¿Qué tienen en común el deporte y la oración?

El deporte podría verse como el equivalente a la oración en el mundo material. Tomar el aire fresco de la mañana, el cuerpo cubierto de sudor, la nariz y la boca humeantes, mientras los rayos de sol se filtran por medio del bosque o se reflejan en el cielo la ciudad o en la playa, o en el puerto, es estar en comunión con el entorno natural o humano, por tanto con la creación.

El cuerpo se somete a una disciplina rítmica como una música a través del ejercicio por natural y simple que sea. Imitando a los animales, afronta como ellos el frío, la luz, la lluvia, el viento y en cierta manera, participa del movimiento de la naturaleza.

¿Acaso la oración no es unirse a la alabanza perpetua, al constante homenaje y a la infinita súplica de la naturaleza a Dios, su autor? Lo entendieron bien los griegos, para quien los juegos olímpicos eran una ceremonia sagrada en honor a los dioses del Olimpo.

El deporte tiene esta particularidad de estar entera y únicamente dirigido a la mejora del cuerpo. Aunque el trabajo puede tener este objetivo, sus objetivos son otros y pueden incluso a veces dañar el cuerpo. Sus posibilidades son infinitas y los beneficios que proporciona en resistencia, voluntad, rapidez, serán útiles para cualquier otra actividad física, e incluso intelectual, incluido el trabajo. Todo se hace más fácil para aquel cuyo corazón ya está dispuesto a encarar esfuerzos importantes.

Igualmente la oración es una actividad intelectual pero entera y únicamente dirigida a la mejora de las capacidades espirituales de aquel que la practica. De hecho, cuando se lee literatura, cuando se escucha música o se contempla un cuadro, es espíritu es llamado y se eleva pero se distrae por el “vestido” de la obra si puede decirse, la intriga, los ejemplos, los efectos del autor.

La oración, que se dirige directamente a Dios, es una cultura químicamente pura del espíritu. Se dirige directamente a lo más alto ya lo más grande, el Creador, por un efecto directo e incluido en el mundo material.

“Ejercicio” viene de la palabra latina exercitus, que significa ejército. El sentido se deslizó hasta ahí porque el ejercicio físico era muy practicado por los romanos para el servicio de los ejércitos. Todo personaje de la República debía practicar regularmente algunos deportes porque siempre era posible que tuviera que llevar una tropa al combate.

Hasta tal punto que uno de las críticas que Cicerón hizo al gobernador corrompido de Sicilia Verres era que realizaba su marcha matinal en una silla y le llevaban sentado. Además del aspecto absurdo de una práctica así, la mención de este hecho se dirigía a destacar el carácter decadente y hedonista del acusado.

Sin embargo un cristiano es también un soldado. Un soldado que debe estar preparado sin cesar para librar una batalla espiritual cuando se le presenta. El cristiano está incluso más en guardia que el soldado romano: una conversación entre amigos en el café de la que emerge un error, una blasfemia pronunciada para insultar, un alma perdida reencontrada en camino y sobre todo la duda y la tentación que asaltan sin parar nuestra propia alma.

Quien no reza es como el decadente Verres que se aprovecha de las riquezas de su bautismo pero las pierde por falta de preparación.

05:21
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