Dios nunca te defraudará

A veces vemos la vida como un subir continuo. Y cuando no lo logramos nos frustramos. Un puesto más alto, un cargo de más prestigio. No entendemos la vida si no es como crecimiento continuo. Ahora me toca esto, después algo mejor.

Tal vez por eso tenemos tan poca tolerancia con el fracaso. No soportamos que nos degraden. Dejar de ser lo que éramos. Una persona comentaba después de haber tenido un cargo de mucho prestigio: “Ahora no puedo aceptar cualquier trabajo. Tiene que ser del mismo nivel por lo menos que el que tenía antes. No puedo ser menos”.

El mundo nos acostumbra a pensar así. Siempre subir, siempre más, siempre mejor. Y damos la enhorabuena a los que suben, a los que ascienden, a los que tienen cargos de prestigio. Y nos cuesta acompañar a los que pierden su trabajo, a los que no triunfan, a los que fracasan.

Porque la vida nos ha enseñado el camino del éxito como el único posible. También incluso en la vida religiosa. Un cargo, un título, lo vemos como un reconocimiento a nuestros méritos. Nos enorgullece. Nos hemos acostumbrado al mundo. Miramos con los ojos del mundo.

Un publicano de baja estatura quiere ver a Jesús: “En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí”.

Es un pecador público que busca a Jesús. Un hombre que ha encontrado su lugar en el mundo. Es jefe de publicanos. Ha llegado a lo más alto.

La vida de Zaqueo fue un constante subir. Era jefe de publicanos. No un publicano cualquiera. Era jefe. Tenía dinero y prestigio. Aunque para los judíos fuera visto como un pecador público.

La semana pasada un publicano rezaba en el último banco pidiendo misericordia. Hoy otro publicano, jefe de publicanos, busca un lugar alto desde donde poder ver. Zaqueo está perdido en medio de tanta gente. Va corriendo, se mueve, busca, espera.

No se queda parado, quejándose de que no ve, de que no lo consigue. Quiere ver a Jesús pasar, sólo eso. No le grita desde el árbol. Calla. Espera. No pretende tampoco cambiar su vida. Quizás sólo siente curiosidad por ver a Jesús.

Tiene un puesto alto, pero él es de baja estatura. No logra verlo por encima de la gente. Se sube a una higuera. Siempre me impresiona ese gesto humillante. Subir a un árbol. Un jefe de publicanos en lo alto de un árbol. Se expone a la vista de tantos. Se expone al juicio y a la burla. Era un hombre temido. Pero se sube a una higuera y arriesga su fama.

Yo con frecuencia me protejo. No me subo al árbol exponiéndome al juicio de los otros. Me da miedo la crítica. Me guardo entre los hombres. Escondido. No hablo mucho. No escribo mucho. Para que no me juzguen.

El que destaca pierde en la vida. El que es visto por la muchedumbre corre el riesgo de perder su imagen. Me da miedo decir lo que pienso. Exponerme al rechazo. Reconocer mis amores, mis pasiones, mis sueños. Mostrarme vulnerable en mis debilidades. Decir lo que pienso de verdad, sin querer agradar a nadie. Ser yo mismo sin temer la burla. A veces me guardo.

Zaqueo no lo hace. Se expone. Un jefe de publicanos en lo alto de un árbol para ver a Jesús. Su gesto me enseña mucho. Tal vez yo también, para que Jesús me vea, me tengo que subir a un árbol. Me tengo que exponer. No tanto para ver, sino para que me vea.

Zaqueo no sabía lo que iba a suceder, pero fue audaz. Él quería ver y fue visto. Quería saber y encontró la salvación. Sólo quería ver a Jesús y encontró el sentido de su vida. Era ingenuo. No pedía más.

Seguramente había algo en su vida que no le daba alegría. Tenía una sed que no sabía de dónde venía. Ese día sale a buscar a Jesús. Y se sube a un árbol.

¿Cuál es mi paso hoy en la búsqueda de mi camino verdadero? ¿A qué árbol me subo para que Jesús repare en mí? Doy un paso. Me expongo. Dios respeta mi libertad y mis tiempos. Quizás Jesús no hubiese reparado en Zaqueo si no hubiera estado en lo alto de la higuera.

Hoy hacen falta hombres que expongan su fe sin miedo al rechazo. Hoy es necesario decir lo que uno piensa, sabiendo que por ello nos pueden criticar y juzgar. Y tal vez dejemos de ostentar por ello los mejores puestos.

Hacen falta hombres que no traicionen su fe, sus creencias, sus sueños, sus ideas por miedo al rechazo y a la crítica. Hacen falta hombres que acepten las consecuencias que trae ser fieles a su camino.

Jesús ve a Zaqueo y le pide bajar. Le sorprende: “Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: – Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Dios nunca defrauda al que le busca, al que corre para subirse a un árbol, al que tiene un anhelo en el corazón.

Pasa Jesús delante de la higuera y sucede algo que rompe la vida de Zaqueo para siempre. Jesús se invita a comer a su casa. Zaqueo sólo quería ver a Jesús, ver quién era. Y Jesús, no sólo le da eso. También lo mira, se detiene. Y públicamente se invita a su casa.

¡Qué delicado es Jesús! A la vista de todos. Mira hondo, dentro de Zaqueo, dentro de mí. Algunos criticaron este gesto público de Jesús. Comía con pecadores. El pecado de Zaqueo era público y Jesús, delante de todos, le pide ir a su casa. ¡Qué poca prudencia! Pensarían algunos.

Jesús restablece su dignidad. A veces, queremos cambiar, pero la imagen, el esquema de la sociedad en la que nos ha metido, nos lo impide. Nos han puesto un cartel, un título, una fama. ¡Qué difícil nos resulta cambiar!

Jesús conoce esa herida de Zaqueo. Se expone a la crítica. ¡Qué mezquinos somos a veces! Juzgamos por la apariencia. Como los que critican a Jesús porque come con pecadores. Si va a casa de un pecador no debe ser tan limpio, ni tan sabio, ni tan santo. Si se mezcla con pecadores no debe ser tan digno.

Pero Jesús es libre de todos esos juicios. A Zaqueo ahora sólo le importa el gesto de Jesús, que confía en Él. Le da igual la crítica de la gente. Jesús quiere hospedarse en su casa, tocar su vida, meterse dentro.

Es lo mismo que hace conmigo cada vez que se acerca y me llama por mi nombre. Su amor es personal, no soy uno más para Él. Me quiere de forma concreta. Me distingue en medio de la muchedumbre. Él me ve entre muchos. Reconoce mi mirada. Mi anhelo.

¡Cuántas veces pensar en ese Dios calma mi corazón herido! Zaqueo es más que un pecador, más que un publicano, más que un hombre rico. Quizás él mismo no sabe bien quién es de verdad. Sabe que los demás lo encasillan y él también se encasilla y se conforma con su vida.

Yo soy más que mi pecado. Más que mi caída. Más que mi puesto de trabajo. Más que mi prestigio y mi fama. Más que mis éxitos y mis fracasos.

Jesús mira a ese hombre como hombre. Me mira a mí. Por ese amor merece la pena dejarlo todo. Jesús se detiene ante él y cambia sus planes por él, sólo por un publicano. Sólo por Zaqueo. Sólo por mí lo deja todo.

Me emociona ese gesto de Jesús que repite tanto en su vida. Yo quiero vivir así, abierto a cada persona con la que me encuentre. Pero no lo sé hacer.

Jesús lo invita a bajar de su árbol y le da mucho más de lo que él espera. Le pide bajar de su puesto, de su comodidad, de su seguridad. Esta vez baja, no sube más. Entra en su casa y cambia su vida. Le pide bajar, pero lo eleva al amarlo.

Llega a su casa cuando él no se siente digno. Porque era un pecador público. No se sentía digno del amor de Dios. Sabía que pecaba al ser publicano. Pero acepta que Jesús venga a su casa.

Entiende ese día lo que decía el papa Francisco en Cracovia: Dios es fiel en su amor, y hasta obstinado. Nos ama más de lo que nosotros nos amamos, cree en nosotros más que nosotros mismos, está siempre de nuestra parte, como el más acérrimo de los hinchas. Siempre nos espera con esperanza, incluso cuando nos encerramos en nuestras tristezas, rumiando continuamente los males sufridos y el pasado. Dios es obstinadamente esperanzado: siempre cree que podemos levantarnos y no se resigna a vernos apagados y sin alegría. Porque somos siempre sus hijos amados.

Es lo que hace con Zaqueo. Cree en él. Ve su belleza oculta. Va hasta su casa y come en su mesa. Jesús me baja de mi altivez. Me hace mostrarme como soy, sin máscaras. El amor de Jesús me eleva. Zaqueo es abajado, y al bajar es elevado.

Es amado cuando baja de su árbol. Cuando abre su corazón a la misericordia de Jesús. Es rescatado de las alturas y es reconocido en su valor más hondo. Jesús no lo mira como pecador. Tampoco lo mira como jefe de nada. Lo mira como un hombre necesitado de amor.

No se fija en su pequeña estatura. Ni valora sus talentos. Simplemente mira su corazón herido y lo abraza entrando en su casa. Me conmueve esa mirada de Jesús que no se fija en el pecado ni en los títulos. No se queda en la apariencia, mira el corazón. No me pregunta por mis logros. Me besa como soy.

01:27
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