Si eres creyente, este es el mejor servicio que puedes hacer

Con servir basta para tocar un día el cielo. Tengo que estar contento con hacer simplemente lo que tengo que hacer. Sin esperar la recompensa del aplauso y el premio. Sin pretender que detrás de mi entrega vengan frutos visibles.

Sólo tengo que ponerme a servir. Tan sencillo como eso. No pretender que me sirvan. Ponerme en manos de María sin esperar nada. Sin exigir nada.

¿Y cuál es el mejor servicio que yo puedo realizar? “Dirigir a toda realidad una mirada de esperanza es el mejor servicio que los creyentes podemos aportar al mundo de hoy“.

Mi mundo necesita esperanza. Necesita creer en medio de las dudas y las desconfianzas. Mi servicio es traer esperanza a un mundo que tiene miedo y sufre.

Ser luz en medio de la noche. Aire fresco en el calor sofocante. Me gusta ver así mi servicio. Un servicio oculto, en lo pequeño.

Y luego, al final del día, agradecer a Dios porque he podido estar a su servicio sin quejas, sin dejar de luchar un instante. Esa actitud es la que quiero tener cada mañana. La actitud del que sabe que todo lo que hace es por amor.

El servicio es amor. El servicio al que menos tiene, al que más sufre. Esa forma de vivir la vida es la que yo quiero vivir. Un servicio oculto, que no busca el aplauso ni el reconocimiento.

Me gusta vivir así. Sin pretender nada. Servir cada día buscando el lugar sencillo donde Dios me quiere. Hacer todo lo que Dios me mande. Sin buscar nada más. Sólo entregar mi vida con sencillez, con alegría.

El mayor servicio es el que se hace con una sonrisa, con un corazón lleno de esperanza y alegría. Pero me cuesta dar sin esperar. ¿Quién es capaz de no esperar nunca nada? ¿Cómo sé hasta cuánto puedo esperar?

He aprendido que es más bello y gratificante dar que recibir. Enriquece, me hace más hondo. Ensancha el alma. Me vuelvo mejor persona cuando vivo pensando en dar. Sin buscar mi propio bienestar. Sin pretender estar yo bien.

Es un misterio. Doy y recibo más a cambio de mi entrega. Pero a veces veo que doy mientras espero recibir algo a cambio. Tal vez no sea conscientemente. Pero en mi corazón anida esa esperanza.

No lo quiero hoy, de forma inmediata. Pero a lo mejor sí mañana. O en algún otro momento. Ayudo por si algún día necesito yo ayuda. Doy por si algún día puedo recibir.

Dar sin esperar nada a cambio es una gracia, un don de Dios. Esa actitud me lleva a perder el miedo de compartir. Doy mi vida, regalo una palabra, una sonrisa, un gesto. Soy creativo con mis detalles.

Pienso en lo que los demás necesitan. Me pongo en su lugar y los sirvo. Para que saquen de su corazón la mejor versión de sí mismos. Es mi mejor manera de servir.

Sirvo desde la verdad de cada uno. No impongo mi forma de ver la vida. Simplemente doy para que otros tengan. Con sencillez. Sin más pretensiones.

Mi problema es cuando me dedico a servir mis propios intereses. Lo que yo deseo, lo que me hace falta. No pienso en los demás, en los débiles, en los que no tienen. Pienso sólo en mí, en lo que a mí me hace falta. Esa actitud es la que mata mi servicio. Mata mi alma y me cierra en mi carne egoísta.

Abrir la mirada al prójimo, al que no conozco, al que me necesita, es la actitud que me salva. 

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