Los adolescentes están carcomidos por la rabia hacia los adultos


Las últimas noticias de crónica amplían el boletín de guerra de la condición de los adolescentes. La chica de catorce años que se lanza desde el décimo piso de un edificio porque en la red social Ask.fm la han destrozado; la otra, violada durante mucho tiempo, cuando decide hablar encuentra, en lugar de solidaridad, la implacable ley de la manada: quien se atreve a levantar la cortina sobre lo que sucede en su interior, es aniquilado. Sea víctima o no.

En ambos casos la conjura del silencio, la lógica mafiosa de la omertà, del código de silencio: Ask.fm es la red social en la cual se puede escribir cualquier cosa en el muro de alguien de modo totalmente anónimo; la manada es invisible desde fuera, los que forman parte de ella se cubren de anonimato ante el mundo: invisibles como serpientes, resbalan sobre los muros de la indiferencia culpable de los adultos y entran en las fisuras de la desesperación de los otros.




Siento piedad por estos jóvenes que un cultura hipócrita condena con una mano, pero con la otra aplaude el “liberatodos”, el “prohibido prohibir”, el “¿quién soy yo para juzgar?” y, por último, el “que me importa lo que ocurra, lo importante es que no afecte a mi hija, a mi hijo”.




El Director [de La Nuova Bussola Quotidiana] me ha pedido que escriba un artículo preguntándome: pero, ¿qué sucede con los adolescentes? Y yo respondo: ¿qué les pasa a los padres? ¿A las familias? Porque los cobardes anónimos de Ask.fm tienen una familia; los chulos violadores también. ¿Qué les sucede a nuestras familias que se obstinan en custodiar en su seno a serpientes de este tipo sin tener el valor de denunciar sus culpas?




Vayamos por orden, empecemos por los adolescentes. Los chulos son sólo la superficie de una violencia que atañe a todo el mundo de los adolescentes, lo penetra, lo envenena. Emociones en libertad sin una indicación de dirección, sin la búsqueda de un sentido, adrenalina por la adrenalina porque lo importante es vencer el aburrimiento y la rabia de ser nadie en un mundo que te impide la esperanza en un futuro. A menudo, lo que genera esa rabia que tiene que encontrar el modo de expresarse, de salir fuera, es un familia destrozada, sueños rotos, deseos de amor pisados en nombre de la realización personal de los adultos que buscan, de todos los modos posibles, tener hijos para luego abandonarlos a sí mismos.




Violencia verbal (escuchad cuando hablan entre ellos), violencia autodestructiva (droga, alcohol), violencia, a menudo de tipo sexual, hacia los otros. Violencia que expresa el dolor de quien ha sido traicionado y quiere vengarse. Traicionado, ¿por quién? Vengarse, ¿de quién? De una generación de adultos incapaces, indolentes, pusilánimes, que se nutren de debates, que les gusta oír el sonido de la propia voz para que todo, al final, se quede como está.




Una generación que tiene antes sus ojos el fracaso de todos los eslóganes del 68, que ve morir a sus hijos mejores y que sigue defendiendo ideologías y batallas que no tienen nada de humano. Y que, de manera esquizofrénica, se obstina en hablar de respeto y de valores. Pero, ¿qué valor puede conocer un pobre adolescente cuando, en su familia, los padres están ocupados en traicionarse mutuamente? ¿Qué valor cuando un chico es lanzado como una pelota de una familia a otra? ¿Qué valor para una joven que respira el aire radical del “todo está permitido”, basta que estés conforme y quieras hacerlo?




Nosotros, adultos, seríamos mucho más creíbles si dijéramos, por fin, la verdad: no nos interesan para nada nuestros hijos, tenemos otras cosas que hacer. Tenemos que enseñar a los niños de los jardines de infancia a masturbarse; perder el tiempo para hacer creer que una teoría de pura matriz ideológica como el gender es una ley científica intocable; estamos ocupados pidiendo el divorcio exprés para salir lo antes posible de nuestras responsabilidades; gritamos en voz alta el derecho al aborto porque así el peñazo de turno podrá ser suprimido cuanto antes, velozmente y de manera indolora, con el aplauso de todos.




Tenemos cosas más importantes que hacer que perder el tiempo educando a nuestros hijos con esas aburridas categorías del bien y del mal. De este modo, nuestra cobardía pasa a los adolescentes, como una maldita herencia que los transforma en degenerados, en malos.




He dicho que siento piedad por esos jóvenes violentos: quien sabe si habrá algún día alguien que les ame tanto como para ponerles de espalda a la pared obligándoles a una reeducación radical. ¡Quién sabe! Siento piedad por las víctimas, violadas y asesinadas dos veces si sus verdugos no son ayudados a descender al infierno de sus responsabilidades para, de este modo, cambiar y ser distintos.




¿Qué les sucede a nuestros adolescentes, Director? Que están carcomidos por la rabia hacia nosotros.




Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana .



Traducción de Helena Faccia Serrano.







02:51
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