“Crié a mis nietos y ahora ni siquiera vienen a verme”

En aquel asilo para ancianos desvalidos y aquejados por enfermedades, una perspicaz mirada bastaba para notar en sus rostros, la velada tristeza de un abandono inútilmente disfrazado de caridad y profesionalismo, por quienes los atendían.

Sin embargo, en sus coloquios, el resentimiento estaba presente, pues más de una vez los escuché hacer comentarios como:

  • “Mis hijos, de mi casa se llevaban objetos de decoración, muebles y todo lo que podían. De hijos casados pasaron a ser ladrones disfrazados”.
  • “En ocasiones nos solicitaban prestamos de dinero, que luego no nos devolvían, sabiendo que no se lo reclamaríamos”.
  • “Cuando me enfermé y estuve grave, se preocuparon porque no muriera intestado, sin testamento, que por llamar a un sacerdote para que me asistiera en la habitación del hospital”
  • “Fuimos nosotros los que terminamos criando a nuestros nietos, y ellos ni siquiera vienen a vernos”

Lo verdaderamente cierto, es que en el fondo de sus historias se encuentra la ausencia de un amor incondicional, como amor justo de los hijos a los padres, desprovistos estos de toda utilidad o provecho.

Porque amarlos así, es venerarlos solo por ser quienes son, es decir, solo por ser “estos nuestros padres” o “nuestros abuelos”. 

Por ello, cuando los hijos dicen “mis padres”, con ese “mi” reconocen que además del vínculo biológico: el que amorosamente hayan hecho de sus vidas una entrega de servicio hacia ellos, y que, en ese sentido, han sido y son “suyos”.

Entonces la correspondencia natural del hijo, es y debe ser, el amor de veneración.

Sin embargo algunos hijos no reconocen que esta sublime forma de amor, no queda satisfecha por la contratación de unas enfermeras muy competentes, o el ingreso a una residencia para ancianos, por muy lujosa que esta sea.

Es así, porque resulta cruel delegarle a ciertos profesionales o a una institución, la función de ofrecerles un sucedáneo del auténtico amor, que solo puede recibirse de la familia y en la familia, con el argumento de que estarían mejor atendidos, y, “ellos así lo deseaban”.

Sucede que, más que desearlo, ante su desvalidamiento y el desamor de los suyos, los ancianos padres sienten que estorbarían, y, “para no dar lata”, piden ser internados en tal asilo de pomposo nombre, lo que los hijos “generosamente” se lo conceden, porque en ellos ha calado el egoísmo y no la hermosa realidad del amor de veneración.

Un amor al que sus ancianos padres tienen derecho.

Queda así una deuda sin pagar, ya que lo justo era darles directamente un trato y compañía intima, protegiéndolos y solidarizándose con ellos en su vulnerabilidad.

Por ello, el amor de veneración contiene y se encarna en amores como:

  • Amor de agradecimiento. Por la vida recibida, los cuidados y el noble esfuerzo por educarlos.
  • Amor de respeto y obediencia. El hijo en su vida adulta, debe atender a sus padres, solicitar dócilmente sus consejos, y aceptar sus amonestaciones justificadas. La obediencia propia de la etapa de dependencia respecto de los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que permanece para siempre.
  • Amor de protección solidaria. Llega un momento en la vida de los hijos, en que deben regresar parte o mucho de lo recibido, principalmente en la protección solidaria al velar personalmente por ellos.

Lamentablemente, ante la ausencia de este amor, el hijo, prefiriéndose a sí mismo, busca satisfacerse por encima de los padres, con lo que introduce en el espíritu de su relación un desorden y desarmonía muy grandes, con actitudes como:

  • Pudiendo ser generosos, no lo son, porque consideran a conveniencia, que sus padres no lo necesitan, minimizando su esfuerzo en cualquier forma de generosidad con ellos.
  • Pedir diferentes formas de apoyo, aun cuando estén conscientes de que para los padres, el ayudarlos signifique una forma de sacrificio.
  • Abusar de su generosidad haciéndolos desprenderse de cosas necesarias de su casa o de valor estimativo para ellos, limitando así sus posibilidades de la vida gratificante de su hogar, que se han ganado con esfuerzo.
  • No tomar en cuenta sus pensamientos y sentimientos, buscando decidir por ellos lo que más conviene a su egoísmo de hijos. 

Una forma de garantizar que los hijos velarán por sus padres, es que se acostumbren, desde edades tempranas, a darse ellos mismos, ya que suele suceder que los padres, en un malentendido de su gran amor, están pendientes solo de “estarse dando”, incurriendo en el riesgo de que los hijos solo aprendan a recibir.

Y cuando llega la etapa de vulnerabilidad de los padres, estos tristemente se percatan de que, en vez de provocar la generosidad, se ha provocado el egoísmo.

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org

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