Iglesia, nacionalismo y bien común


Todos nosotros somos conscientes de que la famosa frase del Evangelio: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” ( Mt 15,21; Mc 12,17; Lc 20,25) significa por parte de Jesucristo el reconocimiento de la autonomía de las cosas temporales, que han de estar al servicio del bien común, pero recordándonos a la vez que la obediencia a Dios es de naturaleza más elevada y más importante. No hay que olvidar que la fe impregna todo, incluso en el plano meramente humano y político, y que en éste hay que buscar, sobre todo, el Bien Común, es decir "la suma de aquellas condiciones de la vida social mediante las cuales los hombres pueden conseguir con mayor plenitud y facilidad su propia perfección y consiste primordialmente en el respeto a los derechos y deberes de la persona humana"(Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, nº 6). "Supone en primer lugar el respeto a la persona en cuanto tal"(Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1907), con especial atención a la protección y promoción de los más débiles y marginados. "En segundo lugar el bien común exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo"(CEC 1908); e implica finalmente la paz y la seguridad del grupo y de sus miembros (cf. CEC 1909).

La Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado varias veces sobre el tema del nacionalismo; siendo especialmente importantes las Instrucciones Pastorales Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de noviembre del 2002, y Orientaciones morales ante la situación actual de España, del 23-XI-2006.




En Valoración moral... leemos: “31. Por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación el eje de sus actividades. La Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos, acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común... La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción política, no puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia... Los nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas, deben estar ordenados al bien común de todos los ciudadanos, apoyándose en argumentos verdaderos y teniendo en cuenta los derechos de los demás y los valores nacidos de la convivencia.




32. Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas ocasiones”.




Y en Orientaciones morales...: “73. La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la unidad política de España. Pero enseña también que, en este caso, como en cualquier otro, las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada. Todos tenemos que hacernos las siguientes preguntas. Si la coexistencia cultural y política, largamente prolongada, ha producido un entramado de múltiples relaciones familiares, profesionales, intelectuales, económicas, religiosas y políticas de todo género, ¿qué razones actuales hay que justifiquen la ruptura de estos vínculos? Es un bien importante poder ser simultáneamente ciudadano, en igualdad de derechos, en cualquier territorio o en cualquier ciudad del actual Estado español. ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudiéramos opinar y expresarnos todos los afectados?”.




No me gustan los separatismos, por los desastres que traen consigo de todo tipo, por ejemplo económicos y racistas (recordemos que Sabino Arana escribió frases que casi avergonzarían al mismísimo Hitler), y además porque no tengo ninguna gana de que para ver a mi hermana o a mis sobrinos, tener que cruzar una frontera y usar el pasaporte para visitar un país extracomunitario. Creo que la independencia sólo conviene a aquéllos que desean impunidad para sus robos.




Pero como no somos los únicos afectados por el virus separatista, veamos cómo lo resolvieron en Italia. El 6 de mayo de 1996, el cardenal Camilo Ruini, presidente de los obispos italianos, criticó los principios separatistas de la Liga Norte. "La unidad de Italia no se toca", afirmó en la inauguración de la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal, y los obispos demostraron su acuerdo con aplausos. Según Ruini, "negar o comprometer la unidad de nuestra nación va contra la posibilidad del desarrollo y de los intereses económicos de las poblaciones del sur, del centro y del norte". Tres días después, Juan Pablo II habló, en un discurso a los 300 obispos del país, de "la gran herencia de fe, cultura y unidad que constituye el patrimonio más precioso del pueblo italiano" y de la "amada Nación italiana".







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