10 ideas para acompañar a nuestros hijos al hacer los deberes

Por miedo al fracaso o por malos recuerdos personales, algunos padres se cuestionan el tiempo de escolaridad de sus hijos. Desde los primeros cursos de primaria, los deberes son sinónimo de inquietud y contrariedades. Sin embargo, con algunos consejos sencillos, el trabajo en casa puede ser una oportunidad para que el niño desarrolle su independencia, disfrute de encontrar ciertos hábitos después de la escuela e, incluso, para que comparta un momento privilegiado con sus padres.

Con la ayuda de varias madres, hemos compilado una lista no exhaustiva de consejos para ayudar a los niños a la hora de hacer sus deberes. Pero, ¡no esperen ningún consejo milagroso! “No creo que haya una receta, pero sí ingredientes.”, dice Déborah, madre de Achille, de 19 años, y de Sacha, de 12. Seguid estos diez consejos probados y aprobados para afrontar los deberes con confianza.

Imaginamos que las necesidades de los niños son universales. Sin embargo, cada uno tiene su propia manera de acercarse al mundo, de impregnarse de su entorno y de vivir su escolaridad. Antes de entrar en la escuela primaria, observad a vuestro hijo para tratar de entender sus puntos fuertes y dónde tiene más dificultades. “Lo que funciona con uno no funciona necesariamente con otro”, subraya Fanny, madre de tres niños de 3 a 10 años. “Por ejemplo, no todos tienen los mismos sistemas de memorización (memoria visual, auditiva o contextual) y es necesario adaptarse para un buen aprendizaje”.

“Después de un día muy ocupado, los niños necesitan cortar con la agitación del día”, dice Emilie, profesora de quinto de primaria y madre de dos niños pequeños. Una merienda, un rato al aire libre, un momento de calma con un libro, etc. La idea es dar a los niños un descanso para refrescarse, respirar, desahogarse, o al contrario, para calmarse. Hacer una pausa después de la escuela es necesario para atacar los deberes con la cabeza descansada. Aunque es natural preguntarle al hijo acerca de su día o sobre sus controles, variad las conversaciones una vez en casa para permitirle desconectar la mente durante este paréntesis.

Como en todo el conjunto de su vida, los niños valoran las rutinas porque les ayudan a estructurarse. Los deberes se rigen por esta misma regla. “Lo ideal es proporcionar un lugar tranquilo, siempre el mismo, con el poco material necesario (bolígrafo, goma de borrar, cuaderno, etc.) que a veces olvidan en la escuela”, aconseja Fanny para sus tres hijos. “Es más fácil tener el material en casa y así evitar la crisis de ‘¡No tengo mi boli verde!’”. En un espacio alejado del ajetreo y elegido con él mismo, el niño debería hacer su tarea a una hora determinada. Evitad alternar horarios para mantener un cierto marco que limite cualquier discusión.

En caso de crisis o llanto, si una lección es difícil y el niño se pone a la defensiva, es mejor cambiar a una materia más fácil, donde se sienta cómodo y seguro. A veces la risa o el juego también son una opción. “Una tarde, cuando Achille estaba en primero, se atascaba con una sílaba”, recuerda Deborah. “Aquello empezaba a molestarle, creo que quería gritar, y yo también, por cierto. Pero no fue así, tuvimos que sacar nuestra molestia en forma de energía positiva. Hicimos toda la lección gritando, no enfadados, sino recitando muy muy alto, gritando las palabras de la lección a través de la habitación. ¡Nos reímos y aprendió la lección en un santiamén!”.

El niño es capaz de comprender muy rápidamente la importancia de la tarea y las consecuencias de no hacerla o hacerla mal. “Cuando los niños comienzan a refunfuñar a la hora de hacer los deberes, les recuerdo que ¡el problema es suyo!”, dice Fanny. “Ellos tendrán que explicar al maestro por qué no tienen hecho el trabajo. Intento hacerles comprender que es por su propio interés, que yo ya tengo mis diplomas…”.
Cuando el niño se responsabiliza y hace sus deberes de manera independiente, el resultado es primordial. “He decidido dejarles elegir el momento en que prefieren trabajar”, cuenta Déborah. “Quería transmitirles el gusto por el trabajo bien hecho y por el aprendizaje, con las ganas de aprender y, sobretodo, que no hace falta que sea algo problemático. Recuerdo que en primero era imposible que Sacha hiciera los deberes entre la salida del colegio y la cena. Siempre discutíamos y aquello podría haberse convertido en un infierno, así que le dejé gestionar su tiempo. Sí, sí, ¡en primero! Y su ritmo era hacer los deberes después de comer, casi en el último momento. Y en algunos minutos el trabajo estaba hecho, porque él tenía ganas de hacerlos en ese momento”.

En el dormitorio o en el comedor, el rincón de trabajo de un niño debe ser sinónimo de tranquilidad. Lejos de los hermanos y hermanas que armen jaleo o que tengan la televisión encendida. El niño necesita un espacio donde poder concentrarse. Elegid una mesa que esté libre de todo tipo de desorden o un escritorio suficientemente grande con todo lo necesario para su nivel escolar. El asiento debe ser adaptado y cómodo, pero no demasiado. Cada niño es diferente, así que preguntadle si se siente bien. Conservad este entorno de trabajo durante varios días para que el niño se adapte.

Aunque los deberes son un momento complicado, es importante no dejarse llevar por los enfados ni mostrar frustración, aunque no siempre sea evidente. Al permanecer positivos y tratar de transmitir el entusiasmo al niño, los deberes se convierten en un dolor de cabeza menor. Cuando las dificultades sean importantes, considerad buscar ayuda, como un estudiante o profesor particular. Involucrar a una persona neutral y pedagógica puede desbloquear la situación y permitir un mejor aprendizaje. Y si no estáis de acuerdo con el cuerpo docente, concertad una reunión para discutirlo. En términos generales, mantened una actitud positiva para evitar conflictos.

Incluso si el niño es muy independiente, debéis mantener un ojo en su trabajo y también estar disponibles si os necesita. Estar allí lo tranquiliza y lo anima. Es importante encontrar un entendimiento común sobre cómo debe funcionar el sistema. “Antes de empezar con los deberes, miro con ellos qué tienen que hacer y juntos determinamos lo que pueden hacer solos y para qué cosas me necesitan (lectura, dictado, recitación, etc.)”, detalla Fanny. “Acordamos juntos el momento en que estoy disponible y cuando puedo dedicarles un poco de tiempo. La idea es no estar allí sin estar de verdad allí, escuchando la lección del mayor con los llantos del más pequeño saliendo de la bañera…”. Una dosis correcta de vuestra presencia permite al niño permanecer autónomo sin quedarse atascado solo si encuentra un problema.

“Cuando son un poco mayores, podemos proponerles que hagan sus deberes de manera independiente, recordándoles, claro está, que estaremos cerca si nos necesitan”, sugiere Fanny. “Podemos involucrar a la maestra pidiéndole que informe de cualquier disminución en la calidad de los deberes. Louis también es responsable de mantener buenos resultados si quiere seguir haciendo sus tareas por su cuenta”. También es una manera de que encuentre su propia forma de trabajar. “Tan pronto como expresaron alguna preferencia sobre la manera en que quieren hacer sus deberes solos (y es un momento que llega pronto), me mostré de acuerdo”, recuerda Deborah. “Me permito el derecho de comprobar en cualquier momento que todo está bien hecho y aprendido. También estoy aquí para ayudar, para recitar, para corregir si es necesario, para dar mi opinión sobre una redacción, etc.”.

Después del colegio, los deberes representan un nuevo esfuerzo intelectual para el niño y, obviamente, le cansa. “La tarea constituye un tiempo de 30 minutos a 1 hora, no debe durar más tiempo”, dice Emilie, maestra de quinto curso. Cuanto más pequeños son, menos paciencia tienen. En la escuela primaria, los niños se cansan más rápido y la carga de trabajo es menor que en los cursos superiores. Los deberes o las lecciones que aprender no deben durar demasiado tiempo para así favorecer un aprendizaje óptimo.

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