Quiero morir, ¿qué hago?

Elías caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: «¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis antepasados!». Se acostó y se quedó dormido bajo la retama. Pero un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!». Él miró y vio que había a su cabecera una galleta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se acostó de nuevo. Pero el ángel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!». Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, la montaña de Dios” (1 Reyes 19, 4-8).

Elías era un hombre cualquiera, y tenía muchísimo miedo de darse cuenta de eso. A Él, como a todos, le costaba la oscuridad, sentirse frágil e impotente. A nadie le es fácil pasar por allí, y menos cuando el tiempo corre y todo sigue igual… Por eso, después de unos días de marcha, Elías le dice a Dios: “déjame morir no soy mejor que mis antepasados”.

Cuando nos sinceramos con nosotros mismos y con Dios nos damos cuenta de que somos pequeños. Yo no soy mi función, mis títulos, los aplausos, mis cargos… Esta es la verdad de un hombre que se pone de cara a Dios. Uno es lo que es ante Dios y no hay nada que se pueda hacer.

Desde este lugar comprendemos a un Elías confundido por su pobreza, confundido por la actitud del Pueblo y, sobre todo, por la actitud de Dios, un Elías que pide morir.

Desear la muerte no es tan extraño, porque si la vida es lo que uno experimenta o siente, no sé si vale del todo la pena vivir. Grandes santos como Ignacio, Francisco o Teresita experimentaron algo parecido y lo abrazaron. Comprendieron que su Vida era más que eso.

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Sin embargo, el momento de desear la muerte, ese aparente fracaso, ese quiebre, ese no poder más es esperado por Dios. “¡Por fin! -dice Dios- no sabes lo que me costó que reconocieras que no puedes más”.

La mitad de la vida se nos puede gastar defendiéndonos de la experiencia de nuestra pequeñez. Nos cuesta reconocer que somos pobres y que no podemos nada. Y Dios dice: es lo que hace rato deseo que comprendas.

Solo en la extrema pobreza podemos comprender nuestra verdadera pequeñez, una gran verdad: que entre el santo y el pecador hay solo un paso, no un abismo. Que solo Dios es Dios.

Levántate y come, te espera un largo camino”.

Solo en la pobreza extrema el hombre se puede hacer humilde receptor de lo más sagrado. Como cuando el Señor le dice a Pablo: “Te basta mi gracia”, le decía: Pablo, te necesito consciente de tu pequeñez de tu impotencia.

Sería un terrible error la soberbia de creer que Dios es una conquista que podemos hacer por nuestros esfuerzos. La santidad es un don de su gracia, no el premio a nuestro esfuerzo.

Lo gratuito no se compra, se recibe, y lo reciben en plenitud los que se dan cuenta de que no lo tienen y que lo necesitan profundamente.

Sin los cimientos de la verdadera humildad no podemos ser instrumentos de Dios. Para que Dios pueda realizar grandes cosas a través de alguien, y ese alguien no se envanezca, hace falta que sea muy consciente de que es muy pobre.

Elías confirmará a sus hermanos porque ha vuelto del fracaso, ha conocido el límite. Qué necesario es que alguien pueda confirmar y animar, no aplastar, porque él sabe lo que es caer y levantarse.

Elías se lleva una gran sorpresa. “Levántate y come, te queda un largo camino por andar”.

Cuando nosotros decimos: ya no se puede nada, Dios dice: “Ahora empieza todo”. Cuando Elías llega al Monte, ¡sorpresa! Dios no es tormenta, no es terremoto como creía Elías. Dios no es un Dios de castigos.

Dios es brisa suave, es Paz, es Amor. El misterio escondido desde toda la eternidad, y manifestado a nosotros en los últimos tiempos, ¿cuál fue? Es que su rostro más profundo es “Abbá”, querido papá” (P. Manuel Pascual).

Después de eso Elías tiene que ir a tierras extrañas y Dios le encomienda su misión a otros. Elías va a tener que comprender algo hermoso y duro a la vez: nadie es imprescindible sino solo Dios.

Elías parte en paz, no se entristece, porque cuando Dios le pregunta “¿qué haces aquí?”, él responde la verdad: arde en celo por Dios.

Por eso, al descubrir la trascendencia de Dios, su misterioso obrar se alegra y calla. Él no sabía que Dios era mucho más de lo que él creía, y hacía mucho más de lo que él sabía. Su imagen de Dios era limitada, por eso, cuando comprende es capaz de partir en silencio y dejar lugar a otro.

Para quien ama eso es una alegría, y no una tristeza. Dios es Dios y eso basta.

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