Creo en la Resurrección


Uno de los problemas que he tenido que plantearme estos días por causa de una polémica ha sido si es posible no creer en la otra vida y sin embargo creer en Dios. El sentido común dice que no es posible creer en una de las dos realidades y no creer en la otra. Creer en la otra vida y no creer en Dios es negar la base que sustenta la otra vida. Y creer en Dios y no aceptar la otra vida supone que Dios es capaz de crearnos, poner a todos nosotros como el ideal a conseguir el ser felices siempre y luego negarnos toda posibilidad de conseguirlo. Yo, desde luego, en ese dios no creo.

Pero, afortunadamente, en esa increencia me encuentro muy bien acompañado. Nada menos que san Pablo afirma: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe” (1 Cor 15,14). En pocas palabras, si Cristo no ha resucitado, toda nuestra fe se hunde, sencillamente carece de sentido (cf. 1 Cor 15,17).En cambio la resurrección de Jesús le pone en un lugar único en la Historia, y es una de las verdades de fe más importantes del Cristianismo. Ya no es sólo un hombre, por muy grande y extraordinario que lo consideremos, sino que es mucho más: es Dios que se ha hecho hombre. Es, a la vez, verdadero Dios y verdadero Hombre.




Pero, ¿de qué modo me atañe a mí la resurrección de Jesucristo?: “Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto” (1 Cor 15,20). La resurrección de Jesús es señal, prenda, garantía de que yo también voy a resucitar: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado” (1 Cor 15,13). Y la consecuencia sería ésta: “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1 Cor 15,32).Aparentemente, a primera vista, podría aparecer como una ventaja: si todo termina con la muerte, ¿para qué tener frenos morales? Pero si nos fijamos bien, las consecuencias son simplemente espantosas: sería el triunfo de la ley del más fuerte, de la ley de la jungla. Al terminar todo con la muerte, y haber por tanto sólo esta vida, los valores morales serían en la mayor parte de los casos irrealizables y seguramente sería más ventajoso ser asesino que víctima. Además nuestro objetivo de una felicidad plena y para siempre no sería alcanzable y lo que es sumamente grave: no habría razones para la esperanza.




En cambio, con la resurrección de Cristo, y de paso con la nuestra, las piezas del puzzle vuelven a encajar. Para empezar ya no somos seguidores de un gran gurú que vivió y murió hace dos mil años, sino de Alguien que ha resucitado y por tanto está vivo. Con Él podemos entrar en contacto especialmente en la oración y en la vida sacramental, y en ocasiones en nuestra vida sentimos su presencia cerca de nosotros, aunque sería más correcto decir en nosotros, especialmente cuando le abrimos en la Comunión las puertas de nuestra alma. La vida, para un creyente, tiene sentido, pues sabemos que Él es el camino, la verdad, la vida y la luz de los hombres y que si le seguimos y sabemos, como Él, salvadas las debidas distancias, entregarnos a fondo a hacer el Bien, nuestra vida estará llena de sentido, de alegría y de esperanza.



Y es que el sentido de la vida está muy claro. Una de las cosas de las que nunca nos arrepentiremos es de haber sido generosos, de haber buscado el bien, de habernos entregado a los demás. En cambio de haber sido poco o nada generosos, de eso seguramente sí nos arrepentiremos. Y eso, sin contar lo que nos dice el evangelio de san Mateo: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,34-36).




Pedro Trevijano







18:12
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