Ante un fuerte cambio de vida, seguir siendo uno mismo

Detenerme por última vez ante un camino, un monte, un rostro, una canción. Detener los pasos súbitamente y comenzar de nuevo a andar.

Observar por última vez el mismo parque de siempre, la misma orilla del mar, ese atardecer de antes. Reconocer ese olor del aire, ese sabor del cielo, ese gusto de la vida, la misma vida.

Recordar lentamente las palabras dichas en algún momento y las calladas a tiempo o a destiempo. Recoger los silencios prendidos de las hojas de los árboles y guardarlos en lo más hondo de mi alma. Caminar por la misma carretera. Escuchar y cantar la misma canción.

Sostengo conmovido el recuerdo de un encuentro, de un rostro, de un paisaje. Calculo el espacio que existe entre un hasta pronto y un para siempre. Un espacio casi infinito.

Me detengo ante un salto en el mar que me hace temblar de miedo, de respeto, de sorpresa desde mi acantilado. Siento que voy a dejar de hacer lo que hasta ahora hacía tan fácilmente, sin problemas, sin angustias.

Y me veo emprendiendo un camino nuevo, desconocido, inquietante. Voy descalzo. Voy tranquilo. El alma se ensancha, o tiembla.

En medio de la noche creo descubrir rostros amigos. Dibujo torpemente, a mi manera, en una hoja en blanco una ruta que desconozco. Lo hago con la mirada clara, sin pretender saber nada.

Quiero aprender a beber del agua que me da vida y me quita la sed. Quizás no sea para siempre y sí solo por un momento, sin que sirva de precedente.

Decido navegar sin prisas, dejando pasar por mi alma una fila inagotable de recuerdos. No deseo llegar a la meta del siguiente día, aunque me parezca fácil.

Sé que un día no lejano todo cobrará otra luz, tendrá otros colores. Es la vida una repetición de gestos que se hacen historias, recuerdos, momentos sagrados.

Y yo, que soy un soñador empedernido, los guardo como un tesoro, muy dentro de mis entrañas. Recojo ese amor sembrado un día en un abrazo, en una sonrisa, en una mirada.

Temo ese olvido que es el cáncer que amenaza con lacerar mi alma, queriendo borrar así todo lo guardado. Contemplo arrebatado ese tesoro lleno de recuerdos, cincelado en mi vientre. Allí donde no podrá llegar el olvido.

Y es que yo no quiero olvidar sino recordarlo todo. No quiero ser un después, sino un para siempre. No quiero borrar de golpe todo lo que me ha dado sentido. No lo quiero.

Porque la vida se compone de aciertos y fracasos, de luces y de sombras. Y yo las guardo todas. Para aprender de cada decisión, de cada paso.

Por eso no quiero dejar de ser, aunque mi ausencia dibuje un vacío, un hueco de ausencia. Sólo pretendo seguir siendo yo mismo. Haga lo que haga. Esté donde esté.

¿Qué importa ese lugar en el tiempo, y ese tiempo lleno de lugares? En el cielo, un día sin tiempo, todo se unirá en un sentido pleno. Y el pasado se fundirá con un futuro cierto. Estará todo claro, al menos así lo creo.

Y mientras tanto compongo días y noches. Despierto amaneceres y dejo caer unas lágrimas al ponerse el sol. Y todo ello sin dejar de soñar con una vida nueva.

Por eso hoy viene a mi alma la letra de una canción de siempre. Sus palabras me despiertan y me hacen soñar otra vez, siempre de nuevo, más hondo, con algo muy grande:

“¿Cómo creer que la vida se escribe de pronto, en un solo silencio, en una respuesta? ¿Cómo acallar los sentidos cuando gritan vida? ¿Cómo ser un hombre con sabias respuestas? ¿Cómo hacer del mundo mi gran aventura? Rompiendo los moldes, soñando imposibles, Levantando el sol en mis manos pobres, amando la vida. ¿Cómo ser yo mismo sin más pretensiones, sin buscar elogios, sin querer la gloria? ¿Cómo amar al otro cuando grita odio? ¿Cómo ser valiente sin miedo a la vida? ¿Cómo hacer que todo en mí tenga sentido?”.

Sólo quiero amar la vida, seguir amándola una y otra vez cada mañana. Aunque duela a veces, aunque muerda y hiera. Aunque no me guste o la sienta fría. No importa. La amaré de nuevo.

Porque sólo si la amo valdrá de algo mi entrega. Sólo si me ato, si sufro y me dejo tocar por los hombres, por la vida misma.

Sé que al hacerlo a veces romperé los moldes. Los míos los primeros. Esos moldes en los que quiero contenerme para no desentonar ni herir, ni quedar mal siendo yo mismo. Esos moldes que aprendí de pequeño, como dice una canción, Remando: “De chica me decía esta es la forma correcta de andar y de dirigirme a quien tuve delante”.

Esos moldes aprendidos para recibir cariño como respuesta a mis gestos y palabras. Esos moldes contenidos en los que soy educado y correcto. Rompo esos moldes que pretenden contentar a todos, no airando a nadie.

Y rompo más moldes. Los que están escritos. Los que dicen cómo tiene que ser una persona perfecta, correcta, pulcra, eficiente. Esas personas completas que siempre aciertan y todo lo hacen a su hora, en su momento.

Es quizás por eso que sigo soñando imposibles no siendo ya tan niño. Y sigo con ese deseo tan puro de querer sostener el sol entre mis manos pobres. Ese sol que brilla en mi alma y más lejos, en lo más alto.

Guardo una esperanza sagrada en medio de la noche. Y veo en la calma que me envuelve un anhelo profundo de atravesar la tormenta.

Pero no pido hoy que cese la tempestad violenta. No quiero que huyan de mí las nubes y cesen los vientos. No quiero cambiar el presente, alterar los pasos que he dado siguiendo una estrella.

Sólo quiero, eso sí, desaprender lo que no me hace bien y aprender a bailar bajo la lluvia. Como un niño con zapatos nuevos o pies descalzos. Eso es lo que más sueño, lo que más quiero.

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