Muerte vacía, vida habitada: ha resucitado


Todo lo que significa y describe la oscuridad, el sinsentido, el fracaso, el miedo, la destrucción, la muerte con todos sus hilos, queda puesto en entredicho por la luminaria que se enciende en nuestras vidas al término de cada Semana Santa. Es el corazón del año cristiano, la fiesta más importante que ilumina y da sentido a todas las demás: la Resurrección del Señor. La noche de la Vigilia pascual, apiñados en torno a una fogata en el atrio de nuestras iglesias, nos adentramos en el templo con las luces apagadas, mientras nos preside el Cirio encendido. Símbolo precioso, que escenifica en la liturgia lo que nos sucede en la vida diaria. A los creyentes no se nos ahorran las oscuridades, pero se nos regala una luz. También los cristianos podemos apagarnos, y hasta tiritar de frío, pero se nos ofrece una llama que es capaz de iluminar y hacer que arda, lo que Dios hizo pensando en nuestra dicha.

En el relato de la resurrección de Cristo aparece un curioso protagonista: el sepulcro, escenario pintoresco mientras en torno a él se mueven los personajes que quizás nos representan a todos: van, vienen, vuelven, miran, se detienen, pasan... Aquel sepulcro no era un tumba cualquiera. Para unos, como los sumos sacerdotes, el sepulcro era el final de la pesadilla que para ellos tal vez fue Jesús. Tras unas jornadas intensas, de desfogue cruel hacia quien tanto les molestaba y desmontaba, terminó “felizmente” con la crucifixión. Se congratulaban al ver que muerto Jesús acabarían sus amenazas. Para otros, como Pilato, fue también el final de un susto que le puso contra las cuerdas haciendo peligrar su poltrona de poder. No tenía nada contra Jesús, pero dado que le complicó su carrera, era mejor terminar con aquel agobio. Sus manos lavadas en el agua de una neutralidad cobarde, ya se habían secado cuando Jesús fue sepultado en el sepulcro. Para otros, como los discípulos, el sepulcro era su pena, su escándalo, su frustración. Tal vez, recordando tantas palabras de su maestro, aún mirarían aquel lugar con una débil esperanza... por si acaso el ocaso volvía a amanecer.




Pero llegó Magdalena, y al ver aquello así, abierto y sin Jesús, pensó que alguien había robado el cadáver. Y comunicado a los Apóstoles, corrieron para ver. El discípulo a quien Jesús quería, vio y creyó. Y comenzaron a entender la Escritura, a reconocer como verdad lo que ya les había sido otras veces anunciado: que Jesús resucitaría. El sepulcro hablaba para siempre de una muerte vacía y de la vida habitada.




Jesús con su resurrección ha quitado a la muerte su última palabra: ni el vacío, ni la tristeza, ni el desamor, ni la injusticia, ni el sin sentido... ni la muerte, son ya algo fatal, definitivo y postrero. A la luz de la resurrección de Jesús cobran sentido todas sus Palabras y su Proyecto: Las bienaventuranzas; el amor al amigo y al enemigo, al próximo y al lejano; el perdón sin condiciones; la paz sin traición; la gracia gratuita; la misericordia entrañable...




Su resurrección es el triunfo de la luz sobre todas las sombras, la esperanza viva cumplida en la tierra de todas las muertes. No hay espacio ya para el temor, porque cualquier dolor y vacío, cualquier luto y tristeza, aunque haya que enjugarlos con lágrimas, no podrán arañar nuestra esperanza, nuestra luz y nuestra vida. Cristo ha resucitado, y en Él, se ha cumplido el sueño del Padre Dios, un sueño de bondad y belleza, de amor y felicidad, de alegría y bienaventuranza. El sueño bendito que Él nos ofrece como alternativa a todas nuestras pesadillas malditas. Felices Pascuas.







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