De evangélico a seminarista: «¿En dónde estaban los protestantes antes de Lutero?»


Se llama Erich Picado y es un seminarista de Costa Rica. Su historia es la de un hombre que volvió a Cristo y a la Iglesia gracias a la experiencia de amor que vivían los católicos con los que descubrió en su camino.

“A los 16 años –explica Erich-, una tía mía me llevó a su secta, denominada ‘Catedral del evangelio’, y después de unos meses me involucré de lleno en la actividad protestante”. En sus primeros pasos comenzó a leer la biblia de acuerdo con los preceptos del pastor. Las ideas que más fuerte le calaban eran que el Papa es el anticristo; que la Iglesia Católica es la gran ramera descrita en Apocalipsis; que los santos y la Virgen eran demonios que servían a Satanás para usurpar el trono de Dios; que los sacerdotes y las religiosas eran personas perversas que engañaban a la gente y que debían ser combatidos... Que “todo era malo –aprendió en la secta Erich-, el mundo era malo, todo era pecado, hasta mi familia, incluyendo a mis Padres y a mis hermanos. Los católicos eran enemigos de Cristo porque aún seguían metidos en el catolicismo”.




Del seguimiento al Pastor, llegó a odiar a sus padres y a distanciarse de su familia. Eso sí, predicaba por las calles para convertir a los pecadores, es decir a cualquiera que no fuera de su secta: “Les repetía los ataques que aprendí: Que el Papa era un personaje diabólico; que ellos eran idólatras porque adoraban imágenes; que le Iglesia Católica vivía hundida en el error y sometida al diablo; además de una enorme gama de tonterías que se me iban metiendo en la cabeza por los líderes religiosos”.




Llegan las primeras dudas



El paso por la universidad le fue abriendo los ojos y le ayudó a cuestionarse algunas cosas que no había en el interior de la secta. Lo que más le dolía era que no hubiera “solidaridad con los más pobres, ¿por qué no se luchaba por la justicia social?”. Las respuestas eran vagas: “No pertenecemos a este mundo, la pobreza de ellos es fruto de su pecado y de su idolatría”, era lo más que lograba conseguir del Pastor y los dirigentes, a la vez que Erich sabía que tanto éstos como “sus hijos recibían sumas económicas fuertes, porque vi cheques girados a su nombre”.




Después vino la ruptura, o al menos el alejamiento, de la ‘Catedral del evangelio’: “Quedé en el aire en cuanto a estructura religiosa. Creía en Cristo, en Dios, pero en ninguna Iglesia”.




El descubrimiento de Madre Teresa



Un día viendo televisión, vio un reportaje sobre la Madre Teresa de Calcuta. Al verlo quedó espantado: “Me dije para mí: una mujer como ésta, aunque sea monja, no puede hacer esto con los pobres más pobres a menos que esté llena de Dios”.




Se decidió a escribirle una carta a Calcuta para saludarla y explicarle cuánto le había impresionado su testimonio, pero las mismas Misioneras de la Caridad que había en Costa Rica le dijeron: “No se ilusione mucho, porque ella no contesta las cartas pues no tiene mucho tiempo”.







La carta fue escrita, fue enviada y, cuatro meses después, fue respondida: “La santa viviente me había escrito a mí, un miserable que odiaba a su Iglesia. Me dio palabras de consuelo, me animó a amar hasta que doliera, me dijo que mi vida valía, que orara todas las noches con ella así:




María madre de Jesus dame tu corazón,



tan lleno de amor y de misericordia,



tan lleno de dulzura y de paz,



para poder encontrar a tu Hijo en el Pan de la Vida,



escondido entre los más pobres de los pobres”.




Obviamente, se puede uno imaginar el choque emocional y espiritual que experimentó en ese momento el protestante Erich Picado: “¿Yo… orar a María?”




Vendría el "segundo golpe del Espíritu Santo"



Dios seguía insistiendo. Esta vez se hizo presente a través de sus propios estudios. En su universidad tuvo la oportunidad de optar a una beca de estudios por siete meses en el extranjero. Una vez presentados los papeles resultó elegido para ir, nada más y nada menos, que a un curso de comunicación pastoral del Celam (Conferencia Episcopal Latinoamericana), en Puebla, México.




Cuando a llego a ese país, el propio Erich califica como “experiencia espeluznante” lo que le esperaba. Se trataba en realidad de un estudio de la comunicación dentro de la propia Iglesia Católica. El ambiente estaba plagado de católicos, sacerdotes, misas, rosarios, vírgenes María...




Por extraño que pareciera: “Me hice amigo de sacerdotes. Y poco a poco comencé a hacerles preguntas: ¿Por qué ustedes adoran a los ídolos? ¿Por qué siguen al Papa que es el Anticristo? ¿Por qué adoran a la Virgen? ¿Dónde habla la Biblia de la Misa? ¿Dónde habla la Biblia sobre la Iglesia Católica?”




Amor a cambio de dudas



Su amoroso acto de amistad, su sinceridad, pero principalmente su compromiso real y practico con los pobres me terminaron de derrumbar”. A ello se sumó que cierto día, Erich estaba leyendo un libro sobre la historia de la Iglesia. Se le acercó uno de los sacerdotes y le preguntó: “¿Dónde estaban ustedes los protestantes en el siglo II o III o cuarto o quinto? No se da cuenta que llamarse cristiano en el mundo por más de 1000 años fue llamarse católico puesto que no había otra Iglesia. ¿No sabe usted que por 1500 años antes de la aparición de Lutero para ser cristiano uno debía ser católico u ortodoxo?”




Una pregunta más le retumbó en sus oídos: “¿Cree usted que Dios mandó a su amado hijo para seguir dejando a la humanidad en la oscuridad por 1500 años más hasta que apareciera Lutero?”




En silencio, sin llamar la atención, intentando pasar desapercibido, el protestante Erich Picado decidió acudir asiduamente a una pequeña capilla que había en la universidad. Sabía por un amigo “que en el sagrario, es decir la cajita que está al lado de la vela encendida, ahí estaba el Señor Jesus. Yo sin creer ni dejar de creer, a solas y a escondidas, comencé a escabullirme todos los días hasta la pequeña capilla, cerraba la puerta y me quedaba ahí una hora y le decía al Señor: ‘La verdad no sé si estás o no estás pero si estás ayúdame, decidme cual camino escoger: El me respondió”.




De regreso a ´casa´



Aún no iba a misa. Fue un 3 de noviembre cuando Erich le explicó a uno de sus amigos sacerdotes que quería volver a la Iglesia. Para su sorpresa este le respondió: “Mire, si se va a hacer católico por nosotros, sus amigos, mejor quédese como está. Si es por convicción clara piénselo un mes y luego hablamos”. Pasó el mes y le dijo: “Ya estoy listo. Quiero confesarme tras 18 años de no hacerlo, quiero pertenecer a la Iglesia fundada por Jesús en el Apóstol Pedro”.




Antes de volver a Costa Rica, Erich pasó por la Ciudad de México y tuvo la oportunidad de visitar el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe: “Qué emoción más intensa sentí al rezar la oración que la Madre Teresa me envió en frente de la imagen santa de la Madre de Dios en el Tepeyac”.







“Lloré como un niño mientras rezaba –confiesa-, a todos los hermanos presentes les contaba mi regreso a la Iglesia, tan emocionado como un niño. Regresé a Costa Rica. En casa, todos quedaron sorprendidos al verme cargado de rosarios y estampas de la Virgen. Pedí perdón a papá y a mi familia por los años perdidos en la fe, viviendo con odio y sin amor”.




Seminarista para la Gloria de Dios



Ya en su país, Erich dejó su trabajo profesional e ingresó en el seminario: “Quiero ser sacerdote del Señor Jesucristo, para anunciar la virtud del amor de Aquél que me llamó del error a la luz. Dios es grande, es maravilloso. Qué lugar tan hermoso es la Iglesia Católica, lugar donde reside la Palabra de Dios, la presencia de Jesús en la Eucaristía y donde se lucha por la justicia, por el amor, por la vida”.







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