EL Baile de los Vampiros: cuando Polanski viajó a Transilvania

Al parecer, Román Polanski y Gerard Brach, su guionista habitual, llevaban un tiempo hablando de la posibilidad de realizar un film sobre vampiros cuando, tras acabar Callejón sin salida (Cul–de–sac, 1966), su tercer largometraje como director, se cruza en su camino Martin Ransohoff quien, además de adquirir los derechos de esta última para distribuirla en Estados Unidos, decide, tras conocer el proyecto, producirlo a través de la Metro Goldwin Mayer, viendo el cineasta polaco en ello la posibilidad de que se le abra una puerta en Hollywood.

Y esta se abrió, porque rodaría después uno de sus trabajos más emblemáticos, La semilla del diablo (Rosemary’s baby, 1969), aunque más tarde se arrepentiría de aquella decisión, ya que Ransohoff mutilaría el montaje a su antojo cambiando el propio título original, Dance of the vampires, por el más rimbombante The fearless vampire killers or: pardon me, but your teeth are in my neck para su exhibición en las salas americanas, si bien en el resto del mundo se proyectó tal como la concibió Polanski.

Sin embargo, entre las imposiciones de Ransohoff, hubo una que, a pesar de las reticencias iniciales de Polanski, acabó siendo un acierto, y no solo dentro de la pantalla, porque el productor había puesto la condición de que el papel de la hija del posadero la interpretase Sharon Tate, una joven cuya carrera como actriz comenzaba a despegar. Y cautivó al cineasta. Tanto, que durante el rodaje surgió su romance que terminó en boda.

Pero esa dulce etapa que atraviesa Polanski pronto se verá ensombrecida por varias tragedias, como la muerte, en abril de 1969, a raíz de las secuelas de un accidente automovilístico, de su amigo y compositor habitual Krzysztof Komeda, uno de los más destacados pianistas de jazz polaco y autor de las partituras de El cuchillo en el agua (Nóz w wodzie, 1962) o las citadas Callejón sin salida y La semilla del diablo; o pocos meses después, el 9 de agosto de ese mismo año, mientras el cineasta se hallaba en Londres preparando un nuevo proyecto, el asesinato de Sharon Tate, embarazada de ocho meses, junto con cuatro amigos, a manos de la siniestra secta de Charles Manson.

Sea como fuere, con un impecable diseño de producción y la hipnótica música de Komeda, El baile de los vampiros es su primera película en color y el único título de su filmografía que navega por los territorios de la comedia.

O dicho de otra forma, una combinación entre el homenaje y la parodia al cine de terror, en especial al producido por la Hammer, en el que el cineasta hace gala de un sutil manejo de la metáfora, como el parecido físico con Albert Einstein del profesor Abronsius a quien encarna un excelente Jack MacGowran.

Y no solo eso, sino que al principio del film, cuando se le muestra en trineo junto con su ayudante Alfred (Roman Polanski) atravesando un paisaje nevado de Transilvania con el objetivo de corroborar sus teorías sobre la existencia de los vampiros, una voz en off dice del mismo que fue tachado de chiflado por sus colegas de la universidad de Kurnigsburg, guiño fonético que hace referencia a la de Königsberg, donde impartieron clases ilustres nombres como el filósofo Immanuel Kant.

E incluso, esa suerte de alegoría final, con el profesor a las riendas de un trineo y sin ser consciente de que va a propagar por el mundo el mal que transporta en el asiento de atrás tal como confirma la voz en off del conde Krolock, al igual que el científico alemán, que fue un pacifista convencido, tampoco pudo imaginar cuando enunció su Teoría de la Relatividad en 1915 que estaba asentando las bases de otro mal que se convirtió en una realidad treinta años después como fue la bomba atómica.

Aparte de su infinidad de matices o sus numerosos golpes de humor, como aquel del vampiro judío a quien no le afecta la visión de un crucifijo, la película contiene memorables escenas como cuando el profesor y Alfred tratan de acceder a la cripta donde descansa ese trasunto de Drácula que es el conde Krolock y a quien encarna un Ferdy Marne en estado de gracia; la huida de Alfred por el castillo al ser perseguido por el hijo del conde; o la secuencia del baile, con esa impagable galería de vampiros con los que danzan los protagonistas hasta que ese gran espejo del salón delata su condición humana…

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