¿Qué supondría un cisma entre la iglesia patriótica china y Roma?

La evolución del cristianismo en China” ha sido el título de una convención de expertos en la Universidad del Sacro Cuore de Milán, con especial acento en el “Acuerdo entre la Santa Sede y la República Popular China” del 22 de septiembre pasado, el cual solo puede entenderse conociendo la larga y atormentada historia de la Iglesia en aquel enorme país que encierra en sí mismo una historia y una cultura multimilenarias. En la convención se analizó también la geopolótica del papa Frnacisco.

La evangelización de China comenzó en cuatro ocasiones a lo largo de la historia, según el relator y profesor de historia de la Universidad del Sacro Cuore de Milán, Agostino Giovagnoli. La primera evangelización comenzó con los monjes sirios del siglo VII. Después vinieron los franciscanos en la Edad Media. Después los jesuitas y finalmente, en la modernidad, distintas congregaciones misioneras: las dificultades en la evangelización no han sido un problema solo de la distancia, de las diferencias culturales, de una China aislada, con una economía y un modo de vivir totalmente muy distintos a Occidente. Pero el momento duro fue cuando vino la revolución comunista de 1949, la de Mao Zedong, en que se eliminaron todas las influencias extranjeras de China, de un modo más exagerado que antes, y puso bajo control político toda práctica religiosa.

Después de la revolución, en 1958, comenzaron las ordenaciones ilegítimas de obispos católicos, es decir que eran ordenados sin mandato del Papa de Roma. Se ordenaron también obispos “clandestinos”, y de ahí surgieron como dos tipos de iglesias, la “oficial” o “patriótica” y la “clandestina” o “subterránea”. La existencia de dos iglesias no impidió que existiera una cierta relación con el Vaticano por parte de los obispos “patrióticos”. Es más, algunos de ellos, secretamente, en los años ochenta, querían la comunión con Roma, pues su ordenación “ilegítima” había sido una imposición de las autoridades: no querían vivir separados de Roma, de la Iglesia católica.

En la época de la distensión con Occidente, protagonizada por Deng Xiaoping, se inició por parte de China establecer contactos con el Vaticano, con el fin de “buscar una solución” a los problemas abiertos. Las ordenaciones ilegítimas fueron analizadas caso por caso, y si bien algunos obispos fueron excomulgados, otros, sin embargo, querían resolver el problema de la unión con Roma. La fractura entre católicos chinos ha sido en estos cuarenta años incierta y tortuosa, pero Roma nunca aceptó dos cosas: ni llamarla “iglesia del silencio”, ni llamarla una iglesia herética y llegar a una excomunión global para la Iglesia “patriótica”. 

La situación de la Iglesia en China debía tratarse de modo muy diverso a como se llevó a cabo la Ostopolitik de Agostino Casaroli, quien consiguió muy poco después de grandes esfuerzos. El papa Juan Pablo II dijo que ya no existía la “iglesia del silencio” porque “habla por mi boca”. No le gustaba esta expresión. La aproximación a China requería otra manera de acercamiento que con los países europeos. China es un país con una cultura multimilenaria, con raíces muy profundas, y el Evangelio debe caminar junto a esta cultura –junto con este modo de ser– del pueblo chino, como lo hace con todas las culturas.

La llegada de un papa argentino, Jorge Mario Bergoglio, cambió mucho el modo con que China vio el Vaticano. Bergoglio no venía de países colonizadores. No era europeo. Su atención a los pobres, y también a los países pobres, un acercamiento poco institucional a las realidades del mundo, así como la búsqueda de las periferias, han llamado la atención de las autoridades chinas. No es que el papa Bergoglio haya roto con el pasado, “sino que ha acentuado una serie de elementos ya presentes antes” lo que ha acelerado un proceso que llevaba cuarenta años incubándose.

Claro que hasta ahora solo se ha llegado a un mini-acuerdo para el nombramiento de obispos, pero lo más importante es mantener la unidad de la Iglesia en China. Y esto ha sido posible después de “escuchar, valorar y ayudar a la comunidad de católicos chinos”.

La realidad china es muy compleja, incluso la de los católicos y no se puede llegar a categorías cerradas si se quiere avanzar hacia la unidad. No se puede reducir la iglesia china a la “Iglesia del Silencio”, como hace el cardenal emérito de Hong Kong, Zen. Después de la guerra fría y la caída del comunismo, el mundo se mueve en otras dimensiones. Para el papa Bergoglio, dice el profesor Giovagnoli, “China no es solo una gran potencia política y económica, sino que representa también una gran civilización. No se trata solo, por parte de la Iglesia, de practicar el respeto a un “gobierno legítimo, sino que el respeto es a un gran país, a un gran pueblo, a una gran cultura” y conviene ayudar a China a introducirse en la comunidad internacional y animarla a sostener la paz”.

O sea, “el temor y el miedo, según dijo el Papa en una entrevista a Francesco Sisci, no son nunca unas buenas consejeras. … El mundo occidental, el mundo oriental y China tienen toda la capacidad de mantener el equilibrio de la paz y la fuerza de poder hacerlo. Debemos encontrar la manera, siempre con el diálogo; no hay otro camino. El verdadero equilibrio de la paz se realiza a través del diálogo. Diálogo no significa que termina con un compromiso, media tarta para ti y la otra media para mí. Es lo que ocurrió en Yalta y hemos visto los resultados. No, diálogo significa: pues bien, hemos llegado a este punto, puedo no estar de acuerdo, pero caminemos juntos; esto es lo que significa construir”.

E n resumen. Desde los inicios de los años ochenta, llegaron a la Santa Sede peticiones para el reconocimiento de parte de algunos obispos “patrióticos”, ordenados de modo ilegítimo, las cuales fueron parcialmente aceptadas siempre que las ordenaciones hubieran sido celebradas en situaciones de coacción y sin intenciones contrarias a la voluntad de la Santa Sede, o después de un arrepentimiento de los interesados con la consiguiente petición de perdón por cuanto habían hecho, y además sacramentalmente se hubieran celebrado según el rito de la Iglesia.

Estos hechos fueron claves para que la Santa Sede no tomara el camino de declarar un cisma para la iglesia patriótica china, y estas fueron las premisas con las que se llegó al Acuerdo firmado en septiembre del año pasado. De haberse llegado a un cisma hubiera significado atribuir a las ordenaciones ilegítimas, no solo un significado religioso, sino también el valor antropológico funcional a una contraposición entre Occidente y China, aun más radical que un simple conflicto político, económico o militar.

Además, el papa Francisco no es un Papa que procede del colonialismo europeo ni procede de un país que ha vivido y sufrido la guerra fría, aunque tampoco es un papa que practica una política antiamericana o tercermundista. El catolicismo actual, la doctrina del Vaticano II, tiene como base el encuentro del Evangelio con las más diversas culturas y civilizaciones. Esto es lo que se aplica y ahí está el secreto por el que China y Roma se pueden entender: caminando juntos, no sin obstáculos y problemas. El camino es largo. Pero a caminar juntos.

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