¿Evangelizar exige amenazar?


Evangelizar (dar la buena noticia) es la tarea de la Iglesia, a eso ha sido enviada, por eso ha sido fundada, por ello es sostenida por la fuerza del Espíritu. Esa buena noticia no es otra que el amor de Dios, un amor tan incondicional, tan absoluto, tan veraz como la cruz; un amor que no es simplemente “por la humanidad” (expresión que dice mucho pero no dice nada) sino por mí y por ti y que ese amor no es producto de la ganancia o de la conquista personal sino gratuidad benevolente de parte del Señor. Un amor gratis, tan gratis que no es merecido ni está sujeto al cambio de nuestra conducta, aunque necesariamente deba conducir a ello. Por eso esta buena noticia es tan escandalosa, hiere nuestro concepto de justicia, trastoca nuestra escala de valores y hace entrar en crisis todas aquellas frases grabadas en el corazón cuando afirmaban que “Dios sólo nos ama si somos buenos”.

Por eso no es fácil evangelizar, pues ello requiere de la propia experiencia del amor de Dios, de su ternura, de su compasión y de su “hacer nuevas todas las cosas” en mi; lo otro puede ser simplemente la transmisión de verdades de fe reveladas por la Escritura que, sin infravalorarse, corren el riesgo de convertirnos en creyentes fríos, de esos que defienden conceptos y matan por ellos, pero no permiten que estos lleguen a transformar la vida.




Evangelizar no es amenazar con la condenación a todo el que obra mal, no es blandir la espada de la justicia contra todos los pecadores arrinconándolos en una esquina para poderlos marcar con la señal de los perdidos, ni declararlos enemigos de la propia causa sólo porque la ignorancia les ha impedido ver la verdad (Jesús es la verdad). Evangelizar es mostrar los brazos abiertos de Jesús en la cruz diciendo: “todo lo he hecho por amor a ti”. Eso es lo que verdaderamente transforma el corazón y hace en nosotros poseer la experiencia de una vida nueva.




No abandona el pecado el pecador cuando se le refriega su proceder con el ánimo de hacerle entender lo errático de su camino, esa no es función de la evangelización. Estoy plenamente seguro que el mostrar el rostro de Dios en Jesús tiene por sí solo la efectividad de ayudarnos a descubrir el pecado; es imposible no reconocer el pecado cuando tenemos a Jesús en frente como un espejo y es él el que precisamente nos lleva a cambiar conductas y no el enrostramiento constante de quienes solo saben condenar y ver maldición en todo. No desaparece la oscuridad cuando se le maldice sino cuando somos capaces de encender una luz, por tenue que ésta sea, es la luz lo que hace este milagro. Evangelizar es encender esa luz.




¿Cómo se enciende esa luz? Mostrando la verdad. ¿Y qué es la verdad? La verdad es una persona, la verdad es Jesús: “Yo soy la verdad…” Pero este conocimiento de la persona de Jesús no se limita a saber “cosas” suyas sino a vivir la experiencia de su amor y a entender que lo que hizo tiene relación directa conmigo, que no soy ajeno a su obra, que pensó en mi cuando lo estaba haciendo y que no podía esconderme entre la humanidad cuando dio su vida por ella. Ahí es cuando la humanidad deja de ser “todos los hombres” para ser yo, con nombre propio, con identidad propia y con mirada suya hacia mí.




Evangelizar no se hace llenando la cabeza de conceptos y de verdades epistemológicas, racionales (como cuando aprendemos que 2+2=4), sino que apunta también a tocar las emociones, la voluntad, el corazón. Una fe que solo toca la razón nos puede volver fanáticos, una fe que toca solo las emociones nos puede volver inestables, pero una fe que toca la razón, la voluntad, las emociones es tan poderosa que transforma la vida de modo notable. Es ahí donde las conductas se transforman y donde se aprende que por la fe no se arrebata la vida a nadie sino que se entrega en beneficio de los demás.




Evangelizar no es abrir las puertas del infierno para los pecadores sino declarar el amor de Dios por cada uno para que sea ese amor el que arrastre a la conversión. Hemos sido catalogados como intolerantes, exterminadores, prejuiciosos, inquisidores, excluyentes, severos, etc, etc, pues llegó el momento de mostrar un nuevo rostro en la Iglesia: el rostro de la misericordia y del respeto, de la bondad y de la acogida, de Madre y de Maestra. Tenemos convicciones, amamos las enseñanzas de Jesús y luchamos por ser fieles a ellas, no relativizamos la verdad por un falso respeto a las diferencias, pero no declaramos impíos a quienes no piensan como nosotros, defendemos la verdad enseñada por el Maestro pero no volveremos a una época en que por defender lo propio se pensaba que lo mejor era condenar. No se evangeliza condenando las posturas ajenas sino dando la vida por las propias. Eso es evangelizar.




No necesitamos cristianos que maldigan a los homosexuales, a las prostitutas, a los abortistas, sino cristianos que defiendan la vida y la belleza del amor humano, que entiendan el proyecto de familia de Dios y que no crean que son buenos solo porque no son malos. No odiamos a los que no piensan como nosotros, si así fuera no existirían movimientos ecuménicos que pretenden encontrar los puntos que nos ayuden a amarnos en vez de encontrar razones para odiarnos.




También Jesús dio su vida por quienes han abortado, por los homosexuales y las prostitutas y el drama de cada uno es su propio dolor.




Evangelizar es sanar las heridas con el amor de Dios.




Juan Ávila Estrada Pbro.







18:26
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