Los defectos de los demás, ¿un obstáculo o una oportunidad?

En mi pequeña fábrica, mi relación con mis excelentes colaboradores era de mínimo trato personal, por lo que solía devolverles su cortés saludo con una sonrisa apretada y sin mirarlos directamente a los ojos.

¿Qué pasaba por mi cabeza?

Valoraba a las personas por sus logros, confundiendo la sencillez con la mediocridad, por lo que trataba siempre de comparecer como el Señor Márquez, el Ingeniero Márquez, o el dueño de la fábrica tal, sin perder nunca la gravedad de ser alguien importante.

Era mi forma de defender un “ego” que me había fabricado, que resultaba frágil y requería de una continua protección con un gran gasto de energía. Tal cosa hacía que no lograra descansar en mí verdadero ser.

Un día me sentí mal, y perdí la conciencia para despertar en el hospital en terapia intensiva pues había sufrido una embolia cerebral de difícil pronóstico, el cual se cumplió, pues mi recuperación fue ardua y penosa.

Durante ese tiempo, mis contadas y selectas amistades eventualmente me llamaron con una formalidad que hablaba más de compromiso que de verdadero interés.

En cambio, mis trabajadores constantemente me hicieron llegar sus deseos de una pronta recuperación, por diferentes medios y formas, como tarjetas, flores, oraciones, llamadas y el grupo de WhatsApp de la empresa en el que me incluyeron… Me sentí avergonzado al darme cuenta de que me hacían ver con nitidez el lado humano de nuestra relación, que por una equivocada auto afirmación pretendía ignorar, y que entonces se convertía en verdadera motivación, consuelo y acompañamiento.

Ya en casa, aun postrado en cama, al recibir las solicitas atenciones de nuestra auxiliar doméstica, a la que igual solía ignorar, tuve el definitivo motivo para serias reflexiones como:

¿Por qué a cada uno,  nos ha tocado convivir con unas personas determinadas y no con otras, en tal o cual tiempo y lugar de nuestras vidas? Es decir, ¿por qué  tales padres, tales hijos, tales hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, etc., y no otros?

¿Cómo interpretar el que todos aquellos con quienes convivimos y nos ha tocado tener al lado, son todos seres únicos e irrepetibles en sus cualidades y defectos?

Si la respuesta la buscamos con honestidad, entonces nos encontramos con que así lo dispuso un Dios providente. 

Siendo así, entonces… ¿Por qué?

Porque son precisamente aquellos que por sus características singularísimas nos pueden ayudar, lo mismo con el ejemplo de sus virtudes que nos edifican; que por humanos sus defectos, gracias a los cuales desarrollamos virtudes que precisamente nos hacen falta, y nos permiten sacar adelante la relación, ayudándolos.

Sin embargo, son las limitaciones, defectos y carencias ajenas los que usualmente nos hacen restar valor a una relación.

Cuantas crisis existenciales he escuchado en expresiones como: ¿Con mi mujer que no para de hablar y regañarme, por quítame esas pajas? ¿Con ese compañero de trabajo insoportable? ¿Con mi vecino que no tiene mi nivel socio económico? ¿Con tales y cuáles que tienen defectos innegables?

¿Acaso ellos me pueden ayudar a crecer? La respuesta es: sí, precisamente ellos.

Y lo hacen desde tres aspectos fundamentales:

  • Primero. Porque contrastando con sus defectos, nosotros podemos desarrollar virtudes para ser más ecuánimes, más pacientes, humildes, sencillos.  Y al suplir con creces las carencias de la relación… crecemos, y los podemos entonces ayudar.
  • Segundo.  Por ellos aprendemos a no valorarnos, ni a juzgar a los demás solamente por las facultades o logros, pues cada persona posee un valor y una dignidad únicos, independientes de su “saber hacer”.
  • Tercero. Nos enseñan a no retraernos, sino a abrirnos libremente para crear vínculos por los que aprendemos a querer y dejarnos querer como la mejor forma de crecer, pues solo quien se interesa por nosotros se decide a pasar por el trance de corregirnos.

Recuperado, regresé a mis actividades, abriéndome ahora si con sencillez y naturalidad al trato personal por el que pude saber que atrás de “cada quien” había una historia de luchas, logros, vicisitudes y alegrías: como una orgullosa graduación, un hijo enfermo, la venida de un nuevo miembro a la familia, tales o cuales circunstancias…

Ahora si veía a los ojos, como el espejo del alma, a mi auxiliar doméstica, al chofer, al guarda, al operador de una máquina, hasta mi más cercano colaborador.

Aprendí por ellos, que lejos del éxito que la sociedad celebra, lo que verdaderamente nos une, no son solo las relaciones formales, normas, reglas, etc., ni es estar simplemente “junto al otro” en la familia, en el trabajo u otras circunstancias; sino en “ser con el otro”, es decir compartiendo nuestra intimidad para conocernos, apreciarnos, ayudarnos y sobre todo, para conservar y abrirle espacios al amor humano.

La persona humana sin apertura personal a otras personas, al mundo y a Dios no se mantiene ni se entiende. Juan Fernando Sellés.

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org 

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