Bernadette no nos engañó








Les recomiendo este libro. Les recomiendo mucho este libro, cuyo título encabeza este texto. Lo ha escrito Vittorio Messori, posiblemente el mejor periodista y apologeta cristiano de estos tiempos turbulentos y uno de los grandes del siglo XX. Lo ha editado LibrosLibres, editorial que dirige Alex Rosal, posiblemente el mejor editor católico español.




El libro trata de las apariciones de Lourdes y lo hace desde un punto de vista científico. Ofrece una extensa documentación que el estilo ágil, irónico y punzante de Messori convierte casi en una detectivesca novela de investigación. Léanlo porque es alimento espiritual para la Cuaresma. Léanlo porque es, también, un manual contra la modernidad y contra los argumentos –manidos, pobres, viejos- de los enemigos de la Iglesia. Todo aquello que vociferan hoy los laicistas lo decía con más gracia y mejor estilo el fiero Zola. Todo aquello que había que rebatir a Zola ya lo hicieron en su época algunos obispos sabios y algunos intelectuales de la talla de Joris Karl Huysmans, quien había sido su aventajado discípulo y que transitó del satanismo y de la depravación más perversa a un cristianismo que le cautivó por la estética profunda de la Liturgia –abominaría Huysmans, si viviese, de las guitarritas y la musiquilla barata que se escucha en tantas iglesias que, horror, más parecen garajes gestionados por párrocos aburguesados-.




Lourdes es un desafío que la modernidad despacha con el olvido o con el desdén del científico pedante: alucinaciones, patologías neurológicas, contubernios clericales y negocios oscuros. Messori desmonta uno por uno todos los obstáculos “racionales” que la soberbia humana opone a un Dios que, como siempre, se oculta y se muestra lo justo para no violentar nuestra libertad.




Bernadette también se ocultó. Si una palabra define a la pequeña pastorcilla de los Pirineos –medía sólo un metro y cuarenta centímetros y su cuerpo se conserva incorrupto-, esa palabra es humildad. Humildad en estado puro. “Me han enviado a contarles lo que he visto, no a convencerles”, decía con pacífica insistencia. Cumplida su misión se ocultó en un convento en Nevers. Jamás aceptó dinero porque, literalmente, le quemaba. Jamás aceptó honores. No quiso ver los planos de lo que sería la basílica, ni quiso protagonizar nunca nada. Se ocultó, repito.




Como una escoba que se abandona en un rincón una vez utilizada, así se definía. En cuanto a la famosa escultura de la Vírgen de Lourdes que todos conocemos, dijo: “No es lo suficientemente pequeña, no es lo suficientemente frágil, no es lo suficientemente sonriente.”




Humildad, sí, eso de lo que andamos tan escasos. Sobre todo aquellos que, secretamente, nos creemos el ombligo del mundo y los salvadores de la humanidad porque escribimos cuatro cosas en algún medio. “He estropeado unas cuantas buenas ideas”, diría el gran Chesterton de sí mismo y por eso, entre otras cosas, va camino de los altares. Uno ni siquiera ha tenido nunca una buena idea. Así que, por favor, lean a Messori y dejen que Bernadette les hable.









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