Rechazando el juicio mientras nadamos entre prejuicios. San Agustín.

 Dentro de la Iglesia el diálogo es cada día más importante y para ello los prejuicios deberían ser comprendidos como lo que son: murallas que nos separan y rompen la unidad. Me sorprende la importancia que damos al ecumenismo externo y la ignorancia y desprecio que tenemos con el ecumenismo interno. Aparentamos amar a quien vive fuera de nuestra casa e ignoramos a quienes viven con nosotros. Esto no es precisamente un buen ejemplo para nadie. 

Todo el que viva mal en la unidad de esta Iglesia, para sí come y bebe su juicio, según dice el Apóstol. En cambio, cuando uno vive bien, no sienta prejuicio contra él ni la ajena causa ni la ajena persona. Por eso, cuando se les estrechó a los donatistas con la causa de Maximiano, se vieron obligados a confesar con su propia boca que "ni una causa sienta prejuicio contra otra, ni una persona contra otra". Pero vivimos solícitos unos de otros, como miembros de un Cuerpo, de manera que todos los que por la gracia de Dios pertenecemos al futuro granero hemos de tolerar, entre tanto, la paja de la era, no sea que por esa paja, destinada al fuego futuro, abandonemos la era del Señor. (San Agustín, Carta 142, A Saturnino) 

San Agustín habla de prejuicios. Hay tres tipos de prejuicios: negativos, indiferentes y positivos. Todos son posturas que excluyen el razonamiento, el juicio y la fundamentación. Los prejuicios positivos son peligrosos ya que se disfrazan de confianza y esperanza. La esperanza selectiva es un síntoma de este tipo de prejuicio. Estos prejuicios nos lleva a aceptar algo, sin juzgar convenientemente, porque coincide con la ideología que llevamos con nosotros. Los negativos rechazan algo sin más razón que una postura ideológica. Suelen ser violentos y muy desagradables de llevar con nosotros. Nos alejan constantemente de los demás. 

Hay un tercer tipo de prejuicio que es de indiferencia. Todo lo que no nos interese directamente se prejuzga como indiferente y despreciable de una u otra forma. Este prejuicio es terriblemente peligroso, porque nos lleva a la desesperación más absoluta. Todos los tipos de prejuicio se utilizan para etiquetar a quien lo rechaza como fundamentalista o rigorista. Como he comentado muchas veces, el típico “¿Quién eres tu para juzgar?” nos reclama indiferencia como prejuicio indispensable. 

Ahora podemos leer el texto de San Agustín y encontrarle más sentido. Nos dice: “cuando uno vive bien, no sienta prejuicio contra él ni la ajena causa ni la ajena persona” ¿Qué quiere decir? Básicamente nos invita a no ser tibios por la inferencia ni a defender/rechazar algo sin juicio alguno. Por ejemplo, los hermanos ortodoxos utilizan un prejuicio positivo a la hora de considerar la nulidad del primer matrimonio. Prejuzgan que todo primer matrimonio es nulo y permiten que los esposos contraigan segundas nupcias. Lo único que sucede es que estas segundas nupcias tienen un sentido de penitencia, ya que aceptan que puede ser algo a festejar que un matrimonio sea nulo a partir de un prejuicio positivo. 

En las discusiones que se están dando en torno al Sínodo de la Familia, es interesante observar y juzgar las argumentaciones de unos y otros. Es difícil encontrar una argumentación o un razonamiento, que acepte que es necesario entrar a discernir con precisión qué es lo que sucede y las consecuencias que cualquier cambio tendrá en los sacramentos. Casi nadie considera qué consecuencias tendrá una redefinición del significado de los sacramentos. Los sacramentos son signos y si pierden su significado se producirá una discontinuidad en “lo sagrado” entre nosotros. Quienes damos un sentido de continuidad asistiremos a los mismos sacramentos, pero los viviremos que otras personas, pero de forma diferente. De hecho esto ya sucede y a nadie parece importarle. Si señalas el problema te tachan de rigorista en dos segundos y te invitan a utilizar un prejuicio de indiferencia sobre todo lo que no sea algo personal y privado. 

Para quien los sacramentos son signos sociales, lo importante es sentirse incluido en la comunidad. Para quien los entiende como signos de Gracia de Dios, espera de ellos las fuerzas necesarias para vivir como cristiano y buscar la santidad. Podremos asistir a los mismos cultos, pero recibimos sacramentos diferentes, dando lugar a problemas importante en la unidad. Ahora creo que podremos entender la primera frase del texto que les he compartido al inicio: “Todo el que viva mal en la unidad de esta Iglesia, para sí come y bebe su juicio”. La unidad no es simple apariencia y simulacro social. La unidad de la Iglesia es tan profunda que llega hasta Cristo mismo que se sacrifica en la Cruz. Quien vive de forma que vive mal la unidad, palpa el juicio en los problemas que genera a su alrededor. Lo fácil es echar la culpa a los demás, pero tendríamos que pensar en cada uno de nosotros y qué hace para que unidad vaya más allá de vivencias socio-culturales. 

¿Qué tenemos que hacer? Hay tres posturas ligadas a los tres prejuicios antes descritos: Positivo: confía en que Dios haga todo el trabajo y vive como si no pasara nada. Negativo: piensa en que la solución es un cisma y vivir en independencia y enfrentamiento. Indiferente: no le importa nada, vive como si la unidad no existiera porque sólo se mira a sí mismo. 

San Agustín nos dice: “hemos de tolerar, entre tanto, la paja de la era, no sea que por esa paja, destinada al fuego futuro, abandonemos la era del Señor”. Nos habla de tolerancia que mucha más que la tolerancia actual. Es amor hacia quien ve las cosas de forma diferente. Es importante señalar los problemas con caridad, de forma activa y juiciosamente. Juiciosamente conlleva tener capacidad de juzgar y prudencia para saber hasta donde podemos llegar sin crear dolor innecesario en nuestros hermanos. Es importante no caer en postura cismáticas que nos llevan a destrozar el Tapiz maravilloso de la Iglesia. 

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