El mejor cumpleaños de un lustrabotas, un duro golpe contra la discriminación

Una abogada lo invitó a cenar en un restaurante de comida italiana. Al contrario de lo sucedido en otras ciudades, el embolador fue atendido como un cliente especial

Guillermo, más conocido como Memo, recibió dos regalos el 25 de julio, día de su cumpleaños: ser admitido en un restaurante y recibir un plato de salmón, algo inalcanzable para un hombre como él que rebusca el diario en las frías calles de Bogotá.

Paula Silva, la abogada que lo invitó a sentarse en una mesa en calidad de comensal y no en la calle ―como es usual en muchos restaurantes colombianos― compartió su experiencia en Facebook sin esperar que este gesto de generosidad se convirtiera en un fenómeno viral replicado por importantes medios de comunicación.

En entrevista con Aleteia, Paula explicó que el hecho ocurrió sin alboroto y de manera muy espontánea: «Él se ofreció a brillar mis botas, pero como le dije que no lo necesitaba, me pidió un plato de comida. Yo no lo dudé y lo invité a sentarse en una de las mesas para que pidiera el plato que deseara y le advertí que yo pagaba todo. Muy conmovido y anonadado, él se sentó y para sorpresa suya y mía, los meseros le llevaron rápidamente los cubiertos, una servilleta y la carta».

Silva narró que los meseros empezaron a atender al embolador con mayor consideración cuando les dijo que no iba a comer en la mesa sino en su casa pues quería compartir un plato de salmón y una bebida gaseosa con sus hijos puesto que ese día estaba cumpliendo 45 años. «En ese momento ―agrega― los empleados se emocionaron mucho más y decidieron agasajarlo con una pizza margarita de seis porciones».

Cuando el salmón, la pizza y la bebida estuvieron listos, Memo no pudo contener el llanto y abrazó a los meseros y a Paula, que también estaba muy emocionada. A ella le agradeció la invitación pero también le contó que su jornada limpiando zapatos en El Virrey ―un exclusivo sector empresarial de la capital colombiana― había sido muy mala porque no pudo conseguir el dinero suficiente para compartir su cumpleaños en familia. También le dijo que durante todo el día «le había pedido muchísimo a Dios que lo socorriera para no llegar a casa con las manos vacías».

Con la cena empacada y una sonrisa interminable, Memo salió del restaurante en medio de una pertinaz lluvia. Eran las ocho de la noche y estaba a más de una hora de su casa, al sur de Bogotá.

Gestos ejemplares

Silva ―especializada en ciencias políticas y derechos humanos― confesó que los elogios no deben ser para ella por haber invitado y pagado el salmón y la pizza, sino para los empleados que sin consultarlo con el dueño del restaurante decidieron atender sin prejuicios sociales, como si fuera un comensal más, a un ser humano que se gana la vida de manera digna y honorable.

Esta profesional que ha trabajado en zonas de conflicto con graves problemas políticos y sociales, consideró que el mensaje de los trabajadores del Restaurante La Toscana es contundente: no discriminar a nadie por su apariencia física o su condición social, racial, religiosa o sexual.

Al recordar el caso de un hombre mayor ―invitado por una pareja a almorzar y discriminado en un restaurante de Medellín porque se gana unos pesos cantando en las calles― Paula sostuvo que no hay razones para impedirle el ingreso a gente humilde invitada a comer por otras personas. Según ella, «estos meseros de Bogotá nos invitan a no ser excluyentes con los trabajadores de calle, negándoles la posibilidad de un buen plato de comida, simplemente porque no tienen dinero, aunque otra personas sí puedan pagar por ellos».

Casos como este no le son extraños ya que en otras ocasiones invitó a trabajadores informales o habitantes de calle. Sin embargo, aclaró que Memo sí fue su primer invitado a pasar a manteles, en una mesa y como un cliente común y corriente, pues en otras ocasiones pagó el servicio y los meseros se limitaron a entregar la comida fuera del restaurante.

Ahora, sin aspavientos y animada por el impacto mediático de su gesto, continuará invitando a comer a personas humildes con hambre sin preguntarles nombres ni origen. La vieja consigna familiar de «dar de lo que nos hace falta, no de lo que nos sobra», se la transmitió a sus tres hijos desde que estaban pequeños. Mientras las circunstancias lo permitan, su propósito es cumplir ese precepto por el resto de su vida.

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