Un decálogo para leer con provecho la Palabra de Dios

Eusebius Sophronius Hieronymus (Estridón, 347- Belén, 420)​, conocido comúnmente como san Jerónimo, ​ tradujo, por encargo del papa Dámaso I, la Biblia del griego y del hebreo al latín. Su fiesta se celebra el 30 de septiembre en Occidente y el 15 de junio en Oriente. El mes de septiembre se considera el Mes de la Biblia, justamente por éste, su primer gran traductor.

La Biblia, la Palabra de Dios, es, desde luego, el libro que más ha influido en la historia de Occidente y el más editado en el planeta. Sin embargo, es uno de los que menos se han leído en su totalidad. Para muchos cristianos, buenos cristianos, resulta complicado acercarse a ella, concentrando su atención, generalmente, en pasajes selectos del Nuevo Testamento y dejando un tesoro intocado.

Por ello, es bueno recordar y compartir un decaógo para leer
provechosamente la Palabra de Dios, decálogo preparado por el obispo emérito de Querétaro (México), Mario De Gasperín y recientemente publicado en *El Observador*, con motivo de la reflexión que propone la Iglesia católica en el mes de san Jerónimo.

1. Nunca creer que somos nosotros los primeros que han leído la Santa Escritura. Muchos, muchísimos a través de los siglos la han leído, meditado, vivido, transmitido. Los mejores intérpretes de la Biblia son los santos.

2. La Escritura es el libro de la comunidad eclesial. Nuestra lectura, aunque sea a solas, jamás podrá ser en solitario. Para leerla con provecho hay que insertarse en la gran corriente eclesial que conduce y guía el Espíritu Santo.

3. La Biblia es «Alguien»; por eso se lee y celebra a la vez. La lectura mejor de la Biblia es la que se hace en la Liturgia.

4. El centro de la Santa Escritura es Cristo; por eso todo debe leerse bajo la mirada de Cristo y cumplido en Cristo. Cristo es la clave interpretativa de la Santa Escritura.

5. Nunca olvidar que en la Biblia encontramos hechos y dichos, obras y palabras íntimamente unidas unas con otras; las palabras anuncian e iluminan los hechos, y los hechos realizan y confirman las palabras.

6. Una manera práctica y provechosa de leer la Escritura es comenzar con los santos Evangelios, seguir con los Hechos de los Apóstoles y las Cartas, e ir entreverando con algún libro del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Jueces, Samuel, etcétera. No querer leer el libro del Levítico de corrido, por ejemplo. Los Salmos deben ser el libro de oración de los grupos bíblicos. Los Profetas son el «alma» del Antiguo Testamento: hay que dedicarles un estudio especial.

7. La Biblia se conquista como la ciudad de Jericó: dándole vueltas. Por eso es bueno leer los lugares paralelos; es un método entretenido pero muy provechoso. Un texto esclarece al otro, según aquello de san Agustín: «El Antiguo Testamento queda patente en el Nuevo, y el Nuevo está ya latente en el Antiguo».

8. La Biblia debe leerse y meditarse con el mismo espíritu con que fue escrita. El Espíritu Santo es su autor principal y es su principal intérprete; hay que invocarlo siempre antes de comenzar a leerla, y al final dar gracias.

9. Nunca debe utilizarse la santa Biblia para criticar y condenar a los demás.

10. Todo texto bíblico tiene un contexto histórico donde se originó, y un contexto literario donde se escribió. Un texto bíblico fuera de su contexto histórico y literario es un pretexto para manipular la Palabra de Dios. Esto es tomar el Nombre de Dios en vano.

05:47
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