Nathalys, esa santa Teresita cubana dedicada a la misión

No hay necesidad de viajar por el mundo para contribuir a la misión de la Iglesia. Desde las profundidades de su convento carmelita, santa Teresita se lo demostró a todo el mundo.

Demasiado frágil para viajar, la joven carmelita dedicó su vida a orar por los misioneros. Enferma, les ofreció sus sufrimientos.

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De la gran santa francesa, la joven cubana Natalys Vidal Menéndez parecía haberlo aprendido todo. Como ella, estuvo animada desde muy joven, por un ardiente deseo de dedicarse a la misión.

Sin embargo, su entorno de vida no tenía nada que ver con el de la santa de Lisieux.

Nacida en una familia atea, en suelo comunista, Natalys descubrió a Cristo en la esquina de un callejón empujando la puerta de la pequeña capilla de la ciudad de Santa Cruz del Sur, donde vivía.

La fe de la niña, que devoraba la Biblia en su tiempo libre, asustaba a sus padres. Cuando le anunció a su madre su deseo de convertirse en monja, ¡la trató como a una loca!

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Sin embargo, había algo más en esta pequeña niña con un carácter demasiado fuerte como para desanimarse. Desde el nacimiento de la Infancia Misionera en Cuba, Natalys estuvo apasionadamente comprometida con esta institución.

En la década de 1990, hablar libremente sobre Dios seguía siendo peligroso en este país y la memoria colectiva continuaba marcada por esos religiosos enviados a campos de trabajos forzados por profesar su fe.

Sin desanimarse, sin embargo, Natalys compartía con una simplicidad desconcertante a su alrededor los textos del Evangelio que la alimentaban.

Un sueño misionero hecho realidad

La frescura de la niña cubana se vio fuertemente afectada por la enfermedad. Muy temprano, se le diagnosticó un tumor cerebral.

En aquel momento, Natalys, que conocía bien la vida de santa Teresa del Niño Jesús, se sometió sumisamente a la escuela de la Carmelita. Si cambió el mundo desde su celda, ¡nada le impedía a ella hacer lo mismo!

Así que se puso a orar por la misión desde su cama, llevando los buenos consejos de Teresita al otro lado del Atlántico.

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Pero la adolescente tenía un sueño muy específico: que la Infancia Misionera se pudiera establecer en todas las diócesis de Cuba.

Llena de confianza, ella ofreció sus sufrimientos a Dios para este propósito. “La infancia misionera estará presente en todas partes en Cuba”, le repetía alegremente a su amigo Felito, el laico que inició este trabajo en el país de Fidel Castro.

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Cuando aún no tenía 16 años, la joven murió en paz, el 2 de julio de 1995. En una nueva primavera, la Infancia Misionera Cubana recibió docenas de cartas de obispos que deseaban para ver esta institución establecida en su diócesis.

En su familia, la corta vida de Natalys también causó gran impresión: sus padres se convirtieron al cristianismo y su hermano eligió ser sacerdote. “La oración es el alma de la misión”, dice el papa Francisco. La vida de esta niña cubana es prueba de ello.

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