Lo permanente en la Moral Católica


¿Es posible que haya en nuestra Moral Católica elementos permanentes y elementos cambiables? A este interrogante responde el Concilio en la Gaudium et Spes: "Afirma además la Iglesia que, bajo todos los cambios, hay muchas cosas que no cambian, cosas que tienen su fundamento último en Cristo, que existe ayer, hoy y siempre"(nº 10). "La misma historia camina con ritmo tan acelerado que apenas es posible al hombre seguirla"..."De esta forma la humanidad pasa de una concepción más estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva"(nº 5).

Tenemos por tanto que aprender a distinguir lo permanente de lo mudable, si no queremos ser incapaces para el diálogo. Juan XXIII lo expresaba diciendo: "Es tarea de la Teología el distinguir siempre la verdad revelada de sus vestidos y formas cambiantes".



Por tanto hay en nuestra Moral elementos permanentes.




¿Cuáles son y de dónde proceden? Hay ante todo el imperativo de amar y de hacer en cada situación lo que el amor pueda pedirme (Mt 22,34-40; Mc 12,28-34). Este imperativo proviene de la relación existente entre las dos realidades que tienen un valor absoluto: el Dios personal y las personas humanas.




La persona es indefinible, solamente podemos acercarnos a ella en el respeto que le debemos y que hace que poco a poco vayamos conociéndola. En este acercamiento percibimos pronto que estamos ante un misterio, es decir una realidad sobre la que podemos decir algo, pero que permanecerá siempre en parte desconocida, en evolución constante, y de la que no podremos saberlo todo.




La persona es alguien y no algo, alguien que tiene un nombre propio y una realidad única e irrepetible. Lo que la persona humana hace o tiene lo puede hacer o tener otra persona, pero lo que es ningún otro puede serlo.




Aquí radica la extraordinaria dignidad de la persona humana, que nunca deberá ser considerada como objeto, medio o instrumento, sino que siempre ha de considerarse como un fin en sí, digna de un infinito respeto y amor. Cada persona es distinta y tiene una vocación de Dios. Desde la eternidad Dios ha pensado en cada uno de nosotros, nos ha amado por nosotros mismos y ha contado con nosotros para la realización de sus planes de salvación, confiando a cada uno una misión única e irrepetible. Así se lo dice Yahvé a Jeremías: "Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles"(Jer 1,4-5).




Recordemos que "Dios es Amor"(1 Jn 4,16), y como estamos hechos a imagen y semejanza suya el progreso en el amor es absolutamente fundamental para nuestra realización personal y comunión con Él, mientras que los demás valores y principios son simplemente instrumentos relativos al servicio de la persona y del amor.




En resumen la moral debe mostrar el verdadero rostro del amor, ayudando al hombre a que usando la Sagrada Escritura y la sabiduría de los santos y de los sabios, alcance un conoci¬miento profundo de su vocación, de sus relaciones con Cristo, con sus hermanos y con el mundo a fin de realizar el sed misericordiosos y perfectos como vuestro Padre celestial es misericordioso y perfecto (Mt 5,48; Lc 6,36).




No cabe duda también que en algunos sectores tenemos la seguridad de la permanencia. Así 1 Corintios13 nos hace una descrip¬ción universalmente válida de lo que es el amor. En Gálatas 5 encontramos los criterios para distinguir los frutos del espíritu, verdadero rostro del amor, de los frutos de la carne y del egoísmo. También el Decálogo, excepto los mandamientos de no hacer imágenes y del sábado, e incluso éste tiene un muy fuerte componente social, es una exigencia universalmente válida de la caridad.




El valor absoluto de estos elementos permanentes proviene:




a) De Dios. Es Él quien dirige la historia y quien va realizando su plan en sus líneas esenciales, ya que su designio de salvación, aunque tropieza con dificultades y fracasos parciales por parte humana, encuentra en Él su fundamental continuidad y eficacia.




b) Del hombre. La ley escrita en nuestros corazones nos va empujando en dirección del amor a Dios y al prójimo, a la vez que nos hace descubrir la dignidad de la persona humana, siendo el respeto a esta dignidad donde se fundamenta el último sentido y la estabilidad dinámica de los imperativos morales.




c) De la comunidad eclesial. La Iglesia, Pueblo de Dios y su Magisterio son también elementos de continuidad.



d) De la sociedad. Hay también en ella unos elementos constantes como son la tendencia al bien común, si bien no hay que confundir éste con lo propio de una época o cultura. La Declaración de Derechos del Hombre de la ONU de 1948 trata de expresar estos imperativos morales constantes. Queda todavía mucho por hacer, pero el camino trazado parece irreversible en sus líneas fundamentales.




Pedro Trevijano







18:20
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