Pablo VI, el Papa mártir


















El domingo, si Dios quiere, el Papa Francisco beatificó a uno de sus predecesores, el Papa Pablo VI. Del Papa Montini -ese era su apellido- se recuerda en estos días su imprescindible aportación para que el Concilio Vaticano II llegara felizmente y sin mayores tensiones a su conclusión; la labor que hizo para indicar a la mayoría progresista que determinados contenidos él no los iba a firmar, evitó que algunos documentos conciliares estuvieran en una línea de ruptura con la Tradición y pudieran ser asumidos por la práctica totalidad de la Iglesia. Del mismo modo, con grandes dificultades gobernó la Iglesia desde la clausura del Vaticano II en 1965 hasta su fallecimiento en 1978, para intentar que la aplicación del Concilio se hiciera con una "hermenéutica de continuidad" -usando el término acuñado posteriormente por Benedicto XVI- y no con una hermenéutica de ruptura.



De Pablo VI también se recuerda en estos días de su beatificación el gran valor que demostró al publicar la encíclica "Humanae vitae", en contra de la opinión de todos menos uno de sus consejeros. Esa encíclica supuso la apertura de la Iglesia al concepto de "paternidad responsable", dejando atrás la tesis no oficial pero sí oficiosa de que cuantos más hijos mejor; pero también significó el rechazo a los medios artificiales de control de la natalidad, por ir en contra de lo que el plan de Dios había escrito en la naturaleza humana. La "Humanae vitae" significó para Pablo VI el fin de su idilio con la progresía; se le enfrentaron conferencias episcopales enteras y numerosos obispos y teólogos le criticaron abiertamente por ello, acusándole de haber dado la espalda a la renovación conciliar para echarse en manos de los conservadores.



Por todo ello, por lo que sufrió para mantener la Iglesia en una línea auténticamente católica -es decir, equilibrada- y por haberse atrevido a desafiar las presiones del mundo, es por lo que creo que Pablo VI merece el título del "Papa mártir", aunque no haya derramado su sangre en defensa de Cristo y de la fe.



Sin embargo, hay un punto de su enseñanza, menos conocido, que merece la pena destacar porque ilumina muy bien lo que está sucediendo en este momento en la Iglesia. Era la solemnidad de San Pedro y San Pablo de 1972. Pablo VI llevaba ya nueve años gobernando la Iglesia y habían transcurrido siete desde la clausura del Concilio. Aún le faltaban otros seis para entregar su alma a Dios, el 6 de agosto de 1978, aunque eso, lógicamente, él no lo sabía. Estaba, pues, a la mitad de su pontificado. Había tenido ocasión de impulsar las principales reformas emanadas de los decretos conciliares y también de darse cuenta de la deriva en que se estaba introduciendo la Iglesia. En ese momento y en ese contexto, Pablo VI sorprendió a todos con este discurso:



"Ciertas corrientes sociológicas de hoy tienden a estudiar a la humanidad, mientras que prescinden de ese contacto con Dios. Por el contrario, la sociología de San Pedro y la sociología de la Iglesia estudian a los hombres señalando precisamente este aspecto sagrado de la conversación con lo inefable – con Dios, con el mundo divino. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia.



También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.



¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: él Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma".



Me gustaría destacar estas frases: "Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia". "También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre". "Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios".



Y ahora, ¿qué está pasando? ¿No ha vuelto la incertidumbre, la duda, la confrontación? Incluso entre los pastores de más alto nivel hay discrepancias sobre temas esenciales, como la necesidad del estado de gracia para poder comulgar, como se ha visto en el reciente Sínodo sobre la familia. ¿Beneficia esto a los fieles? ¿No estamos llenando sus ojos de humo para que no puedan ver? ¿No es esto la entrada triunfal del relativismo en el seno de la propia Iglesia? ¿Y no es esta confusión la consecuencia del humo de Satanás?



Ruego a Dios que esta situación cambie y el aire limpio y fresco del Espíritu expulse fuera las sombras de confusión que el demonio ha vuelto a introducir en su Iglesia. Antes de que sea demasiado tarde.








17:37
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