JESÚS CADA DOMINGO: Hacerse prójimo



XV Domingo Ordinario Ciclo C
Dt. 30,10-14; Sal. 68; Col. 1,15-20; Lc. 10,25-37

Hacerse prójimo


 Lucas, en su Evangelio, nos presenta a Jesús que propone “El Reinado de Dios”. Es una alternativa en medio del mundo, para el mundo; pero para sus discípulos es una exigencia. Hace ocho días enviaba a sus discípulos de dos en dos, sin dinero, sin morral y sin sandalias, para hacer patente que los criterios del Reinado no son los del mundo y que los poderes de Dios no dependen de los poderes temporales.

Este Domingo, la Palabra de Dios nos llama a entender qué significa “hacerse prójimo” Este es nuestro tema. Y es muy importante porque vivimos en medio de un mundo en el que los prójimos son cada vez más escasos. La misma palabra nos va siendo extraña en medio de una cultura de masa y de individualismo en la que la persona humana y su dignidad es cada vez menos una realidad plena.
La gente del mundo, es decir la que no se ha adherido al Reinado de Dios, ve la salvación muy compleja, casi inalcanzable; es gente que vive de espiritualidades pobres que pronto tocan fondo y se acaban, por eso tienen necesidad de innovar algo misterioso, algo secreto o extraño, como queriendo encontrar las respuesta a sus grandes interrogantes. Es también gente que puede justificarlo todo, incluso la simulación, la mentira, el odio y la injusticia. Finalmente, es gente a la que le cuesta trabajo unir el culto a Dios con el amor al prójimo.

Hacerse prójimo, en estos tiempos, vale la pena. Pensemos tres ideas que nos ayuden en esta semana:

1 - Volvamos a nuestra ley interna

 A veces buscamos fuera lo que llevamos dentro, o buscamos lejos lo que tenemos tan cerca. Así nos habla Moisés en la primera lectura: los mandamientos de Dios no son solo una ley escrita en tablas, o algo lejano, están en nuestra boca y en nuestro corazón.

Cuando desviamos nuestra atención hacia una ley muerta, nos escondemos en ella para justificar nuestra falta de dominio. La fortaleza más grande de un ser humano no está en el perfecto dominio de sus actividades externas, sino en el dominio de su ley interior, en la manera en que escucha a Dios en su propia conciencia y es capaz de actuar coherentemente con los demás.

 Creo que muchas personas viven la depresión, el cansancio o el vacío, porque han dejado de exigirse a sí mismas y han dejado de traducir las riquezas que Dios ha dado en su alma a los demás.

2 - Mantengamos la consistencia de nuestra fe

Esta semana podemos reflexionar, ¿estoy siendo consistente en mi vida, en aquello que yo ofrezco a los demás, en mis convicciones y en mis proyectos? Cuando nos alejamos de Cristo, de su propuesta, todo se derrumba. Olvidamos que el mismo universo, como nos propone Pablo al escribir a los Colosenses, tiene consistencia no en su ser físico, sino en la cohesión que recibe de Cristo.
 Cristo es el Principio de todo, de la Iglesia como Nueva Humanidad, es el primero en levantarse de la muerte, el primero en amar. El hombre más consistente es aquel que se sostiene en Cristo, modelo de la creación de Dios.

3 - Hagámonos prójimos

 Hemos escuchado esa bella narración en la que Jesús responde a un jurista de su tiempo, un fariseo que para ponerlo a prueba le pregunta: ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús lo remite a su propio paradigma, a esa oración cotidiana del Shemà, ¡Escucha Israel…! Que no es malo, pero no está siendo bien leído. El fariseo, con toda su sabiduría y su lugar en la sociedad, no era capaz de hacerse prójimo.

 Nosotros también, como nuevos juristas de nuestro tiempo, podríamos estar justificando muchas cosas en nuestra vida, pero aplazando nuestra reacción a favor del que necesita de nosotros.
 En el Evangelio, como sabemos, un judío ha sido asaltado y malherido. Tres personajes lo han encontrado: un sacerdote, un levita y un samaritano. Pero solo uno, el samaritano, se ha movido a compasión. Jesús no le pregunta al jurista, ¿quién fue aquí el prójimo? Sino, ¿quién se hizo prójimo? Esa es la traducción más oportuna.

 Queridos hermanos, ser buen samaritano es ser capaz de amar como ama Dios, en forma personal, cuidando al caído, dejándose tocar por el dolor ajeno, involucrarse en un proceso de amor y salvar como Dios salva, desde la gratuidad. En medio de un mundo de individualismos y de justificaciones de ley, es preciso tomar la iniciativa de hacerse prójimo, es decir, cercano con cualquier hombre sin distinción. El Papa Benedicto XVI nos ha invitado en su encíclica “Dios es amor”, a hacer visible el amor de caridad.

 Si queremos empezar a ser prójimos, empecemos por actuar nuestra ley interna, desde la consistencia que da Cristo, en la práctica del amor gratuito, el amor de caridad.

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