¡Nos ha tocado la lotería!

Aún faltan unas semanas para que llegue la Navidad y muchas personas, a pesar de que saben que es muy difícil ganar, ya han comprado su décimo para el popular sorteo del día 22 de diciembre.

Todos conocemos al amigo de un amigo al que le tocó un buen pellizco. Año tras año el bombo de las bolitas de la suerte gira una y otra vez pero, al final, casi siempre nuestra ilusión se convierte en desilusión.

No nos ha tocado nada y lamentamos nuestra mala suerte sin darnos cuenta de lo muy afortunados que somos.

Pero… ¿Qué es la suerte? Suerte es tener un techo donde abrigarnos. Suerte es tener a gente que nos quiera y se preocupe por nosotros o tener algo que comer. Y suerte es compartir lo que somos y lo que tenemos con los demás, especialmente con los más pobres y necesitados.

Sí, hay más gozo en dar que en recibir. ¡Qué bien lo expresaba san Francisco de Asís!:

“Es perdonando que se es perdonado
es dando como se recibe
es amando como se es amado”.

¿Cómo podemos considerarnos poco afortunados si somos hijos de Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza? Lo primero que deberíamos valorar es que la verdadera suerte es la vida misma que hemos recibido.

La vida no la conquistamos, ni la merecemos, ni la compramos: la recibimos. Es un don que nos ha sido dado. Un precioso regalo de Dios que nos da la oportunidad de existir. ¡Qué privilegio haber sido elegidos por Él!

La vida es un valioso don para cuidar y compartir que, si lo entregamos a los demás, se acrecienta y se disfruta con mayor intensidad.

La vida es dicha, es un sueño maravilloso, es una oportunidad, un desafío apasionante. Pero sobre todo es amor. Merece la pena que la disfrutemos a pesar de las adversidades y contratiempos que nos podamos encontrar en el camino.

Muchas veces olvidamos que deberíamos agradecer y convertir cada instante que vivimos en un momento de gozo, de plenitud y de felicidad.

Por eso, podemos decir que la lotería ya nos ha tocado. La vida es el mejor premio.

Nuestra suerte es saber que Dios nos ama con locura. Nuestra suerte es conocer a Jesús. Nuestra suerte es sentirnos amados por Él. Nuestra suerte es tener a la Virgen como madre protectora.

Nuestra suerte es saber que Dios nos cuida y quiere nuestra felicidad plena. Nuestra suerte es saber que Él nos está esperando para regalarnos la vida eterna. Eso sí que es un premio gordo, el premio más gordo que pueda existir.

Queridos hermanos, cuando nacemos, lloramos mientras a nuestro alrededor todos sonríen de felicidad. Vivamos la vida de forma que, cuando tengamos la muerte cerca y todos a nuestro alrededor lloren, seamos nosotros los que sonriamos pensando en el premio que vamos a recibir.

Esa sonrisa será nuestro mejor legado y un gran ejemplo para que los nuestros comprendan que la vida es el mejor premio.

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Por Juan José Omella, arzobispo de Barcelona

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