Una fabulosa obra de teatro para una tarde con niños en casa

Tres generaciones de una familia numerosa están de celebración con motivo del ochenta aniversario del abuelo. La comida se ha acabado y llega la hora de la sobremesa.  Los ocho niños (en edades comprendidas entre los 3 y los 7 años) han abandonado la mesa de los mayores y corren por la casa sin propósito conocido. Circulan por todas las habitaciones, a veces se pelean, gritan un poco y reclaman la atención de los mayores.

Uno de los padres, Miguel, el hijo menor de Ramón y María, los abuelos, se queja de que no hacen nada y además molestan. Gabriela, cuñada de Miguel, que es maestra, señala que se les podría organizar una obra de teatro a estos niños que parecen aburridos pero que no están quietos.

Gabriela propone que representen un sencillo cuento donde: “Un rey viudo quiere casar a su hija, la princesa Rosa, con el príncipe más valiente de los reinos colindantes.  El propósito del rey es liberar a su pueblo de un gigante que a veces destruye las cosechas y en otras ocasiones pisotea a las vacas que pacen en los montes.

Se presenta el príncipe Rafael, de un reino cercano,  y acepta el reto. Se va en busca del gigante. Y una vez lo encuentra se da cuenta de que está sentado y medio dormido. Entonces, en vez de enfrentarse a él,  se sube  a una mesa y se acerca, libre de todo miedo, para  hablarle bajito al oído y así convencerle  de que ayude a los habitantes del reino en vez de asustarlos y malbaratar su trabajo.

Pasan los días y regresa con el gigante que se ha vuelto bondadoso y además ha decidido que, si le dejan dormir, ayudará a los campesinos a reconducir las aguas en canales  y remover algunos montes para facilitar el cultivo en campos más llanos. Solo pide comida y que respeten su sueño pues el gigante dormita casi todo el día.

A partir de ese día los habitantes del reino harán menos ruido pues ya trabajarán más tranquilos.  El príncipe Rafael se casa con la princesa Rosa y colorín colorado este cuento se ha acabado.”

En seguida salta Dolores, la hermana mayor, y dice que eso es imposible con estos pequeños saltarines. Sin embargo su marido, Juan, que es un gran lector y padre de los dos niños de más edad, de 5 y 7 años, acepta el reto y se postula para explicarles el cuento.

La abuela se lamenta ante la dificultad del proyecto y dice que querrán disfrazarse y lo revolverán todo. El abuelo sonríe. La maestra, Gabriela,  interviene y dice que cada uno se distinguirá por un objeto que le caracterizará:

  • La corana del roscón de reyes del año pasado diferenciará al rey.
  • Una rosa blanca de tela lucirá en el cabello de la princesa Rosa.
  • El príncipe Rafael cabalgará sobre el bastón del abuelo.
  • El gigante, que será interpretado por el mayor por ser el más alto de los nietos, aparecerá con unos zapatos enormes y una americana inmensa que han encontrado también en el armario del abuelo.
  • Los habitantes del reino llevan un pañuelo en la cabeza con cuatro nudos.

Los niños aceptan la propuesta, dicen sí y no cuando toca pero solo con la cabeza, sin palabras.

Se dan los pasos: Juan les cuenta el cuento; Gabriela explica los disfraces y, los niños, como conducidos por un ensalmo, desaparecen. Se van con sus disfraces-objeto improvisados y en seguida el jolgorio amaina y se hace el silencio.Abuelos, hijos e hijas, cuñados y cuñadas se miran sonrientes pues no se les oye.

En seguida los mayores se olvidan de los hijos y nietos  y continúan sosegados con su sobremesa. Al cabo de casi media hora aparecen los niños la mar de dispuestos. Muy serios.

Organizan el escenario, se recoge la mesa y piden permiso para que el príncipe Rafael se suba a una silla para cuchichear al oído del gigante adormilado. Se levanta el telón y empieza la obra. Todo va de perlas: a veces algunas palabras no se entienden pero el contexto las aclara.

Los más pequeños asienten y niegan con la cabeza y todos, al finalizar la obra, acaban saludando a los mayores con una solemne inclinación. Segundos después todos los niños reciben, con gran orgullo, una ovación cerrada por parte del “público asistente”.

¿Qué ha pasado?

Muchas cosas.

Los niños han jugado con un propósito. Y se han puesto manos a la obra.

Y es que les apetecía la atención de padres y abuelos. Deseaban tanto esas miradas que se han organizado y se han autorregulado: obedeciendo a quien hacia la mejor propuesta y obedeciéndose consecuentemente a sí mismos en la línea de la mejor solución.

El psicólogo ruso Lev Vygotsky (1896-1934) establece un gran paralelismo entre el juego teatral y la autorregulación. Este juego exige activar y coordinar, asignar y respetar unos roles muy concretos. Y se debe hacer de tal modo, en la representación de un relato, que solo puede alcanzarse este objetivo a través de una refinada autorregulación colectiva.

Y en esa dirección destacan los disfraces-objeto sustitutivos que juegan un papel importante. Los niños han de dominar la diferencia entre el objeto real y el objeto imaginado (un bastón que se convierte en un caballo). Ahí crece el contraste entre las ideas internas y la realidad externa. Crece una mente capaz de simbolizar y re-simbolizar. Asimismo los escenarios convierten una habitación en un palacio.

Unos aprenden un texto y deben recitarlo aunque sea muy improvisado, otros deben ejercitarse en callar y estarse quietos asintiendo o negando. Se formulan entonces un importante número de reglas que hay que respetar pues sino no hay juego: ¡y todos quieren jugar! Se dominan, se contienen, aceptan las reglas y las llevan a cabo, entienden las nuevas claves simbólicas y las asumen: eso es autorregulación y superación del juego impulsivo anterior a la propuesta de ofrecer una representación de un príncipe valiente.

Y los niños y niñas están regulándose también en lo que se denomina el habla privada (explicarse a uno mismo lo que hay que hacer) que entonces adquiere una sostificación importante y que se convierte en modelo para futuras autorregulaciones.

El rey sabe que  tiene unos textos pero no todo el protagonismo y se dice a sí mismo: “Soy el rey pero hablo cuando toca y salgo de escena y callo el resto del tiempo aunque me apetezca hacer el tonto y que todos me presten atención”.

El rey y cada personaje respetan su turno: es tan importante callar como hablar y recitar el corto texto que a cada uno le corresponde. Ahí están presentes las tres funciones ejecutivas: mantener el texto a mano en la mente desde la memoria de trabajo (1); inhibir el impulso(2) de romper el orden de la magia del teatro; manejar el pensamiento flexible (3) que obliga a estar atento a todo lo que sucede en escena y saber cuándo de nuevo hay  que intervenir.

Ejercitar estas tres funciones ejecutivas es crecer en autonomía, atención, iniciativa, respeto por los intereses de los otros y tenacidad.

Es crecer en autorregulación en unos años (de 2 a 6: la etapa preescolar) en los que se debe superar la tentación de mandar y no obedecer y que afecta a todos los niños. La inmensa mayoría de los niños aspiran secretamente a convertirse en un infante tirano al que hay que satisfacer en sus caprichos pues amenaza siempre con una pataleta como forma de coaccionar a los mayores.

Autorregularse es madurar. Pero mandar sobre los padres, a menudo incapaces de establecer reglas, es seguir creyendo en la propia (e imposible) omnipotencia.  Y frente al sueño de omnipotencia emerge el juego dramático de socialización, de colaboración, de respeto, de amistad.

Se habla también en esta línea de juego socio-dramático. Juego que enseña a diferir la primera satisfacción a favor de una satisfacción posterior de mayor calado: representar un cuento y recibir los aplausos de los padres tras la tarea bien hecha.

Hay que recuperar el juego de siempre en casa y en la escuela. No todo deben ser ejercicios puramente académicos. O solo entretenimientos en soledad ante una pantalla. El aprendizaje lúdico en la primera infancia es fundamental. La autorregulación en la primera infancia es un predictor de un buen futuro académico y, a menudo, la antesala de una vida ordenada, con objetivos familiares, sociales y profesionales alcanzados.

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