4 lecciones de san Agustín para evitar compartir en exceso nuestra vida

San Agustín escribió la que quizás sea la primera autobiografía en la literatura occidental. Sus Confesiones traza un largo viaje interior desde su juventud como “playboy” hasta su conversión. En ella, comparte detalles íntimos sobre sus pecados pasados, sus lamentables opciones de vida y su culpa. Relata conversaciones íntimas con su madre y cómo lidió con su muerte, recuerda a los amigos con los que jugaba cuando era niño y da paso a todo tipo de reflexiones abstractas sobre la naturaleza del tiempo y las motivaciones de por qué hacemos lo que hacemos.

Su nivel de honradez y vulnerabilidad debió haber conmocionado a sus primeros lectores. En ese momento, la literatura no revelaba emociones y diálogo interno, por lo que este nuevo estilo de “escritura confesional” seguramente debió haber parecido a los lectores que era lo que podríamos llamar hoy “compartir demasiado”.

Pero Agustín no estaba compartiendo demasiado. No tomó fotos de todas sus comidas y no las publicó en Internet; no proclamaba lo decepcionado que estaba con determinada persona; y no actualizaba su cuenta constantemente con live-blogging, sin forma, en un estilo de flujo de conciencia.

Aunque Agustín entra en detalles íntimos sobre su vida, su intención no es ser el centro de la atención. Cuidadosamente guía a sus lectores a través de la historia de su vida con la esperanza de que aprendamos de sus errores y desarrollemos asombro por las circunstancias milagrosas que influyen en cada vida humana.

Hoy uso de la escritura de “estilo confesional” ha explotado. Todos lo hemos visto; probablemente incluso lo hemos hecho. Vamos a las redes sociales para compartir detalles escandalosamente íntimos sobre nosotros mismos y revelando demasiado, ofrecemos comunicaciones mal concebidas que carecen del matiz y el propósito del confesionalismo de Agustín. Ahora confesamos por confesar.

Nuestra cultura está saturada de esto. Los aspirantes a celebridades se dedican a aparecer en la telerrealidad y revelar detalles vergonzosos sobre ellos mismos a millones de extraños, a los políticos se les pide que revelen todo sobre sus vidas privadas y lo que hicieron en la escuela secundaria, las estrellas de cine anuncian relaciones y se separan en la prensa rosa, los atletas escriben libros en los que lo dicen todo. Nada está oculto, nada es privado, nada es sagrado.

Aquí hay algunas lecciones de San Agustín sobre cómo encontrar esa delgada línea entre la vulnerabilidad honrada y el compartir demasiado.

1

LA VULNERABILIDAD NO ES UN ARMA

Hay veces que compartimos algo horrible sobre nosotros mismos, no por humildad, sino porque anhelamos atención. La vulnerabilidad se convierte en un arma que manejamos. Es una manera extraña de aferrarse al poder, una forma de controlar una relación.

Cuando San Agustín comparte sus vulnerabilidades, lo hace no para hacerse la víctima sino para ilustrar cuánto se alejó de Dios. Él alienta a aquellos que se sienten perdidos, sin esperanza y culpables a ver que la vida puede cambiar gracias a la gracia, la oración y la reconciliación.

Cuando decidimos revelar algo muy vergonzoso sobre nosotros mismos, primero podríamos preguntar cuál es nuestro propósito: ¿es consolar a un amigo? ¿Para mostrar solidaridad? ¿Para revisar un pasado equivocado? Si es así, ¡comparte!

2

No utilices el compartir como una droga

Cuando te encuentras en un estado altamente emocional, el compartir se puede utilizar para una rápida descarga de sustancias químicas que calman el cerebro llamadas dopamina. Debido a esto, una comunicación particularmente confesional proporciona una sensación de bienestar, especialmente si obtienes una respuesta fuerte. Nuestros cerebros están programados para disfrutar particularmente de las interacciones digitales que pueden resultar.

Sospecho que un resultado similar ocurre cara a cara. Hay una oleada de alivio al decir algo totalmente embarazoso porque causa una reacción distinta en quienes nos rodean. No digo que haya algo malo en la vulnerabilidad, pero debemos tener cuidado de no hacerlo solo por la solución rápida que parece venir con ella. Una ola de bienestar químicamente inducido no significa que todo esté bien de repente.

San Agustín comparte no para sentirse mejor consigo mismo, sino para alentarnos a pensar seria e introspectivamente sobre nuestro yo interior. Este es el arduo trabajo que viene después de compartir, pero es lo que crea una reconciliación verdadera y duradera con nuestros defectos y proporciona la base para un cambio duradero.

3

COMPARTIR NO ES suficiente

Expresar públicamente un oscuro secreto no resuelve los problemas de fondo. Puede ser un primer paso, pero hace falta mucho más para que la confesión sea sana. Particularmente cuando se lucha con la culpa, solo una verdadera confesión servirá: una disculpa directa con una oferta de reparaciones, una intimidad compartida con un amigo de confianza para obtener consejos o una confesión a un sacerdote para recibir el perdón de Dios.

Todos estos tipos de confesión crean vínculos duraderos y tienen seguimiento. San Agustín escribió sus confesiones para describir cómo lidiar con sus problemas creó la motivación para cambiar su vida. Quiere ayudar a sus lectores a hacer lo mismo. Deberíamos tener un motivo igualmente noble.

4

No compartas tu intimidad de manera frívola

Admitimos detalles enormes y vergonzosos sobre nosotros mismos, pero somos lentos para hacer algo al respecto. De hecho, sucede lo contrario a menudo. Si alguien sugiriera que el contenido de la confesión es la base para mejorar en el futuro, esa persona es acusada inmediatamente de ser crítica. La persona que confesó el problema se empeña en justificarse.

En este escenario, esa confesión no es una señal de progreso en absoluto, simplemente una forma de normalizar y descartar los problemas que me agobian. Incluso si quien confiesa algo admite que se ha equivocado, admitirlo en realidad no le exime de culpa.

Para mí, ir a las redes sociales y hablar sobre lo arrogante que soy y lo mal que me siento al respecto no significa que, como fui sincero, no siga siendo arrogante. Esto no es lo que hace San Agustín. Cuando admite el robo, por ejemplo, lo hace para señalar que sus acciones fueron inaceptables y su dolor al respecto condujo a grandes cambios en su vida.

Entonces, ¿qué tiene de bueno la cultura confesional? Bueno, la honestidad, la humildad y la vulnerabilidad son virtudes que todos podríamos beneficiar de practicar. El ejemplo de San Agustín muestra que hay un valor real en ser abierto y honesto.

Sin embargo, lo que también nos muestra es que una confesión pública no es un sustituto del arduo trabajo de autoexamen y lucha por el progreso espiritual. Una confesión real siempre tiene consecuencias, siempre tiene un propósito y es el primer paso en un viaje de toda la vida hacia la paz y la felicidad.

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