¿Quién soy? ¿Cómo descubrirlo?

Una de las primeras preguntas que surgen en nuestro interior cuando tenemos que responder ante nuestra vida es saber quiénes somos, qué queremos y cuáles son los deseos fundamentales de nuestro corazón.

A veces no saberlo nos hace experimentar un gran vacío y, cuando carecemos de recursos, solemos suplir lo que nos falta con lo primero que viene o, simplemente, con lo que tenemos a mano pues se nos hace insoportable sentir el abismo que tenemos dentro.

¡Cuántas veces nos pasa! Volcamos nuestro corazón en su totalidad a personas, situaciones, experiencias, trabajos… y, luego, mirando hacia atrás, caemos en la cuenta de que estamos insatisfechos y que no tenemos idea de cómo y dónde empezar de nuevo.

Lo primero es comenzar a trabajar por saber lo que queremos, lo que deseamos y lo que hay en nuestro interior.

Para empezar, es importante no confundir lo que somos con lo que sentimos, o mejor dicho, no totalizar lo que somos en los sentidos y la experiencia.

En lo que siento, no entra todo. Entra mucho, pero no la plenitud. Los sentidos son una expresión de ella. Lo que sentimos es una pista de lo que está más en el fondo.

Por ejemplo, para poder sentir amor o saber que tengo un amor, necesito primero escuchar y recibir. No voy a saber que soy amado si alguien no me lo evidencia, si no lo recibo mediante una palabra o un gesto. Nadie puede indagar en su totalidad los sentimientos de otro.

Lo que sentimos frente a nosotros mismos, frente a Dios, frente a los demás y frente a la realidad es una ventana que facilita una primera mirada para ir más adentro.

Por eso para aprender a vivir, para encontrarnos es necesario educarnos a estar en la vida. Se aprende rezando a estar con los demás y, estar con los demás, nos enseña a rezar.

Hay un tipo de comunicación silenciosa que me permite entrar en contacto conmigo mismo, con el otro, con Dios y con la realidad. Un tipo de encuentro que implica estar y no solo sentir y razonar.

Implica mantenerme en actitud de sencillez profunda y amorosa, esa actitud que me permite estar frente a la vida; detenerme, mirar un paisaje, una obra de arte, y desde esa actitud, entrar en encuentro con el otro.

Orar la vida es ponerme ante mí mismo, ante la realidad y llevarlo luego ante Jesús. No ir a la vida y a la oración desde una cascada de requerimientos y pensamientos propios; sino permitir que estos broten en mi interior a través de la contemplación.

Para silenciarnos podemos imitar la actitud que Jesús tuvo en Emaús: la de escuchar y dejar que del corazón de los discípulos brotara lo que estaba sucediendo en su camino.

Para mí implica fundamentalmente evitar la “sola soledad” y permitirme estar en presencia de una “soledad acompañada” por Jesús. Descubrir que llego a la capilla, no a comenzar un dialogo con Él, sino a continuar en su presencia dejando mis resistencias y permitiéndome estar ante Él.

Esta no es otra que una actitud de fe. Una mirada que nos permite descubrir la huella que hay de Dios en todo y ponderar en nuestra vida hasta dónde alcanzamos, con los sentidos, a responder a la pregunta de quiénes somos.

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