P. Antonio Rivero: ¿Cómo debo vivir el Adviento?

Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México  y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.

Introducción: Desde hoy hasta el día del Bautismo del Señor, el domingo siguiente a la Epifanía, recorreremos con la fe y el amor seis semanas litúrgicas de “tiempo fuerte”  en que celebramos la Buena Noticia: la venida del Señor. Adviento es un tiempo anual para contemplar la venida de Cristo al mundo, esperarla, desearla, prepararla en nuestras vidas y, en definitiva, a celebrarla. La venida histórica de Cristo, que conmemoramos en la Navidad, deja en nosotros el anhelo de una venida más plena. Por eso decimos que el Adviento celebra una triple venida del Señor: (1) la histórica, cuando asumió nuestra misma carne para hacer presente en el mundo la Buena Noticia de Dios; (2) la que se realiza ahora, cada día, a través de la Eucaristía y de los demás sacramentos, y a través de tantos signos de su presencia, comenzando por el signo de los hermanos, y de los hermanos pobres; (3) y finalmente, la venida definitiva, al final de los tiempos, cuando llegará a plenitud el Reino de Dios en la vida eterna. ¿Qué necesitamos? Estar atentos y vigilantes en la esperanza, preparar y limpiar el corazón, y acogerlo con alegría, como Juan Bautista, María y José. ¡Ven, Señor Jesús, y no tardes!

Síntesis del mensaje: Nuestro Amo, que se ha ido de viaje y a quien vemos con la fe, puede volver a casa en cualquier momento. Nosotros, servidores de este Amo, debemos estar preparados (evangelio) para recibirle cuando llegue y darle cuenta de la administración de los bienes y dones de su viña (segunda lectura y salmo) que nos confió con tanta confianza y amor. No endurezcamos nuestro corazón, alejándonos de sus mandamientos y consignas dadas para la fiel administración de estos bienes (primera lectura).

En primer lugar, ¡alertas y velad!, preparémonos para la Parusía, que será la manifestación gloriosa del Señor al fin de los tiempos. ¡Maranatha, ven, Señor Jesús! Era el grito de los primeros cristianos, proclamando su fe y esperanza en Jesús resucitado junto con el deseo de que el Señor se mostrase públicamente como Rey de la Iglesia, de las naciones y del universo, como juez que da la victoria a los buenos y permite el derrumbe de los malos. La Iglesia, y nosotros con ella, espera este acontecimiento con impaciencia, anhela ansiosamente el Adviento final, la redención consumada, en retorno en gloria, el día del Señor, el fin del exilio y la entrada definitiva en la eternidad. La Iglesia-esposa nunca deja de suspirar por sus bodas eternas, nunca se cansa de anhelar su encuentro definitivo con el Esposo, tal como lo deja transparentar en los textos de la liturgia del Adviento: no tardes, ya se acerca, ya está ahí. ¿Con qué actitudes debemos prepararnos para este Adviento final? Con la esperanza gozosa, fijos nuestros ojos en la eternidad, agradecidos en el corazón por todos los bienes que Dios, dueño de nuestra viña, ha puesto en nuestras manos y con el esfuerzo en cuidarlos y hacerlos producir en obras de caridad, justicia, humildad y pureza (primera lectura y salmo).

En segundo lugar, ¡alertas y velad!, preparémonos para conmemorar un año más la Navidad y renovarla en nuestro corazón. ¿Con qué actitudes? Dado que la Navidad condensa en sí misma el pasado (Belén) y el futuro (parusía), tenemos que vivirla en la firmeza de la fe que nos llevará a la vigilancia y sobriedad (evangelio). Primero, firmes en la fe para no dejarnos llevar por el oleaje de las falsas ideologías y los errores del tiempo (ideología del género, manipulación del lenguaje genético, confusión doctrinal deliberada, proclive al inmanentismo y al mito del progreso indefinido y del paraíso en la tierra…) y no perder nunca de vista la patria definitiva. Y segundo, siendo sobrios y vigilantes para usar y no abusar de las cosas de este mundo, no echar raíces demasiado querenciosas en esta tierra, porque la figura de este mundo desaparece. Así pasaremos por los bienes temporales sin perder los eternos.

Finalmente, ¡alertas y velad!, preparémonos para descubrir la venida escondida de Cristo en ese pobre que encontramos en nuestro camino o que toca la puerta de nuestra casa; en ese hermano que nos hirió, en esa cruz de la enfermedad que se clavó en nuestro cuerpo, en esa noche oscura de nuestra alma cuando no vemos perspectiva en la vida o no sentimos a Dios. ¿Con qué actitudes prepararnos para descubrir la venida de Cristo aquí? Estemos con los ojos de buenos samaritanos abiertos, con el corazón sensible que capta como un sismógrafo los latidos del necesitado y con las manos abiertas a la caridad efectiva y generosa.

Para reflexionar: ¿Cómo debo vivir el Adviento? ¿Cómo ayudar a vivir el Adviento a mis familiares y amigos? ¿Qué regalo quiero llevar a Cristo en Navidad que le haga sonreír?

Para rezar: Ven, Señor Jesús, ven a nuestros corazones, renaciendo en la fiesta de Navidad. Ven al fin de los tiempos, clausurando la historia del mundo con tu amor. Pero ven también ahora en la Eucaristía, en este sacramento que debemos celebrar “hasta que vuelvas”. Y cuando entres en nuestras almas deposita la semilla de la esperanza. Haz que no saquemos el pasaporte definitivo en este mundo transeúnte. Que tu Madre Santísima nos tome de la mano para no perdernos en este camino a la eternidad.

Para cualquier duda o pregunta, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

09:56
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