La monja que quiere ganar MasterChef para salvar de la bancarrota a sus hermanas pasionistas

No es la más rápida en la cocina, ni tampoco prepara guisos de presentación impecable, pero posee un sazón inigualable que la vuelve casi envidiable.

Su personaje está conquistando el corazón de los mexicanos y cada semana se perfila para quedar entre los finalistas del nuevo reality de la televisión mexicana.

Es la hermana Flor, la religiosa de 67 años, que de lunes a sábado se encarga de alimentar a 200 jóvenes del Seminario Palafoxiano de Puebla y los domingos por la noche aparece en Tv Azteca cocinando en MasterChef.

En los últimos 10 años, la franquicia inglesa de MasterChef se ha replicado en 46 países del mundo, con altos niveles de audiencia. Tv Azteca no quiso quedarse atrás y ha copiado el modelo a la mexicana, pero esta vez le ha incluido un plus: una religiosa como concursante.

Altos niveles de audiencia
Sin duda esta particularidad ha traído consigo altos niveles de audiencia en el programa y la aceptación de la hermana Flor. Algo que le ha caído como anillo al dedo a la televisora. A la hora del programa, en las redes sociales, no se habla de otra cosa. Tiene su propio club de fans y es una de las concursantes más carismáticas de la emisión.

Pero para esta religiosa, originaria del estado de México, hay motivación superior que la de ganar el concurso de cocina: salvar de la banca rota a su congregación, las Hermanas Pasionistas.

Su semblante se torna serio cuando habla de su orden religiosa. En alguna ocasión, le preguntaron en una dinámica qué estaría dispuesta a hacer si la madre de la congregación estuviera en riesgo económico. No dudo ni por un segundo: "¡Haría pizzas para vender, o algo que se comiera!"

La congregación de las Hermanas Pasionistas enfrenta una deuda impagable con el banco, no se explica por qué razón, pero la orden religiosa ya no puede cubrir los intereses y el millón de pesos que podría ganar la hermana Flor del programa MasterChef resolvería algunas de las necesidades más apremiantes.

Misionera en África y El Salvador... y en Europa
A los 16 años dejó su hogar para sumarse a la orden. Ha sido misionera en El Salvador, Roma, España y África, pero también ha formado parte del servicio que atiende a los sacerdotes y religiosas.

Su estancia más larga fue en El Vaticano, ahí vivió 40 años, siempre en la cocina o haciendo tareas domésticas. Habla perfectamente italiano, sabe cocinar pizzas y pastas y ha viajado por varios países de Europa.

Hace cuatro años que llegó a Puebla y desde entonces se instaló permanentemente en la casa de las Hermanas Pasionistas. Ella se encarga de la cocina del Seminario Palafoxiano, en donde alimenta a 200 seminaristas, todos los días, tres veces al día.

La dificultad aumenta si en la cocina no hay lo necesario para preparar esos ricos platillos, si las ollas de peltre están agujeradas y se filtran el caldo o la sopa. Más difícil se vuelve, si los cuchillos están atados con cintas o cordones, porque no tienen mango o si las cucharas de madera se pegan en el fondo de las ollas y qué decir de cuando no hay licuadoras que funcionen para moler la salsa.

A pesar de esto, Flor y las 10 mujeres que le ayudan en la cocina deben arreglárselas para hacer un platillo diferente con lo que hay en la despensa. Tres veces por semana hay carne, pero no carne buena. Es retazo con hueso, pero en las manos de la religiosa, se convierte en manjar.

Cuando el arzobispo Víctor Sánchez Espinosa visita el Seminario come lo mismo que los chicos, no hay distinción en los platillos, aunque si le dieran a escoger, seguramente elegiría lo que más le gusta comer: sus enchiladas de mole, frijoles refritos con totopos o su chocolate con concha.

¿Una monja en MasterChef?
Hace unos meses el padre Pablo Carvajal convenció a la hermana Flor para que aprovechara su don en la cocina y acudiera al Instituto Culinario de México a participar en el casting de Tv Azteca. Buscaban cocinero para un programa de telerrealidad. Después de pensarlo mucho, la hermana Flor acudió al lugar.

Le habían advertido que los concursantes estarían varias horas esperando y era mejor llevar algo no perecedero. Pensó en una ensalada con arroz frío. Ese día, su plato gustó mucho a los jueces. La combinación de verduras con arroz blanco, sorprendió a los jurados.La felicitaron en una carta y le anunciaron que había avanzado a la siguiente fase y competiría con otros cocineros aficionados.

Días después, monseñor Felipe Lorenzini le insistió para que siguiera en la competencia y viajara al estado de México para la eliminación en el Centro Ceremonial Otomí. Ahí se reunieron más de 300 cocineros de todo el país para presentar sus guisos. El reto era quedar entre los primeros 25 concursantes.

Los jueces de la contienda recorrieron los pasillos de mesas, solo probaban aquellos platos que parecieran “tener propuesta”. En las mesas, había desde impresionantes esculturas hechas de fruta, hasta muestras gastronómicas minimalistas.Todo era válido para encontrar un puesto en MasterChef.

El juez, Benito Molina llegó a la mesa de la hermana Flor, observa el plato de chayotes espinosos cortados por la mitad, lo ha llamado Azteca Palafoxiano, en honor al Seminario. La presentación deja mucho que desear, pero al degustar el primer bocado, el juez queda cautivado con el dulce de chayote. No tiene duda y le entrega el cucharón de madera con el que pasa a la siguiente fase.

Los ojos de la hermana se abren de par en par y su risa se ilumina, sin dudarlo abraza fuertemente al juez, quien no tiene más remedio que sonreír.

El día para cocinar frente a las cámaras llegó. Una larga pasarela de concursantes, que le había antecedido, había cansado al jurado. Aun así, se aventuró a preparar algo que jamás había cocinado: un rollo de tres carnes, bañado en salsa caramelizada. El atrevimiento sorprendió a los jueces y más cuando degustaron el resultado de semejante experimento.

Sin dudarlo le dieron el pase a la monja para que formara parte del elenco de MasterChef. Aunque en ese momento estaba contenta por estar dentro de la competencia, en el fondo le preocupaba la preparación del banquete que tenía organizado para 900 personas en Puebla, ese fin de semana.

-Tendrá que pedirle permiso a su hermana superiora porque usted se queda desde ahora con nosotros

-¿Y ahora? Por lo menos déjenme cumplir con mi compromiso.

El precio de la fama
Desde que entró al concurso de MasterChef, la hermana Flor no tiene descanso. Se divide entre la cocina del Seminario y las exigencias de Tv Azteca. No tiene tiempo para asear su habitación, ni para arreglar sus cosas personales. Está cansada por tanta actividad.

Los fines de semana, la producción del programa la traslada a una casa en el estado de México, ahí permanece aislada con los otros concursantes, en espera del nuevo reto de cocina.

Recibe clases de cocina para mejorar sus platillos, pero lo que ahí le enseñan, podría no ser práctico para replicarlo en su cocina del Seminario.

“Nos enseñan a preparar los caldos para acompañar los platillos. Todo está enfocado para trabajar en un restaurante, pero en mi cocina no puedo aplicarlo, no tengo dónde almacenar estos caldos. Aun así estoy disfrutado esta nueva experiencia”.

No sabe quién se convertirá en el MasterChef México. La competencia cada vez es más dura y los retos más difíciles. Pero a sus 67 años, esta misionera de Dios, está decidida a darlo todo, por ayudar a su congregación.

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