Hechos providenciales


No existen casualidades, sino providencia. Como botón de muestra me remito a acontecimientos de estos últimos días. El sábado pasado, en Madrid, pudimos ver una terrible violencia desatada por grupos perfectamente organizados, cargada de odio, vulnerando lo más elemental de respeto a la persona, sembrando división y destrozos. Quienes tenían que reprobar tan brutal violencia, no lejanos ni ajenos a la organización de las manifestaciones, no han sido capaces de reconocerla ni de lamentarla o rechazarla.

Así no avanzamos hacia una sociedad libre, en concordia, edificada sobre el respeto a la dignidad de la persona y sobre la base del bien común. Odio, violencia, agresivo desorden, exclusión no generan paz, ni progreso, ni libertad; amenazan la dignidad del hombre.




Horas después, también en Madrid en torno a las tres de la tarde del domingo, descansaba en paz Adolfo Suárez, hombre y guía de la concordia, artífice de convivencia, integrador de posiciones encontradas, constructor de paz. ¡Qué distinto! Todo ello, en don Adolfo, tenía una motivación: su fe firme en Dios que es amor, Padre de todos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, justos e injustos; y que envía a su Hijo para el perdón de reconciliación y la superación de divisiones; y así acabar con enfrentamientos y congregar en una unidad inquebrantable obra del amor, de la misericordia y del diálogo. El hombre que fue y que hoy admiramos es un hito que nos traza la dirección a seguir, un verdadero don del cielo para ir recorriendo sendas de concordia que conducen a un futuro grande.




Mucho, pues, en estos momentos de modo particular, nos está diciendo y haciendo Dios por nosotros, la gracia tan grande que ha sido Adolfo Suárez para España y para todos.




A este hecho providencial, tan diáfano y orientador, para proseguir con esperanza nuestro camino hacia metas de un futuro grande, añado otro hecho, también providencial y de hondo significado, aunque sea de otro orden que no tenga igual relieve: el lunes pasado, antes de ayer, también en Madrid ha tenido lugar un acto de homenaje al Keren Kayemet Leisrael –Fondo Nacional Judío– por parte de la Fundación Don Juan de Borbón España-Israel. Con este homenaje, la fundación Don Juan de Borbón España-Israel daba testimonio público de una institución, con más de cien años de andadura, al servicio de la recuperación y rehabilitación de la Tierra Santa-Tierra Prometida con tantísimas obras, de tan grandes repercusiones en favor de la reconstrucción de un pueblo y fortalecimiento de convivencia, reconciliación y paz, una puerta abierta a la esperanza. Alma de esta iniciativa y de la citada Fundación Don Juan de Borbón es una persona sencilla, sabia, de una gran estatura humana y de una verdad y una humanidad grandes. Me refiero a don Sadia Cohen. En el acto del lunes, convocados en último termino por la autoridad moral de don Sadia y por la grandeza de la causa, nos encontramos personas de diversas religiones, con diversas responsabilidades sociales, políticas, culturales, de Israel y de España, y de otras procedencias, sintiéndonos unidos y aunados por una gran esperanza: la unidad, la convivencia, la paz entre todos, fraguada por vínculos indestructibles en hermandad, hecha real y posible por una fe que nos une. Quiero y debo destacar en este encuentro, tan significativo como esperanzador, a don Sadia Cohen, un judío español, un israelita de verdad en el que no cabe doblez, que ama a su tierra y a los suyos, y en cuyo corazón cabemos todos. Un hombre de fe que piensa y actúa como un hijo fiel de Abraham, nuestro común padre en la fe. Con su pensar y su actuar, siempre a favor de la unidad y el encuentro de todos, dice y testimonia a cara descubierta, lo que no podemos ni debemos ocultar y silenciar: sólo en Dios y con Él son posibles la paz, la convivencia entre los hombres de toda condición y pensar, el reconocimiento y la valoración en verdad del otro, la afirmación de la dignidad de todo ser humano sin la exclusión de ninguno. Concluyo como empecé: no existen casualidades sino providencia. Estos hechos –entre tantísimos otros– nos están diciendo que Dios conduce la historia y la conduce por senderos de convivencia, entendimiento y amor entre los pueblos, las gentes, las religiones y las diferentes maneras de pensar. Sabemos de quién nos fiamos. Sigamos sus senderos, que Él nos indica por testigos suyos, por hechos que suscita siempre abiertos a la esperanza.




© La Razón







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