¿Y si yo fuera la mamá o el abuelo de Angie Valeria?

Cuando escribí la nota de la muerte de Óscar Alberto Martínez Ramírez, salvadoreño de 25 años de edad, y de su hijita Angie Valeria, de apenas 23 meses, tratando de cruzar el Río Bravo para llegar a Estados Unidos, había visto su fotografía en un diario local de Matamoros (Tamaulipas, México).

No me atreví, ni siquiera, a explicarla a los lectores de Aleteia. Una profunda tristeza, rayana en el llanto (ya decía Kapuscinski que los cínicos no son aptos para esta profesión) me invadió: mi nieta es cuatro meses mayor que Valeria. Era más, mucho más, del dolor que podía soportar.

Tuve que hacer la reseña. El periodismo es un trabajo, en ocasiones, brutalmente despiadado. No respeta horarios, pero tampoco acepta traslucir emociones. El perplejo imán de la objetividad atrae el teclado del ordenador. Como cuando uno narra una tragedia de la que es víctima: tiene que desdoblarse.

Qué difícil desdoblarse cuando uno acaba de ver, en el crucero cercano a casa, a una niña-madre hondureña pidiendo ayuda con su pequeñito colgado a la espalda. ¿Y si ella fuera la siguiente mamá de de la siguiente Angie Valeria? ¿Y si yo fuera el abuelo de Angie Valeria o de esa pequeñita que asoma sus ojos chispeantes?

Ayer el Papa Francisco, a quien, de veras estas fotos, estas noticias, los migrantes, los refugiados, los desamparados lo tocan hasta las lágrimas, estaba conmovido. En la Audiencia General pidió que tuviéramos corazón y que les brindáramos ayuda. Antes, vio la foto. Alessandro Gisotti, portavoz interino del Vaticano, dijo que el Papa Francisco la vio “con inmensa tristeza”.

“El Papa está profundamente triste por su muerte y está orando por ellos y por todos los migrantes que han perdido la vida mientras buscan huir de la guerra y la miseria”, dijo Gisotti.

Los obispos de Estados Unidos se unieron al Papa. “Esta imagen clama al cielo por justicia. Esta imagen silencia la política. ¿Quién puede ver esta imagen y no ver los resultados de los fracasos de todos nosotros de encontrar una solución humana y justa a la crisis de inmigración?” escribieron en una declaración del 26 de junio.

“Podemos y debemos seguir siendo un país que brinda refugio a los niños y familias que huyen de la violencia, la persecución y la pobreza extrema”, dijeron los obispos. “Todas las personas, sin importar su país de origen o estatus legal, están hechas a imagen de Dios y deben ser tratadas con dignidad y respeto”.

Y agregaron: “Lamentablemente, esta imagen muestra la difícil situación diaria de nuestros hermanos y hermanas. No solo su grito llega al cielo. Nos llega a nosotros. Y ahora debe llegar a nuestro gobierno federal”.

Pero eso no va a llegar ni al gobierno de Trump, ni al de López Obrador ni a los gobiernos de El Salvador, Guatemala o al de Honduras. Aquél se quiere reelegir; el de México busca cuidarle las espaldas y ahora ha llegado al colmo de deportar más migrantes que Estados Unidos; Bukele acaba de llegar; Morales ya se va y Hernández, el de Honduras, simplemente mira para otro lado.

Es una foto, la de Óscar, ex trabajador de una pizzería en San Martín, municipio aledaño a San Salvador, y su hijita agarrada, desesperadamente, al cuello de su padre, flotando en el Río Bravo, desde luego que clama al cielo.

Pero eso apenas si les importa a los políticos. Más bien les tiene sin cuidado. Basta recordar la muerte, en 2015, de Aylan Kurdi en las costas de Turquía: ¿qué cambió? Nada. Al contrario, endureció a los duros. Como ahora, por desgracia, va a pasar.

El Papa y la Iglesia rezan y protegen a los migrantes. Están cada vez más solos. Qué mundo

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