Deja que te quiera, dice el Señor


Antes de confirmar a San Pedro en su misión de pastorear a la Iglesia, Jesús le pregunta por tres veces: “¿Simón, hijo de Juan, me amas más que éstos?” (Jn 21,15-17). Este texto lo relaciono con uno de los escritos espirituales que más impresión me han hecho, una carta que la beata Isabel de la Trinidad, monja carmelita casi de la misma época que Santa Teresita del Niño Jesús, escribió a su Superiora para que la leyese después de su muerte. Dice así: “’Vos sois amada extraordinariamente’, amada con el amor de preferencia que tuvo el Maestro en la tierra hacia algunos y que los llevó tan lejos. Él no os dice como a Pedro: ‘¿Me amas más que éstos?’. Madre, escuche lo que le dice: ‘¡Déjate amar más que éstos!’, es decir sin temer que algún obstáculo sea obstáculo, porque yo soy libre para derramar mi amor en quien me place. ‘Déjate amar más que éstos’, ésa es tu vocación, y siendo fiel a ella me harás feliz, porque engrandecerás el poder de mi amor. Este amor sabrá rehacer lo que hubieres deshecho. ‘Déjate amar más que éstos’… Creed a su ‘mensajero’ y leed estas líneas como venidas de Él”.

Cada vez que leo este párrafo no puedo por menos de pensar las pocas veces que somos conscientes del inmenso amor que Dios nos tiene: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”(Jn 3,16). “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”(1 Jn 4,10).




Este texto nos enseña una cosa: que Dios nos quiere profundamente. Lo cual lleva consigo una contrapregunta. ¿Y yo a Dios le quiero? Recuerdo que fue un interrogante que me hice hace algún tiempo y a la que no me fue demasiado difícil contestar: “Le quiero, pero más bien poco”. Con lo cual llegué a la conclusión que tenía que pedirle dos gracias: la primera que me concediese la gracia de quererle y la segunda, que me concediese la gracia de saber aprovechar la gracia anterior.




Ciertamente Jesús nos enseñó que tenemos que responder al amor de Dios cumpliendo su voluntad y llevando una vida moral. Pero Jesús ha venido principalmente como nuestro Redentor y su misión primaria ha sido convertir a los hombres en hijos adoptivos de Dios, como nos dice San Pablo (cf. Gal 4,4-7; Rom 8,14-17; Ef 1,5), hijos que tienen en Él una vida nueva, consistiendo la filiación divina sobre todo en participar del amor existente entre las personas divinas. El cristiano está cierto del cariño y de la fidelidad de Dios, a pesar de nuestras infidelidades e incongruencias, y vive con la esperanza en el triunfo final de Dios. Con esta filiación divina se realiza el misterio de nuestra divinización, consecuencia del amor divino infinito y con el que la dignidad humana alcanza su máximo grado.




Todo esto está muy bien y nos lo creemos sinceramente. ¿Pero intentamos llevarlo a la práctica? Está claro que necesitamos rezar: ¿pero lo hacemos? Cuando Él intenta penetrar en nuestros corazones ¿tiene vía libre o se tropieza con el muro de nuestra indiferencia o de nuestro rechazo? Pidamos simplemente al Señor que nos dejemos amar por Él y tenga así vía libre para que pueda actuar en el mundo a través nuestro.




Pedro Trevijano







17:39

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