“Dichosos los que alegran los últimos días de mi vida…”

En estos días cómo no pensar en los ancianos, los abuelos de piel blanca sentados en una silla, cerrados en casa o en residencias, medio adormilados por el calor y el aburrimiento, con la mirada llena de soledad… Los familiares de vacaciones, los hijos distantes y quién sabe cuánta nostalgia y miedo a morir solos. Y después al primer signo de amabilidad, a la llamada de la sobrina, al vecino que llama a la puerta para saludar,… los ancianos abren el corazón, con los ojos húmedos y la voz temblorosa repiten sorprendidos como niños: gracias.

Dichosos los que me miran con simpatía.

Dichosos los que comprenden mi lento caminar.

Dichosos los que hablan en voz alta para minimizar mi sordera.

Dichosos los que aprietan con calor mis manos temblorosas.

Dichosos los que se interesan por mi lejana juventud.

Dichosos los que no se cansan de escuchar las historias que a menudo repito.

Dichosos los que me regalan su tiempo.

Dichosos los que se acuerdan de mi soledad.

Dichosos los que me acompañan en mi padecer.

Dichosos los que alegran los últimos días de mi vida.

Dichosos los que me acompañan en el momento de mi muerte…

…cuando entre en la vida eterna me acordaré de ellos delante del Señor.

02:17
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