¿Cómo es que Dios reina en mi vida, cuando está llena de injusticias?

El reino de Dios me habla de un Dios que quiere reinar en mi vida. No me habla de un Dios ausente. No me hace pensar en un Dios lejano: Un Dios que no reina indiferentemente en un trono por encima de las nubes, sino que está presente en la vida de cada hombre. Un Dios que tiene un plan para el mundo.

El P. Kentenich hace siempre hincapié en el papel que tiene un Dios que es Padre y conduce mi vida con amor: Todo lo que existe y acontece en este mundo y en la vida de los hombres y tal como existe y se desarrolla, es efecto y realización de un plan divino eterno.

Dios quiere mi bien y no se desentiende de mi vida. La conduce con amor. Aunque yo no vea sus manos actuando.

A veces me cuesta comprender tanta injusticia, tanto mal, tanto dolor. Y creer en un Dios que me ama con locura pero permanece impasible sin hacer nada por salvarme, por salvar a los que amo.

Me gustaría más un Dios al que pudiera recurrir en cualquier momento obteniendo su ayuda tal como se le pido. Un Dios que sembrara aquí en la tierra una paz eterna. Un Dios que siempre hiciera milagros extraordinarios. Pero no es así.

Es verdad que yo no sé muy bien lo que pido. No sé si todo me conviene, aunque hay cosas que me parecen evidentes. La salud de mis hijos. La vida de mi cónyuge. La vida de una madre joven. Una vida sin injusticias. Un trabajo digno. El fin de las guerras y los atentados. La desaparición de esas muertes sin sentido.

¿Cómo se puede entender que Dios reine en mi vida cuando está llena de injusticias? ¿Cómo creer en un Dios que me conduce con amor cuando yo sólo percibo odio y desprecio?

Sé que Dios no me manda desgracias. Pero me da la fuerza necesaria para sacar lo mejor de todo lo que me toca vivir. Quiero creer en ese Dios que me busca y sostiene cuando me siento pobre y desvalido.

Sé que su reinado me muestra a un Dios presente, vivo y amante. Un Dios que no se desentiende de mí. Me quiere y acepta como soy. No es un Dios lejano e impasible. Él sufre conmigo. Sufre por mí. Me busca cuando he caído para levantarme. Y noto su abrazo cuando me siento pobre y sin ánimos.

Me gusta ese Dios personal que camina conmigo en medio de mis pasos. Y muy dentro de mí. No me ama desde lejos.

El reino de Dios sucede entonces de forma misteriosa. Ocurre en la semilla que crece lentamente y bajo tierra, aunque yo no lo vea. Aparece en el amor silencioso entre dos personas, cuando se aman con un corazón sincero. Se muestra en la vida entregada en un servicio no reconocido, que no es noticia.

Creo en ese reino que acontece donde menos lo espero. No llega con trompetas ni con gritos de júbilo. No copa las portadas de la prensa. Ocurre en el silencio del que nadie habla. En el corazón que se convierte sin que nadie sepa. Y en la vida de aquel que se entierra para dar vida a otros en lo oculto de su amor.

Así crece un reino invisible. Donde está el amor, allí está Dios. Actuando, salvando, sanando. Sueña con mi vida. Y cree en todo lo que puedo llegar a dar si me dejo hacer. Si me convierto en instrumento dócil en sus manos. Y usa mi herida para dar vida a otros.

No ha habido otro modo de extender el reino que no sean las obras y la vida del cristiano que lucha cada día por cumplir la voluntad de Dios. El reino se realiza en mi sí diario y sencillo. En mi entrega honda y verdadera. En mi seguimiento fiel en medio de las luces y de las sombras.

El reino viene a mí cada vez que abro la puerta de mi vida a Jesús. Para que venga a cambiarme. Él reina en mí cuando me dejo conducir por sus deseos. Cuando es Él con su poder el que reina y no el mundo o mis pasiones, o mis gustos y deseos.

¡Qué fácil dejar que sean otros los que reinen y decidan en mi corazón! Me apego al mundo y a sus deseos. Y dejo que sean otros los que gobiernen mi vida. Otros los que manden en mí.

Quiero abrir mi vida para que en ella Jesús entre y reine. Su reino pertenece a mi corazón. Y en su silencio puede cambiar mi vida y la de muchos. Jesús necesita mi sí, mi entrega silenciosa, mi alegría y mi fuerza.

Comenta el P. Kentenich al volver la vista atrás y mirar su vida: Sin embargo, me siento como si no hubiese hecho nada. En efecto, en estos cuarenta años no he hecho otra cosa que decir ´sí´ cada minuto, y nada más.

Dios no puede hacer muchas cosas sin mí. Necesita mi vida para dar vida a otros. Su reino crece dentro de mí y llega a otros. Mi sí a su voluntad abre la puerta. Mi sí a mi vida tal y como es. Mi sí como el de María en la anunciación a un plan que no conozco. Que no controlo.

Ese sí mío, débil y apasionado, es el que me hace nacer de nuevo. Vuelvo a decir que sí. Sí a su voluntad hasta en los planes más pequeños y frágiles. Me cuesta tanto decirle que sí a Dios.

Me resulta tan difícil aceptar siempre sus planes. Pero es la única forma de que se haga vida en mí su reino. De que venza en este mundo el amor de Dios. Me conmueve pensar en esa docilidad al Espíritu. No la tengo, pero la deseo. Venga a nosotros tu reino. Le digo cada día.

10:52
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