Buscando el corazón


Las noticias de cada día, las que nos repiten los medios de comunicación y las que vemos en nuestro entorno, nos recuerdan que está aquí el fin de curso. Se acercan las vacaciones, de modo inmediato o en los que nos rodean en la oficina, el despacho, el colegio o el hospital. Las “temidas vacaciones”, para los que están en paro y buscando debajo de las piedras un trabajo, o las “anheladas vacaciones” para los que sufren la presión del trabajo diario. Llega el fin de curso, fin del estrés; está a la vuelta de la esquina el descanso físico y mental.

Es momento para pararse a ser, y dejar un poco de lado el hacer. Hacemos muchas cosas, demasiadas, desde la mañana hasta la noche. Y otras tantas cosas que deberíamos hacer (en el trabajo), nos gustaría hacer, nos apetecería. Hacer, hacer, hacer... ¿y el ser? Incluso podemos caer en el peligro de hacer muchas obras buenas, voluntariados, colaboraciones... ¿y el ser?




Podemos ser “pequeños ordenadores andantes”. Hace quince años eran máquinas lentas, que procesaban información paso a paso. Hoy son máquinas cada vez más veloces, que procesan mucha más información mucho más rápido. Según algunos gurús, cada año y medio se duplica la velocidad de estos compañeros de la vida diaria. Hacen, hacen, hacen... pero no son, no tienen vida, no nos encontramos con ellos como el gran encuentro de dos libertades humanas, que crean un proyecto común y caminan hacia él.




El ser humano, esta creatura enigmática del 2014, es el mismo que hace diez años, cincuenta, cien, mil. Hacemos más cosas, procesamos más rápido la información, interactuamos más velozmente con el entorno que nos rodea, un entorno cada vez más virtual y tecnológico. Pero en el fondo, no cambia, permanece el mismo: una mente pensante interrelacionada con un corazón actuante. O un corazón actuante que interactúa con una mente pensante. Inteligencia, voluntad y corazón forman su núcleo, y por más actuaciones variadas y complejas que le rodean, sigue siendo el mismo.




El fin de curso, y el inicio de las vacaciones, es un buen momento para poner el freno a las actuaciones de nuestra máquina, y ver qué hay debajo de esa carrocería, qué hay en mi inteligencia y en mi corazón. ¿Relativismo? Creo que es más profundo el deseo de verdad. ¿Sentimiento? Es más profundo el deseo de ser amado y amar, de entregarse a alguien y comprobar cómo alguien se entrega por ti.




En este entorno de buscar el ser, de mirar más hondo, de profundizar hasta tocar la roca del corazón, la Iglesia, madre en todo tiempo y circunstancia, nos presenta la imagen del Corazón, del Sagrado Corazón. Una Persona que ama y es amada, cuyo corazón late por cada uno de nosotros. Grandes “psicólogos”, es decir, conocedores del alma, descubrieron y presentaron a esta Persona real, de carne y hueso. Santa Teresa de Jesús, con su oración como “hablar de amistad con el Amado”. San Ignacio de Loyola, y su petición: “Que mejor te conozca para que más te ame y mejor te imite”. O aquel parroquiano amigo del cura de Ars y su sencilla oración: “Yo le miro y él me mira”. Más allá de la santidad de estas personas, hay un trato humano, cordial, de corazón a corazón, con el Amado. La figura y la devoción al Sagrado Corazón es una concreción más, un paso más, en este camino del corazón, en este esfuerzo por “ser” más que actuar.




San Juan Pablo II nos trajo un elemento más de este Corazón Humano, cuando nos regaló la fiesta de la divina misericordia. Y qué es la misericordia, sino el amor que comparte el sufrimiento de la persona amada.







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