Una renovación eclesial a la luz de la Evangelii Gaudium (I)


Conforme pasa el tiempo los análisis eclesiales acerca de la relación fe-cultura van confirmando un desinterés cada vez más grande del hombre de hoy por el Evangelio anunciado por la Iglesia. Ante esta situación, por parte de la Iglesia ha habido pocas respuestas y pocas novedades.

Después de que el Concilio señaló algunas causas y algunos caminos para la renovación, al final lo que ha sucedido es que se han echado balones fuera y nos hemos desgastado denunciando y demonizando a la cultura actual. Esto ha aumentado la desconfianza y el descrédito por parte del hombre actual hacia el Evangelio. Las pequeñas conquistas de los nuevos movimientos han centrado toda la atención pastoral en esos pequeños frutos, pero descuidando el amplio campo donde está la mayoría del rebaño perdido. Dentro de este panorama, la Providencia ha dado a la Iglesia un Papa que comienza proponiendo una serie de ideas que a todos nos deberían hacer pensar qué estamos haciendo.




Cuando Francisco habla de evangelización se detiene en tres sectores amplios: la comunidad ya establecida que necesita ser acompañada y alimentada; los bautizados alejados de la Iglesia; y los que no conocen o rechazan el Evangelio. Muchos agentes de pastoral, a la cabeza de obispos y sacerdotes, habrán sonrojado comprobando que después de muchos años de planes pastorales en pocas ocasiones han logrado contactar con el hombre de hoy, especialmente el que vive su vida cotidiana sin Dios, aquél que no se acerca a la Iglesia y vive aparentemente como si no necesitara de Dios, el que sufre en silencio y no confía en que su párroco o su comunidad eclesial tengan una respuesta para él. Así lo expresa Francisco: “La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (EG 24).




Pero ante todo, la primera perspectiva para la renovación eclesial está en una verdad que anuncian al unísono los dos pontífices: “La ALEGRÍA DEL EVANGELIO llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1). Benedicto XVI lo expresa así: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona” (DCE 1). Tenemos que recuperar la esencia de nuestro anuncio. ¿Dónde hemos puesto el acento en nuestras acciones pastorales, con muy buenas intenciones, pero ayunas de riqueza transcendente y hondura? Digamos claramente que lo más importante de nuestro anuncio es una ALEGRÍA que está llamada a LLENAR EL CORAZÓN DEL HOMBRE. Hay que atreverse a acercarse a los hombres, y hacerlo en los momentos oportunos, en la manera adecuada, no cuando nosotros queramos o nos apetezca porque hemos hecho un plan de pastoral. Esto es absurdo y teatral. Cuando es el momento para esa persona, para esa familia, para ese colectivo, entonces va uno y se hace presente, y con él el Evangelio de la cercanía, hace presente, con su misma persona, la atención y delicadeza de Dios, su ternura, su comprensión, su amor. Es vivir cerca de los hombres, preocuparse de ellos, amarlos como Dios mismo los ama.




¿Creéis que alguien se puede resistir, en el momento adecuado, a quien le anuncie: “tu vida, tu sinsentido, va a terminar: hay una noticia que te va a llenar el corazón de alegría”. En definitiva, el Evangelio tiene que ser llevado al hombre como la alegría que va a colmar su corazón muchas veces vacío o herido. Todos buscamos esa alegría que sólo Dios puede dar, pero para darla primero tiene que confiar en ella el que la tiene que anunciar.




Después del anuncio, o con él, es normal que nos pregunten: ¿Y cuál es motivo o la razón de esa alegría que va a llenar mi corazón? El Papa contesta: “La alegría nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo (…) como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias” (EG 6). Dando un paso más, necesitamos saber quién es esa persona que de ese modo tan singular nos va a amar siempre y más allá de todo. El mismo Francisco lo aclara: “Sólo gracias a ese encuentro -o reencuentro- con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad” (EG 8). Podemos reconducir el núcleo más esencial del evangelio que tenemos que anunciar en este hecho: Dios me quiere, soy importante para Él, jamás dejará de amarme de un modo singular y particular, ahora y siempre me querrá; Dios no se cansa de perdonarme, nunca dejará de hacerlo (EG 3). Pero no podemos convertir esta verdad de hecho en una mera consabida frase que a todos suena, pero hueca.




Resaltemos que el Papa dice que se trata de un encuentro o reencuentro con el amor de Dios que se convierte en feliz amistad. La fe, tanto del que evangeliza como el que es evangelizado, que no cuaja en una feliz amistad no es una fe en camino de crecimiento. Le falta la base principal: la relación personal con Dios. Somos muchos agentes de pastoral dando tumbos en nuestras diócesis, haciendo mucho ruido, siendo muy creativos pero las cosas no van por ahí. La fe que no se nutre de este encuentro personal cotidiano acaba haciendo de la evangelización un conjunto de acciones muy bien programadas pero ayunas de vida interior.







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