La abdicación de Iglesia y cultura


Hace algunos años, no muchos, había una batalla. Sobre la vida, los hijos, el significado de paternidad y maternidad, el criterio de la selección eugenésica o selección de la raza, el carácter humano -demasiado humano- de la imperfección genética, el derecho siempre arriesgado de saber de quién se es hijo (pero en el caso de la madre hay una certeza establecida clásicamente y en latín: semper certa est). Hace algunos años, no muchos, se discutía con pasión -y en Italia se votó en un referéndum muy combatido- sobre la naturaleza del embrión concebido, sobre su bagaje cromosómico, sobre la tutela biopolítica de los individuos en su singularidad irrepetible, fijada en las constituciones y en las conciencias.

Combatíamos, con la participación no sólo de los médicos y expertos, sino también de psicoanalistas, de feministas, de gente seria y sorprendida por la deriva en curso, respecto a la ciencia en su relación con la técnica, la tecnociencia, y pensábamos que era necesario un límite ético, que el creciente poder “creativo” de la bioingeniería debía ser definido por la norma, las costumbres, las culturas, en base también a un creciente poder moral de elección confiado por su naturaleza a la sociedad o a la comunidad, entidades distintas, por su naturaleza, a una secuencia numérica de individuos privados de conexión histórica, de ethos y pathos comunes, privados de vínculos fuertes y de una participación eficaz y fundadora también de las obligaciones legales y de los deberes simplemente humanos.




El debate se había ampliado hasta incluir, como es obvio, el aborto -sobre el que se propuso un balance no hipócrita mientras se discurría "onusianamente" sobre una moratoria para la pena de muerte-, el matrimonio y la diferencia sexual más allá del dominio, que nunca nadie ha contestado, de los sentimientos privados y de las elecciones del eros y del placer, distintos de los de la norma social familiar vinculada al matrimonio y a la educación de los niños por ambos progenitores.




Un Papa y una Iglesia, la católica, habían dicho lo que nadie osaba decir, algo que sonaba como una negación (y no lo era) de la democracia procesal o ciudadana que quiere confiar la perfección de cada decisión pública a la fuerza de los números de la mayoría: “Principios no negociables” era la frase prohibida, importante para la ética y la política, para la definición del fundamento extrajurídico del estado y de la obligación política, la frase que llevó, en el arco de pocos años, a la dimisión de un Papa teólogo y profeta y a la llegada, para curar las heridas de la contemporaneidad católica (un oxímoron), de un Papa jesuita y pastoral, cuya teología bíblica tiene sabor a misericordia, como es obvio, y de olvido y negación de la racionalidad de juzgar (lo que es menos obvio).




La iglesia ha abandonado el campo de batalla. Se cura las heridas con un lenguaje reacio y transversal, hecho de ocultamiento y de alegría evangélica exhibida (pero no se entiende hasta qué punto vivida o vivible). Las clases dirigentes católicas y las laicas de un cierto tipo, irreductibles al capricho laicista y secularista, son un vago recuerdo, un fuego fatuo. Nuestro empuje de minoría fuera de la Iglesia era auténtico, fundado sobre la convergencia con una gran visión del mundo y sus consecuencias, pero la del personal católico de establishment era sólo connivencia provisional con los obispos del momento: cambiado el jefe de los obispos, cambiado el clero y el signo del clericalismo, refugiado el jefe de la Iglesia en una desesperación de la doctrina, he aquí que desaparecen los intelectuales, los pastores y los militantes de la batalla sobre la vida, o se esconden en prácticas ordinarias, el mínimo indispensable pero inútil que hoy está de moda.




Si esta fuga es una diabólica responsabilidad religiosa o filosófica o doctrinal, es algo a lo que se tendrán que enfrentar ellos; en lo que respecta a nosotros, interesados en la espiritualidad y en la fe de quien la posee, pero sobre todo en la responsabilidad civil, política en el sentido no bajísimo del término, sentimos algo más que una responsabilidad, y dejando de lado a Fausto y Mefistófeles, sentimos culpabilidad. ¿Qué hemos hecho para merecer el intercambio de embriones en un hospital de Roma, la siniestra lucha judicial entre padres biológicos y padres de gestación que se decide en pocos días y que está en manos de un derecho débil y prepotente, que no se preocupa de los derechos del que viene, y que ha matado en la cuna con 28 veredictos activistas una ley para la que se habían necesitado treinta años? ¿Qué hemos hecho para llegar a un decreto del gobierno que parece que intenta evitar -extrema línea Maginot- los bajíos igualmente siniestros de la compatibilidad genética como agresivo derecho a la piel clara o a los ojos celestes en la fecundación heteróloga? ¿Qué hemos hecho para asistir al triunfo de los "centros" de deseo inmaduros y de los expertos "faustianos" que niegan también esta débil y evitable necesidad normativa, y teorizan una capacidad y opacidad reproductiva legibus soluta, anárquica, hecha de una segura predisposición a la eugenesia, es decir, a la selección de la raza?




Lo sabemos. Son cosas que llegan ciertamente del "biologismo" nacionalsocialista de origen alemán y de los mitos de la raza de la derecha europea o de una de parte de ésta; pero son también cosas que vienen del optimismo socialdemócrata, incluso del espíritu americano, de los territorios ideológicos en los que experimenta, en el siglo XX, el mundo del fitness liberado de la imperfección y de la realidad, que siempre es imperfecta. Leo las crónicas y pienso inevitablemente en una maldición, en una fatal renuncia a la búsqueda odiséica de lo verdadero, al abandono de la curiosidad por lo humano en favor de la construcción de lo transhumano, al brutalizarse (vivir como brutos) del género al que pertenezco, incluyendo su código cultural, su chispa divina, tanto en sentido cristiano como pagano.




Verdaderamente hemos caído muy bajo -y uso con conciencia esta expresión de abuelo cascarrabias- y tenemos que tomar acto de nuestra culpa, de nuestra culpa moral, que compartimos tanto quienes han actuado en la negligencia o en el equívoco por el mal absoluto, como quienes no han sabido vencer la batalla por un bien relativo, pero cierto. El mundo de la probeta salvaje, del derecho a morir como norma y cultura, del aborto selectivo y eugenésico, de la destrucción serena (#embrionestaisereno), el mundo que han temido unos pocos, entre ellos un intelectual triste y suicida como Alex Langer (“E se Ratzinger avesse ragione?” - "¿Y si Ratzinger tuviera razón?" - fue uno de sus artículos en tiempos no sospechosos), el mundo del sentimiento fácil y del desprecio exhibido que se esconde detrás de los niños de Gaza mientras organiza el gran campo de concentración eugenésico a cielo abierto en que nos hemos convertido: este es el mundo que laicos impotentes y cristianos reflexivos y solidarios han construido. La abdicación de Ratzinger ha sido simbólicamente mucho más de lo que ha sido la renuncia a la Cátedra pontificia.




Giuliano Ferrara (Roma, 1952) es un periodista y político italiano. Primero comunista y después socialista, completó su arco político en los años noventa apoyando a Silvio Berlusconi y el centro-derecha. Es un intelectual de referencia del "teoconservadurismo" italiano. Fundador y director de Il Foglio y editorialista de Il Giornale (N.d.T.)




Artículo publicado originalmente en Il Foglio .



Traducción de Helena Faccia Serrano.







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