqueza nos da fuerza, nos empuja hacia los demás.

Entonces renunciamos más fácilmente a lo superficial.

Confiemos en Dios y encontraremos lo que en todo caso es nuestra vocación: hacer de nuestra vida un testimonio de amor, un testimonio de Dios actuando en el mundo.

¿Suena demasiado simple?

Dios no nos pide nada más allá de nuestras capacidades. Nos pide que nos pongamos a trabajar, a nuestra medida, pero con perseverancia y tenacidad. La oración nos ayudará a encontrar nuestro camino.

No nos desanimemos y no nos olvidemos de ofrecerle lo que somos capaces de hacer al pensar: “¡Es tan poco!” 

San Pablo nos exhorta: “Transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios”. (Romanos 12:2).

“Conforme a la gracia que Dios nos ha dado, todos tenemos aptitudes diferentes” (Rm 12,6).

“Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor.” (Rm 12,11).

Cécile Lucas

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